A las 6.45 entré al a Unidad de Terapia Intensiva. Clara, la enfermera, me miró asombrada: -¿No es un poco temprano Daniel? Me ofreció un mate. –Puede ser, pero no tenía nada mejor que hacer-. El agua cayendo desde la pava formaba una espuma verde sobre la yerba. Largaba un humito blanco que se retorcía en el aire. -¿Quién está de guardia? Quiero hablar sobre mi paciente-. El teléfono sonaba pero ella no lo atendía. –Está Gabriela, se debe haber dormido recién. Tuvimos una noche terrible-. Entré a la habitación en penumbras. El ventilador de techo producía un zumbido de moscardón. Sobre la cama advertí una silueta difusa, enroscada sobre sí misma. Me acerqué. Tenía el cabello desparramado sobre los ojos cerrados. Los pies colgando en el aire, fuera de la cama, con las sandalias todavía puestas. Vestía un ambo blanco arrugado con gotitas de sangre seca sobre el frente. El cuello en “V” por donde asomaba el nacimiento de los pechos. Se movían con la respiración. Subían y bajaban con la serenidad de un barco sobre un mar de olas tranquilas. Desde el bolsillo lateral sobresalía una ficha con el las constantes de calibración del equipo de volumen minuto. Las manos apretadas. Las uñas con el esmalte saltado en casi todos los dedos. Una pulsera dorada muy finita daba dos vueltas a su muñeca. La luz roja del celular titilaba sobre la almohada. La colcha tenía agujeros irregulares y los bordes deshilachados. Sobre la mesa de luz, todavía abierto, “La mujer temblorosa” de Siri Hustvedt con varias frases subrayadas con lápiz. Un vaso térmico con el logo de Zienam 500 mg IV con restos de café volcado sobre el piso. Me acerqué. Acomodé una silla a la altura de su cabeza. Tenía la boca semiabierta. El aire la atravesaba con un soplido lento y profundo. Me quedé un rato mirándola en silencio. Tomé su cabello con una mano y lo recogí por encima de la cabeza. El cuello desnudo y largo estaba sembrado de pelitos delgados que subían hacia la nuca. Dos alas pequeñas tatuadas entre las escápulas. Acerqué mi nariz hasta dejarla pegada a su piel Aspiré dos veces para llenarme de su olor. Salí en puntas de pie. Cerré la puerta. Clara me esperaba con otro mate. -¿Y, hablaste con ella? Tomé dos sorbos cortos. Me quemé la lengua. –Sí, me dijo todo lo que necesitaba saber. Ahora acompañame a ver a mi paciente. Gracias por los mates.

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