Mi viejo tenía una versión lógica del mundo. Una confianza ciega en el futuro que procedía, no de sus ilusiones, sino de sus cálculos. La historia era racional, el futuro inexorable. El suyo era un entusiasmo con fundamentos. Sus últimos tiempos quedó atrapado en las redes del silencio. Tal vez escuchaba el estruendo del futuro derrumbándose delante de sus ojos azules. La caída del muro de Berlín redujo a escombros su representación del mundo. No quiso hablar. No encontró razones. Las palabras dejaron de nombrar las cosas. Sin lenguaje es imposible estar con otros o -peor aún- es imposible estar con uno mismo. Se quedó sin futuro mientras se disolvía el sentido de su propio pasado. Hace algunos años decidió callar. Siempre fue tan enfático, tan coherente. Desde que tengo memoria disolvió con argumentos rotundos todas mis preguntas. La soledad anticipa a la muerte. La existencia nos abandona antes que la vida. El verdadero drama de la vejez – esa larga agonía- no consiste en que nadie los reconozca sino en que ya nadie necesita ser reconocido por ellos. Privados para siempre de la posibilidad de proteger, fantasmas en un mundo que ya no logran explicarse. La semilla de la muerte ha comenzado a germinarles en el pecho. ¿Qué distingue a un mortal de un moribundo? Yo –que soy un idiota- no supe acompañarlo. Ahora es tarde. Sospecho que entonces también lo era. Hoy se derrumbó al salir de la cocina. Nada extraordinario, sólo la puta muerte completando su tarea.

No hay posts relacionados.