¿Hay alguien allí?
A veces intento tomar distancia al leer lo que publicamos en Facebook en nuestros Blogs. Casi nunca lo logro porque estoy demasiado involucrado. Pero sospecho que algo que se rompió hace mucho tiempo -nuestros lazos con otras personas y con nuestras propias emociones- intenta resistir a su agonía en estas páginas. ¿A quién le hablamos? ¿Por qué podemos decirnos acá cosas que nunca nos diríamos cara a cara? ¿Qué habilidad para los vínculos -que algunos hemos perdido en el mundo real- sobrevive maltrecha en este mundito virtual? Tenemos una fuerte necesidad de decirnos cosas. Lo que nos decimos desnuda a las personas que no sabíamos que éramos nosotros mismos. A veces me doy pena. Casi siempre siento vergüenza de lo que yo mismo escribo. Es increíble, es estúpido, pero esta tonta paginita me demuestra que ya me había olvidado de quien soy. ¿Debo agradecerlo?
Acá he vuelto a querer –en el sentido más elemental de la palabra- a otras personas. A muchas no las conozco, ni las conoceré jamás. Ayer alguien me preguntó: “Y vos, Daniel, ¿cómo te sentís?” Hace muchos años que nadie me hacía esa pregunta. Tampoco yo me la había hecho desde hace tanto tiempo que ya no puedo recordarlo. Tuve que confesarle que no lo sé. Cuando una pregunta desaparece se queda sin respuestas. Una pregunta que has dejado de formularte se hace extraña, monstruosa, absurda. Sospecho que la mayoría de las veces sólo nos preguntamos aquellas cosas para las que creemos tener respuesta. Es un modo bastante efectivo de resignarse, de clausurarte en un mundito pequeño y sin salida. Es dramático el momento en que alguien te muestra que el subsuelo sombrío donde te has condenado a vivir es un territorio lleno de puertas y ventanas que no has querido ver. Te has cegado a ellas. Eso te permitió escapar de tomar la decisión de abrirlas o dejarlas cerradas. Decidir requiere un coraje que muchos no tenemos. Creer que no decidimos –aunque lo hayamos hecho- nos releva de la responsabilidad. Nos justifica el lamento. Es protector como una bendición que te quita de la espalda el peso de ser el gestor de tu propia desdicha. Pero a veces, un lugar como éste, te enfrenta a miradas que no quisieras ver. No es sólo a los otros a quienes ves sino a vos mismo en la mirada reveladora con que ellos te miran. A eso le temo. Me aterroriza la persona que soy en esos ojos que me miran. Lo que devuelven me desnuda. Me acusa. Decenas de veces pensé en cerrar mi cuenta de Facebook. Matar al emisario de un tiro en la frente. Ese que me trae noticias horribles acerca de lo que soy. Volver al sótano y a la penumbra. A la soledad sin salida. ¿Por qué no lo hago de una vez por todas?
Ayer me dijeron dos cosas que me quebraron. Dos tonterías que cayeron sobre mí como una bomba neutrónica. Por favor, no me hagan eso. Me preguntaron, con la insoportable sinceridad de quien no necesita mentir: “Y vos, Daniel, ¿cómo te sentís?” Seguro que no lo entienden. Pero fue una pregunta mortal. Más tarde, apenas unos minutos, me dijeron: “Estoy acá. Tranquilo, yo estoy acá”. ¡Puta madre! Tomar conciencia de que hay otra persona atenta a lo que te ocurre es algo de una intensidad que ya no puedo soportar. No jueguen conmigo. Ustedes no son reales. Facebook es la Matrix. No me engañen más. Estoy solo en el mundo. No hay nadie más allá afuera. Is There Anybody Out There?
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Griseldaramello