Hace tres días que no me afeito. Cada cuatro horas me levanto de la cama. Me ducho, me miro en el espejo. Parezco un presidiario en el pabellón de castigo. Saco la espuma y la maquinita del estante del baño. “Ahora sí”, me digo. Pero no lo hago. Vuelvo a la cama. Leo como un poseído hasta que el sueño me derrota. Duermo veinte o treinta minutos. Enciendo el velador y sigo leyendo. Desde la calle llegan los estampidos de los petardos, el olor de la carne a la parrilla, el ritmo neurótico de la fiesta. En mi cuarto la ventana está cerrada. Me desoriento y tengo que mirar el reloj para saber en qué parte del día me encuentro. Mi voluntad está narcotizada. No he bebido una gota de alcohol pero siento la ebriedad del tedio. Una desorientación abúlica que oscila entre el estado vegetativo transitorio y la lectura maníaca. Cierro los ojos y veo cosas con la intensidad del mundo real. Escenas inconexas, imágenes fantásticas. Se me ocurren relatos memorables que me cuento a mí mismo y olvido un instante más tarde. Alucino calles desiertas, paisajes invernales, bibliotecas milenarias, bocas húmedas, culos descomunales. Grabé en mi teléfono Night calls en la desgarradora versión de Joe Cocker. La escucho tantas veces hasta que ese lamento disfónico se convierte en mi propio sonido interior.

Leo, casi todo el tiempo. Los libros se acumulan en la mesita de luz. La fascinante novela “Las ratas” de José Bianco a quien acabo de descubrir. Una librito menor, pero imposible de abandonar, “El efecto Noemí” de Carolina Aguirre. Una historia de hastío matrimonial contada por una mujer. Una venganza moralista de hembra. Pretende hacernos creer que los hombres nos aburrimos de las mujeres que nos salvan de la intemperie del mundo. Como si el amor fuesen los buñuelos de arroz, las servilletitas dobladas en ocho, la prohibición de fumar en casa, los consejos saludables y el sexo en mute. Un ensayo extraordinario de Lewis Wolpert, “Cómo vivmos y por qué morimos”. El apasionante mundo de la biología molecular vista por un tipo que se anima a cuestionar la resistencia cultural de las ciencias sociales a la genética, a las neurociencias y a todo lo que huela a determinación biológica de la conducta humana. El imperdible “El gorila invisible” de Chabris y Simons. Un texto que narra las fantasías en las que creemos. El pensamiento ilusorio, la confianza desmesurada en nosotros mismos, los engaños acerca de lo que sabemos y lo que ignoramos. El monumental “Op Oloop” de Juan Filloy, una fiesta del lenguaje. Anoche amaneció mientras veía “La piel que habito” de Almodóvar. Los límites de la medicina bajo la mirada de alguien obsesionado por la cárcel del cuerpo.

Van pasando historias e ideas sin que la frontera entre el sueño y la vigilia me resulte muy clara. No estoy seguro de cuáles son reales y cuáles imaginarias. Floto en una atmósfera ingrávida sin tiempo ni lugar. Una luna privada donde estoy solo. Completamente solo. No pasa nada que no suceda dentro de mi propia mente. El mundo ha desaparecido. No sé si alguna vez podré salir de acá. Tal vez si me afeitara podría abandonar esta ensoñación permanente. Volver al mundo de todos los días. Pero creo que no tengo ganas.

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