En un sillón destartalado iluminado por la lámpara de la sala su padre leía “Por el camino de Swan”. Era una edición vieja, amarillenta y deshilachada de Espasa Calpe del año 1.920. No decía “Marcel” sino “Marcelo Proust”. La palabra “camino” estaba separada por un guión ocupando dos renglones. Eso lo irritaba particularmente. Desde que era un niño lo había visto leer los siete tomos de ese libro. Cuando terminaba volvía a comenzar. Ese ritual le ocupó casi toda la vida. Siempre le molestó aquella obsesión. Pero esa noche le pareció comprenderla. Sintió admiración y un afecto entrañable por su viejo. Se prometió a sí mismo: “mañana me voy a sentar a su lado y se lo voy a decir: –viejo ahora entiendo y te admiro mucho”.  A las seis sonó el teléfono. Era su madre. Apenas podía hablar: -“Tu padre está muerto sobre la cama”.


Tardó varios años en decidirse. La imagen de su viejo y la de aquel libro lo rondaban todas las noches. El día en que cumplió cincuenta y cinco años se sintió extraño. Antes de dormirse miró a su mujer acurrucada al lado suyo. Le acarició el cabello. Se sentó en la cama. Vio el contorno irregular de su silueta en la penumbra sobre el espejo del dormitorio. –“Mañana se lo voy a decir”, se prometió a sí mismo. Sudó. Apoyó la cabeza sobre la almohada. Sintió un témpano apretándole el pecho. Se durmió. A las seis sonó el teléfono en la casa de su hijo. La madre apenas podía hablar: -“Tu padre está muerto sobre la cama”.

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