Domingo. Me siento frente a mi mujer. Ella sirve la comida. Miro mi cara reflejada en el plato. Le pregunto: “¿Qué hacemos vos y yo acá?” Ella sirve berenjenas al horno con queso.“Lo que hemos hecho durante los últimos 25 años. Lo que haremos hasta que estemos muertos”. Paso el dedo por el queso y lo chupo. “Ah, es verdad”. Me quemo. “Prefiero la muzzarela al quartirolo. Prendé la tele”.

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Lunes. Te paraste de espaldas a mí. Buscabas una carpeta en los archivos. La luz fluorescente alargaba tu silueta como una mancha oscura, primero sobre el piso y depués trepando por la pared. Yo me acerqué en silencio. Aguanté la respiración. El corazón se me salía por la boca. Sudaba. Tuve miedo de que vos lo escuches. Estiré la mano. Temblaba. Y le acaricié muy suavecito ese espléndido culo redondo a tu sombra.

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Martes. Esta mañana dejé una nota sobre tu escritorio: “Ayer le toqué el culo a tu sombra. Perdón y gracias”. Ahora encuentro otra clavada con un clip sobre mi chaqueta: “Ayer pensé que un ángel me había rozado el culo. Ahora que sé que fuiste vos prometo patearte los huevos. Pero no será a tu sombra”. Creo que esto avanza. ¿Ustedes?

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Miércoles. Llegó muy temprano. Tiene el pelo mojado y huele a frutos del bosque. Aún está un poco dormida. “Que pena, no te volveré a ver hasta el Martes”, le digo. Se pinta mirándose en la ventana. No se da vuelta. “No seas boludo. ¿Por qué no te acostás en la alfombra y te quedás a vivr en esta pocilga”. ¿Conocerá a Bartleby?

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Jueves. Escucha a Arjona. Pone un tema después de otro desde hace más de una hora. Yo lo detesto. Jamás pude evitar una especie de náusea y de furia cuando suena cerca de mis opidos. Disco el número de su interno aunque su escritorio está a tres metros del mío. -Hola. Me dice sin bajar el volumen. Me quedo en silencio. Pienso. Quiero ser sincero. Miro la mano delgada, los dedos largos sosteniendo el tubo. Su oreja pequeña. Imagino que mi voz al salir desde el auricular se transforma en una lengua. El cabello le abre una grieta sobre el cuello y muestra la protuberancia de la séptima cervical. -Poné un poco más fuerte. Ese hombre dice cosas que me hubiese gustado decir a mí. Le digo sin avegonzarme. Siento que digo la verdad. Pero comprendo que es ridículo. Ella se da vuelta sobre el sillón giratorio y me mira. Cierra los dedos y levanta el mayor. Sin voz hace con los labios la mímica de “Fuck you”. Creo que tiene razón.

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Viernes. Hoy hizo un frío polar. Aunque dentro de la oficina parecía el trópico. Ella se pasó la tarde mirando videos en Youtube y enviando SMS. Yo mirándola a ella. El surco de la espalda, el vello rubio del cuello, el bretel transparente del corpiño deslizándose sobre el hombro. Una vez por hora salía al parque para fumarse u…n pucho. Se cubría con una especie de poncho tejido sobre los hombros. Cuando volvía, revoleaba esa manta sobre el respaldo de la silla. Yo apenas disponía de un instante -mientras giraba para volver a sentarse- para que la muerte me entrara por los ojos. Asesinado por esos pezones monstruosos, erizados por el frío, levantándole la blusa.

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Sábado. Es un fin de semana interminable. Le envié un mensaje: “Necesito descansar. Mis ojos están agotados de mirarte la nuca”. Esperé más de dos horas y no me respondió. Recién sonó mi teléfono: “Mi nuca también está exhausta”.

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Domingo. Mi mujer me interrumpe mientras leo “Piedra infernal” de Malcom Lowry. -”Podríamos ir a cenar y después a La Giralda a tomar café. Tal vez nos encontremos en la mesa que da a Corrientes con la energía que nos hacía hablar hasta que salía el sol. ¿Te acordás? Veníamos cargados de libros y discos. No nos podíamos resistir aunque no teníamos un mango. Después caminábamos hasta Plaza Once y nos dormíamos uno sobre el hombro del otro en el tren. En la estación comprábamos medias lunas calentitas, pero te las comías todas vos. Cuando llegábamos a la cama. Vos me contabas un cuento y me decías que yo era Sherezade. Me desnudabas sin dejar de hablar. Me convencías de que el colchón era una fuente de la Alahambra en la que los dos nos sumergíamos despacito. ¡Dale! A lo mejor tenemos suerte y nos volvemos a llenar el tanque con ese viejo combustible. ¿Querés?”. Pongo el dedo índice señalando la página 43. Levanto la cabeza. -“No”.

