-¿Te molesta?-, me dice sin dejar de hablar mientras se acomoda en la silla frente a mí en el escritorio. No espera mi respuesta. Mueve las manos con desplazamientos amplios que producen un estruendo de pulseras chocando entre sí. Son argollas de distintos colores. Deben ser ocho, o tal vez diez, repartidas entre las dos muñecas. –No sé cómo explicártelo, ¿viste? pero quería que me conocieras tal como soy.  A veces, acá en el  laburo, mostramos una cara que no es verdadera. Vos, por ejemplo, les das miedo a las empleadas. Pero a mí no, a mí no. Yo te sigo la corriente. No te molesto cuando me doy cuenta de que estás de mal humor. Pero, qué se yo, me parece que vos también escondés a un niño adentro. Un tipo tierno detrás de esa máscara de doctor malo y exigente. Nos parecemos, creo. Sólo que vos lo disimulás y yo no-. Cuando se mueve el vestido ondula sobre sus brazos como una cortina. Es de una tela rosa más bien arrugada y etérea. Los breteles se le deslizan por los hombros y ella los devuelve a su posición con movimientos automáticos de las manos. Tiene el cabello largo atado en una cola detrás de la nuca. Por delante el flequillo amenaza con cubrirle los ojos pero nunca lo hace.  Le cuelgan de las orejas dos aros enormes y largos. Son dorados con incrustaciones verdes y amarillas que al moverse me parecen señuelos de pescador. Cucharitas, de esas que se usan para atraer a las truchas en los lagos del sur. –Mirá, ayer, por ejemplo, crucé la plaza para tomar el colectivo cuando salía del laburo y vi las hamacas desocupadas. Me quedé mirándolas un rato. ¿Por qué no?, me dije. Fui corriendo sobre la arena hasta sentarme en una de ellas. Empecé a hamacarme medio tímida, con miedo. Miraba para todos lados para saber si alguien me veía. En dos o tres minutos estaba volando por el aire como cuando era una nena. Canté. A los gritos, con toda la voz. Canciones que creía que ya no recordaba. No sé, ¿viste?, así soy yo. Puedo agacharme a juntar piedritas. Seguir a una hormiga durante media hora para ver cómo transporta una hoja de la ligustrina. Sin ir más lejos, acá, ¿viste? en el pastito de la entrada. Está lleno de bichos bolita, algunos tienen como lunares marrones. Yo agarro un palito y los empujo hacia adelante. No sé, ¿viste? me parece que los ayudo a recorrer esa distancia que a ellos les debe parecer tremenda. ¿Vos qué haces cuando ves un bicho bolita?- ¿Yo?- -Sí, vos- Los piso -Aaayyy, ¿ves? Ese humor de ogro malo que tenés.  A mí me gusta mirar por la ventana a las palomas en el techo del edificio vecino durante toda la tarde. Ahora voy a coro y a teatro, ¿te lo había contado?- Hizo una pausa breve en la que yo apenas puede terminar de decir: -“No”. –Siií, me encanta. Antes hacía expresión corporal y danza Butoh pero necesitaba algo nuevo. Renovarme. Qué se yo, ¿viste? También probé la terapia de regresión a vidas pasadas y hasta tengo hecho el curso de instructora en flores de Bach. Me recibí, ehh, soy terapeuta floral. Inquieta, eso soy, muy inquieta. Me gusta explorar las cosas. No quedarme siempre estancada en el mismo lugar. Colecciono caracoles, hago arreglos florales con ramas secas y flores de estación. Tengo una pecera, tres gatos -una es gata- y un loro que es mi compañero con el que converso cuando estoy en la cocina. Se llama Torcuato que era el nombre de mi abuelito con quien también charlaba cuando era una nena. Ayy, pero no te dejo hablar. No me dijiste ni una palabra hasta ahora. ¿Te molesto?