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	<title>La Verdad y Otras Mentiras &#187; La Verdad y Otras Mentiras &gt;&gt; </title>
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	<description>Medicina y Literatura</description>
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		<title>Los pibes</title>
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		<pubDate>Sat, 27 Apr 2013 21:58:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-full wp-image-3955" title="Juanito-Laguna-Berni-300x212" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2013/04/Juanito-Laguna-Berni-300x212.jpg" alt="" width="300" height="212" />Esta tarde tenía visitas esperándome en la puerta del consultorio. Un Reanult diecinueve picado de viruela con cuatro pibes adentro. Dudo que nada funcionara en ese auto excepto el reproductor de música que sonaba a un volumen altísimo: <em>“Se va para el baile con su minifalda mostrando la burra y le gusta que la miren, le gusta que la miren…”</em>  Sobre el techo había un bidón con nafta desde el que salía un cañito plástico que ingresaba al motor. Apenas me vieron abrieron las puertas y bajaron. Ninguno tenía más de veinte o veinticinco años. Vestían pantalones anchos de colores fosforescentes que les llegaban apenas debajo de las rodillas. Musculosas con dibujos e inscripciones como: <em>“Piola Vago”, “el Apache”, “Violador serial”, “Perreo al palo”.</em> El que llevaba la voz cantante era un primate de unos 120 kg y 1.90 m de estatura. Las zapatillas eran enormes. Creo que jamás las he visto tan grandes. Tenía una extraña barba finísima que le recorría la cara de oreja a oreja continuándose con las patillas. La mitad del cráneo rapado y la otra con una melena peinada con gel húmedo que le llegaba hasta los hombros. Un aro con una piedra bermellón con forma de elipse. Sobre el brazo derecho un tatuaje de Carlitos Tévez, sobre el izquierdo una flecha que atravesaba la palabra <em>“madre”</em> escrita con una letra cursiva. Los otros tres eran algo menores. Todos usaban gorritas con la visera hacia atrás. Se movían al compás de la música. Daban unos pasitos cortos arrastrando las suelas sobre el piso acompañados de flexiones de las rodillas y torsiones de la cadera. Una especie de movimientos coreoatetósicos al compás del reggaetón. El más joven armaba un porro. Se pasaban de mano en mano una botella plástica de Coca Cola de litro y medio con un líquido amarillento que no me animo a afirmar si era cerveza u orina. Me rodearon cuando empezaba a abrir el portón. Olían a potro y a caballeriza. No parecían agresivos. Más bien exóticos y salvajes.</p>
<p>- ¿Vos sos el doctor Daniel?</p>
<p>- Sí, soy yo</p>
<p>- No te asustes, no te vamos a afanar.</p>
<p>- No me asusto. Me encanta verme rodeado de chicos como ustedes.</p>
<p>El diariero de la esquina se asomó para ver qué pasaba. <em>-¿Todo bien doctor?</em> Le hice señas con la mano de que todo estaba controlado. Uno de los pibes eructó con la potencia de un trueno antes de arrojar la botella vacía al medio de la calle. Rozó la cabeza de un hombre mayor que pasaba en bicicleta. El tipo se detuvo, apoyó un pie sobre el piso y lo puteó. El pibe levantó un cascote y se lo tiró con una extraordinaria puntería. El pobre hombre se agachó para esquivarlo y salió corriendo sin volver a montarse a la bicicleta. Los demás ni siquiera prestaron atención a lo que sucedía. El grandote me agarró del brazo.</p>
<p>- Mi vieja quiere que vos la atiendas. Te estamos buscando desde hace una semana.</p>
<p>- ¿Tu vieja?</p>
<p>- Sí, Ermelinda Benítez. Una paraguayita que vos atendiste cuando estuvo internada en el hospital. ¿Te acordás?</p>
<p>- La verdad que no. ¿Cuándo fue eso?</p>
<p>- Hace como diez años.</p>
<p>- Mi memoria no llega a tanto. Ya estoy viejo.</p>
<p>- Ella te recuerda muy bien. Siempre habla de vos.</p>
<p>- Me alegro, a veces creo que nadie se acuerda de mí.</p>
<p>- Te llevamos y te traemos de vuelta, ¿vamos?</p>
<p>- Dale, pero tengo que estar acá antes de las seis.</p>
<p>- Tranquilo, te prometo que estarás acá a esa hora.</p>
<p>Me abrió la puerta para que entrara al auto. Los otros tres se acomodaron en el asiento de atrás. Tuve un instante de duda.</p>
<p>- Mejor los sigo con mi coche. Les dije en un rapto de prudencia que sentí como una cobardía.</p>
<p>- No, te llevemos nosotros. Es cerca, pero un lugar jodido, ¿viste?</p>
<p>- Ok, dale, vamos.</p>
<p>El asiento tenía una depresión de unos veinte centímetros coronada por un resorte y jirones de estopa manchada de grasa. El piso dejaba ver el asfalto a través de dos agujeros irregulares del tamaño de una mandarina grande. La radio sonaba al tope. Organito, tumbadoras, raspador. Un locutor anunciaba una noche colombiana repleta de espuma y la actuación en vivo <em>de “Jimmy y su combo negro”</em>  y <em>de “Claudio y su onda sabanera”.</em> Chicas gratis hasta las doce de la noche, después veinte pesos por cabeza. El olor a porro era delicioso. Se pasaron el cigarrito de mano en mano. A mí no me convidaron. Me sentí excluido y miserable. Bajamos por la colectora de la Autopista del Oeste hasta  una calle de tierra. Las sacudidas salpicaban gotitas de combustible que chorreaban por el parabrisas. Detuvieron el auto al costado de una Toyota Hilux. Uno de ellos bajó, le hizo saltar la tapa del tanque de nafta con un movimiento seco y rotundo. Introdujo el cañito plástico y chupó hasta que la nafta comenzó a fluir hacia el bidón que había apoyado en el piso. En pocos segundos el recipiente estaba lleno. Volvió a subir escupiendo combustible a través de la ventanilla. –<em>Es un autoservicio, ¿viste?,</em> me dijo mientras arrancábamos. Al cabo de unas diez cuadras empezamos a encontrar a grupos de clones de los pibes en las esquinas. Eran todos igualitos, indistinguibles, uniformados. El conductor aminoraba la marcha sacaba su brazo y se chocaba con la mano del otro en una serie atropellada de movimientos que no logré comprender. Ingresamos en un barrio de casas humildes de cemento sin pintar o de chapa. Algunas tenían uno o dos pisos. Cientos de antenas de TV y de cables subían y bajaban a la altura de la cabeza de un hombre de pie. Había perros y chicos en cantidades semejantes. Los primeros se rascaban la entrepierna con un empeño admirable, los segundos se sorbían los mocos descalzos entre la basura.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>-Doc, acá tenemos que bajar y caminar.</em></p>
<p><em> - Perfecto, adelante.</em></p>
<p>El grandote y yo nos alejamos a pie por un pasillo estrecho. Los demás se quedaron en el auto. Hacía un calor vaporoso de caldera del diablo. Caminábamos sobre charcos de barro y senderos de pedregullo. Las casas se amontonaban haciendo un uso irrespetuoso del espacio. No existían ni las proporciones ni la simetría. El conjunto era caótico y desordenado. Tuve la impresión de que, sin embargo, existía alguna racionalidad que yo no alcanzaba a comprender. Mis prejuicios no podían admitir que la función no guardara relación con la forma. Algo me resultaba a la vez desagradable y cautivante. Empecé a desprenderme de esa primera sensación. Entonces el barrio me atrapó con sus sonidos, sus olores, sus habitantes. Las paredes estaban llenas de <em>graffitis</em> con leyendas o dibujos. Los colores se mezclaban hasta hacerte doler los ojos. La ropa colgada de sogas atravesaba la veredita obligándonos a agacharnos para pasar debajo de pantalones, blusas o guardapolvos escolares. Un flujo vital circulaba como un viento por todas partes. Desde las ventanas salían las voces de la televisión, música de chamamé o de cumbia. En ese lugar no se conocía el silencio. Varias mujeres jóvenes y obesas se asomaban a curiosear. A casi todas les faltaban los incisivos y les sobraban las tetas. Llegamos a una casa de ladrillos sin revocar. No había puerta sino una cortina sucia de tela floreada. El piso era de tierra seca y apisonada atravesado por los surcos de agua de una regadera. Sobre la pared había un cuadrito del general Perón montado sobre un caballo con uniforme de gala y un retrato del Gauchito Gil iluminado por una lámpara colorada con forma de gladiolo. Entramos a la habitación en penumbras. Se escuchaba el zumbido en un turboventilador apoyado sobre una silla. Tropecé con una fuente y derramé su contenido líquido. Tardé algunos minutos en acomodar mi visión a la escasa luz. Sobre la cama, semisentada, encontré a Ermelinda. La reconocí de inmediato. Estaba más delgada y más vieja. El cabello ralo, negro. Los brazos y las manos esqueléticas se estiraban hacia mí. Me acerqué. Nos abrazamos durante un rato que me pareció bastante largo. Pude percibir un temblor involuntario y sutil que le empezaba en la cabeza y bajaba hacia las piernas. Olía a lavandina y a colonia frutal. Me llené de recuerdos de esa mujer en pocos segundos.</p>
<p><em>- Ermelinda, ¿todavía hacés esa sopa paraguaya que me traías al hospital?</em></p>
<p><em> - ¿Se acuerda doctor?</em></p>
<p><em> - Claro, cómo iba a olvidarme de ese manjar.</em></p>
<p>La mujer miró a su hijo y le hizo un gesto. El pibe se acercó a la cama con una actitud tierna y sumisa que me pareció ridícula en alguien tan enorme.</p>
<p><em>-Chuqui, andá a la cocina y traele al doctor un pedazo.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El mono salió a toda velocidad montado sobre sus zapatillas canoa. La música seguía sonando desde alguna parte. Se escuchaba la voz de un locutor que alentaba a la audiencia hablando a los gritos encima de las canciones. Conversé un rato con Ermelinda y después la revisé con detalle. Le habían amputado dos dedos del pie derecho hacía un año. Su diabetes ahora le estaba quitando la visión. Tenía una palidez amarillenta en la piel y las conjuntivas. Lesiones de rascado por un prurito que no le daba tregua desde hacía semanas. Su presión arterial estaba alta y había signos de congestión pulmonar. Las últimas cuarenta y ocho horas había tenido vómitos. Se escuchaba sobre su pecho un ruido áspero como de dos cueros secos frotándose entre sí. Las parótidas estaban hinchadas deformándole la cara a ambos lados. Los párpados edematizados le daban un aspecto de somnolencia permanente. Se quejaba de calambres y la movilidad de sus tendones mostraba subsaltos muy groseros. Tenía signos evidentes de insuficiencia renal severa descompensada.</p>
<p>Tal como la recordaba, seguía siendo una mujer dulce y austera. Casi no se quejaba. Tuve que sacarle a empujones el repertorio de sus síntomas. Me mostró una bolsa plástica de supermercados <em>&#8220;Día&#8221;</em> llena de cajitas de medicamentos que sacó de un cajón de la mesa de luz. Sus hijos no le habían hecho faltar nunca el tratamiento pese a que era muy costoso. El simio me ofreció una porción de sopa paraguaya sobre un platito. Estaba tibia y deliciosa. El olor me transportó muchos años atrás cuando mis compañeros y yo nos peleábamos por comer esa exquisitez en las noches de guardia. Como la magdalena de Proust volví a una época feliz e intensa de la que ya comenzaba a olvidarme. Recuperé, montado en ese aroma, una alegría y un entusiasmo por las cosas de la vida que hace mucho he dejado de sentir. La harina de maíz y el queso se mezclaron en mi boca con los sabores del pasado. Fui masticando durante algunos minutos el cadáver de lo que alguna vez fui. En aquellos días me movía la zanahoria del futuro. Ahora, me di cuente en ese momento, flotaba arrastrado por la inercia de quien ya no tiene futuro. Me acomodé al borde la cama y comí despacio, saboreando cada bocado tomado de la mano huesuda de Ermelinda. Le agradecí y le di un beso en la frente. Ella le ordenó a su hijo que me envolviese el resto para que me lo llevara a casa. Me trajo un paquetito envuelto en la contratapa de Diario Popular. Había una de esas magníficas fotos del Chocho Santoro de una mujer de espaldas. La chica flexionaba la columna contradiciendo toda fisiología lo que ponía su magnífico culo en un conmovedor primer plano. Lo guardé en mi maletín. El papel comenzaba a entibiarse.</p>