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Domingo. “-No importa a qué juegue una mujer; sepa jugar o no, siempre te gana.” “Piedra infernal”, Malcom Lowry. Tusquets editores. Pag: 43.

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Lunes. Salgo a caminar. Todo está helado. Muerto. Me desafío. Sólo voy a mirar el celular cada cinco cuadras. Al principio me hago trampa. Después no. Compro la “Ñ”. Una señora gorda se para frente al Bar Havanna. Duda. Mira hacia todos lados. Entra. Yo también. Pido un cortado y leo. La señora se compra un Havannet de dulce de leche. Entra al baño. Me acuerdo. Cuando ella estaba embarzada yo le llevaba una caja -mitad de chocolate blanco y mitad de coco- todos los Viernes. Se sentaba en la cama y se los comía todos. Después lloraba y decía que era un vaca. Que no podía controlarse. A mi me hacía mucha gracia. Me reía y ella me tiraba un almohadón por la cabeza. Me echaba. Leo una nota acerca del nuevo libro de Josefina Ludmer: “La fición como fábrica de la realidad”. Me prometo comprarlo. La señora sale del baño limpiádose las migas de la boca. Me mira. Los tramposos nos reconocemos enseguida. Me da pena. Creo que yo también le doy pena a ella. Nos sonreimos. Antes de salir compro una caja de Havannets. Anticipo la cara que pondrá al verme llegar. Hace como veinte años que no lo hago. Camino de vuelta a casa. Me detengo en la vereda. Veo su silueta detrás de la  ventana iluminada por la lámpara del comedor. Suena “Luna”, el tema de La Surca. Sólo lo escucha cuando está muy triste. Dice que la hace temblar. Pero le gusta. No sabe por qué, pero lo disfruta. Voy hasta el canasto de basura del vecino. Tiro la caja. Saco la llave.

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Lunes. Son las cinco de la madrugada. No sé qué hacer. Le evío un mensaje de texto para que lo lea apenas se despierte: “No tengo derecho, pero no me dejás dormir”. No pasan cinco minutos y suena el teléfono: “Yo tampoco. Ninguna de las dos cosas”.

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Lunes. Hoy es lunes feriado. La mañana es luminosa y fría. Los vecinos encienden el fuego. Llegan los primeros olores de la carne asándose en las parrillas. Los hijos visitan a sus padres. Les llevan a los nietos. Los veo pasar a través de la ventana. Buscan el sol y la calma. Y los encuentran. Mis hijos duermen. Hay buenas películas para ver. Hay amigos muy queridos que nos recibirían con gusto esta tarde. Podría ir a ver a mi vieja. Será un día espléndido para la caminata y el aire puro. Propicio para el encuentro y la charla. Un lunes que parece domingo. Un barrio feliz que parece un paraíso. Un sol que ilumina y entibia el mediodía. Un día que recién comienza y está repleto de promesas. La puta que lo parió.

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Martes. SMS. Enviado: 17.58: “¿Pensaste que yo podría ser tu padre?”. SMS. Recibido: 18.11: “Podrías, pero no lo sos. También podrías ser un cagón, y eso sí que sos”.

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Miércoles. Mi mujer me interrumpe mientras leo “Piedra infernal” de Malcom Lowry. -“¿Sabés? Yo te observo mucho. Aunque vos no lo creas. Hasta hace poco me ponía furiosa verte así, cerrándome las puertas. Pero ahora también me veo a mí misma en esas escenas. Entonces las entiendo. Cuando sólo te veía a vos era como una película a la que le cortaran la mitad de la pantalla. Ahora ya no me enojo. Me produce una tristeza infinita. Una clase de nostalgia rara que me pasa por el cuerpo. No sé, como una gripe triste o un empacho. Siempre pensé que si las cosas no iban bien lo mejor era abandonarlas. Pero ahora estoy muerta de miedo. Creo que estaba equivocada. Es como cuando alguien se muere y vos querés que te dejen el cadáver antes de quedarte sola. Lo que vemos no es real. Estamos confundidos. Miramos bajo el agua por eso todo es borroso y nos falta el aire. No seas boludo, ayudémonos a sacar la cabeza. Vos a mí, yo a vos. Respiremos. Veamos las cosas como son de verdad. Nos ahogamos. Pero ninguno se anima a darle al otro el cachetazo del bañero y rescatarlo. Decime la verad, ¿vos también te sentís así, confundido?” Pongo el dedo índice señalando la página 94. Levanto la cabeza. -“No”.

