El largo viaje del señor Hofmann
1. Con los tickets en la mano y el equipaje despachado el aeropuerto se nos hizo un poco más amigable. Dejamos atrás las filas y el agobio de una valija acarreada entre la multitud. Habíamos superado el temor a las cenizas volcánicas y a esos otros cataclismos: las huelgas sorpresivas del personal aéreo y la sobreventa de pasajes. Desde hace algunos años viajar en aviones y llegar a horario se ha tornado en un imprevisible juego de azar. Afuera el invierno montaba su numerito de viento polar y temperatura de frigorífico. Adentro sonaban los altoparlantes amenazando a los pasajeros más distraídos con despegar sin ellos. Buscamos un café en el primer piso. Olía free shop y a mediaslunas de manteca. Acomodamos los abrigos y los bolsos de mano. Ella revisó los boarding pass que todavía estaban dentro de nuestros documentos de identidad. Había tres y no dos. El suyo, el mío y el de Ariel Hoffman con destino a San Juan. -¿Y esto? – me preguntó sorprendida. -¿Quién carajo es Ariel Hofmann? – Una mesera adolescente acomodó las tazas sobre la mesa. Dos chicos corrían entre las sillas. La nena adelante, su hermanito detrás. La mamá escribía mensajes de texto en su teléfono celular. El vuelo 1516 con destino a la ciudad de Salta anunciaba su partida. En la pantalla de un plasma pasaban la derrota de Independiente por penales ante Jubilo Iwata en la ciudad de Shizwoka, Japón. No supe qué responderle. Levantó los tres pasajes hasta ponerlos a la altura de mis ojos. Yo pierdo la cordura cuando le veo las manos. Los dedos son largos y tienen una flexibilidad anormal. Una especie de juncos delicados agitados por el viento. Tuve ganas de tocarla. Imaginé la temperatura de la piel, el contacto con sus palmas. Siempre las tiene calientes. Tibias como si recién las sacara del bolsillo. En cambio la cola está helada. Fría como si estuviera sentada sobre un iglú. –No sé. No tengo idea. Mejor volvamos al mostrador de Aerolíneas y consultamos. Debe ser un error-. Ella sabe de mi torpeza. La conoce de memoria. Le he dado cientos de pruebas al respecto. Me consulta por mera cortesía pero sabe que no puede confiar en mí. Creo que ni me escuchó. –Si yo no lo reviso vos ni te hubieses dado cuenta-. Tenía razón, yo jamás lo hubiese advertido. –Mi recibo de equipaje está pegado sobre el ticket de Hoffman. Podría perder mi valija-. El café despedía un olor intenso. Yo quería probarlo pero no me animaba. Con el borde filoso de la uña empezó a despegar el comprobante de equipaje. Pensé que acabaría destrozándolo. Pero lo hizo con toda perfección y volvió a pegarlo prolijamente sobre su propio pasaje. Dejó el boarding pass de Hoffman sobre la mesa entre el servilletero y un vaso de soda. Lo señaló con el dedo índice extendido. La punta se elevaba dibujando una concavidad imposible. Una flexibilidad que no era humana. Su dedo contradecía a la anatomía. Imaginé las articulaciones de esa mano anómala. La capacidad de realizar movimientos tan inusuales. O tiene un síndrome de Marfan o uno de Ehler Danlos, pensé sin animarme a comentárselo. –Mejor devolvámoslo. El pobre tipo debe estar desesperado pensando que perdió su pasaje-. Me miró con lástima. Una mirada breve pero penetrante de desprecio y de conmiseración. Tomó el ticket, lo rompió en pedacitos irregulares y lo abandonó sobre el mantel. Dio por terminado el episodio sin mayores comentarios. Yo sentí una especie de pena por el pobre Hoffman. Una solidaridad de perdedor. No podía dejar de pensar en él, desesperado, corriendo entre las personas mirando el piso, revisándose por enésima vez los bolsillos buscando su ticket. Bebimos el café en silencio. Embarcamos en la puerta número once con destino a la ciudad de Córdoba.