<p>Les pedí a todos que me escucharan. Tenía que decirles algo importante y necesitaba estar seguro de que lo comprendían. Ermelinda ya no podría seguir en su casa. Habría que internarla y era muy probable que requiriese ingresar en un plan de diálisis definitiva ya que sus riñones habían dejado de funcionar. No había alternativas. Debía procederse de inmediato antes de que tuviese consecuencias irreparables. Ella lo aceptó sin comentarios. Sospecho que esperaba algo así. El mono, en cambio, se abalanzó sobre la cama y la abrazó con desesperación. Lloraba como un bebé con unos sollozos largos seguidos de una especie de hipo gutural mientras sacudía su inmensa humanidad sobre su pobre madre. Intenté separarlo pero no logré moverlo ni un centímetro. La mujer le acariciaba la cabeza y le daba palmaditas en la nuca. Pronunciaba una letanía de una sola palabra como si se tratase de un mantra: -<em>mamá, mamá, mamá</em>… Confieso que me emocioné. Era como un transatlántico desmoronado sobre una chalupa. Mientras tanto hice una llamada al hospital para hacer los arreglos con la médica de guardia para que la recibiese conociendo sus antecedentes. Me despedí de Eremelinda con la promesa de ir a verla al día siguiente.</p>
<p>Salimos sin decirnos ni una palabra. El pibe estaba visiblemente conmovido. El volumen de la música se fue incrementando a medida que dejábamos la casa. Me tomó del brazo y me miró desde una altura que me daba vértigo.</p>
<p><em>-¿Se va a morir doc? ¿Mi vieja se va a morir?</em></p>
<p><em>- Está muy enferma, el riesgo es alto. Si todo sale bien la espera un tiempo difícil en el que deberá hacerse diálisis tres veces por semana.  </em></p>
<p><em> -No se puede morir doc, mi vieja no se puede morir…</em></p>
<p>Estábamos detenidos en un pasillo interior del barrio donde apenas entraban dos personas. Obstruíamos el paso y la gente empezaba a juntarse alrededor. Nadie se animaba a pedir permiso. Escuchaban nuestra conversación. Los hacían con un silencio respetuoso y atento que sólo se quebraba con un murmullo sordo cuando mencionábamos la posibilidad de la muerte o algún otro dato acerca de la gravedad del estado de Ermelinda. Algunos lo palmeaban en la espalda en señal de apoyo. Los vecinos participaban de los acontecimientos como una comunidad donde los límites entre lo privado y lo público eran muy diferentes a los que yo conocía. Nadie parecía esperar que el drama de uno debiese ocultarse de la mirada de los otros. Algunas mujeres entraron a la casa para preparar a Ermelinda para su traslado al hospital. Me pareció que era una gran familia integrada y solidaria. Una señora llegó con un bolso rojo, otra con un frasco de perfume y uno de desodorante. Una mujer con un bebé en brazos descolgó dos camisones de una soga y comenzó a plancharlos sobre una tabla de madera. Nadie se movía del lugar. Me decidí a hablar sin tomar en cuenta que me escucharían una diez o quince personas expectantes a lo que iba a decir. Hablé mirando al hijo de Ermelinda pero de a ratos también a los vecinos con el propósito de saber si me comprendían o si tenían alguna pregunta.</p>
<p><em>-Tu mamá es diabética y lleva muchos años de enfermedad. Llega un momento en que hay que aceptar que el final se acerca. Vos sos su hijo y yo no puedo ocultártelo. Tenés que ser fuerte para apoyarla y no obligarla a que sea ella quien deba sostenerte a vos. Así son las cosas. No voy a engañarte. Esto no va a durar mucho tiempo más.</em></p>
<p>Las personas se turnaban para frotar sus manos sobre la enorme espalda del pibe. Un hombre mayor, de piel oscura y curtida, se adelantó al grupo hasta quedar delante de mí. Usaba un sombrero de paja y un pañuelo atado al cuello. <em>–Doctor, acá todos estamos para ayudar. Si hace falta algo: sangre, cuidadores para la noche, plata, lo que sea doctor, lo que sea</em>&#8230; Tenía acento guaraní. Tal vez fuese correntino o paraguayo. Olía a vino pero no parecía alcoholizado. Me ofreció su mano que acepté gustoso. <em>–Le gradecemos mucho que haya venido a ver a la Ermelinda doctor.</em> Bajó la cabeza, dio media vuelta y desapareció detrás de la gente que nos rodeaba. La música seguía sonando a todo volumen. A nadie le sorprendía ese alboroto. No me pareció que consideraran que la situación exigiera silencio o algo más discreto. La cumbia formaba parte del ambiente como el aire o la luz. No es que a mí me molestara pero no podía dejar de atender a las letras de las canciones y sentir cierta vergüenza: “<em>Vení pa´ cá vamo a cogé…”.</em> Me pareció que yo era la única persona que sentía ese pudor. Al cabo de un rato me adapté. Incluso comencé a sentirme a gusto con ella: <em>“Si sos turra me moviste / ese ropete yo te lo quiero romper…”</em>   Recordé que cuando me encontré con los pibes en la puerta del consultorio venía escuchando extasiado en el auto un CD de Path Metheny, <em>“Wath it all about”</em> que me había mandado mi amiga Lucía desde Nueva York. Había muchos mundos y cada uno se hacía escuchar con sus propios sonidos.</p>
<p>El grandote me pidió que lo acompañara. Entramos en una casa a pocos metros del lugar donde nos habíamos detenido. Apenas abrió la puerta la música adquirió una intensidad insoportable. Tres chicos manejaban una consola de sonido. Todos usaban lentes oscuros. Eran flaquísimos, altos y usaban una ropa desproporcionadamente grande lo que exageraba su delgadez. Había cinco o seis chicas bailando distribuidas en la pieza. Usaban remeras ajustadas que dejaban sus ombligos al aire y una polleritas minúsculas que se balanceaban deliciosamente. Hice un esfuerzo enorme por no mirarlas. Aunque no me duró mucho tiempo. No pude evitarlo. Bastaron algunos segundos para que mis ojos quedaran capturados por sus nalgas. Eran perfectas. Unas redondeces dotadas de vida propia. Asomaban su maravilla como una luz intermitente con cada movimiento de la pollera. Entramos en una piecita repleta de cajones de cerveza Quilmes Imperial y botellas de Fernet Branca apiladas hasta la altura del techo. <em>-¿Qué es este lugar?</em> le pregunté. –<em>Una radio, se llama FM Génesis. Acá la escucha todo el mundo. En las casas, en los autos y por los altoparlantes que hay en las esquinas.</em> Sacó del bolsillo trasero del pantalón un fajo de billetes de cien pesos enrollado y ajustado con una bandita elástica. No sabría decir la cantidad pero había más dinero del que yo haya visto alguna vez. <em>-¿Cuánto te debo doc?</em>, me preguntó mientras desataba los billetes. –<em>Nada, no te preocupes. Me parece que yo debería pagarte a vos porque me permitiste volver ver a Ermelinda y conocer este lugar</em>. El pibe se quedó mirándome sin comprender lo que le acababa de decir. –<em>No, de ninguna manera. Vos tenés que cobrar</em>. Otra vez percibí la incoherencia entre su desmesurado tamaño y su actitud tan ingenua. Parecía un nene enorme. Me veía obligado a levantar la cabeza para mirarlo a los ojos. Me parecía estar hablando con un rascacielos obeso y desgarbado. –<em>Quedate tranquilo, hay cosas que no tienen precio</em>. Me arrastró hasta la habitación de la que veníamos. Otra vez nos aturdió el sonido. –<em>Llevate una guachita entonces doc. Ya me di cuenta como las mirabas.</em> Las chicas seguían bailando solas como muñecas a  cuerda. <em>-¿Te parece? ¿Qué pensarán ellas si tuvieran que venirse con alguien como yo?</em> Se acercó hasta mi oído para que pudiese escucharlo. –<em>Vos no te preocupes, estarán encantadas. Te llevás la que más te guste y después yo te la paso a buscar.</em> Las miré una a una. Eran tan jóvenes y hermosas. Tan perfectas y sensuales. Bailaban con movimientos provocadores mientras sonreían como autómatas. –<em>Te lo agradezco mucho. Son preciosas. Pero no puedo aceptarlo. Mejor llevame de vuelta que se me está haciendo tarde.</em></p>
<p>El grandulón hizo una seña a los chicos de la consola. La música se detuvo. –<em>El doctor quiere ver a las chicas, a ver si le muestran lo que saben hacer.</em> Empezó a sonar una versión tropical y llorona de Lambada. Las chicas comenzaron a bailar. Una de ellas se subió a una mesa. Giraban y movían las caderas al compás de una percusión muy primitiva de palmas y redoblante. El cantante empleaba un lamento sobreagudo de bolero, mitad en español del Caribe y mitad en brasilero elemental. El espectáculo era sobrecogedor. El grandulón se alejó unos pasos. Tomó a una chica de la mano y bailó con ella. No podía creer lo que estaba viendo. Esa mole torpe se transformó por completo. Adquirió una gracia extraordinaria. Un talento que resultaba incomprensible en alguien como él. Toda su incoordinación de movimientos al caminar se convirtió, tocada por varita de la música, en una extraordinaria destreza para la danza. Tuve la impresión de que una fuerza misteriosa le atravesaba cuerpo dotándolo de una habilidad que un minuto antes parecía imposible. Me hubiese gustado haber sido capaz de hacer algo así. Bailar con una mujer con la música gobernándome el cuerpo. Ese pibe era libre cuando bailaba. Él tenía acceso a una variante estilizada del sexo que era desconocida para mí. Se acercó con la chica de la mano. –<em>Ella es la Gladys, una misionera caliente y gauchita. Llevátela, yo sé lo que te digo.</em> La piba se reía satisfecha con la descripción que hacían de ella. Parecía un ángel precioso y tonto. –<em>No, gracias. No quisiera sacrificar a una mujer tan hermosa con un tipo tan desagradable como yo. Te los agradezco mucho. Se me está haciendo tarde, me tengo que ir.  </em></p>
<p>Desandamos el camino por el que habíamos llegado. Las personas me saludaban como si fuese un héroe. Le ofrecían al pibe ayuda y solidaridad. Todos estaban enterados de lo que le ocurría a Ermelinda. La música de la radio se repetía en cada casa, en cada esquina. Sintonizaban la misma estación que parecía ser el sonido propio del barrio. Encontramos a dos adolescentes sentados en el piso con herramientas en las manos. Tenían destornilladores, pinzas, sierras, martillos, una llave cruz y un criquet hidráulico. Me pareció extraño. No hacían nada. Actuaban como si estuvieran esperando para comenzar un trabajo pero no entendía cuál. -¿<em>Estos pibes qué hacen? ¿De qué laburan?</em> Nos detuvimos. El grandote sonrió. <em>-¿Ves ese auto que está allá enfrente, del otro lado de la autopista?</em> Apenas podía verlo. Era un Audi A3 gris metalizado, precioso, estacionado sobre la banquina de tierra. <em>-¿Sí, lo veo?</em> Señaló a los chicos que seguían esperando. –<em>Los pibes lo levantaron hace un rato. Ahora tienen que esperar dos horitas. Si tiene LoJack llegará la cana y se acabó el laburo. Pero si los ratis no aparecen, los changos le ponen mano y en veinte minutos lo desguazan para repuestos.</em> Saludó a los desarmadores de coches chocando el puño con cada uno de ellos y seguimos nuestra marcha. Como la cumbia, como la falta de privacidad, también esto parecía algo naturalizado sobre lo que nadie aplicaba ningún juicio moral. Pura supervivencia. Estrategias de vida que, también a mí, empezaban a parecerme razonables.</p>
