Los dientes del infierno
Llega el sonido de cuatro tiros y la sirena de la policía a través de la ventana. Acá suena Lucinda Williams cantando “Buttercup” al palo. Se cuela el aroma del asado desde la parrilla del vecino. Alguien mira la repetición de River y Racing en la TV. Por todos lados hay libros desde el piso hasta el techo. Una pila está separada sobre mi escritorio. Los tres tomos de “Esferas” de Sloterdijk, una novela de Lobo Antunes, la enorme Poesía Vertical de Juarroz. Tienen señaladores improvisados con papelitos de colores. Están repletos de subrayados, anotaciones al margen, párrafos resaltados en amarillo. Esta tarde escuché a Gustav Mahler. Me recosté sobre la alfombra e hice sonar como diez veces el Adagietto de la Quinta Sinfonía en Do sostenido menor. Me hizo temblar. El tipo murió hace cien años pero la desesperación que lo torturaba sigue viva en mí. Si yo hubiese tenido algún talento hubiese querido escribir algo así. Estoy rodeado por mi música y mis libros. Los acaricio como a mujeres tristes e inalcanzables. Los tomo entre las manos y les abro las piernas para lamerles el sexo. Ando con ganas de escribir, pero sé que no voy a hacerlo. Este lugar es acogedor, íntimo, perfecto. Me gustaría arrancarlo y navegar sobre él como en un islote desprendido del continente. Flotar sin rumbo. Solo. En la inmensidad líquida de la noche. Dejarme caer sin voluntad por la oscura boca del océano. Acá todo parece un paraíso. Pero yo siento los dientes del infierno mordiéndome los talones.
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Ana
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