Esta mañana los monos estaban doloridos por la tragedia de Once. Tristes, acongojados. Sintieron que algo de ellos mismos y de sus hijos se moría entre los fierros retorcidos. Cada uno tenía una explicación. Razones que exponían con el tono magistral de un experto pero sin ninguno de sus fundamentos.

Después la conversación derivó hacia los temas de costumbre. Fogoneada por el Gancia y el salame de Tandil la charla se fue acomodando en el mundo pequeño y rudimentario de los machos. Fútbol, mujeres, política, mujeres, autos, mujeres. Tópicos estereotipados de los que una férrea educación masculina y la limitación biológica que imponen los testículos nos impiden salir. Les señalé ese hecho. –Che, ustedes se dieron cuenta de que siempre hablamos de las mismas cosas. Al “Nene Marsili” no le llamó la atención: -¿Y? ¿Cuál es problema? ¿De qué otra cosa se puede hablar? Me dijo después de escupir a varios metros de distancia el carozo de una aceituna negra. Le hice notar que el mundo es ancho y ajeno. Que hay miles de asuntos de interés para la humanidad que no ingresan en nuestra agenda. –Sí, claro que hay miles de temas. Pero a mí no me importan un carajo. Son todas boludeces. Mariconadas de putos y de mujeres. La voz le salía húmeda y disfónica. Era la actitud lo que le daba a sus afirmaciones el carácter y la determinación. Casi todos estuvieron de acuerdo. Las fronteras de nuestro Lilliput estaban demarcadas y eran inamovibles. –Acá no se habla de huevadas. Dijo el Tato Di Doménico poniéndose de pie para acentuar sus palabras. –Para las cosas que no nos interesan tenemos toda la semana. El laburo o la insoportable sobremesa con nuestras mujeres. ¿O ustedes no se mueren por levantarse cuando terminan de cenar? Nos miró en una plano general que nos incluía a todos. No hubo ninguno que no gritara: -Siiií, maldita sobremesa. Las expresiones de coincidencia lo alentaron a profundizar -¿Viste?  Me dijo mirándome con un gesto que afirmaba su autoridad. -Las hijas de puta demoran la comida. Mastican despacito, toman sorbos de gaseosa, revuelven la ensalada. Inventan cualquier excusa para alargar el momento y obligarte a que te quedes sentado.  Otra vez hubo gritos de asentimiento y aprobación. –Yo quiero comer y rajarme. ¿Qué mierda se puede hacer en la mesa después de morfar? ¡Nada! Una mierda se puede hacer sentado como un pelotudo cuando ya no tenés hambre. Pero, no, la muy turra quiere que te quedes. Lo estira como un chicle. Y si vos te levantás se ofende. Lo hacen a propósito, es una tortura deliberada.  Por lo visto la situación describía un hecho común a toda la monada. Llovieron insultos y maldiciones. No hubo nadie que no sintiera que esos minutos de sobremesa obligada eran un castigo y un ejercicio despótico del poder.

El Turco Alí encontró la pausa para introducir una observación. –Lo peor de todo es cuando te aplican la pena del silencio. A mí me chupa un huevo si no me habla. Mejor, mucho mejor. Pero lo que te mata es que no sabés por qué. Me sentí identificado. No pude aguantarme. –Tenés razón Turco. A mí me condenaron a 300 km de silencio hace poco. Entre Las Armas y Buenos Aires. Nada. Cara de culo y boca cerrada. Te juro que no tenía idea del delito que había cometido. Se lo preguntás pero no te dicen nada. Ni la cana te hace eso. En la comisaría lo primero que te informan es de qué delito se te acusa. Pero ellas no. Quieren que vos solito te des cuenta.- Ahora los gritos venían hacia mi lado. Al parecer todos habían sido castigados de la misma manera alguna vez. Me puse de pie para respetar la rutina de mis compañeros cuando se dirigían al conjunto. –Vos pensás, repetís todo lo que hiciste desde que te levantaste tratando de encontrar el error. Pero no encontrás nada. ¿Qué cagada me habré mandado? te preguntás. Y no, no la ves, no te das cuenta.- Volvieron los gritos de la tribuna y las exclamaciones de acuerdo. –Cuando ya estábamos llegando me lo dijo. No me lo van a creer. Parece que se me ocurrió proponerle que durmiera mientras yo manejaba y le recliné el asiento. A mí me parecía que le estaba haciendo un favor. Un gesto delicado para acortarle el viaje. Pero no, ella interpretó otra cosa. Un despropósito, una locura. “Si te molesta compartir el viaje conmigo decímelo. No podés obligarme a dormir para sacarme de encima”. Hubo un estallido colectivo. Se escucharon comentarios desde casi todos los costados de la mesa. –Noooo, ¿eso te dijo? / -No se puede ser un caballero. /-Es increíble, piensan con las tetas. / -Es imposible entenderlas. /-Tendrías que haberla bajado en Dolores y que se volviera caminando. / -¡Que yegua!- Me sentí acompañado. La solidaridad de los monos me reconfortó de aquella injusticia.

El Gallego García casi no había hablado en toda la mañana. Hojeaba el Clarín o masticaba trocitos de queso sin decir una palabra. Es un tipo alegre y extrovertido pero hoy se lo veía diferente. Me llamó la atención. -Y vos Gallego, ¿qué opinás?, le pregunté desde la otra punta de la mesa. No dijo nada. Hizo un gesto con la mano indicando que el tema no le interesaba. -¿Te pasa algo gallego?, insistí. Frunció los labios en un gesto de preocupación. –Mañana la Mirta empieza el último ciclo de quimioterapa. Qué se yo, estoy asustado tordo. La veo tan mal. Flaquita, pelada. No sé qué hacer. Se hizo un silencio tremendo. Largo. Parecía que podías tocarlo con los dedos. Las caras se pusieron serias. Se apagaron los ruidos de los vasos que cada uno fue abandonando para concentrarse en lo que le pasaba al gallego. La verborragia con la que opinaban de otros temas se agotó. Ante el dolor no sabían cómo actuar. Se pusieron torpes. Incómodos con sus propias emociones. Yo sabía que estaban pensando en la Mirta pero también en sus propias mujeres. Algunos tenían los ojos húmedos, otros apretaban los dientes. Mudos. Ya conocía esta reacción. La vivimos otras veces. Cuando algo nos conmueve los monos respondemos con parálisis y silencio. No tenemos otro recurso. Putear a las mujeres nos enciende y nos descarga. Nos libera de lo que no alcanzamos a comprender. Pero no soportamos verlas sufrir. El Nene Marsili se paró mirando al piso. –Disculpen che, voy a mear-, dijo antes de desaparecer en dirección al baño. Pero todos sabíamos que se iba a llorar.

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