Bombones amargos
Pensó en comprarle una blusa. Era su cumpleaños. Traía una bolsita con un kilo de bombones colgando entre los dedos pero le pareció que no era suficiente. La había comprado en una confitería de Congreso a la salida del trabajo. A ella le gustaban. Aunque hacía tanto tiempo que no se los regalaba que no podía asegurar que siguiera siendo así. Se detuvo frente a una vidriera. Encontró su imagen reflejada entre estampados multicolores y maniquíes delgadísimos. La silueta era borrosa pero el contorno de su propia figura lo estremeció. Los hombros caídos, el cuello agobiado. La cabeza parecía pesarle una tonelada. Los brazos colgaban al costado del cuerpo sin gracia ni movimiento. Sobre el vidrio vio pasar un 132 de derecha a izquierda. Dejó una estela de humo negro que lo hizo toser. Entró. Una joven rubia se le acercó. -¿Puedo ayudarlo?- Era casi una niña. Blanca. Muy blanca. Tenía pecas sobre el dorso de la nariz. –Quiero la blusa rosa que está en la vidriera-. La chica no se movió. Apoyó la cabeza sobre las manos y los codos sobre el mostrador. –La blusa…, la rosada que está en la vidriera-. Repitió. Nada. Permanecía inmóvil, mirándolo sin hablarle. A él le pareció que se iba a desplomar. Sudó. -¿Quiere una silla?-, le preguntó la vendedora interrumpiendo su silencio. –Creo que no me siento bien-. Ella apoyó su mano sobre la suya. La sintió tibia y húmeda. –Lo noté desde que llegó-. Se sintió avergonzado. Aceptó sentarse. –No sé qué me pasó. Ya estoy mejor, gracias-. La muchacha se agachó flexionando las rodillas hasta quedar a la altura de sus ojos. –No se preocupe. Yo sé qué le ocurre-. Estaba confundido. Esa mujer lo inquietaba por alguna razón que no lograba explicarse. –Usted no quiere comprar esa blusa. No lo haga-. Se sintió descubierto. Desnudo. -¿Cómo lo sabe?- Ella le rozó la cara con la punta de los dedos. –Porque usted no es feliz. No tiene nada que festejar. Hágame caso, no la compre-. Se puso de pie y salió del negocio. La tarde caía sobre la avenida. Un sol enorme y redondo bajaba hacia el oeste entre los edificios. Se sintió bien. Entero. Fuerte. Caminó hasta el Parque Rivadavia. Se acostó sobre el pasto. Se dispuso a esperar la noche mirando al cielo. Chupando una ramita de paraíso. Un perro flaco le olfateaba los zapatos. Sacó los bombones de la bolsa. Desató el paquete envuelto con un moño dorado. Despegó la etiqueta que decía “Lion D´Or” con grandes letras góticas. Se los fue dando en la boca al perro. Esperaba a que terminase de masticar con un ruido acuoso y crujiente. Le quitaba el papel de celofán al siguiente. Y le ofrecía otro, y otro, y otro…
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