Si una tarde todo se fuera a la mierda. Si un vértigo interior te señalara la caída del mundo. Si la presión en tus oídos y el apretón en los huevos te confirmaran que todo se desmorona. Entonces te abandonarías por completo a unas fuerzas que te superan. A lo inminente. A lo irremediable. Ya nada dependería de vos. Te tomarías con ambas manos la panza. Cerrarías los ojos. Encogerías los hombros. Abrirías las orejas esperando el estruendo final. Nadie esperaría que hagas nada. Ni siquiera vos mismo. Resultaría lógico y comprensible ante la desmesura de lo que te excede. Tus recuerdos, montados sobre ráfagas de luz, te atravesarían el cuerpo. Vos no podrías identificarlos. Pero volverían a tu boca el sabor de algunos besos. Un gemido en una habitación a oscuras saliendo de unos labios que no ves porque la cabeza cuelga por fuera de la cama. La  mano de una paciente apretándote la tuya para recibir juntos a la muerte. Una voz susurrándote algo que no entendés en los umbrales del sueño. Una vagina abriéndose hasta lo imposible desde la que asoma un cráneo sucio de sangre y amnios. El llanto de tu hijo encerrado en el baño ante su primer fracaso. La mano helada de tu viejo tirado sobre el piso del living. La mirada atroz de una chica a la que te sacaron de las manos los milicos arrastrándola por los pelos desde la camilla del hospital. Vos muerto de miedo y de verguenza atrapado contra los mosaicos de la pared de la sala de Emergencias con un FAL entre las costillas. Tu voz cobarde diciéndote sin que salga ningún sonido: “hijos de puta, hijos de puta”. Cientos de madrugadas de insomnio y una sola pregunta destapándote los pies. El cuerpo desnudo de una mujer dormida sobre las sábanas. Su respiración adenoidea y su tos sibilante. Tu mano con la palma abierta acariciándole el culo soberbio mientras te sentís un abusador. El olor de tu biblioteca lamiéndote la nariz. Vos volviendo a casa como si nada hubiese sucedido. La lengua áspera como si la culpa y la traición fueran arena. El piano de Satie, la guitarra de Clapton. “La hija del fletero” sonando al palo en tu auto mientras amanece en la ruta. Sensaciones fugaces. Destellos del pasado mojándote la piel. Fragmentos rotos de tu breve eternidad. Escenas mínimas de cuando la tierra aún giraba como un trompo absurdo suspendida en la inmensidad del espacio. Tal vez esa poca cosa sea la estúpida felicidad que hace tanto tiempo dejaste de perseguir. Humo. Un gas evanescente que envenena tu última inspiración. Un eco lejano y sordo. Una huella pisada en tu cerebro. Una puta cosa que no tiene sentido. Una respuesta inútil que llega cuando ya no tenías preguntas. El fluir de los días apretando los frenos de emergencia. Una orina tibia y espesa que el tiempo mea sobre tu espalda justo antes de cerrarse la bragueta.

Imagen: Misha Gordin (Rusia).

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