- La miro con una expresión neutra pero ella no la registra. Cuando estoy por abrir la boca ella se lanza nuevamente y me lo impide. –A mí me parece que la vida es maravillosa, ¿viste? Todo, todo, todo. Encuentro alegría en caminar descalza por el pastito, en el incienso que siempre tengo encendido en la habitación. Son de distintos aromas, ¿viste? Los compro en la feria de San Telmo. A veces me acuesto sobre la alfombra, pongo un CD con ruidos de agua y cantos de ballenas grabados debajo del mar y me quedo quietita, quietita. Me transporto hacia las profundidades del océano. El sonido, el olor. Cierro los ojos y veo a las ballenas nadando a mi alrededor o llevándome sobre el lomo. Hace muy bien eso, deberías probarlo. Siií, te haría muy bien. Te voy a regalar un paquetito de incienso y una copia del CD. Ahora yo, carne, no te como desde hace cinco años.  No sabeeés…, me fui transformando. Mi cuerpo, mis ideas, una maravilla. Quería que nos conozcamos más, ¿viste? A veces pasamos casi todo el día juntos y no nos hablamos ni una palabra. Casi ni nos conocemos. Bahhh, yo a vos sí que te conozco pero vos a mí no. Perdón, a lo mejor vos querés decirme algo y yo no te lo permito- No sé qué decirle. Nos miramos. Pero otra vez sus brazos empiezan a moverse, las pulseras a hacer sonar su batucada, las cucharitas de las orejas a girar, el bretel a bajar y a subir. Su voz. Su voz sube de volumen. Me lastima. Es un alarido desafinado y agudo. Pienso que si se lo propone podría hacer estallar todos los vidrios del consultorio. Abre la cartera y me muestra fotos de sus gatos. Son grises, gordos. Parecen retardados. Caminan sobre la mesada o se acuestan sobre el teclado de la computadora. Duermen sobre los almohadones del sillón. –Qué lindo que hoy hayamos podido conversar un ratito. No sé, no sé. Me siento muy bien. Creo que ahora me conocés mejor. ¿Te imaginabas que mi vida era así?- Otra vez me mira sin dejar de moverse. –No- le digo – no me lo imaginaba. –Ahhh, lo sabía. Yo sabía que te ibas a sorprender. Vos andás siempre con la cabeza en otra parte. Qué se yo, concentrado, serio. Ahhaa, pero yo sé que te gustan mucho las mujeres. No preguntes cómo lo sé. Intuición, ¿viste?  Ese sexto sentido que tenemos algunas personas. Me doy cuenta por la forma en que las mirás. Pero a mí no. A mí nunca me mirás de esa manera. Vos notaste que yo soy distinta. No sé, diferente a las demás. Yo siento cosas, ¿viste? Puedo anticipar lo que va a ocurrir. ¿Vos también? Otra vez no sé qué responderle. –No, creo que no. Se tapa la boca con la mano, asombrada. –Yo hubiese jurado que siií. Que vos también tenías poderes. Te voy a regalar un libro de Coelho que habla de eso, te va a encantar. Siií, te va a encantar. Ayy, no sé si te molesto, ¿estás ocupado? –Y, un poco- -Bueno, ya me voy. Estoy recontenta porque ahora me conocés mejor. Pero no me dijiste nada. Qué se yo, algo. Qué te parece lo que te conté-. Me quedo callado. Hago malabarismos con una lapicera entre los dedos. Ella se pone de pie. Se acerca a la puerta. Espera. Como no le hablo sale. Vuele a asomar la cabeza con los aros cucharita balanceándose a toda velocidad. –Dale, decime algo. A mí, por ejemplo, mientras te lo contaba me parecía que me elevaba en el aire. Flotaba agarrada del mango de un paraguas como Mary Poppins, ¿viste? No sé, a veces las personas sentimos cosas en el cuerpo. ¿Vos qué sentiste? Busco las palabras. Me parece que va a empezar a hablar otra vez. Tengo que decirle algo. La miro. –Me pesaban los huevos-, le digo. Cierra  la puerta. Me desplomo sobre el respaldo del sillón.

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