Náufragos
Nuestro amor está intacto. Inmaculado y frío como un niño muerto. Sin saber cómo, una noche nos encontramos mudos. Mordiéndonos los labios crispados en la oscuridad del cuarto. Esperando que él volviese a rozarnos con sus alas nos sorprendió la mañana. Jamás volvió. Estábamos muertos de miedo. Pero no nos decíamos nada. Nunca nos dijimos nada. Vos te anotaste en un curso de la Alliance Francaise para el que durante años no habías encontrado tiempo. Yo volví a escribir. Una tarde de Abril lo descubrimos debajo de la cama. Lo tomamos en brazos. Entre los dos lo embalsamamos. Lo guardamos en una caja de madera. Antes de que terminara el otoño la arrojamos al mar. La vimos alejarse flotando sobre las olas hasta que se la tragó la boca de una ballena blanca. Desde el sur asomaba la sombra de un buque. Sobre el casco, escrito con letras azules, decía: “Pequod, Nantucket, Massachussets”. Parecía llegar desde otro tiempo y desde ningún lugar. Un arponero llamado Queequeg disparó. El animal resistió con una fuerza que no parecía de este mundo. Después flotó a la deriva rodeado de botes y aparejos. Lo izaron con un cable de acero. Perdió la carne, los dientes y la dignidad a manos de unos hombres que olían a Jack Daniels. Apenas un esqueleto colgado sobre la cubierta. Vertical y desollado. Lo entregaron a los picotazos de los pájaros carnívoros. El capitán rescató la caja de su vientre. Se llamaba Ahab y nunca quitaba la mirada del horizonte. Bajó la escalera rengueando con su pierna de mandíbula de cachalote y la escondió en la bodega. Antes del amanecer se desató una tempestad. El viento azotaba las velas. La nave desaparecía y volvía a aparecer cubierta por el agua. Giró enloquecida hasta encallar en los arrecifes. Primero fue un estremecimiento apenas perceptible. Apareció la proa levantándose hacia el cielo. El sonido de la sirena aturdiendo la madrugada. Un cráter abriéndose sobre la superficie del agua. Después nada. Una calma chicha aplastada bajo el peso del silencio. Todavía caminan por los pasillos los fantasmas de sus tripulantes. Se escuchan pasos amortiguados por las corrientes submarinas. Los barcos evitan la zona. Cuentan en los burdeles de los puertos que al navegar por allí se escucha una voz áspera que dice “Call me Ishmael”. Otros, en cambio, aseguran que se trata del rumor del viento atropellado en vertiginosos remolinos. Cubierto de musgo y de algas, a mil metros de profundidad, el niño duerme dentro de la caja. Busca en su memoria de muerto la historia que lo llevó hasta allí. Tragado por una caja que se tragó una ballena que fue tragada por un barco tragado por el mar. Nosotros ya no podemos dormir. Hundimos las cabezas en la almohada. Nos tapamos las orejas. Nos sobresaltan las sirenas. Soñamos con naufragios. No podemos mirarnos a los ojos. Nos acusa la memoria. Nos condenan las fotos de los chicos y el olor del aceite Johnson. La cuna de madera que escondimos en el garaje. El triciclo y la bicicleta que le regalamos a tu hermana. Las primeras palabras del mayor y la fiebre prolongada del segundo. Las fiestitas en la escuela. Las sibilancias de tantos inviernos. Ya no esperamos ningún regreso. Aunque temblamos al pensar que una mañana podría golpear la puerta de casa un marinero alto con una pata de mandíbula de cachalote y una caja de madera en los brazos. Pero no nos decimos nada. Nunca nos dijimos nada. Nuestro amor está intacto. Inmaculado y frío como un niño muerto en el fondo del mar.
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Celesteanais