2. Por la noche ella leía semisentada sobre la cama “La soledad de los moriboundos” de Norbert Elías. –Tomá leé esto-. Me dijo extendiéndome el libro abierto con uno de sus exóticos dedos señalando la página. –Leémelo vos, no tengo los anteojos acá. Se acomodó elevando el cuello y afirmándose contra el respaldo. Leyó con una dicción perfecta, respetando las pausas, dándole al texto la respiración necesaria.
“Con el tiempo al fin la muerte pálida
con su fría mano acariciará tus senos
empalidecerá el coral maravilloso de tus labios;
la nieve tibia de tus hombros se tornará fría arena…”
Hubiese querido que el poema no terminara nunca. Pero a ella le interesaba otra cosa. Me miró. -¿A qué no sabés cómo se llama el autor?- Yo había leído el libro hacía un par de años pero no lo recordaba. –No, no lo sé. Dejó pasar algunos segundos. Hizo una pausa escénica que resultó suficiente como para despertar mi curiosidad. –Hofmann se llama el tipo, Christian Hofmann. Un poeta silesiano del siglo XVII-. No podía creerlo. Ese apellido aparecía ante nosotros por segunda vez en el curso de unas pocas horas. A ella apenas le causó una gracia discreta. A mí me encendió una vieja compulsión a tejer tramas e inventarme historias. No le dije nada. Pero Hofmann empezó a rondarme desde ese momento.
3. Por la mañana di una conferencia. Lo hice de un modo desapasionado y neutro que me dejó insatisfecho hasta más allá del mediodía. Por la tarde nos abrazamos en silencio durante varias horas. Un contacto prolongado y afásico que puso a nuestros cuerpos a decirse lo que no puede nombrarse de ninguna otra manera. Sin que nos diésemos cuenta cayo el sol detrás de las ventanas. Sobre la mesa de luz había un vaso con un líquido oscuro que parecía petróleo coronado por una espuma terracota, espesa como la saliva de un dinosaurio. El sonido de una saxo llegó amplificado por el agua de La Cañada. Trepó hasta meterse en la habitación oscura. Era una música intermitente y repetitiva. Frases sencillas de un instrumento ejecutado por un aprendiz en una calle cualquiera para recaudar algunas monedas. Acerqué mi boca a su oreja y le hablé sin salirme de ella. -Es Hofmann. Está viajando como puede para llegar a San Juan después de haber perdido su pasaje. Me abrazó muy fuerte rodeándome la espalda con los brazos. Algo se hizo más íntimo y secreto entre nosotros. Nos quedamos en silencio para escuchar la música. Durante algunos minutos todo pareció suspenderse. Desaparecieron los ruidos de los motores de los autos, el murmullo de la gente, los sonidos de la noche. Volví a susurrarle al oído. – Pobre Hofmann. Debe haber llegado hasta acá montando en camiones jaula, haciendo dedo en la ruta y colado en trenes de carga-. Ella me escuchó sin hacer comentarios. Algo en la tensión de su cuerpo me indicó que me creía. Respiraba lentamente. Reteniendo el aire para después soltarlo con un soplido prolongado. Como si estuviese practicando un asana de Yoga. El saxo iba y venía repitiendo los mismos compases. Inseguros, elementales. La música no era bella. Pero el hecho nos resultaba misterioso y los dos decidimos creer en lo que yo había imaginado. Me siguió el juego como sólo saben hacerlo las mujeres sabias. Hundí mi nariz en su cuello. La dejé inundarse de los olores atrapados debajo de sus cabellos negros. Era una mixtura adictiva de hormonas y jabón de glicerina. La apreté con todas mis fuerzas. Tuve la extraña sensación de que iba a escuchar el sonido crujiente de una de sus costillas al quebrarse. Sentí sus pezones endurecidos clavándose en mi pecho. Deslicé un dedo sobre sus cejas. Ese breve recorrido puso en mi tacto su naturaleza sutil y toda su potencia de mujer. Otra vez hubiese querido que Hofmann no se callara nunca. Pero lo hizo. La noche volvió a entrar a través de la ventana repleta de sonidos que se tragaron el hechizo.
