Juguemos un juego. Imaginemos, por ejemplo, que ayer yo te puse de espaldas al borde de la cama. Que te empujé sobre el colchón y te tomé de las caderas obligándote a ofrecerle ese culo soberbio a mis ojos y a mi sexo. Imaginate que tu cabello negro se derramaba sobre tus hombros. Ponele que recogí tu pelo y lo sujeté con las manos como si fuese una rienda del más intenso color azabache. Que tiré de él hasta obligarte a levantar la cabeza. Que te inmovilicé para someterte a mi deseo. Pensá por un momento que te cabalgué como a una yegua salvaje. Que azoté tus nalgas hasta enrojecerte la piel. Que yo sabía que eras vos. Pero que no tuve en cuenta ni tu dolor, ni tu derecho a elegir, ni tu voluntad. Que tu expresión de asombro no sólo no me disuadió sino que fue el estímulo que me alentó a hacerlo. Dale, hacé el esfuerzo. Imaginate que vos quedás derrumbada de espaldas sobre la cama. Yo estoy de pie. Miro tus muslos perfectos. Veo un hilo de semen bajando en dirección a la rodilla. “Ya está”, me digo, “ya lo hice, ahora no tiene remedio”. Y me queda flotando en la boca un agua espesa hecha de arrepentimiento y de satisfacción. Indefinida, ambigua y contradictoria. Después te pido perdón. Pero es un perdón falso porque fui feliz haciéndolo. Y los dos sabemos que lo volveré a hacer. Porque, de nada vale negarlo, el amor nos debilita. Se come todas tus fortalezas. Te desnuda y te abandona solo, tiritando en mitad de la madrugada. Entonces querés matar a la persona que amás. Te asalta un deseo de dominarla como una venganza brutal contra el dominio que ella ejerce sobre vos. Para el caso da lo mismo un asesinato que un chirlo. Una acción que invade al otro en su intimidad y que vos has cometido con plena conciencia de lo que hacías. Una bestialidad de la que sabés que deberías arrepentirte pero que eso no sucede. Te queda en el cuerpo -como un fluido que te recorre de pies a cabeza- un placer vergonzoso, un goce animal, prehumano. Una voz que te dice al oído lo que no vos querías saber. Ves a una mujer boca abajo. Le lamés el cuello y le buscás la boca. Pero te anticipa su mirada. Entonces querés acunarla en tus brazos y acariciarle las mejillas. Cantarle una canción de cuna hasta que se duerma como una nena. Rogarle que te perdone. Prometerle que la vas a cuidar, incluso de vos mismo. Acomodarla sobre la almohada. Escuchar su respiración profunda. Oler su sueño de hembra y sus vapores de Kenzo. Pero, pese a toda esa ternura, volvés a ponerla de espaldas. A tomarla de las caderas, a cabalgarla como si fuese otra. Porque el amor se caga en la contradicción. Porque, al mismo tiempo, se ama a la niña y a la yegua. Porque nadie puede separar -cuando no miente- al hombre enamorado de la bestia exaltada. Así somos. Irremediables. Tiernos y degenerados. Un amasijo de lágrimas y de esperma. Tomalo o dejalo. Es todo lo que tengo. Imaginate, dale, juguemos. Vos sólo imaginate.

Imagen: George Mayer (Rusia).

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