<p>A pocos metros había una casa de dos pisos con las paredes repletas de dibujos de vírgenes, santos, animales y algunos símbolos que no pude identificar. Desde la puerta partía una larga fila de personas que se perdía en el laberinto de aquellos pasillos. <em>-¿Qué espera toda esa gente allí?</em>, le pregunté a mi cicerone. –<em>Es la casa de la Dorita, es tu colega acá en el barrio.</em> Había personas de todas las edades, chicos, embarazadas, viejos. Esperaban con paciencia bajo el sol ardiente de la tarde. Era evidente que algunos estaban muy enfermos. Los familiares les llevaban sillas para que descansaran y las iban adelantando a medida que la fila se movía. -¿<em>Mi colega?</em> Dos mujeres recorrían la cola ofreciendo chipa y torta de chicharrón que llevaban en canastas de mimbre sobre las cabezas cubiertas con telas blancas, inmaculadas. –<em>Sí, es curandera y de las mejores. A mi vieja la atendió varias veces. Pero cuando ella nota algo que no puede arreglar te manda al hospital.</em> Me detuve a mirar a la gente. Una mujer joven se apoyaba contra la pared. No tendría más de treinta años. Otra, tal vez su madre, la abanicaba con una revista. Estaba agitada, respiraba con un esfuerzo enorme. Se la veía agotada. Sudorosa y con los labios azulados. –<em>Me parece que esa chica va a ser una de las que la Dorita mande al hospital. Se la ve muy mal.</em> El pibe se acercó, la tomó del brazo y la acompañó hasta entrar en la casa. Me hizo señas de que lo siguiera. Nadie se quejó. Todos entendieron que era necesario apurar la atención de esa mujer. Entramos. Nos inundó un intenso olor a incienso. Había pequeños recipientes con aceites aromáticos sobre mecheros encendidos. Crucifijos de todos los tamaños. Láminas con vírgenes y santos pegadas con chinches sobre las paredes. Al fondo del único ambiente, un altar iluminado con velas y una estatuilla de la virgen de Luján. Sobre la pared un mural de la Difunta Correa que iba desde el techo hasta el piso. La gente le había dejado botellas vacías de gaseosas, vino, sachets de leche, bandejas con frutas y verduras. Un televisor encendido sin volumen donde se veía Crónica TV. La Dorita estaba de pie con sus dos manos sobre la cabeza de un hombre de unos cuarenta años que se sacudía como si tuviese convulsiones pero sin caerse. Tenía los ojos cerrados y hablaba a los gritos en una extraña lengua. Cuando nos vio sacó las manos de la cabeza del hombre y le dio dos golpecitos con los dedos sobre la frente. Se despertó de inmediato. Estuvo algo confundido pero ella lo abrazó y le dio un beso en cada mejilla. El hombre se recompuso y se retiró ayudado por una mujer. La Dorita aparentaba unos setenta años, enjuta, arrugada, morocha. Tenía el cabello recogido con un rodete sobre la nuca. Vestía una blusa blanca, larga y amplia que casi le llegaba a las rodillas y una pollera floreada que alcanzaba sus talones. Estaba descalza. Erguida y firme en su actitud. Se acercó frotándose las manos con un líquido aceitoso con olor a eucalipto. –<em>Dorita, este es el doctor Daniel. Vino a ver a mi vieja.</em> Me dio dos besos, uno en cada lado de la cara, como al hombre que acababa de atender. –<em>Gracias por venir doctor, esa mujer está muy mal</em>. Sonreía pese a que sus ojos expresaban su preocupación por Ermelinda. –<em>Hicimos entrar a esta chica porque el doctor no la vio nada bien</em>, le dijo el pibe. La mujer se agarraba del respaldo de una silla haciendo un gran esfuerzo para respirar. Tosía. Desde donde estábamos se escuchaba el sonido sibilante de su respiración. Parecía que se iba a caer de un momento a otro. La Dorita se acercó y le puso ambas manos sobre el pecho. Después le tocó los labios con la punta del dedo índice y le revisó las conjuntivas. Se dio vuelta y me miró. –<em>Es tuya doctor</em>. Me acerqué y conversé algunas palabras para tranquilizarla. No podía hablar. Su madre me contó que tenía fiebre desde hacía cuatro días. Habían ido al hospital pero no habían podido comprar los medicamentos. La revisé. Hervía, sudaba. Saqué un oxímetro de pulso de mi maletín y se lo ajusté en el dedo. Tenía una severa desaturación de oxígeno. –<em>Hay que internarla ahora mismo</em>, les dije a mis acompañantes. El grandote sacó un teléfono celular e hizo una llamada. Le entregó a la madre unos cuantos billetes del mismo fajo atado con una bandita elástica que le había visto un rato antes. Yo volví a llamar al hospital, ahora para avisar que enviaba a la mujer. Mi compañera se sorprendió. <em>-¿Qué te pasa hoy? ¿Andás recolectando enfermos por la calle?</em> No tuve ganas de explicarle nada. Éramos amigos desde hacía muchos años, la conocía muy bien. Sabía que se iba a ocupar de los enfermos con dedicación y conocimiento. Recordé que me había contado que se quería cortar el cabello la última vez que nos habíamos visto. <em>-¿Te cortaste el pelo?</em> La pregunta la sorprendió. Hizo una pausa. –<em>Sí, me lo corté hace una semana</em>. Es una mujer bella. Tenía una melena larga y negra. –<em>Lo voy a extrañar, pero seguro que estás hermosa.</em> Llegó un hombre diciendo que tenía un remise para llevar a la mujer al hospital. –<em>Si seguís mandándome tantos pacientes no voy a tener tiempo de comprobarlo</em>. Madre e hija salieron acompañadas por el chofer. –<em>No te preocupes, siempre estaré yo para recordártelo</em>. Corté la comunicación. Saludé a la Dorita y salimos de su casa.</p>
<p>Los desarmadores de coches seguían en su puesto de vigilancia. Como predadores al acecho tenían la mirada clavada al otro lado de la autopista. Su presa era un animal hermoso gris metalizado que esperaba su turno para el descuartizamiento sobre la banquina de tierra. La tarde caía hacia el oeste detrás de un montecito de álamos. Una señora regaba el jardín en el que convivían una huerta con tomates y lechuga arrepollada con almácigos de flores de todos colores. Una Santa Rita trepaba la pared sostenida por palos de escoba atados con hilo. Debajo se derramaba una mata de glicinas que caía como una lluvia violeta sobre los yuyos. Con una mano sostenía una manguera de la que salía un chorro agónico de agua marrón, con la otra el mate. Pasamos por encima de unos perros. Al doblar la esquina encontramos al Renault 12 con el bidón lleno sobre el techo y los pibes durmiendo despatarrados sobre el pasto. Me senté sobre el cráter del asiento. Avanzamos por la misma calle de tierra por la que habíamos entrado al barrio. Me di vuelta para mirar las casas empequeñeciéndose a medida que nos alejábamos. Sentí una nostalgia tonta. Empecé a extrañar aquel lugar que ni siquiera conocía. A su gente. A la Ermelinda, a la Dorita, a los desarmadores de autos en su paciente vigilia. El grandote manejaba dando tumbos con el auto sobre los pozos. Varias veces di con la cabeza contra el techo. Cruzamos un puente y bajamos por la colectora de la autopista. Pasamos a metros del Audi abandonado. Durante el viaje pensé que me gustaría volver. Comparé mi pequeño y mezquino mundo con la miseria verdadera que había conocido esa tarde. El lamento perpetuo de la gente como yo con la alegría austera y resignada de esas personas. Sí, tenía que volver. Tal vez a conversar con la señora que regaba las plantas. A visitar el consultorio kitsh de la Dorita. A llevarme a la Gladys, ¿por qué no? A disfrutar sin preguntas de la deliciosa alegría de sus nalgas.</p>
<p>Llegamos a mi consultorio. Bajamos del auto. El grandulón me abrazó. Sentí que el abominable hombre de las nieves me daba el abrazo final en las laderas del Himalaya. Cuando me soltó pude recuperar el aliento. –<em>Gracias doc, muchas gracias por todo.</em> La mole me miraba con ojos de niño. –<em>Sos muy buen hijo. Tu vieja debe sentirse orgullosa de vos</em>. Me pareció que el pibe iba a llorar. –<em>No te pagamos doc, te hicimos laburar y no te pagamos nada</em>. Abrí mi maletín. Saqué el paquete envuelto con la contratapa del Diario Popular que ahora tenía manchas de aceite. Todavía estaba tibio. Despedía un aroma exquisito a queso y a cebolla. Se lo puse delante de la nariz. Tuve que ponerme en puntas de pie con el brazo en alto para alcanzarla. <em>-¿Te parece que no me pagaron? Olé, cerrá los ojos y olé este manjar…</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Imagen: Juanito Laguna, Antonio Berni</em></p>
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		<title>La  muerte y otros silencios</title>
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		<pubDate>Sun, 21 Apr 2013 15:53:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-3936" title="valentina.gde" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2013/04/valentina.gde_-253x300.jpg" alt="" width="253" height="300" />Llegó decidido llevarse a su mujer. Bajó del taxi  y se detuvo frente a la puerta de acceso. Desde la calle casi no podía verse el edificio del hospital. Una arboleda compacta lo ocultaba durante el día y lo hacía aparecer como una isla de luz durante la noche. Se sentó sobre una empalizada de cemento con dos bolsos apoyados sobre las rodillas. Sintió deseos de fumar aunque hacía muchos años que ya no lo hacía. Algo que aún estaba vivo en su interior le despertó esa sensación que creía haber olvidado. Se sorprendió. Durante la larga noche de insomnio que acababa de pasar había encontrado el coraje para lo que estaba por hacer. Repasó los argumentos con los que se había convencido a sí mismo de que hacía lo correcto, de que no tenía otra salida.</p>
<p>Desde hacía dos años su vida alternaba entre su casa y el hospital. Pero cada vez era peor. Las internaciones de Valentina se hacían más frecuentes y más dramáticas y todos coincidían en que ya nada podía hacerse. Aparecían nuevas manifestaciones de la enfermedad lo que hacía que el padecimiento resultara insoportable, progresivo y sin esperanzas. Se puso de pié y atravesó el parque bajo la sombra de los paraísos. En el interior, largos pasillos rodeados por paredes de mármol y pisos de granito albergaban a una multitud de personas caminando en todas direcciones. Los techos altos, las aberturas pequeñas y la densa vegetación que rodeaba al edificio hacían necesario que las lámparas permanecieran encendidas a toda hora. La  habitación de Valentina era, sin embargo, luminosa y amplia. Desde allí podían verse las copas de los árboles y un fragmento de cielo recortado por los límites de la ventana. Ella estaba acostada sobre una almohada enorme con la cabecera de la cama algo elevada. El cabello recogido dejaba ver los detalles de la cara. Los ojos abiertos y hundidos. Dos círculos negros congelados en dirección al el techo. La frente cubierta por una piel reseca adherida a los huesos. Los labios trazaban una línea entre ambas comisuras como la cuerda tensa de un arco.</p>
<p>Hasta los cincuenta años Valentina había tenido la apariencia de alguien mucho más joven de lo que era. Pero más tarde la enfermedad se había encargado de producir el efecto contrario. Fernando se detuvo en el umbral de la puerta y recorrió con la mirada cada uno de los objetos necesarios para sostener con vida a su mujer. Un monitor mostraba el ritmo cardíaco mediante una serie de imágenes sobre una pantalla verde acompañadas por un sonido agudo y molesto.  El brazo derecho se extendía por fuera de las ropas conectado a un sistema de tubuladuras que permitían administrarle soluciones de hidratación y medicamentos. Una bomba de infusión controlaba las dosis y la velocidad del flujo.  Sobre el costado izquierdo de la cama había un equipo de asistencia respiratoria mecánica, una máscara, un humidificador y un sistema de aspiración bronquial. Hacía varios días que ya no los necesitaba pero permanecían allí ante la posibilidad de que algo imprevisto ocurriera.</p>
<p>Guardó los bolsos en el armario y se acomodó sobre un pequeño sillón. Se quitó el calzado. Apoyó la cabeza sobre el respaldo. Apoyó sus pies descalzos sobre una silla de madera. Cerró los ojos, aunque tal vez no durmiera. El tórax se expandía con cada respiración y luego se hundía debajo de las ropas. Los movimientos eran lentos y la respiración profunda. Emitía un soplido suave y sostenido. La entrada del médico lo sobresaltó. Se puso de pie y se calzó los zapatos.</p>
<p>Era un hombre joven, casi un adolescente. Alto, vestido con pantalón y chaqueta blanca. Olía a loción para después de afeitar y aún tenía el cabello húmedo como si recién acabara de salir de la ducha  Controló el sistema de infusión y las etiquetas de los frascos de suero. Mientras leía los reportes de la enfermera en una planilla habló sin mirar a Fernando.</p>
<p><em>-¿Va a llevarse a Valentina del hospital?</em></p>
<p><em>- Sí.</em></p>
<p>Se acercó. Bajó el tono de voz y miró hacia los costados como si quisiera evitar que alguien escuchara lo que estaba por decir. Se cubrió la boca con la mano anticipando una confidencia.</p>
<p><em>- Valentina se va a morir si se la lleva.</em></p>
<p>Fernando hacía girar entre sus dedos un cortaplumas en miniatura con una cruz blanca dibujada sobre un fondo rojo que mediante una larga cadena salía desde el bolsillo de su pantalón. Se detuvo a pensar en lo que acababa de escuchar. Buscando las palabras que había ensayado tantas veces la noche anterior pero que ahora demoraban en aparecer. Preguntó:</p>
<p><em>- ¿No sucedería lo mismo si se quedase aquí?</em></p>
<p>El médico observó a la enferma mientras apretaba los dientes. El labio inferior montado sobre el superior. Dos líneas oblicuas señalaban la presión recorriendo su cara de arriba abajo.</p>
<p><em>- Sí, pero más tarde y en otras condiciones.</em></p>
<p><em>- No creo que a ella le interesen ninguna de las dos cosas.</em></p>
<p>Se produjo una pausa mientras el médico examinaba con una linterna los ojos de Valentina resaltados por un círculo de luz amarilla. Al terminar se puso de pie y apoyó su mano sobre el hombro de Fernando.</p>
<p><em>- ¿Va a decidir por ella?</em></p>
<p>Fernando miró a Valentina y luego al médico.</p>
<p><em>- ¿Hay otra alternativa? O usted piensa que está en mejores condiciones que yo para hacerlo.</em></p>
<p>El médico se acercó hasta ubicarse a pocos centímetros de Fernando. Agitó el dedo índice apuntando a su pecho. Habló pronunciando cada palabra con una modulación exagerada de la voz como si quisiera asegurarse de que sus palabras no dejaran dudas.</p>
