Confío en la ingrávida levedad de los espumantes, en los venenosos triglicéridos del cerdo, en la errática órbita de la pirotecnia, en las balas perdidas, en los ebrios al volante. En la cuchilla recién afilada en manos de mujeres traicionadas. En la tentación hemorrágica del frasco de Brumoline mirándote desde el estante justo en el momento de condimentar las ensaladas. En la bendición de la pancreatitis, del coma etílico, en la erupción de las placas coronarias. Me encomiendo al hidrógeno de cianuro de las almendras amargas, a la salmonella de los tomates rellenos. Apuesto al narcótico de las conversaciones falsas, al tedio de los abrazos de cotillón, al tóxico de los recuerdos inventados. Al paraíso de la infancia, a los bigotes de las tías, al sopor de los villancicos, al mortífero puñal de los ausentes. Al serial killer Ratzinger disparando misiles de ignorancia desde la Plaza del Vaticano. A la hipnótica letanía de la Misa de Gallo. Al sexo amnésico entre el lavatorio y el retrete. No todo está perdido. Tal vez hoy me liquide alguna de las formas de la alegría sin fundamento.

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