gripe.madre.barbijoComo tantas otras cosas que nos revelan nuestra propia fragilidad, una pandemia produce efectos que exceden los que la biología puede describir. Le propongo cuatro miradas entre las muchas posibles. Recorrer cuatro escenarios que, como las matrioshkas rusas, encajan uno dentro del otro.

1. La otra “peste”:

No existen enfermedades que no afecten la dimensión social y la subjetividad de los individuos que las padecen. Plagas, pestes, castigos divinos, crímenes ecológicos o conspiraciones secretas; cada nueva enfermedad arrastra su cuota de significados reales o imaginarios. La pandemia de Influenza que amenazó a gran parte del mundo el año pasado fue un fantástico ejemplo de ello. No se trató sólo de virus, fármacos, neumonías y muertos. También estuvimos inmersos en un escenario saturado de una iconografía fantasmagórica y apocalíptica. Rostros cubiertos por barbijos, largas colas a las puertas de los hospitales, aislamiento social, aeropuertos rigurosamente vigilados, acopio insolidario de alcohol en gel, antivirales, guantes y otros insumos. Cuando nuestra propia existencia se siente amenazada, lo que somos se desnuda sin pudores. Si los medios para protegerse son escasos y alguien los acapara condena a otros a la desprotección. Pero al mismo tiempo se condena a sí mismo a que las fuentes del contagio proliferen. Cuando la disposición a compartir los recursos se ve reemplazada por la manía de acumularlos, una peste mucho más mortífera que la Influenza se disemina entre nosotros. Nadie ha superado una epidemia sin que la solidaridad se establezca como el principio que orienta las acciones. No hay salvación que prescinda de los otros. Todos fuimos infectados por la gripe A. Algunos tuvieron fiebre y dificultad respiratoria. Pero nadie estuvo a salvo de sus otros síntomas: la incertidumbre, el miedo, la paranoia.

2. La comunicación también es un remedio:

La comunicación en tiempos de crisis sanitaria resulta aún más importante y estratégica que la acción médica. El conocimiento es una herramienta indispensable. Su impacto es aún más poderoso que los fármacos para atenuar el riesgo. Quienes nos describen lo que sucede seleccionan lo que muestran y lo que ocultan. Construyen una imagen que produce al mismo tiempo emociones y conductas. La fabulosa “potencia terapéutica” de los comunicadores sociales no puede quedar al margen de las estrategias sanitarias. Las epidemias sólo se controlan mediante acciones colectivas. Entre la toma de decisiones racional y fundada en pruebas científicas y el pánico generalizado pasa la frontera que separa el éxito del fracaso. Mostrar lo que sucede es una obligación, pero hacerlo con la responsabilidad y la conciencia de lo que ello implica es un deber ético que no reconoce excepciones.

3. Los que le pusieron el pecho:

La pandemia de Influenza encontró a los profesionales de la salud tan desprovistos de experiencia como a sus pacientes. Ha transcurrido el tiempo suficiente como para que alguien señale el esfuerzo realizado por ellos en momentos de desorientación generalizada. Una investigación realizada durante los días más calientes de la epidemia en el sitio web www.intramed.net sobre una población de más de 5.500 profesionales reveló datos de interés.

  • El 54.5% de los encuestados consideró que la pandemia era “grave”, el 41.5% “moderada” y el 4.3% “leve”. La gravedad fue percibida por las mujeres en un porcentaje algo mayor que por los varones.
  • Respecto del conocimiento de las recomendaciones para asistir a pacientes reportaron conocerlas en muy altos porcentajes (84%). 
  • En lo relativo a la disponibilidad de recursos para la asistencia, los consideraron suficientes el 30.3% de los encuestados.
  • En cuanto a las medidas de bioseguridad y autocuidado (lavado de manos, protección respiratoria o aislamiento) más del 90% reportó que las cumplía con el propósito de cuidar su propia salud y evitar la diseminación del virus.
  • Los pediatras argentinos fueron quienes reportaron los índices más elevados en todas las categorías analizadas comparados con otras especialidades médicas.

4. Historias mínimas

Pero hay otra muñeca rusa en el corazón de los acontecimientos. Está hecha de miles de pequeñas historias. Escenas minúsculas que quienes transitamos por los pasillos más íntimos de la pandemia pudimos ver y no queremos olvidar.

En la guardia de pediatría una enfermera corre de un lado a otro. Nebuliza a más de diez niños al mismo tiempo sentados sobre las rodillas de sus madres. Extrae termómetros de su bolisllo y se los coloca a cada uno. Moja paños con agua helada y los extiende sobre sus cabezas calientes. Cambia los frascos de suero. Luego retira los termómetros y anota la temperatura en una planilla. Se escuchan llantos, toses, órdenes, pedidos impacientes. Una madre se ha dormido con su bebé sobre el pecho. La cabeza derrumbada contra la pared y la boca oculta detrás de un barbijo sucio y arrugado. Está agotada. La enfermera la ve. Se acerca. Le coloca una almohada vieja y sin funda detrás de la nuca. Extiende una sábana que alguna vez fue blanca y la cubre a ella y a su hijo. Él bebé la mira. Luego hunde la nariz sobre el cuello tibio de su madre y cierra los ojos. Era casi imposible distinguir nada en ese tumulto de personas. Pero esa mujer lo hizo. Tuvo la sensibilidad para percibir que alguien la necesitaba. Y se decidió a producir un gesto pequeño y anónimo. Algo que nadie le pidió pero que era imprescindible. Creo que fui el único en advertir lo que ocurrió durante aquellos pocos segundos. Pero no pude no verlo. Y ahora no quiero callarlo.

Referencias bibliográficas:

Encuesta de percepción entre médicos argentinos
Las percepciones de médicos asistenciales acerca de su actuación durante el pico de la pandemia en Argentina. www.intramed.net

Artículo publicado en Newsweek

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