<p><em>- Yo nunca dije algo así.</em></p>
<p>Abrió la puerta de la habitación. Una voz de mujer llamaba a través de los altavoces al médico de guardia  para que se presentara en la sala de partos. Un carrito colmado de bandejas con el desayuno atravesó el pasillo. Las ruedas, girando sobre el piso irregular, produjeron un estruendo que luego se alejó en dirección a los ascensores. Salió sin despedirse. El sonido de la puerta al cerrarse devolvió el silencio interrumpido a la habitación.</p>
<p>Fernando se sentó junto a Valentina. Le acomodó un mechón de cabello caído sobre la frente.  A los pies de la cama colgaba una cartilla con las anotaciones que una enfermera completaba en cada turno. Se inclinó para tomar una lapicera atada mediante un hilo al soporte metálico que contenía las hojas. Se puso los anteojos. Dibujó sobre el papel un retrato con trazos sencillos. La prominencia de los pómulos, el relieve de la nariz, las orejas que parecían enormes debido a su extrema delgadez, los surcos del cuello hundiéndose debajo de las clavículas. Miró el dibujo durante algunos segundos. Se puso de pie y lo alejó estirando sus brazos para verlo con cierta perspectiva.  Luego lo arrancó, hizo un bollo con el papel y lo arrojó por la ventana. Observó cómo caía hacia el parque balanceándose movido por las corrientes de aire hasta que se perdió de vista entre las plantas.<br />
Fernando había pintado desde la adolescencia. Su afinidad por la luz y una mirada infrecuente le habían permitido crear imágenes perturbadoras. Durante años había pasado noches enteras encerrado en su taller ensayando perspectivas y mezclando colores. Sus padres habían alentado esa habilidad con la esperanza de contrarrestar la dificultad para comunicarse que había mostrado desde niño. En ese espacio había encontrado una rara inquietud que lo rescataba de la indiferencia de casi todas las cosas. Cuando llegó Valentina, hubiese podido, pero no quiso, ingresar a su pequeño mundo privado.</p>
<p>Continuó pintando durante los primeros años después de casarse.  Pero una tarde de Abril ella entró por primera vez al taller. Era una habitación pequeña ubicada en la terraza a la que se accedía por una escalera exterior desde el patio de la casa. Antes de llegar a la puerta era necesario atravesar una soga extendida de pared a pared de la que ese día colgaban una blusa, dos pantalones y una toalla blanca movidas por el viento. Fernando pintaba sobre una tela un lago nocturno del que emanaban vapores que, vistos desde cierta distancia, conformaban extrañas cabezas humanas y animales. Se detuvo, sorprendido por la visita. De pie y con el pincel aún en la mano observó los movimientos de Valentina. Ella recorrió cada rincón. Tomó medidas contando sus pasos en todas las direcciones.  Fruncía la nariz dando muestras de su desagrado por el olor a pintura. Revisó los cajones y una vieja alacena de madera a punto de derrumbarse por el peso de los bastidores y los frascos de solvente. Frotando el piso con la punta de uno de sus zapatos intentó sin éxito quitar las manchas de distintos colores que se esparcían por todos lados.  Se acercó al cuadro y lo miró llevando la cabeza primero hacia un lado y luego hacia el otro buscando alguna orientación.  -<em>“No existe un lago como ése. No es real. No tiene sentido” </em>le dijo. Fernando no supo de qué manera contestar a lo que, de todos modos, no era una pregunta.  Sonaba la Gimnopedia Nº III de Erik Satie. Apagó el reproductor. Se miró las manos con las que parecía no saber qué hacer. Las guardó en el bolsillo del enorme delantal que protegía su ropa mientras pintaba. El guardapolvo alguna vez había sido blanco pero ahora reunía varias capas de óleo y témpera superpuestas sobre la tela multicolor. Antes de salir Valentina giró sobre sí misma hasta mirarlo de frente. -<em>“El lunes voy a organizar en esta habitación un cuarto de lavado y planchado. Ya no tenemos más lugar en la casa”. </em> Sus pasos resonaron sobre la escalera hasta perderse. Fernando introdujo el pincel en un frasco con un líquido espeso y sucio. Se quitó el delantal y se quedó parado frente a la obra que acababa de abandonar. Volvió a encender el grabador y subió el volumen hasta que el sonido del piano inundó el  ambiente. El sol comenzaba a caer y el cielo a transformarse en una mancha anaranjada detrás de la ventana.</p>
<p>Invirtió todo el domingo en guardar sus cosas en cajas de cartón y en proteger con diarios viejos las obras terminadas. Tiró a la basura los bocetos de futuros trabajos.  Su taller fue invadido por un olor a ropa húmeda y una atmósfera pegajosa que lo expulsaron de allí durante los años siguientes. No había para qué volver y jamás volvió.</p>
<p>Los primeros días con Valentina en la casa luego de pasar más de un mes en el hospital se sucedieron con relativa calma. Ella permanecía sumergida en un letargo que la desconectaba de cuanto sucedía a su alrededor. Ya no mostraba ninguna de las mínimas señales que hasta poco tiempo atrás le permitían establecer alguna clase de contacto con los demás. El movimiento de los  párpados ante una pregunta, una leve apertura de la boca cuando recibía los alimentos, la contracción de los músculos de la frente cuando sentía frío o algo la molestaba.  Había que fijar mucho la atención para percibir algún signo de vida en su cuerpo. No se quejaba. Ya no emitía ese lamento sostenido y apenas audible que durante meses había sido la única señal de que algo aún vivía en su interior. Fernando no se movió de su lado en ningún momento.</p>
<p>Una semana más tarde subió al cuarto de la terraza. Regresó a la habitación con un atril de madera desvencijado, dos lienzos amarillentos y el viejo grabador. Los ubicó frente a Valentina de manera que recibieran la luz que ingresaba a través de la ventana. Enjuagó los pinceles y seleccionó los tubos de pintura. Tuvo que descartar la mayoría por inservibles pero logró reunir una cantidad suficiente. Limpió con un trapo el reproductor de casetes y luego sopló en su interior desde donde salió una nube gris de matas de polvo que lo hizo toser. El equipo estaba muy deteriorado. Uno de sus parlantes tenía un agujero del tamaño de un dedo. Oprimió la tecla de encendido sin mayores esperanzas.  La Gimnopedia III comenzó a sonar como si el tiempo no hubiese transcurrido. Se detuvo a observar la escena antes de comenzar a dibujar con carbonilla negra sobre la tela. Pintaba durante horas mirando a su mujer cuando el dibujo lo requería. Una vez finalizado el cuadro lo ubicaba sobre el piso apoyado contra la pared. Lo observaba con atención y luego dejaba una pequeña esquela debajo con observaciones como: “está perdiendo expresión en el rostro” o “desde el Jueves no mueve los labios” o “el color de su piel ha pasado del amarillo tenue a la palidez extrema”. Entonces se dormía exhausto sobre el sillón. La misma secuencia se repetía día tras día.</p>
<p>Mientras tanto Valentina se transformaba. Los cuadros dieron cuenta de ese proceso con una exquisita precisión. Bastaba mirarlos para tomar conciencia del modo en que su cuerpo se despojaba de ella hasta no contenerla en absoluto.</p>
<p>Fernando observaba los retratos parado a poca distancia de la tela. Registraba los detalles: la piel, ahora pálida, casi transparente. El cuello, con el relieve acentuado de cada músculo y cada tendón. Los ojos retraídos, minúsculos en el interior de unas órbitas desmesuradas. A ambos lados de la boca partían unas arrugas con forma de líneas excéntricas que parecían los rayos de un pequeño sol.</p>
<p>La noche del lunes no durmió. Por primera vez pintaba de noche, con luz artificial. Se demoró pintando los pliegues de las sábanas. A medida que los colores se fueron terminando se vio obligado a emplear únicamente negros, marrones y azules sobre un fondo blanco y deslucido.</p>
<p>Valentina modificó el ritmo de su respiración. Produjo un sonido burbujeante que le llegaba desde el pecho. Abría la boca y estiraba el cuello buscando el aire. Fernando se acercó a la cama y la destapó. Su cuerpo desnudo se agitaba con los movimientos respiratorios. Los huesos de la pelvis sobresalían sobre el abdomen hundido. Una gruesa mata de vello negro le cubría el pubis. Dos manchas violáceas e irregulares se extendían sobre lo que alguna vez habían sido los muslos.</p>
<p>Leyó la cartilla con las instrucciones para casos de emergencia que el médico le había entregado antes de salir del hospital. “Si presenta dificultad para respirar: colocar la máscara y abrir la llave del tubo de oxígeno regulando el indicador de la válvula en 6”. Cubrió con la máscara la boca y la nariz de Valentina y reguló el paso de oxígeno tal como estaba indicado. Valentina se serenó durante algunos minutos.</p>
<p>Empujó el atril hasta el borde de la cama. Colocó un nuevo lienzo y comenzó a trazar el contorno de una silueta. Sonó el teléfono. Descolgó el tubo y lo apoyó sobre la mesa de luz. Una voz joven de hombre dijo “hola” varias veces y luego un tono intermitente y agudo sonó hasta convertirse en un ruido de fritura.</p>
<p>Más tarde Valentina se sacudió con una serie de movimientos convulsivos que luego cedieron. Un hilo de líquido espumoso y sanguinolento asomó entre los labios. Fernando volvió a leer las recomendaciones médicas. “Si la fatiga persiste o se acompaña de convulsiones: llamar con urgencia a la ambulancia y aumentar la velocidad de la infusión intravenosa de 21 a 49 gotas por minuto”.  Arrojó los papeles al piso.</p>
<p>Alguien golpeó la puerta. Fernando se acercó y la cerró con dos vueltas de llave. Regresó hasta la cama y desconectó la válvula del tubo de oxígeno. Retiró la máscara. Valentina frunció los labios que de inmediato adquirieron un color azul o morado. Buscó el interruptor de la bomba de infusión y lo apagó. El goteo del suero y los medicamentos se detuvo. Una luz roja se encendió y sonó una alarma. Tiró de las tubuladuras hasta que el catéter salió desde una vena del brazo. Un chorro de sangre oscura se deslizó sobre la mano para quedar suspendido en el aire unos segundos antes de alcanzar el piso. Estiró los pliegues de la sábana y cubrió el cuerpo hasta la altura de la mandíbula. Ella pareció relajarse. Uno de sus párpados se contrajo mientras el otro permanecía inmóvil. El brazo liberado cayó. Quedó balanceándose a pocos centímetros del suelo. La respiración se hizo superficial y lenta pero ahora sin la desesperación por obtener aire que mostraba pocos minutos atrás.</p>
<p>Fernando accionó el reproductor. La música llegó a todo volumen. Abrió la ventana. El aire fresco y los olores de la noche ingresaron en la habitación. Pintó las sábanas sacudiéndose en el aire. Flotando, suspendidas sobre la cama. Se detuvo en su lento movimiento al caer, en el demorado vuelo de su blancura. Transpiraba. Sobre la frente, una multitud de pequeñas gotas de sudor reflejaban la luz como minúsculas partículas luminosas. Más tarde, sin saber cuánto tiempo había transcurrido, se separó del cuadro. Lo apoyó sobre la pared siguiendo la larga hilera de su improvisada galería. Se sentó en el piso con las piernas cruzadas. Vio sobre la tela un brazo raquítico suspendido en el aire y la sombra de los dedos alargándose sobre una mancha oscura de forma irregular que se expandía sobre el piso. La cabeza de Valentina con la boca abierta y la punta de la lengua asomando entre los dientes.  Volvieron a golpear la puerta ahora con mayor insistencia. Tomó uno de los pinceles y lo clavó muchas veces sobre el lienzo hasta convertirlo en una superficie acribillada por agujeros diminutos. Dejó caer la cabeza y la sostuvo con las manos sobre las sienes. Buscó un lápiz y el block de hojas. La esquela que dejó al pie del cuadro decía esta vez: “<em>Ella ya no está, eso es todo ”.</em> Amanecía.</p>
<p>&nbsp;</p>
<pre>Imagen: Ferdinand Hodler. La agonía de Valentine Godé-Darel, 24 de enero de 1915. (Kunstmuseum, Basilea)</pre>
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		<title>Tu primera muerte</title>
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		<pubDate>Fri, 29 Mar 2013 23:28:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Florencia siempre ha sido alta, con una voz contundente y convicciones firmes. En el colegio de Hermanas aprendió que a veces su figura resultaba intimidante aunque no fuera esa su intención. Era una alumna aplicada, una misionera sensible y una amiga leal. Anduvo arropada por una familia amorosa y una moral estricta hasta que la vida [...]