4. Al día siguiente caminé por Duarte Quirós hasta el hotel Sheraton para asistir al congreso. Unas diez o quince cuadras rodeadas de edificios judiciales, cuarteles de bomberos y de policía. El sol tibio de la mañana calentó mis ideas y me narré a mí mismo el arduo viaje del pobre Hofmann como si lo estuviese escribiendo. Al llegar me senté en la última fila del auditorio. Escuché tres conferencias seguidas. Delante de mí estaba sentado un hombre de unos cuarenta años. Alto, con una delgadez cadavérica. Vestía unos pantalones anchos con grandes bolsillos laterales y una vieja campera de jean con el cuello levantado. Debajo de la butaca había acomodado un bolso negro de grandes dimensiones. Escuchaba simulando una atención que era evidente que tenía en otra parte. Es frecuente que en estos lugares se encuentren personas ajenas que vienen con el único propósito de comer gratis y llevarse algunos obsequios de merchandising. Los conozco, todos los conocemos. Me recuerdan a los personajes de un viejo relato del gran Isidorio Blaisten que se llamaba “Los Tarmas” y que se dedicaban a recorrer velorios con ese fin. Siento por ellos una simpatía inmotivada pero que no puedo evitar. Lo observé un rato largo hasta que llegó el intervalo. A lo largo de un pasillo se desplegaban varias mesas con café, jugo de naranja y masas secas. La gente se agolpaba para servirse manteniendo un equilibrio precario con los pocillos en las manos. El hombre esperó con paciencia hasta que el ambiente se despejó un poco. Se acercó a una de las mesas y se sirvió un café doble cortado con un chorrito de leche fría. Le puso dos sobres a azúcar, lo revolvía con lentitud mientras miraba a su alrededor. Se lo veía agotado. Con la mirada sombría y los hombros caídos como si llegara desde un largo y sinuoso viaje. Tomé una bandeja con masas y me acerqué. Extendí el brazo hasta dejarlo frente a él. Tomó un alfajorcito de maicena espolvoreado con gránulos de coco. Volví a extender el brazo indicándole que se sirviera más. Abrió el cierre de la campera y guardó en los bolsillos interiores todo lo que pudo. Después volvió a cerrar el cierre y dio un sorbo corto al café. Me miró como si no hubiese ocurrido nada. –Gracias doctor, es usted muy generoso- me dijo con la voz entrecortada. Las palabras le salían lentas como si tuviese que hacer un esfuerzo enorme para pronunciarlas. Pensé que se iba a desmayar delante de mis ojos. Busqué una bolsa de tela de color lila donde obsequiaban muestras de antibióticos. Tiré las cajitas de medicamentos en un cesto y la llené de masas y algunas servilletas. Se la entregué. El hombre la metió con discreción dentro de su gran bolso negro y se lo colgó sobre el hombro. Parecía llevar algo grande y pesado allí adentro. – ¿Son todos médicos? Me preguntó. – Casi todos, también hay estudiantes y enfermeras.- Le respondí mientras él volvía a llenar su pocillo con café y leche. – Por lo menos debería decirle mi nombre, ¿no le parece doctor?- Me miró como si nos conociéramos. Me pareció que él suponía que yo tenía que saberlo por algún motivo. Insistió: -¿No le parece doctor? ¿Quiere que le diga mi nombre?- Lo tomé con fuerza del brazo a la altura del codo y me acerqué para hablarle sin que nadie más nos escuchara. –No, por favor, no lo haga. Le ruego que no me lo diga.
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