Es mentira que estemos cerca. Lo que hay es vacío. Una nada infinita que nos separa y que nos constituye. También estamos vacíos por dentro. Hay tanto espacio entre un electrón y su núcleo -en términos proporcionales a la masa y al tamaño- como el que separa a la Tierra de la Luna. Estamos hechos de nada. Es esa nuestra materia prima y la del mundo en que vivimos. Lo que nos aleja es enorme. Transitarlo es tarea de los dioses. Entre la soledad, la solitud y la soledumbre. Vos y yo estamos condenados a la distancia y a la lejanía. Así son las cosas. La única pregunta que tiene sentido es: ¿hay alguien allí?  La misma que se hizo la primera bacteria asomando al mundo dispuesta a replicarse. En ese instante se desataron el drama de necesitarnos, el simulacro de la comunicación y la ilusión del encuentro. La fortuita e imposible fusión de un óvulo y un espermatozoide en la noche del útero llegó millones de años más tarde. Estamos hechos y rodeados de inmensidad. Es algo tan estúpido como el amor lo que nos permite sobrevivir a esa estepa. El sueño de que aquellas inmensidades puedan disolverse en el abrazo. La fantasía de que tu boca o tu vagina me llevarán a vos. No existe otro modo de soportarlo. Para que el encuentro se produzca no es necesario que suceda. Creer en él es la condición. Entonces la materia se reordena de una manera súbita y arrolladora. Las fuerzas de cohesión se alteran encendidas por al infierno del contacto. Todo se convierte en otra cosa. Nosotros también somos otros. Los físicos llaman a esto “transición de fase”. Las mentiras nos alimentan. Esa sopa falsa y nutritiva es la que aleja tu mano de la empuñadura de la pistola. Lo repito. La única pregunta que tiene sentido es: ¿hay alguien allí?  Aunque la que yo no dejo de hacerme sea: ¿estás vos allí?   

  *Imagen Gilbert Gracin

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