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2013/03/dra.mano_.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-3910" title="dra.,mano" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2013/03/dra.mano_-200x300.jpg" alt="" width="200" height="300" /></a>Florencia siempre ha sido alta, con una voz contundente y convicciones firmes. En el colegio de Hermanas aprendió que a veces su figura resultaba intimidante aunque no fuera esa su intención. Era una alumna aplicada, una misionera sensible y una amiga leal. Anduvo arropada por una familia amorosa y una moral estricta hasta que la vida le fue limando las culpas y abriendo las puertas. Casi sin darse cuenta se encontró un día siendo médica, que era una de las cosas que más quería en la vida. Ingresó a la residencia con veinticinco años en un hospital público con el propósito de entrenarse en Terapia Intensiva. Su primer año lo pasó en una sala de Clínica Médica para completar el ciclo introductorio. Se levantaba muy temprano, su mamá le llevaba una taza de café con leche a la cama como cuando era una nena. Ella la bebía con los ojos cerrados y el cuerpo en estado de gracia. Tomaba el colectivo cuando el sol recién se asomaba sobre la avenida. Era de las primeras en llegar al hospital. Trabajaba con ese ritmo intenso y desalmado con que la medicina recibe a los novatos. Sabía que era necesario pasar por esa etapa, más como un rito de iniciación que como un programa de aprendizaje.</p>
<p>Los primeros meses el agotamiento no le permitió reflexionar acerca de lo que estaba viviendo. Siempre estaba cansada, con sueño, sin tiempo para ver a sus amigas de la infancia ni para tomarse unos mates con la familia. Llegaba a su casa y caía rendida sobre la cama. Casi no leía las novelas de Corin Tellado que tanto le gustaban, ni los diarios, ya no miraba películas, ni televisión. Por primera vez en muchos años tenía las uñas de las manos sin pintar. Ya no recordaba cuándo había sido la última vez que había ido a la peluquería. Se dormía en el colectivo, en la cena familiar, incluso un par de veces se había quedado dormida en el baño. Todo su pequeño mundo pasaba por el hospital. Las tareas eran tantas, tan nuevas y tan variadas que no le quedaba más remedio que aprenderlas mientras las hacía. Fue adquiriendo sus primeras herramientas para comunicarse con los pacientes y con sus familias, conociendo a personas con distintos lenguajes, costumbres y actitudes.</p>
<p>La medicina se estaba convirtiendo en una profesión femenina. Sus compañeras eran casi todas mujeres, también sus jefes. Los varones eran una minoría. Recorrían la sala todas las mañana pasando las novedades de la evolución de cada paciente. Los médicos con más experiencia daban sus opiniones, los más jóvenes tomaban nota de sus sugerencias. Florencia tenía una obsesión con el orden y la prolijidad desde que era una niña. Anotaba las tareas en una libreta de tapas duras rosada repleta de dibujitos de Sara Key. Resaltaba lo que escribía con distintos colores de acuerdo al tipo de actividad y a la prioridad que le asignaba: rojo el laboratorio, amarillo radiología, verde interconsultas, azul indicaciones médicas. Nunca se iba hasta completar el trabajo pendiente. Sabía que si algo no quedaba resuelto no podría soportarlo. Anticipaba ese malestar que la perseguiría hasta el día siguiente yendo de un lado para el otro hasta que la lista de su libreta quedaba cerrada.</p>
<p>Durante una de aquellas recorridas se discutió el caso de una paciente con fiebre prolongada y sin foco infeccioso evidente. Se evaluaron las posibilidades y se recomendó tomarle muestras para hemocultivos con el propósito de descartar la circulación de algún microrganismo en su sangre. Una vez finalizado el pase de sala Florencia subió al laboratorio para obtener tubos estériles. Volvió hasta la cama de su paciente, se higienizó metódicamente las manos, se puso un camisolín, barbijo y cofia estéril y, con la ayuda de la enfermera, tomó las muestras sanguíneas que repartió en tubos de cultivo. Mientras rotulaba el material entró su residente de segundo año. Se acercó para observar lo que estaba haciendo y miró los materiales utilizados como si los estuviera fotografiando. Su disgusto era evidente aunque Florencia no comprendía el motivo. Lo miró interrogándolo pero él permaneció callado. Ella terminó con el trabajo y salió de la habitación. Él la siguió hasta el pasillo donde se detuvieron.</p>
<p><em>-¿Por qué tomaste los hemocultivos sola, sin esperarme?</em></p>
<p><em>- No sabía que tenía que esperarte.</em></p>
<p><em>- Siempre tenés que esperar a un residente superior cuando vas a hacer un procedimiento por primera vez.</em></p>
<p><em>- No es la primera vez, doy clases de microbiología desde hace años y este es un tema que he enseñado muchas veces. Lo conozco muy bien.</em></p>
<p><em>- Acá no importa lo que sepas, acá estás para aprender de los que lo hemos hecho antes que vos.</em></p>
<p><em>- Entiendo que eso sea así para lo que no sé hacer, pero no tiene sentido para lo que ya sé.</em></p>
<p><em>- Lo que tiene sentido y lo que no tiene sentido en este servicio no lo decidís vos. Espero que te quede claro desde ahora.</em></p>
<p>El residente se fue sin saludarla. Florencia lo siguió con la mirada, incrédula, hasta que su silueta desapareció por el hueco de la escalera. Se sintió incómoda y desorientada. Subió hasta el quinto piso para entregar las muestras en el laboratorio. Cuando volvió a la sala estaba más furiosa que confundida. No lo comentó con nadie. Todavía no había aprendido que allí era mejor no mostrar lo que uno sabía quitándoles la oportunidad a los más antiguos de mostrar lo que sabían ellos. Muchas de las reglas tácitas que gobernaban las relaciones en el hospital eran simplemente gestos confirmatorios de un orden jerárquico y del principio de autoridad basado en el tiempo que cada uno llevaba en ese lugar. El novato, por definición, no debía saber, no podía opinar, no tenía que hacer nada si alguien no lo habilitaba para ello. Algo se tensó desde aquél día en el vínculo con sus jefes. Sin proponérselo había desafiado al orden establecido. Y eso, resultaba intolerable.</p>
<p>Algunas tardes Florencia daba clases en una cátedra de la Facultad de Medicina de la que había sido alumna. Cuando le ofrecieron un cargo como jefa de trabajos prácticos creyó que era una oportunidad de formación y para adquirir experiencia en la enseñanza con mayor responsabilidad. Les pidió a su jefa de residentes y a su instructora autorización para salir un rato antes los martes y los jueves. Les ofreció devolver esas horas quedándose hasta más tarde los otros días. Se lo negaron. Entendió de inmediato que no había motivos razonables para impedirle lo que era a todas luces algo de interés, no sólo para ella, sino para enriquecer su trabajo y, por lo tanto, el de todos. La negativa era una cuestión de poder, un ejercicio de autoridad minúscula y sin fundamento. Peleó. Discutió durante varios días con la energía de quien sabe que tiene razón y que tiene derecho. Los residentes de primer año no discuten, obedecen. No tienen derechos sino obligaciones. La actitud enturbió el clima y la relación con sus superiores se puso áspera y distante. Reclamar merecía un castigo, y se lo impusieron. La autorizaron a retirarse para ir a la facultad pero la condenaron a hacer guardia los domingos durante seis meses, sola, sin supervisores ni compañeros. Lo aceptó con la obstinada tozudez que la acompañaba desde el Jardín de Infantes.</p>
<p>El primer domingo le temblaron las piernas antes de entrar al hospital. La sala de Clínica Médica era un largo pasillo con habitaciones sobre la derecha y ventanales sobre la izquierda. Las camas se agrupaban de a dos o de a cuatro en cuartos austeros y helados. Se encontró a cargo de cuarenta enfermos con las patologías más diversas y sin nadie con quien consultar las decisiones que hubiese que tomar. El jefe de la guardia la recibió con cordialidad, le dijo: <em>-“No te preocupes, vos hacé lo que haya que hacer y ante cualquier dificultad no dudes en consultarme”.</em> Eso la tranquilizó un poco, aunque no mucho.</p>
<p>Durante el día el trabajo fue agotador. Pasaron seis ingresos, controles a pacientes a los que no conocía, análisis clínicos, idas y vueltas a la guardia general para evaluar urgencias, indicaciones médicas, informes a familiares. Varias veces sintió la necesidad de consultar a alguien acerca de algún caso. La soledad y el desamparo se le hicieron presentes. Había llevado un grueso tomo del Harrison al que apeló cuando una dosis o un diagnóstico se le pusieron difíciles. El libro era un mamotreto de más de mil páginas, ajado, subrayado y repleto de anotaciones. Sus padres se lo habían regalado comprándolo en cuotas cuando ingresó a la Unidad Hospitalaria. Se sentía más segura sabiendo que en esas páginas se encontraban la mayoría de las respuestas a sus preguntas.</p>
<p>Casi sin darse cuenta encontró la noche detrás de los ventanales. No había comido, no había descansado. Tenía los pies hinchados y la espalda dolorida. Fue a la habitación de médicos, se dio una ducha, buscó en la mochila un chocolate Milka que le había dejado su mamá, “por las dudas”, le había dicho en el umbral de la casa antes de salir hacia el hospital. Se recostó en la cama vestida y desenvolvió la tableta despacio. Empezó a sentir el sabor de las almendras antes de llevársela a la boca. Afuera el silbido del tren cortaba el silencio de la noche. Por primera vez durante ese domingo tomó conciencia de que había un mundo exterior. Golpearon la puerta. Entró la enfermera con una historia clínica en la mano. <em>–“El chico de la cama 460 doctora, lo veo muy mal, creo que se está muriendo”</em>, le dijo extendiéndole una carpeta enorme repleta de estudios con la información del paciente.</p>
<p>Florencia envolvió el chocolate con el papel metalizado y caminó detrás de la enfermera sin decir una palabra. Por el pasillo miró de reojo la primera página de la historia clínica. Reconoció palabras sueltas en la penumbra: seminoma, metástasis, quimioterapia, terminal.  Llegaron a la puerta de la habitación donde estaban los padres del enfermo y su hermana. Las dos mujeres permanecían calladas, con los ojos cerrados, tal vez rezaran. El padre tomó a Florencia del brazo: <em>-¡Haga algo doctora, se puso muy mal, no puede respirar, se está muriendo…!</em> El hombre era robusto, maduro, caminaba nervioso en círculos. Entró al cuarto con paso firme y el corazón saliéndole por la boca. Antes de ver al paciente escuchó su respiración forzada, un quejido prolongado y tenue pero desgarrador. Se detuvo al costado de la cama y encendió la luz. La cabeza del joven se perdía sobre una serie de almohadas superpuestas que lo mantenían en posición semisentado. La boca se abría buscando el aire con desesperación. Estaba tan adelgazado que le costó reconocer un rostro sobre los huesos filosos y los ojos hundidos en las órbitas. Miró la ficha para averiguar su edad. Tenía veinticinco años, igual que ella. Se llamaba Ariel. El chico la miraba con más temor que curiosidad. Florencia le acarició la cabeza, “tranquilo”, le dijo, “yo te voy a ayudar”. Lo examinó sosteniéndole la espalda. No debería pesar más de cuarenta kilos. La piel era transparente, las conjuntivas pálidas, el abdomen hinchado a tensión atravesado por venas azuladas en todas direcciones, el ombligo protruía hacia afuera como una faro sobre una isla desierta.  Las piernas eran un par de huesos sin músculo, las rodillas resaltaban como raíces de un árbol seco. Los tobillos estaban hinchados. Cada vez que tocaba alguna parte de su cuerpo la estremecía su frialdad. La enfermera la ayudó a colocarle una máscara de oxígeno. Revisó las indicaciones y los últimos estudios. Miró la radiografía del día anterior. Se sentó sobre la cama tomándole su mano helada.</p>
<p><em>-“Ariel, vamos a tener que hacer algunas cosas. Tenés los pulmones y la panza llenos de líquido, eso no te permite respirar. Si lo evacuamos te vas a sentir mejor”.</em></p>
