La luna trepa las cuestas de la noche. La miramos a través de la ventana. Nueve pisos más abajo su resplandor lame la espalda de las olas. Perdí la cuenta del tiempo que llevamos en esta cama. Sobre la alfombra hay una bandeja. Un plato con restos de un tostado, una ensalada de frutas sin tocar, una taza de café doble, un jugo Baggio. En la pileta del baño dos botellas vacías de Chandon Extra Brut. Tu blusa sobre la silla. Mis zapatos debajo de la mesa. Suena “Tijuana” por Harry Manx. La escuchamos decenas de veces en auto-repeat. La cajita está abierta sobre la almohada: “Mantras for a Madmen”. Te leí la letra al oído hasta que nos la aprendimos de memoria. Ahora cada vez que la escuchamos movemos los labios como en una plegaria muda: Tijuana, land of broken dreams”. La guitarra le abre la puerta a la percusión. Llega cargada de resonancias de Al Andaluz. Ecos de la España musulmana bajo el ardiente sol del desierto de Baja California. Lejos suena un violín. Desfilan por las paredes del cuarto siluetas de espectros huyendo de la border patrol. Es una letanía que me rompe el corazón. Tu boca dice: “Senorita dancing in the moonlight”. Y me parece que voy a llorar. Quedamos desnudos. Callados. Exhaustos. Te abrí la puerta de la habitación como un cretino. Te lo advertí cuando bajamos del avión. Pero no quisiste escucharme. Yo quería estar solo. Escondimos la tarde detrás las cortinas. Nos mentimos con las manos. Nos lamimos las heridas. Quise dejar mi dolor de ausencia entre tus pechos. Sentimos sed. Y hambre. Y deseo. No fuimos prudentes. No tuvimos límite. Mientras acomodabas tu ropa en los cajones me dijiste, sin darte vuelta, “te veo triste, desolado”. Un rato más tarde sacaste un churrito paraguayo de la cartera. Lo fumamos mirando el techo. Entonces la música se hizo un líquido espeso que nos mojaba el cuerpo. Nos refugiamos en esa canción. Te lo advertí cuando bajamos del avión. Pero no quisiste escucharme. “No vas a poder”, me respondiste. Te dicté el guión de esta comedia. Te recogí el cabello para olerte la nuca. Te obligué a que levantaras los brazos y los pusieras detrás de la cabeza. Dos triángulos, con el vértice en los codos, me ofrecieron tus axilas. Te senté sobre mí. Tu pelvis bailó ese ritmo sincopado sobre mi sexo: “They guard the palace to the kingdom”. Y sonó otra vez. Y una vez más. Durante horas. Nos parecía que si dejábamos de escucharla, que si dejábamos de tocarnos, el mundo se iba a detener. Te dije que quería morirme. Me acariciaste la mejilla. Tenías los dedos calientes y húmedos. Yo estaba helado. Te lo advertí cuando bajamos del avión. Pero no quisiste escucharme: “no vengas porque te voy a coger como si fueses otra”. Me miraste con desprecio. “No vas a poder, yo te la voy a hacer olvidar”, me respondiste. Pero te equivocabas. Pude.


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