Si el planeta tuviese la gentileza de inclinarse unos treinta grados a estribor yo volvería a ver las cosas en su lugar. La lumbalgia te cambia la perspectiva del mundo. Te rescata de la dictadura de lo vertical. El dolor te humaniza. Todo se vuelve estúpido, insignificante. Comprendés, a fuerza de latigazos en el lomo, que tenés un cuerpo. Que no gobernás su caprichosa mecánica. Que estás a su merced. Te come la voluntad. Te tirás en la cama evitando el más mínimo desplazamiento. El aleteo de las alas de una mariposa desencadena una tempestad de rayos que te atraviesan la espalda. Advertís la contundencia de lo sutil, la furia desatada por lo minúsculo. El movimiento es tu enemigo. Sos un primate pagando la deuda milenaria de la bipedestación. Nunca has estado más lejos de tus zapatos. Todos tienen un remedio para ofrecerte: calor, frío, elongación, reposo, antiinflamatorios, corticoides, kinesiología, masoterapia, osteopatía, baños termales, reflexología, acupuntura. Te ofrecen una interpretación al paso: ansiedad, falta de descanso, angustia existencial, conflictos no verbalizados, alexitimia, adicción al trabajo, sentimientos no confesados, amores no correspondidos, acrobacias sexuales o abstinencia forzada. A mis vértebras les importa un carajo lo que digan acerca de ellas. Me clavan su puñal. Me ponen un límite. Me recuerdan que el peso del mundo es más de lo que puedo cargar sobre los hombros. Una mucama me dijo hace un rato: -“Usted tiene que dejarse querer”. Yo no soy feliz. Pero no necesito que me lo recuerden de una manera tan brutal.