Certifícame
Diatriba furiosa contra los cazadores de papelitos.
“Rockeros bonitos, educaditos,
con grandes gastos, educaditos”
J.C. Solari
Hay algunas adicciones de las que nadie habla. Manías, compulsiones, circuitos que reverberan en conductas que se repiten sin control. Pero no sólo porque no podemos detenerlas sino porque las encontramos justificadas, lógicas, naturales. Yo las padezco casi todas, pero hay una de la que estoy a salvo. Claro, ustedes me llenarán de comentarios que me desmientan, de razones que las expliquen, de argumentos que las sostengan. Pero a mí no me importa nada. Afirmo que estamos rodeados de adictos a las constancias y a los certificados. Personas, por lo demás encantadoras, que sucumben a la fascinación de los papelitos. A la recompensa inútil de obtener un documento que les diga que han hecho lo que ya saben que hicieron. No me digan que lo que buscan es que la papeleta les diga eso a los demás y no a ellos. Es mentira. Necesitan que 588 centímetros cuadrados de una cartulina berreta se los diga a sí mismos. Con el paso del tiempo el dichoso papelito pierde su función metafórica para convertirse en la cosa misma. Ya no evoca nada más que a sí mismo.
Hay un sencillo test diagnóstico de sólo dos pasos:
1. Señale con su dedo índice extendido hacia el horizonte al tiempo que le dice al posible adicto: “Mirá que cosa tan maravillosa”.
2. Él le responderá: “Sí, es verdad, es un dedo maravilloso”.
Conclusión: El enfermito confunde el dedo que señala con lo señalado por el dedo.
El logro es el certificado y no lo que él certifica. Un malentendido que a fuerza de repetirse ya no sorprende a nadie. Un signo transformado en significado. Los adictos circulan por aulas reales y virtuales. Antes de leer el programa –algo que tal vez nunca hagan- preguntan de qué modo se dejará constancia de su paso por esos lugares. Quieren ver sus huellas antes de caminar. No se les ocurre que el mejor certificado de lo aprendido es la aplicación del conocimiento del que se han apropiado. No le encuentran más objetivo al esfuerzo por aprender que el de recibir un documento que diga que lo hicieron. No conocen la satisfacción por el esfuerzo y la superación personal. A menos, claro, que eso pueda colgarse de la pared.
Sobran las excusas. Todas falsas, todas menores, todas miserables. El cazador de papelitos termina por mentir, por engañar a quien sea con tal de llevarse a casa su trofeo. Llenan las paredes con cuadritos vulgares que dicen quienes son. Lo que no comprenden, lo que no podrían entender es que en verdad dicen quienes son. Que los desenmascaran y los delatan. Que dicen que son uno tipos ligeros y superficiales que necesitan el espejo de la madrastra de Cenicienta. “Dime espejito, ¿quién es la más hermosa de este reino?”.
Antes me daban lástima. Ahora me enfurecen. Encienden lo peor de mí. Los desprecio. Son obesos de currículum y desnutridos de valores. Porbrecitos, caminan cargando sus carpetas tan pesadas y sus cabezas tan vacías. Necesitan que los documentos hablen por ellos porque temen no tener nada que decir. Y tienen razón. No tienen nada que decir.
Nunca entendieron que lo que importa de lo que se sabe es lo que uno es capaz de hacer con ello. Son figuritas del star system académico. Amurallados detrás de sus antecedentes se esconden, pequeños y balbuceantes. Desamparados como animalitos desnudos e indefensos. Visten un traje de palabras que no dicen nada. Muestran un empeño y una dedicación a la hora del trámite que nunca muestran en el momento de estudiar. Son obedientes y triviales. No terminan de dictar su conferencia que ya buscan a la secretaria. Aún no aprueban sus exámenes que ya inician las gestiones. Quieren pruebas. Pero falsas, cuanto más falsas mejor. En nada creen con mayor devoción que en las mentiras que ellos mismos se procuran con esmero. Son unos tipitos con vocación de escribanos. Dan fé, firman actas, sellan libros y registros. Sueñan sueños lúbricos de burócratas del conocimiento. Se excitan con los diplomas. Están ebrios de títulos. Bailan detrás de los funcionarios como marineros detrás de las meretrices.
Yo propongo que no haya más prueba de lo que uno sabe que lo que uno hace. Que se quemen en piras funerarias las papeletas en todas las esquinas. Que no haya más currículum que tu propia historia, ni más documento que los hechos.
Yo propongo un banquete académico donde se sirvan diplomas cocidos en una salsa ácida hecha de mentiras y fanfarronadas. Que a los adictos se les sirvan porciones monstruosas y que se las coman hasta el vómito.
Yo propongo que los cursos no emitan certificados. Que los certificados no certifiquen nada. Que acumularlos deje constancia de la banalidad de la existencia y que exhibirlos sea un diagnóstico de la estupidez en su forma clínica más severa.
Ahora sí, acá tienen mi cabeza para descargar su ira. Péguenme, pero yo no les pienso dar ningún certificado por ello.
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