<p>El padre caminaba alrededor de la cama movido por una ansiedad que no le permitía quedarse quieto. Hablada sin parar, tosía, abría y cerraba la ventana, secaba la frente sudada de su hijo con una gasa o le ponía entre los labios un algodón humedecido con té azucarado. Ariel miraba a ese hombre desesperado y a Florencia alternativamente. Se esforzaba por respirar con dificultad pero no perdía su conexión con las personas que lo rodeaban. Estaba atento a sus expresiones y actitudes. Tiró del brazo de Florencia para acercarla a su boca. Se quitó la máscara: <em>-“Por favor, basta, basta…, estoy cansado, no quiero más”</em>, le dijo con un susurro entrecortado por la respiración pero con una firmeza y determinación que, pese a todo, transmitía al hablar. Se miraron por primera vez a los ojos. Intensamente. Eran dos jóvenes de la misma edad. Algo los hizo sentir semejantes. El chico confiaba en que ella podría entenderlo. Florencia sintió una corriente eléctrica recorriéndole de arriba abajo la columna vertebral. Como un destello se vio a sí misma abandonada en esa cama. <em>“Podría ser yo”</em>, pensó. <em>“Soy yo</em>”, se dijo en voz baja. Pasó su brazo por el cuello de Ariel con una seguridad que nunca había sentido antes. <em>–“Tranquilo, primero conversemos hasta que estés seguro de lo que querés. Voy a explicarte todas las veces que sea necesario lo que podríamos ofrecerte y a respetar tu decisión”.</em> El padre miraba horrorizado la escena sin comprender del todo lo que su hijo estaba pidiendo. <em>–“¡Haga algo doctora!”</em>, gritó en tono imperativo. Amenazante. Florencia le pidió que le permitiera quedarse a solas con su hijo. –“<em>Quiero hablar con él. Necesito saber qué piensa, qué siente, qué quiere”</em>. Lo acompañó hasta salir del cuarto y cerró la puerta.</p>
<p>Florencia era asmática desde la infancia. Llevaba su enfermedad sin mayores inconvenientes aunque en algunas oportunidades había padecido crisis severas. Cuando enfrentaba situaciones extremas o ante el uso de algunos medicamentos de uso frecuente como la Aspirina o la Dipirona experimentaba episodios de falta de aire angustiantes y prolongados. No pensaba mucho en eso pero al volver a la habitación sintió el aire saliendo pesado desde sus bronquios, tuvo que hacer un esfuerzo para vaciar los pulmones. Sabía lo que ese chico estaba sintiendo. Ella conocía la sed de aire. También en eso se parecían.</p>
<p>Se sentó para leer con detalle la historia clínica antes de conversar con Ariel. Cinco años atrás le habían diagnosticado un tumor maligno en un testículo, un seminoma. Había realizado todos los tratamientos posibles: quimioterapia, cirugía, radioterapia. La evolución había sido mala por lo que, incluso, se habían ensayado terapias experimentales sin resultado alguno. Desde hacía dos años tenía metástasis del tumor en los huesos, los pulmones y en el peritoneo. La sobrevida esperada era mínima, estaban agotadas todas las instancias. Dejó la historia sobre la mesita de luz, respiró profundamente dos o tres veces. Trató de recordar si se había aplicado los aerosoles con broncodilatadores esa mañana antes de salir de su casa pero no pudo asegurarlo.</p>
<p>Se volvieron a mirar durante algunos segundos. Florencia le retiró la máscara y cerró el flujo de oxígeno. Se hizo un silencio profundo. <em>–“Ariel, puedo aliviar un poco tu disnea si me permitís hacerte una punción pleural. Si sacamos algo del líquido de tus pulmones respirarás mejor hasta que vuelva a reproducirse”</em>. El joven la escuchó con atención pero sin esperanzas. Se incorporó sobre la cama con un esfuerzo tremendo. Florencia lo ayudó a sentarse. <em>–“Doctora, estoy muy cansado, no aguanto más. Por favor déjenme, no quiero que me hagan nada más”.</em> Parecía tranquilo, lúcido, con una determinación serena. Todo en él trasuntaba un agotamiento extremo, estaba exhausto, pero no sólo en su cuerpo. Su mirada y su manera de hablar dejan ver una clase de cansancio que excedía la dimensión física. –“<em>Ya luchamos todo lo que era posible, ellos y yo. Por favor, no me obliguen a seguir. Necesito descansar, no puedo, no puedo más…”</em>.   A Florencia empezó a faltarle el aire pero se dijo a sí misma que tenía que sobreponerse a eso y lo logró. <em>–“Ariel, te entiendo. Pero necesito estar segura de que vos entendés lo que significa hacer lo que me pedís”</em>. El chico le miró las manos de dedos largos y delgados. Tenían una flexibilidad anómala lo que le confería un aspecto bellísimo a los movimientos, como de bailarina flamenca. La tocó rozándola apenas sobre la palma. Parecía que la consolaba. <em>–“Lo entiendo perfectamente doctora”.</em></p>
<p>Le explicó con todas las palabras y con detalle las consecuencias que tendría cumplir con su pedido. Quiso asegurarse de que Ariel tenía plena consciencia de la situación. Él la escuchó con paciencia, amorosamente. Le confirmó su deseo. <em>–“Es necesario que le digas esto a tus padres antes de tomar una decisión”.</em>  Asintió con un movimiento de cabeza. Antes de salir le colocó otra vez la máscara. <em>–“Ariel quiere hablarles. Los dejaré solos un rato, cuando terminen me llaman”.</em> La familia entró al cuarto, ella volvió a la habitación de médicos.</p>
<p>Miró la tableta de chocolate sobre la mesa de luz pero ya no sentía hambre. Se recostó, estiró las piernas. Dejó caer un zapato y luego el otro. Le pareció que se demoraban en golpear contra el piso un tiempo inusualmente largo. Pensó en qué era lo correcto. Recordó a sus muertos cercanos. Nunca había visto morir a una persona aunque conocía el dolor de la pérdida. Pasaron por su cabeza los sermones a los que había asistido en la parroquia de la escuela. Revivió las reuniones pastorales del grupo de misioneros. <em>–“¿Qué debo hacer?”</em>, se preguntó a sí misma sin esperar respuesta. Llamó por teléfono a su jefa de residentes y a su instructora. Les planteó el caso pero las dos se mostraron molestas por haberlas importunado un domingo a esa hora. Le respondieron con excusas y evasivas. <em>–“Vos estás de guardia y sos quien tiene que tomar las decisiones”</em>, le dijo una de ellas antes de cortar.</p>
<p>Se sentó y leyó el capítulo sobre seminoma en el Harrison, el pronóstico era pésimo, la sobrevida a cinco años en las condiciones clínicas de Ariel era prácticamente nula. Después buscó el capítulo de sedación y analgesia en el paciente terminal.  Tomó notas: fármacos, dosis, velocidad de la infusión. La enfermera le trajo una taza de té. Le frotó los hombros. <em>–“Es la primera vez, ¿no?”.</em> Florencia levantó la cabeza: <em>-“Sí, nunca me había pasado algo así”.</em> Bebió un sorbo que retuvo en la boca para sentir el calor de la infusión. <em>–“Hoy te tocó a vos, alguna vez te iba a pasar. Tranquila”</em>,  le dejó dos galletitas Express untadas con queso blanco antes de salir de la habitación.</p>
<p>Volvió a la sala donde encontró a los padres y a la hermana rodeando a Ariel. Las mujeres le frotaban la espalda con colonia de pino. El padre le hizo señas para que salieran. – <em>“Por favor doctora, que no sufra, que se vaya en paz, sin dolor”</em>. El hombre la abrazó. Temblaba. Florencia tuvo que hacer un esfuerzo para no llorar. Pidió quedarse a solas con el paciente. Volvió a explicarle lo que podía hacer para respetar su decisión evitándole el sufrimiento. Él sonrió. Una sonrisa serena se le dibujó enmarcada entre los huesos prominentes de la cara y un mechón de cabello sobre la frente. <em>–“Gracias, muchas gracias…”</em>, le dijo tomándole la mano. Florencia salió apurada y se encerró en el baño. Tenía ganas de llorar o de vomitar pero no hizo ninguna de las dos cosas.</p>
<p>Entró al <em>office</em> de enfermería, buscó tres ampollas en la vitrina de los medicamentos. La enfermera se ofreció a preparar la solución. <em>–“No, gracias, esto tengo que hacerlo yo, sola”.</em> Inyectó el contenido de las ampollas en un frasco de solución fisiológica, conectó una tubuladura, rotuló la preparación y volvió a la cama de Ariel. Remplazó el suero anterior por la nueva infusión y controló varias veces la velocidad del goteo. Ajustó la máscara de oxígeno y renovó el líquido del humidificador. <em>–“Te vas a dormir Ariel, despacio, tranquilo. Vas a descansar sin dolor”.</em>  El chico volvió a sonreír.</p>
<p>Pocos minutos después Ariel disminuyó el ritmo de su respiración, cerró los ojos y se durmió con un sueño profundo y relajado. Su mano cayó al costado de la cama. Florencia la acomodó sobre su pecho. Parecía tranquilo, dormido con naturalidad. Salió de la habitación y volvió a abrazarse con la familia. Todos juntaron sus cabezas sin decir ni una palabra.</p>
<p>No pudo dormir en toda la noche. Revisó el teléfono para comprobar si había alguna llamada o algún mensaje de sus jefes, pero no había nada. Varias veces se asomó en puntas de pie para ver cómo seguían las cosas. Ariel dormía, su familia lo rodeaba sentada alrededor de la cama. La habitación estaba a oscuras, apenas se escuchaba el ruido del oxígeno y el murmullo musical de una oración que la madre repetía una y otra vez de manera automática.</p>
<p>Vio llegar la mañana como una lengua de luz desplegándose sobre los árboles. Preparó sus cosas para una nueva jornada de trabajo. Mientras lo hacía encontró al padre de Ariel parado en la puerta de la habitación. Lo miró esperando algún comentario, alguna novedad. El hombre dio dos pasos hacia el interior. Tenía los ojos rojos e inyectados. –<em>“Mi hijo se fue, doctora, durmiendo, hace unos minutos”</em>. No supo qué decirle. Se apretaron con fuerza. <em>–“Gracias…, Ariel por fin descansa en paz. Muchas gracias por todo lo que hizo doctora”.</em> El hombre le acarició la melena negra. Florencia sintió que era absurdo que él la consolara a ella. <em>–“Discúlpeme, pero tengo tantas ganas de llorar”</em>, le dijo como una confesión.</p>
<p>Se acercó hasta la cama de Ariel. Vio su cuerpo flaquísimo y su expresión serena. Cerró el suero que seguía goteando y la válvula del oxígeno que todavía estaba abierta. Se sentó al lado de su paciente. Tocó su frente helada, sus párpados transparentes. Pensó que le hubiera gustado regalarle el chocolate a Ariel pero  que no lo había hecho. Que ya era tarde. Que ya nunca podría hacerlo. Fue ese hecho minúsculo y secundario lo que le desencadenó un llanto desgarrador. Se tapó la cara con las manos y lloró desconsolada. Permaneció a oscuras, sola, junto al cuerpo durante un largo rato.</p>
<p>Mientras volvía al cuarto de médicos le pareció que algo suyo había muerto con ese chico. Tal vez su infancia, o su paso por el colegio de las Hermanas o su condición de novata e inexperta. Sintió en la boca del estómago una trompada sorda y prolongada que le quitaba el aire. Supo, de esa extraña manera, que aquella mañana, por primera vez, había comprendido lo que significaba ser médica.</p>
<p>En la habitación se aplicó doble dosis de su aerosol. Se lavó la cara, se peinó. Fueron llegando sus compañeros. Le pareció que hacía mucho tiempo que los había visto por última vez. Entraban felices, bien dormidos, frescos y descansados después del fin de semana. Un rato más tarde comenzó el pase de guardia en la misma habitación donde Florencia había pasado la noche más larga de su vida. Les fue contando las novedades acerca de cada uno de los pacientes. Cuando llegaron a la cama 460 hizo una pausa: <em>-“El paciente, portador de un seminoma metastásico terminal, falleció anoche”.</em> La jefa de residentes, sin levantar la vista de sus anotaciones, preguntó: <em>“¿Le informaste a la familia? ¿Hubo algún problema con ellos?”.</em> Florencia hizo un esfuerzo para responderle, tragó saliva: <em>“Les informé y no hubo ningún problema”.</em> No quiso o no pudo mirarla. <em>–“Entonces sigamos adelante, ¿quién se internó en la cama 461?”.</em></p>
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		<title>Basilio</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Mar 2013 01:43:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><em><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2013/03/basilio.ruibal.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-3898" title="basilio.ruibal" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2013/03/basilio.ruibal-296x300.jpg" alt="" width="296" height="300" /></a>&#8220;No están muertos, aunque su vida sea como un sueño que agoniza”</em> Henry Ey</p>
