Bienvenido Sr. Vargas Llosa
¿Sabe don Mario? Yo soy un ignorante. Pero he leído casi todos sus libros y hasta he disfrutado mucho de dos o tres de ellos. Los demás me han dejado indiferente o no me han gustado. Lo que en nada desmerece sus valores como escritor, claro. Usted también tiene un compromiso político, algo que los intelectuales de izquierda siempre les han reclamado a los narradores. Es digno y respetable que una persona manifieste sus ideas y haga públicos los intereses que defiende. Usted lo hace en cada oportunidad que se le presenta con la elocuencia y el prestigio que su obra respalda. Y hace muy bien don Mario. Tiene un derecho y lo ejerce.
A mí me repugna lo que usted piensa. Siento un rechazo íntimo y visceral ante cualquiera que crea que el mercado y las empresas son los motores de la historia. Cuando esto sucede en el pequeño y entrañable ambiente de la cultura mi estómago se subleva. Casi siempre termino de leer sus columnas en el diario El País en un estado limítrofe entre la náusea y la puteada. Qué bueno es que todos podamos expresarnos. Qué maravilla que, incluso quienes representan casi todo lo que yo detesto, encuentren un lugar para hacerlo. Celebro que su pensamiento disponga de la libertad para hacer oír su voz casi tanto como desprecio lo que esa voz encarna. El despótico poder de las grandes editoriales, la arbitraria distribución de la cultura convertida en pura mercancía, el aliento a la construcción de próceres intocables como si fueran vacas sagradas de la literatura. Con que habilidad, Sr. Vargas Llosa, los justifica y los legitima su florida palabra por el mundo.
Dentro de algunas semanas usted visitará mi país. Le doy la bienvenida en nombre de todos lo que creemos que la censura y el silenciamiento de las ideas son algo vergonzoso. No importa de qué ideas se trate. Ojalá disfrute de su estadía entre nosotros. Algunos de mis compatriotas, todos cultos y bienintencionados, han sugerido que su visita no es oportuna. No se ofenda, son buena gente, sinceros y honestos. Yo no coincido con ellos, pero los aprecio y los respeto. Creo que se han apresurado llevados por el fervor de las causas y la pasión de la controversia. Afortunadamente también ha habido quienes percibieron el exabrupto y, teniendo el poder para hacerlo, lo han desbaratado. Estoy convencido de que su caballerosidad y sus buenos modales tomarán en cuenta este hecho y nos lo hará saber apenas llegue.
En fin don Mario, acá lo esperamos respetuosos y hospitalarios. No es usted nuestro enemigo sino nuestro adversario. En esta tierra hemos conocido la brutalidad de las dictaduras y la estupidez de los censores. Usted sabe de qué hablamos tanto como nosotros. Que disfrute del país y de su gente. Nos sentiremos orgullosos de superar nuestras pasiones a fuerza de voluntad y respeto. A mí, como siempre, me asaltará la náusea de escucharlo. Pero también el orgullo de vivir en una tierra que no calla las palabras ni prohíbe las ideas de nadie. Bienvenido.
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