Por fin  ha llegado el otoño. Me pone contento enterarme de la alegría que siente tanta gente en vacaciones. Me alegro por ustedes. En cambio a mí me aterra imaginarme en esos lugares. No se enojen, pero no puedo evitar sentir una puñalada en la espalda cada vez que leo las palabras: playa, verano, costa, sol, Brasil, etc. Me deprimen hasta las lágrimas las fotos de la arena y el mar, los bolsos de viaje, las terminales de ómnibus, las sombrillas o las carpas. Es más fuerte que yo. No puedo soportarlo.

A mí me gustaría estar en una ciudad oscura y gris. No sé, en Berlín Oriental de los sesentas, en Varsovia o Bratislava, en Sofía o Bucarest, en Kiev, en Kasán o en Volgogrado. Vivir en el interior sombrío y lento de una película de Bela Tarr. Con mis ojos como una cámara recorriendo en un interminable plano secuendia el mevimiento de una hoja arrastrada por el viento o el chapoteo de las vacas sobre el barro bajo una llovizna helada. A veces recorro con la imaginación esos escenarios. Ciudades agobiadas por la opresión y el secreto. Siluetas anónimas que caminan con la soledad montada sobre los hombros. Ando sin rumbo por ciudades imaginarias como las de de Calvino. Me gusta detenerme en los detalles. En mi sueño hay edificios de monoblock, garúa, hace frío. Miro correr un río turbio y revuelto desde un puente con las paredes descascaradas y estatuas a las que se les ha caído la cabeza. Un tranvía blanco y amarillo pasa por la esquina. Los negocios tienen unos faroles antiguos sostenidos por soportes de hierro forjado. Alguien ha barrido los restos de nieve sobre el cordón de la vereda. Atravieso la bruma entre mujeres ateridas cubiertas con las capuchas de unas camperas grises de tela gruesa que les llegan hasta las rodillas. Los hombres andan con impermeables rústicos, paraguas y sombrero. Las ropas son todas iguales, como uniformes. Escucho los graznidos de unas aves negras enormes como patos. Nadie habla. Las ventanas de los edificios están iluminadas con una luz débil y amarilla o completamente a oscuras. Puede ser la primera hora de la tarde donde ya comienza a caer la noche o la mitad de la mañana aunque todavía no amanece. Los días son cortos bajo un sol tímido que ilumina poco y no calienta nada.

Entro a un bar con mesas y sillas de madera. Me siento junto a una ventana que tiene cortinas blancas con encaje de Brujas. Limpio el vidrio empañado con movimientos circulares de la mano. Las gotas se deslizan formando caminitos sinuosos de agua que van a morir a un macetero con dos o tres flores blancas congeladas. Me sirven un café doble en una taza de porcelana pesada que debe tener un siglo. El aroma me abriga y me entibia. Una chica joven, rubia y blanquísima deja sobre la mesa un plato con un cuadradito de apple strudel y otro de cheese cacke. Cuando se va le miro el culo enmarcado por los bordes flameantes de un delantal con bordados en broderie sobre la tela. Tiene el cabello recogido en un rodete tenso atravesado por una hebilla con forma de aguja. El cuello es largo, óseo.  Está surcado por pelitos rubios que desaparecen trepando hacia la nuca. La calefacción me a lleva un estado intermedio entre el sopor y la vigilia. Algo raro, sin palabras que lo nombren. Me gustaría llorar pero nunca supe hacerlo. Gozar con las lágrimas cayendo sobre mi cara. Quisiera extrañar pero no encuentro a quién. Un pájaro aturdido por el viento se estrella contra la ventana. Queda un instante detenido con el cuerpo aplastado y los ojos abiertos. Nos miramos. Me reclama una explicación. Pero no hay tiempo. Comienza a deslizarse despacito hacia abajo dejando una estela pegajosa de sangre y plumas sobre el vidrio. Lo veo desaparecer en dirección al piso. Queda la huella sucia de su caída como si la lengua de un demonio hubiese lamido esa superficie transparente.

Entonces percibo una humedad sobre el dorso de mi nariz. Me sobresalto. La dejo bajar hasta la comisura de los labios. Chupo una gota salada demorándola para entender de qué se trata. Estoy llorando, me digo. Esto debe ser la felicidad. Este placer sombrío que se derrama por mis ojos. Bajo el cielo implacable del invierno. Sentado ante la mesa de este bar donde una chica transparente y alada se pasea detrás del mostrador. Esta mano apretándome la garganta. Lejos. Solo. Sin recuerdos y sin proyectos. Sí, me digo, esto tiene que ser la felicidad.