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Miércoles. “Y todas estas historias son de cosas que se hunden, que se desmoronan, que se vienen abajo. ¿No ve usted sepultadas bajo todos estos escombros sus ansias de libertad?”. “Piedra infernal”, Malcom Lowry. Tusquets editores. Pag: 94.

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Jueves. Hoy llegó tarde. Me saludó con un movimiento leve de la mano. Permaneció ausente. La línea de la espalda agobiada por una peso que los demás no podíamos ver. Los hombros hundidos en el tórax. La cabeza flexionada sobre el esternón. Clausurada dentro de sí misma. Ni le hablé. Se levantó varias veces para ir al baño. Al …volver se frotaba la palma de la mano derecha con movimientos circulares por debajo del ombligo en el sentido de las agujas del reloj. Al mediodía se quedó sola en el jardín. Apenas probó un poco de ensalada y dos mitades de huevo duro que traía en un Taperware amarillo. Miraba hacia un horizonte incierto. Los ojos lunáticos. El mundo fue menos luminoso para ella. Le parecieron absurdas las razones de la alegría y el entusiasmo en las que hasta ayer creía. Herida, como un animal sangrante. Todo el día la adoré en silencio. A la distancia. Como a una sacerdotisa que ofrece su periódico sacrificio a la implacable diosa de la fertilidad.

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Viernes. Hoy está mejor. Ha vuelto al infierno Arjona. Su cuerpo ha recobrado la insolencia. Al mediodía vino un muchaho en moto y le dejó un bolso con la ropa de gimnasia. Cuando pasó por mi escritorio la tomé del brazo. -”Si ese pendejo te toca lo voy a atropellar con el auto”. Le dije con la mirada más decidida que pude comp…oner. Se soltó y me tomó del mentón. -El pendejo es mi hermano. Pero si andás con ganas de atropellar a alguien, ¿por qué no probás conmigo, galán?

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Sábado. No es la primera vez. Lo he hecho decenas de veces y jamás encontre motivos para preguntarme nada. Siempre me resultó fácil, irrelevante, sin efectos colaterales. ¿Qué mierda me pasa ahora que ni lo hago ni dejo de preguntarme tantas cosas?

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Lunes. Hoy me invitó a almorzar. Salimos al jardín y nos sentamos sobre el pasto bajo el sol del mediodía. – “¿Tenés algo para comer?” Me preguntó mientras abría su mochila. – “No”. – “¿Y qué pensás almorzar?” Dudé. –“Nada. Vos comé, yo te acompaño”. Abrió el Tuper amarillo y sacó un sándwich enorme de pan francés, jamón, que…so y tomate. Chorreaba mayonesa. Se chupó los dedos. Lo partió en dos. Miró los pedazos, midiéndolos. Me dio el más chico. –“Tomá y conformate. Yo no soy la UNICEF”. Lo acepté y comimos sin hablar. Dos veces extendió su brazo ofreciéndome una bebida con el color y el sabor de la orina llamada Aquarius Pera. –“Me gusta comer en el césped, bajo los árboles, ¿a vos?” –“Ya ni recuerdo la última vez que lo hice, pero creo que no me gusta”. Sonrió mientras me sacudía las migas de pan que tenía sobre la camisa. –“Lo sabía. No te imagino disfrutando de la naturaleza. Dale vamos que ya es la hora de volver”. Se agachó para guardar sus cosas en la mochila. Tenía una remera azul con la cara de Bob y una inscripción que decía Marley. Sus pechos asomaron a través del escote. Se quedó inmóvil en esa posición, como una estatua. – “¿Ya está?, ¿terminaste?” No comprendí a qué se refería. – “¿Si terminé con qué?” – “De mirarme las tetas, digo. ¿Podemos volver a la oficina?”.