<p>Hacía más de cinco años que Basilio estaba internado en el instituto neuropsiquiátrico cuando yo empecé a trabajar  allí. Deambulaba de un lado a otro durante horas. Con pasos cortos pero veloces, arrastrando los pies. El ruido de sus zapatos sobre el piso se le adelantaba a través de los pasillos por los que caminaba sosteniendo siempre una pequeña radio pegada a su oreja.  Alguien lo había abandonado un domingo de Agosto en la puerta de la guardia varios años antes de que yo lo conociera. Lo encontraron parado con una bolsa de residuos en una mano y la radio en la otra tiritando de frío. Se quedó en la vereda sin animarse a entrar ni a irse hacia ninguna otra parte. Pasaron más de dos horas hasta que las enfermeras –que lo miraban desde la ventana- lo hicieron pasar. Su equipaje consistía en una muda de ropa vieja y la pequeña Spica cubierta por una funda de cuerina marrón repleta de agujeros y manchas oscuras. Alguien había le adherido su documento de identidad al bolsillo con un alfiler de gancho junto con la lista de los medicamentos que tomaba.</p>
<p>Hablaba en una lengua incomprensible. Un idioma hecho de palabras sueltas que dejaba para quien lo escuchara la tarea de organizarlas hasta encontrarles sentido.  Me decía: <em>“No  …..  pilas …radio, ¿…vos?”</em> mirándome como si se tratara de la frase más clara del mundo.  Tardé varios meses en   entenderlo y en acostumbrarme a la cadencia áspera y disonante de los sonidos que producía.</p>
<p>Atrapado dentro de sí mismo, la radio lo defendía de los horrores del silencio y de sus enloquecidas voces interiores. Cantaba o balbuceaba, se enojaba o se reía, siempre en respuesta a lo que escuchaba o creía escuchar en la radio. Gesticulaba agitando su única mano libre. Se golpeaba la frente y la cabeza que se sacudía como si estuviese sostenida por un resorte. Siempre solo. No conocíamos su edad pero parecía rondar los cuarenta años. El cabello rapado y la cara afeitada al ras. Cada mañana pasaba más de una hora concentrado sobre un pedazo de espejo roto de forma triangular que apoyaba sobre la pared. La maquinita de afeitar iba desnudando surcos de piel que aparecían entre la espuma blanca que le cubría la cara siempre en el mismo orden. Después se lavaba con agua y jabón, volvía a esparcir la espuma y repetía el ciclo al menos tres veces. Siempre igual, idéntico. Vestía una especie de mameluco de carpintero azul que se ocupaba en mantener impecable lavándolo todos los días. Se sentaba en calzoncillos sobre una enorme maceta de aricilla color terracota que alguna vez habría tenido flores hasta que el mameluco se secaba sostenido por dos broches de madera y agitado por el viento desde la cornisa de la terraza. En  invierno se cubría con una frazada mientras esperaba bajo el tímido sol de la mañana. Si llovía lo colgaba sobre las hornallas de la cocina. Vigilaba que el fuego no lo quemara balanceándolo con un palo sentado a poca distancia.</p>
<p>A veces me detenía para observar a Basilio deambular por los pasillos sin ir hacia ninguna parte pero respetando siempre el mismo circuito. Algo semejante a los movimientos que ejecutaba, como una partitura de la que él era prisionero,  cuando se afeitaba. Me concentraba en el movimiento de sus pies y en cierta rigidez que el mínimo balanceo de los brazos no lograba disimular. Es difícil de transmitir la idea que me aparecía en esos momentos mientras analizaba las relaciones entre cada uno de los movimientos de su cuerpo. Había una torpeza que daba al conjunto un aspecto que evocaba a una máquina, a un robot articuladotorpemente y sin elegancia. Estaba convencido de que  el trastorno motor era una prueba de que lo que sucedía en la mente y lo que observaba en el cuerpo de Basilio obedecían a la misma causa. Algo, en su cerebro, alteraba sus pensamientos y sus funciones cognitivas al mismo tiempo que perturbaba su capacidad para desplazarse tanto como la coordinación de lo que ocurría en una parte de su cuerpo con lo que sucedía en otra.</p>
<p>Durante sus primeros días en el instituto algunos enfermos más antiguos que lo amenazaron varias veces con quitarle la radio en tono de broma. En cuanto Basilio advertía sus intenciones se paraba frente a ellos y los miraba furioso. Se transformaba. Nadie podría decir por qué, pero todos comprendían de inmediato que con ese tema no se podía bromear. Sus compañeros bajaban los brazos y le mostraban sus manos vacías en señal de que no tenían intenciones de agredirlo.  Se miraban entre sí, incrédulos de que la persona tan pacífica y cordial que conocían fuese la misma que ahora los enfrentaba sin necesidad de pronunciar ni una sola palabra.</p>
<p>El acceso al instituto era un largo camino de tierra que empezaba en un portón de hierro típico de una estancia del siglo pasado al borde la ruta. Desde un puesto de guardia se manejaba una barrera que controlaba quien ingresaba o salía del lugar. Unos mil metros más adelante, siempre rodeado por un denso monte de árboles, el camino terminaba en una rotonda de unos cuarenta metros de diámetro cubierta por malezas desprolijas y algunas cañas tacuara. Basilio recorría ese camino en una y en otra dirección varias veces al día. Sus caminatas terminaban dando una interminable serie de vueltas alrededor de la rotonda. Mientras lo hacía hablaba con las voces que salían desde la radio. A veces alguna música lo hacían detenerse. Se sentaba sobre la tierra con las piernas recogidas y parecía emocionarse con el sonido. No es que fueran visibles muchos indicios de lo que sentía. Pero había ciertos sonidos que lo hacían romper la reverberación de sus conductas repetitivas. Entonces su comportamiento estereotipado parecía detenerse y algo que aquella música le provocaba lo sumía en una actitud contemplativa muy diferente de su incesante movimiento. Varias veces me senté a su lado cuando advertía esa situación. Basilio ni siquiera registraba mi presencia. Parecía abstraído y ausente. Noté que las canciones que escuchaba cuando se producían aquellos cambios eran siempre fados u otras del folklore portugués.</p>
<p>Situaciones como ésta me hacían pensar que aún existía alguna actividad mental en Basilio. Un residuo desorganizado y agónico de lo que alguna vez habría sido su vida, su historia. Por debajo de sus actos absurdos y sus déficits manifiestos yo podía reconocer que algunos estímulos despertaban los deshilachados jirones de la persona que había sido. La imposibilidad de recordar las cosas más íntimas, excepto durante los pocos instantes en que algo las rescataba desde algún sótano de su memoria, le impedían a Basilio saber quién era, pero también saber quién quería ser. Desprovisto de aquellas señales durante su vida cotidiana no tenía otra alternativa más que hacer de sus días una monótona repetición de conductas automáticas que no conocían más tiempo que el presente ni otro proyecto que lo inmediato. Sin registro del pasado tenía vedada la idea de futuro. Me pareció que la respuesta que había observado cuando sonaba aquella música podría tener algún valor. Tal vez me permitiese encontrar una vía de acceso a sus emociones más antiguas, a sus recuerdos. Su apellido era Rocha lo que estimulaba mis asociaciones entre su posible origen en una familia de inmigrantes portugueses y la conducta que observaba cuando sonaba la música de ese país.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>***</strong></p>
<p>En aquella época yo estaba apasionado por las historias que me contaban los pacientes. Pocos años más tarde perdí aquella aptitud para escuchar sin hacer un diagnóstico. El entrenamiento profesional se apoderó de mí hasta impedirme volver a sentir aquella fascinación por sus relatos. Desde entonces he adquirido la aptitud para entender y clasificar lo que me dicen pero nunca he dejado de añorar el momento en que todavía era capaz de internarme conmovido en aquellos pequeños mundos tan alejados de la razón. Siempre que me resultaba posible incitaba a los enfermos para que me contaran sus historias. Procuraba escucharlos sin cuestionar su verosimilitud.  Me abandonaba a sus fantasías sin la obligación de formarme sobre ellas más juicio que el del placer que me producía escucharlas. Pasaba muchas horas conversando con algunos de ellos mientras Basilio me seguía de cerca. Otras veces me encerraba en el cuarto de médicos a estudiar, él se acercaba, me pedía permiso con la mirada para acompañarme mientras yo leía y tomaba apuntes. Nunca me decía una palabra pero los dos nos sentíamos bien sabiendo que el otro estaba allí. Yo le convidaba mate y bizcochitos. Él vigilaba que nadie hiciera ruido en las salas vecinas mientras yo estudiaba. Cuando alguien lo hacía, Basilio salía a toda velocidad y, con gestos enfáticos y sonidos guturales, lo obligaba a retirarse del lugar.</p>
<p>Pasaba dos días por semana en el instituto. Lo que comenzó siendo un modo de solventar los gastos durante  mi época de formación como especialista se fue convirtiendo poco a poco en un momento que esperaba con ansiedad. Contaba las horas que me faltaban para volver. La noche anterior preparaba mi bolso con los libros que esperaba leer durante las largas noches de guardia y varios paquetes con pilas para la radio de Basilio. Algo extraño me sucedía en ese lugar. Podía leer durante horas y escribir hasta que el sol se asomaba detrás de la ventana de la habitación. El silencio era tan intenso durante la madrugada que a veces creía  percibir el sonido de mis propios latidos. No era raro que se escucharan las voces de algunos enfermos que deliraban o que tenían alucinaciones. Cuando algún paciente se excitaba sus gritos me guiaban en la penumbra hasta su cama. Al llegar, Basilio ya estaba allí esperándome. Se quedaba cerca observando lo que hacía para calmarlo. Volvíamos juntos a la habitación. Nos quedábamos durante un largo rato mirando la noche a través de la ventana. Un zumbido que se repetía a intervalos regulares delataba el vuelo rasante de los murciélagos entre las copas de los árboles. Basilio los señalaba con el dedo, los seguía con la mirada dando gritos contenidos y saltitos de alegría aunque yo nunca logré ver nada. Ni siquiera estoy seguro de que él lo hiciera.</p>
<p>Escribía desde la adolescencia pero no encontraba a nadie que leyera mis textos. El mundo en el que vivía no tenía a la literatura como una de sus prioridades. Basilio, que me veía escribir durante horas, tomaba las hojas y las ponía en mis manos haciendo gestos animándome para que le leyera en voz alta. Se sentaba sobre la cama con la radio apoyada en la oreja pero con su mirada atenta a los movimientos de mi boca. Estoy seguro de que él seguía las historias. A veces lograba registrar una desmedida apertura de sus párpados o la forma en que se mordía el labio inferior en los momentos de mayor tensión. Parecía disfrutarlo. Si hacía una pausa para poner a prueba su atención, él se enojaba y me obligaba a seguir leyendo. Más de una vez tuve que confesarle que el relato estaba inconcluso. Entonces me empujaba hasta el escritorio y se sentaba a esperar que escribiera para poder conocer cómo continuaba la historia interrumpida. Comencé a escribir sólo para él. Algunas veces apuraba la escritura para llegar al día de la guardia con algo que pudiera leerle. Los textos eran inmaduros, despulidos y urgentes. No había tiempo para corregir o para rectificar el rumbo una vez que la historia estaba lanzada. Empecé a no poder estudiar ni hacer ninguna otra cosa mientras esperaba con ansiedad el momento en que los pasos de Basilio me anunciaran su llegada resonando por el corredor. Por primera vez tenía a alguien que se interesaba por lo que yo escribía. Algo en lo que nunca había pensado. La satisfacción que me ocasionaba leerle mis trabajos era incluso superior a la que sentía al escribirlos. Basilio, un hombre casi privado de lenguaje y que ni siquiera sabía leer, se había convertido en mi primer lector. Experimenté una excitación intensa y desconocida. Una felicidad que no tenía prevista y que me confirmaba que lo que verdaderamente deseaba era escribir. Nunca volví a sentir aquella sensación que me hacía leer atento a los más mínimos gestos de Basilio. A los sutiles cambios de su postura. A la tensión de sus manos que se apretaban entre sí o frotaban sus muslos cuando esperaba un desenlace que el relato demoraba.</p>
