Algunas veces pienso que sin los libros la vida no tendría sentido. Pero el delirio cede su lugar a la cordura. Los libros son magníficos pero no pueden hacer milagros. Entonces me digo: ¡Son las mujeres!. La idea me parece sensata. Pero el sueño se quiebra ante el peso de la memoria. Las mujeres son sublimes pero yo no las merezco. Acepto que nada tiene sentido. Me resigno a esperar a la muerte que sí lo tiene. Mientras tanto, sigo haciendo el amor con cada libro y leyendo a una mujer detrás detrás de la otra.