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Martes. Apenas llegó se quitó el abrigo y se inclinó sobre su escritorio. Primero me pareció una mancha oscura. Algún defecto de nacimiento sobre la espalda. Me puse los anteojos. Era una mariposa tatuada. Con las alas extendidas repletas de arabescos. Me quité los anteojos. Entonces se hizo un triángulo borroso con la base despl…egada entre ambas crestas ilíacas y el vértice señalando al paraíso.

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Miércoles. Abro la puerta de casa. Me dejo capturar por esta atmósfera cargada de recuerdos. Hay acá un murmullo placentario. Mi hijo mira un videoclip de Shakira en TV. Me sorprende. Hasta hoy lo enfurecía cada vez que me veía hacerlo: “No lo puedo creer. Vas de Beethoven a Shakira. Explicámelo. ¿Quién te entiende?”. Pero hoy la anatomía me ha …relevado de las explicaciones fútiles. No quiero perturbar la ceremonia. Está recibiendo una revelación. Sabrá que el Dios que nunca le hice ver está en esas caderas. Lo buscará durante el resto de sus días en cada pelvis de mujer. Lo encontrará, cientos de veces. Porque se esconde en todas las mujeres. Está hipnotizado. Tiene la boca abierta y los ojos petrificados. Ahora, por fin, podrá salirse de su madre. Comenzará a buscarla en todas las mujeres. Ella me sonríe en una secreta despedida mientras le sirve la cena. Me mira, entregándomelo. Desde hoy será mi compañero. Juntos volveremos a transitar el camino de la especie. La memoria intacta del mono que hemos sido. Ya no habrá preguntas imposibles. Sólo me falta una triste burocracia de hormonas y condones. El resto lo está haciendo ahora mismo esa mujer. Desde mañana viajaremos montados a lomo de sus muslos. Comprenderá todo lo que no es. Nos dispondremos a gozar como primates de esa sagrada diferencia. Lo espero, mientras termina de nacer. Bienvenido.

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Jueves. Mi mujer me interrumpe mientras leo “Piedra infernal” de Malcom Lowry. Ya me ha preguntado tres veces si quiero tomar o comer algo, si tengo frío o calor. Ahora se sienta en el piso con las piernas cruzadas. –“Lo estuve hablando con Sara…” No se anima continuar. Está evaluando mis señales. Hago un cálculo rápido de las consecuencias de un homicidio. Mis hijos huérfanos, yo condenado a prisión perpetua. Veo su cadáver. Pálido. Los moretones con la forma de mis dedos alrededor del cuello. No es que lo descarte, pero decido postergarlo. –“Sí, ya sé que despreciás a los psicoanalistas, en particular a ella. Pero me dijo que puede ayudarnos. Que nos entrevistaría sólo una vez para derivarnos a otro profesional”. Hago un esfuerzo. Sabe que esto me molesta mucho. Ante mi silencio se va. Intento leer. Vuelve. Me abraza por el cuello desde atrás. –“Si lo estás pensando tanto es porque no querés herirme”. Apoya su cabeza sobre la mía. Está serena, pero dolida. Lo percibo en la presión de su cuerpo sobre mi nuca. En el siseo de su respiración. Huele a jirones de recuerdos arrastrados por la tormenta. No llora porque sabe que me derrotaría sin remedio. Su dignidad me preserva de la humillación. Me pregunta,  pegada a mi oreja. –“¿Es joven? ¿Es linda?” Siento el filo helado de la navaja rozándome la yugular. –“Dale cabrón, es todo lo que quiero saber. Tengo derecho. ¿Me lo vas a decir?” Me pesa como un transatlántico sobre una nuez. Pongo el dedo índice señalando la página 113. Levanto la cabeza. -“No”.

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Viernes. “No habían aprendido que con toda la belleza del atardecer, la suavidad de la noche, la ternura de la mañana azul, cada latido del motor que los acercaba a New Bedford, a Herman Meliville, los acercaba también a su propia ballena blanca, a su propia destrucción”. “Piedra infernal”, Malcom Lo…wry. Tusquets editores. Pag: 113.

