Permuto una Barbie perfecta -huele a Idole d´Armani, usa blusita Versace, zapatitos Louis Vuitton con tacos de quince centímetros y lencería de Victoria Secret- por médica de guardia con una noche de insomnio montada sobre los hombros. Tiene el cabello revuelto atado con una bandita elástica, un ambo de algodón berreta tres talles más grande, sandalias de plástico con suela de goma desde las que asoman sus pies hinchados, las uñas despintadas, las axilas insinuándose al fondo de unas mangas enormes, el escote cerrado con cinta adhesiva en un vano intento de contener la insubordinación de sus pechos. Se duerme en cualquier rincón. Huele a talco Veritas y a Iodopovidona.  Le asoman desde el bolsillo trasero del pantalón: un papelito con el score Apache II, una tira de Accu Check y un ticket de Carrefour. Evita los espejos porque le recuerdan lo que no quisiera mostrar. Se derrumba sobre la mesada del office de enfermería con la birome entre los dedos y la prescripción de Dobutamina a medio escribir: “2,5 ug Kg/ min…”. Tiene el destello luminoso de una mujer que desata el deseo. Se caga en los ojos de muerto de las rubias taradas.  Ella no lo sabe, pero suda una sensualidad entrañable y fatigada. Una atmósfera de hembra que resiste a la desmesura del esfuerzo. Así son mis compañeras. Heroicas y apetecibles. Son el corazón desnudo de la fruta que todo hombre quisiera comer con el apetito de un caníbal y la soledad de un náufrago. Las he visto pronunciar los nombres de sus amores secretos o de sus hijos. Dormidas, con la boca abierta y los zapatos puestos. Sobre una camilla endurecida por el trabajo forzado y los orines viejos. Beben café recalentado y comen Criollitas húmedas a las cuatro de la mañana. A veces se quedan mirando la madrugada a través de las ventanas sucias. Yo sé que se preguntan qué hacen en ese lugar. Parpadean, se frotan los hombros con las dos manos y siguen adelante. Nunca se contestan nada porque la respuesta se les aparece como un argumento irrefutable al primer llamado de emergencia. Les debo la felicidad cómplice de tantos años y la vergüenza de haberlas deseado en silencio sin haberme animado a confesárselos jamás.

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