Me sobresaltó un ruido seco. La noche había sido interminable. Sudaba esperando la mañana. Sobre la almohada había quedado una mancha húmeda con la huella de mi cabeza. En la oscuridad vi un cinco, un cero y un nueve dibujados con luz verde sobre la pantalla del radio-reloj. Busqué las chinelas sobre la alfombra con las puntas de los pies. El grifo del baño goteaba. Un golpeteo regular y líquido sobre la loza de la bañera. Las cortinas se levantaban movidas por el viento. Quedaban durante un instante suspendidas en el aire y después caían. A través de la puerta abierta del placard vi siluetas dibujadas por las sombras. Un atril, un flamenco parado en una pata, un volante de madera con el logo de “Jaguar” en el centro, una calavera con la boca abierta. Me sentí observado. De pie en medio del cuarto apenas podía vislumbrar los objetos. Me guiaba más la memoria que la mirada. El ruido volvió a sonar. Dos veces. Me acerqué al balcón. Abrí la puerta de vidrio. El viento me azotó la cara. Traía olor a lluvia, a pasto y a tierra mojada. Me adelanté un paso. Lo encontré erguido sobre el antepecho de la ventana. Nos miramos. Los dos inmóviles. Congelados. Era hermoso y enorme. Un pájaro extraño y multicolor. Las alas rojas, la cola anaranjada, el pico curvo. Extendí la mano. Se posó sobre mi palma. Era ingrávido y aéreo. Lo puse delante de mí, a la altura de mi cara. Tenía el olor de tu cuello. A hormonas y a Kenzo.  Los ojos eran negros, intensos y tuyos. Los reconocí por el brillo de las pupilas y por la trompada en la boca de mi estómago. Era una animal absurdo pero real. Algo se transformó en mi cuerpo. Un jadeo apenas perceptible, un estremecimiento sobre la línea de las vértebras, el comienzo de una erección. Hice un movimiento con el brazo para traerlo hacia adentro. Quería llevarlo hasta mi cama y esconderlo debajo de las sábanas. Agitó las alas y se desprendió. Quedó suspendido en el aire. Tus ojos me miraron. Giró hacia el Este. Una línea de fuego avanzaba sobre el horizonte. Levantó un vuelo majestuoso desplegando las alas entre las primeras gotas y los últimos relámpagos.  Como Oolzlum voló con la cola hacia adelante y la cabeza hacia atrás sin dejar de mirarme. Recordé a aquel pájaro de leyenda que nunca sabía hacia dónde iba pero jamás perdía de vista de dónde venía. Me quedé mirando el brillo de tus ojos negros perderse en la distancia mientras nacía la mañana.

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