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Domingo. Los domingos desayunamos en un bar. Un grupo de amigos, todos hombres. Salimos muy temprano en puntas de pie para no despertar a la familia. Nadie falta, nunca. Tomamos café, fumamos. Sólo se habla de mujeres y de fútbol. A veces de política pero nos aburrimos enseguida. Es una isla de varon…es. Brutal, primitiva. Un acto de venganza contra la emasculación del matrimonio. Fundamos durante un rato un país de maravillas. Allí el fútbol es una religión. Hay sólo dos clases de mujeres: las putas y las nuestras. Preferimos a las primeras porque estamos condenados a las segundas. Comprendemos las diferencias entre el sexo y el amor. Pero acá no tenemos miedo de decir cuál es el más poderoso. Antes del mediodía nos despedimos. Intercambiamos teléfonos de prostitutas. Hacemos amenazas y pronósticos sobre el partido de la tarde. Llamamos al pibe del semáforo. Cada uno le compra un ramito de jazmines por dos pesos. Y salimos corriendo a comprar el pan.

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Lunes. Camina entre los escritorios como un animal exótico recorriendo la sabana. Es una fiesta para los sentidos. Su espléndido culo me rescata del tedio y la pereza. Hoy fuimos los primeros en llegar. Aún estaba oscuro. Fui al baño en el momento en que ella salía. Nos cruzamos en la puerta. Apoy…ó los brazos contra la pared dejándome en el medio. Acorralado. –“¿Cómo pasaste el fin de semana?”“Como la mierda”. Se corrió un mechón de cabello despejando los ojos. Son verdes. Achinados, levemente orientales. –“Qué pena. No te lo merecés”. Usé mi nariz como una boca. Me comí su perfume tan intenso. –“¿Y vos qué pensás que merezco? Bajó los brazos y me tomó del codo. Me pegó un sacudón que me dejó en mitad del baño de mujeres. Trabó la puerta con una silla. No sé de qué manera me encontré dentro de un cubículo con el inodoro incrustado en las rodillas. Iba a gritar de dolor. Pero antes de abrir la boca vi a mi pantalón cayendo hasta los tobillos. No voy a describirlo. Nada. No es pudor, ni vergüenza. Es la pura impotencia de las palabras. Su límite y su miseria. Hay un punto en que se necesita el cuerpo. Un diálogo mudo entre su boca y mi sexo que yo no podría traducir. Se derramaron ríos que suponía muertos. Algunos mililitros que sobrevivieron a la agonía. –“Ahora tuviste el fin de semana que merecías”. No pude decirle nada. Se arreglaba frente al espejo. Intenté salir. Me detuvo. –“No seas tarado.” Abrió la puerta. Miró hacia todos lados y me hizo señas de que podía salir sin ser visto.

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Martes. Hoy anduve rumiando ideas y sensaciones como una vaca indigesta. Imágenes sueltas. Piezas perdidas de un rompecabezas. Vi un líquido turbio deslizándose entre sus piernas hasta alcanzar el piso. Ella muerta de risa. Yo muerto de miedo. Su dedo señalando el bolso y el carnet de la obra social. La voz de la obstetra en el teléfono diciéndome: -”Tranquilo. Nos vemos en veinte minutos”. Mi hijo detrás del vidrio de la nursery. Su llanto llegando desde la pieza de al lado. Ella incorporándose sin despertarse. El largo chorro de leche que busca una boca pero empapa las sábanas. Una caminata larga por el Boluevard Saint Germain una tarde de otoño. Una moneda cayendo de canto en la Fontana di Trevi. El vuelo de su pañuelo de seda rojo pegándome en la cara en una montaña rusa. El olor a quemado de la primera carne al horno. Su llanto mientras tocaba el timbre el chico de la pizzería. El clack sonoro de una cachetada cuando alguien le mandó una foto de una noche de fiesta en la guardia del hospital. Su mano en mi barriga dándome masajes el día que murió mi viejo. El olor de su almohada. El sonido de su orina derramándose en el agua del inodoro a las cuatro de la mañana. El temblor del papel que sostenía en la mano mientras me decía: “Nos seas boludo, tenés que escribir”. Cosas perdidas. Hojas sueltas arrastradas por el viento. Círculos concéntricos separándose de una piedra que se hunde en el agua.

Recordé la fábula del escorpión y la rana que cuentan Cabrera Infante en “Arcadia”, Orson Wells en “Mr. Arcadyn” y Dave Mustain en Megadeth.

Salí  de la oficina. Mi cabeza daba vueltas como un lavarropas. ¿Qué hago?

Paré en una estación de servicio. Bajé. Compré forros.

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