42-17323128Yo no sé si a tu perro le gusta ladrar a lo bobo. Mi perro ­No! no quiere ­No! con el hocico afiebrado ­No! recuperando palitos, corriendo a lo bobo” J.C. Solari

Subí al auto algo aturdido. No sabía exactamente para qué. Quince minutos más tarde ingresaba en la residencia donde –desde hacía dos años- estaba internado mi viejo. El edificio era una casona antigua pero elegante. Desde el frente se veían las ventanas del primer piso abiertas y las siluetas de varios ancianos caminando. Se cruzaban sin dirigirse la palabra. En el único balcón tres mujeres jugaban a las cartas. La enfermera, se sorprendió al verme.

- ¿Ocurre algo?

- No, pasaba y quise saludar al viejo.

- Suba, está en el comedor.

El ambiente era enorme. Las personas marchaban en silencio rodeando el perímetro del lugar. A través de las ventanas llegaban, algo atenuados, los sonidos de la calle. El televisor mostraba escenas de un barco y una playa donde había lobos marinos o focas y algunos pinguinos. Nadie lo miraba. En el extremo opuesto del salón Manuel agitaba las piernas sentado en una silla con las manos juntas sobre sus rodillas y los pulgares haciendo un movimiento circular a toda velocidad. Me acerqué. No levantó la cabeza. Decía algunas frases que no logré comprender y que se repetían a un ritmo vertiginoso. Todo en él giraba sin avanzar en ninguna dirección. Estaba detenido, pero a gran velocidad. Imaginé la rueda de un coche atascada en la arena. Máxima aceleración, pero sin desplazamiento. Le acaricié la cabeza pero no pareció darse cuenta. Yo, en cambio, me estremecí por completo.

- Manuel…soy yo.

Me miró. Al cabo de algunos segundos, que me parecieron eternos, sonrió. Bajó la cabeza y continuó con aquellos complejos movimientos y reiterando palabras en un idioma que me resultaba incomprensible. Me agaché, abracé sus rodillas que no dejaron de temblar. Puso sus manos sobre mi cabeza. No pude mirarlo a los ojos. Habló.

- Mi perro, se llama Tomás. Todos los quieren, pero mamá dice que lo echará a la calle.

Ahora fui yo quien tomó su cabeza entre mis brazos y lo acuné consolándolo.

- No te preocupes Manuel, yo voy a hablar con ella.

- ¿Me lo prometés?

- Quedate tranquilo, nadie va a quitarte a Tomás.

- Gracias

Se tranquilizó. Bajó una mano e hizo la mímica de acariciar el lomo de su perro. Era un gesto tan real que sentí que el perro estaba allí aunque yo no pudiera verlo.

- ¿Manuel, sabés quien soy?

Me miró y recorrió mi cara con sus dedos. Se detuvo en los ojos.

- ¿Llorás?

- Creo que sí.

- A tu perro…¿también lo quieren echar?

- Sí. Pero no voy a permitir que a vos te ocurra lo mismo.

- ¿Cómo se llama?

- Dinamita. Mi perro se llama Dinamita.

La enfermera se acercó y nos dijo que era la hora del almuerzo. Manuel se aferró a ella y se alejaron. Sonreía mientras caminaba con pasos ridículos y cortos. Arrastraba sus pies y era notorio que si la enfermera no lo sostuviera se caería al piso de inmediato. Se dio vuelta y me saludó con la mano en alto. Sonreía. Salí.

Pensé en lo curioso que era que mi padre ya no recordara quien había sido, justo cuando yo comenzaba a averiguarlo. Que el abrazo que acababa de darle se lo había negado empecinadamente mientras podía recibirlo. Que sólo encontré un camino hacia él cuando ya no éramos capaces de cruzarnos. Que ese hombre que acababa de dejar era la cáscara vacía del que ya nunca podría recuperar.

Corrí detrás de ellos. Grité.

- ¡Manuel!

Se detuvo. Sostenido por la enfermera ahora se agitaba con todo el cuerpo. Parecía que iba a derrumbarse. Me miró a los ojos

-¿Te puedo hacer una pregunta?

Hubo un tiempo demasiado largo entre que apareció el gesto en su boca dispuesto a hablar y el momento en que el sonido logró salir de ese encierro. Temí que no lograra hacerlo. Ajeno a todo lo que lo rodeaba parecía feliz o indiferente, aunque tal vez sean la misma cosa.

- Sí, preguntame.

-  Viejo, ¿Podés decirme quién soy?

Daniel Flichtentrei

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