<p>Todas las semanas intentaba que tuviésemos una verdadera entrevista médica. Nos sentábamos en el consultorio separados por un escritorio de madera tan deteriorado que se movía apenas la tocábamos. Alguien había dejado debajo de una de sus patas un ejemplar del Antiguo Testamento encuadernado en cuero azul. Basilio lo miraba cada vez que llegaba. Me miraba a mí, sorprendido, interrogándome acerca de cómo un libro podía estar en un lugar como ése. Se agachaba y me lo entregaba conmovido como si acabara de rescatar a un niño de las aguas de un río. Limpiaba la cubierta con la manga de la camisa y soplaba el polvo de las páginas. Estoy seguro de que no lo hacía porque se tratara de un texto religioso -no sabía leer- y el libro estaba carcomido por el tiempo y por el agua hasta convertirse en un montón de papel húmedo e irreconocible. Era un homenaje. Él había percibido mi amor por los libros y suponía que de ese modo hacía algo que yo hubiera querido hacer. Se lo agradecía, yo también  lo frotaba contra mi ropa para limpiarlo y lo guardaba en uno de los cajones. Pero la mucama volvía a colocarlo bajo la pata del escritorio con lo que esta ceremonia terminó por convertirse en una rutina semanal. Después le servía un vaso de agua fría y le regalaba caramelos de leche que le gustaban mucho y que yo robaba sistemáticamente de la oficina del director.</p>
<p>-<em>Basilio, contame cómo estás</em>. Me miraba, imperturbable, con la radio apoyada en su cabeza. <em>-¿Escuchás voces? ¿qué te dicen?</em> No reaccionaba ante ninguna de mis propuestas. Ajeno a mis esfuerzos susurraba cosas que yo no podía comprender. -<em>Ahora te voy a mostrar unos dibujos y vos tenés que decirme qué ves</em>. Eso lo entusiasmaba más que conversar. Acercaba la silla al escritorio -siempre con la radio sobre su oreja- y observaba como mezclaba las tarjetas de cartulina como si fueran naipes. –<em>Elegí una, la que quieras</em>. Basilio dudaba.  Estiraba la mano y tomaba una de las tarjetas que apoyaba sobre la mesa. Eran dibujos sencillos con siluetas de animales u objetos comunes. Si había seleccionado un elefante dibujado con trazos infantiles sobre una cartulina sucia con marcas de dedos, yo le preguntaba: <em>-¿Qué es esto Basilio?</em> Entonces se llevaba la mano libre a los labios y pensaba durante algunos segundos. <em>-¡Perro!</em> Exclamaba y daba saltitos de alegría sobre la silla. Siempre respondía perro o gato no importaba de qué animal se tratara. Si eran objetos contestaba casa o silla aunque le mostrara mesas, autos o aviones. Todo me hacía pensar que padecía una forma grave de demencia fronto-temporal. Siempre intentaba alcanzar algún grado de acercamiento personal con él.  Algo que, como la música, me abriera las puertas de su memoria y de sus emociones más antiguas. Aquellas que la enfermedad aún no había logrado desorganizar. Pero nunca pude lograrlo. –<em>Basilio, ¿hay algo que te preocupe, que te asuste y que quieras decirme? </em>Entonces volvía a quedarse callado. Cuando su silencio me resultaba intolerable, me ponía de pie. Basilio daba por finalizada la sesión. Se levantaba y comenzaba a caminar hacia atrás haciéndome reverencias. Nunca supe qué me agradecía.</p>
<p>Recordé el efecto que la música portuguesa le producía a Basilio. Pensé que tal vez podría ser un recurso para acercarme a él. Una paciente muy anciana, a quien conocía desde hacía muchos años, me había regalado alguna vez un CD que había guardado en un cajón sin haber escuchado jamás. La semana siguiente lo busqué, la puse en el bolso antes de salir hacia el instituto. Muy tarde, cuando todos dormían y yo me disponía a escribir en la habitación puse el disco que iba a escuchar por primera vez. Una voz de mujer quebró el silencio de la noche. La acompañaban unas guitarras rítmicas. La música era un lamento desgarrador y melancólico cantado en una lengua con una sonoridad que estremecía. La música me acorraló contra la silla. No pude hacer nada más hasta que las canciones finalizaron. Me levanté conmovido para leer en la etiqueta el nombre de aquella mujer. Se llamaba Amalia Rodrigues. Retuve la caja del disco en mis manos mientras lo ponía nuevamente. Necesitaba volver a vivir esa experiencia que me había emocionado tanto. Mientras volvía hacia la silla descubrí a Basilio sentado en el suelo con las piernas recogidas tal como lo había visto tantas veces en la rotonda de ingreso al instituto. Nunca supe en qué momento había entrado a la habitación. Me resultó algo natural y no tuve ninguna curiosidad por averiguarlo. Hice sonar la música y me senté a su lado. Repetí esa operación tres o cuatro veces en las que escuchamos las doce canciones completas. No nos dijimos nada. Desde aquella noche supimos que nos unía algo que su lenguaje destrozado ya no podía nombrar pero que mi jerga arrogante y universitaria ni siquiera me permitía imaginar. Tardé muchos años en conocer la explicación minuciosa que la ciencia tenía para aquellos fenómenos. Pero creo que fue aquella noche cuando de verdad lo aprendí. Pude sentir lo que sucedía en mi cuerpo perplejo y en la presencia muda de Basilio a pocos centímetros de distancia mucho tiempo antes de que los libros se ocuparan en explicármelo. Pensaba frecuentemente en el efecto que el fado le producía a Basilio. Me gustaba creer que aquella música eran sus “magdalenas de Proust”.</p>
<p>Manuela, la enfermera del pabellón, era una mujer morocha, obesa, con rasgos indígenas, a quien yo quería mucho. Algunas tardes tomábamos mate y conversábamos en la cocina. Ella me ponía al tanto de las novedades del instituto. Estaba preocupada porque se anunciaba la llegada de un nuevo director ante la inminente jubilación del anterior. Los cambios la asustaban ya que su familia dependía de su escaso salario y de los trabajitos que hacía en su barrio dando inyecciones, tomando la presión o asistiendo a personas postradas o convalecientes. Yo conocía la historia de Basilio por su relato. Fue ella quien me contó que las asistentes sociales habían podido averiguar que tenía una hija. La habían citado muchas veces hasta que sus reiteradas falsas promesas de venir al instituto desalentaron la iniciativa de traerla para que visitara a su padre. Durante muchos días me quedé pensando en aquella joven y en lo que sentiría por Basilio. Pero me intrigaba más averiguar lo que él podría sentir él por su hija. Era posible que los recuerdos más intensos de su vida anterior, aquellos íntimamente ligados a las emociones más básicas, estuvieran preservados en algún lugar de su cerebro al que la enfermedad todavía no hubiese afectado.</p>
<p>Pensaba que Basilio necesitaba hacerse algunos estudios cerebrales. El instituto no contaba con los medios para hacerlo y mis reiterados pedidos de que se lo trasladara a otro hospital para realizarlos fueron siempre desoídos. Sabía que conocer el estado de su cerebro era algo que no podría modificar su pronóstico. Pero sentía que debíamos darle esa oportunidad. La mayoría de mis compañeros eran psicoanalistas. La sola mención de la palabra “cerebro” les erizaba la piel. Mónica, una de las psicólogas con la que mantenía una relación crispada por violentas discusiones era, sin embargo, alguien con quien también habíamos establecido un extraño vínculo. Era una mujer bella de unos treinta años. Descendiente de una familia de origen árabe, con ojos y cabellos de un color negro tan intenso como nunca he vuelto a ver. Habíamos acordado no hablar jamás de nuestras vidas personales fuera del instituto. Compartíamos un espacio y un tiempo privado, aislado de todo lo demás. A los dos nos convenía ese acuerdo. Nos protegía de nuestros propios juicios y del remordimiento por lo que hacíamos. Necesitábamos separar a ese lugar del resto de nuestras vidas. Construirnos una isla secreta donde no nos alcanzaran las reglas que transgredíamos con tanto placer. Creo que fue un buen trato.  Era apasionada y verborrágica. Sentía un desprecio extraordinario por los médicos y la medicina. Nos irritaban mutuamente nuestras diferencias de marcos teóricos. Éramos intolerantes y agresivos en la controversia. En esa época yo todavía pensaba que podía aprender algo de personas como ella. Hacía esfuerzos por comprender sus delirios sistemáticos. No discutíamos, peleábamos. Pero sentíamos una atracción que nos electrizaba el cuerpo. Una fuerza primitiva a la que no podíamos sustraernos. Nuestras disputas siempre terminaban en la cama.</p>
<p>No tardé mucho en comprender que una disciplina tan encerrada en sí misma no quería enseñar nada porque no tenía nada que enseñar. Todo se reducía a un dialecto de secta actuado con la arrogancia de los ignorantes. Un repertorio de fundamentos <em>sui generis</em> que se aplicaban a cualquier cosa y que no admitían que se los sometiera a prueba o que se los cuestionara. Una religión disfrazada de pseudociencia. Entonces me abandoné a sus caderas y dejé de esforzarme por aprender de ella lo que no podía ni quería enseñarme.</p>
<p>Una madrugada, desnudos sobre la cama, le conté lo que me ocurría con Basilio. Le confesé que quería sacarlo a escondidas del Instituto para llevarlo hasta otro lugar donde pudiese hacerle algunos estudios. Le dije que no animarme a hacerlo me hacía sentir culpable y traidor. Le pedí  que me ayudara. Ella se rio a carcajadas. Me gustaba ver el modo en que sus tetas se sacudían durante los espasmos de risa y la expresión incrédula con que escuchaba mi propuesta. <em>-¿Una tomografía del cerebro a “Radiohead”?</em>- me decía a punto de ahogarse con su propia risa. <em>-¿Cómo podés ser tan boludo?</em>- Le gustaba llamar a Basilio <em>“Radiohead”</em> por su manía de llevar la radio pegada a la cabeza y porque era precisamente ese grupo de rock el que escuchábamos juntos desde nuestro primer encuentro. Tal vez haya sido la devoción por aquella música dramática una de las pocas coincidencias entre nosotros. De pronto se subió a horcajadas sobre mi cuerpo y nos olvidamos del cerebro de Basilio. Ella continuó riéndose durante algunos minutos hasta transformarse en al animal salvaje que yo conocía. Antes de dormirse, agotada, de espaldas y con la cara cubierta por el cabello estiró su mano y me acarició el cuello. –<em>No te preocupes- </em>me dijo. Fue lo último que le escuché decir hasta la mañana siguiente.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>***</strong></p>
<p>Mónica me ayudó a sacar a Basilio una noche de manera clandestina. Los tres escuchamos música reunidos en mi habitación hasta que no quedó nadie despierto en el Instituto. Ella abrigó a Basilio con una bufanda de lana con los colores de Boca Juniors y una campera enorme que le había traído desde su casa y que sospecho pertenecían a su marido. La noche era oscura y helada. Salimos por la parte trasera del edificio atravesando a tientas la cocina. Un tufo a comida en descomposición y el ruido de las gotas que caían desde una canilla hacia una pileta metálica nos envolvieron por completo. Nadie hablaba. Tomados de las manos caminamos en fila tropezando con mesadas y sillas. Reconocíamos el terreno por el tacto como si fuéramos ciegos. Adelantábamos una mano que buscaba a tientas algún elemento que nos orientara como antenas locas que no lograban fijar el rumbo. La luz de un farol del patio se balanceaba movida por el viento a través de la ventana. Basilio arrastraba los pies a toda velocidad tratando de seguir a Mónica que tiraba de su brazo apurándolo. Sus movimientos eran torpes y rígidos como los de casi todos los pacientes que recibían antipsicóticos en altas dosis. Llevaba la radio apoyada sobre la oreja. Abrimos la puerta trasera. El impacto del frío sobre nuestras caras nos paralizó por un instante. Las copas de los árboles se agitaban pero no podíamos verlas. Un rumor de hojas en movimiento nos hacía suponer lo que sucedía en el parque que era para nosotros una mancha negra repleta de sonidos. Mónica había estacionado su auto a unos cincuenta metros de allí. Caminamos endurecidos por el frío pero estimulados por una extraña felicidad de niños que se escapaban para explorar los misterios de la noche. Antes de alcanzar el auto nos rodeó una manada de perros. Podíamos ver los círculos perfectos y brillantes de sus ojos y el resplandor intermitente de la luz del farol recorriéndolos como una línea horizontal. Eran cuatro o tal vez cinco. Creo que esperábamos que de un momento a otro se desatara un estruendo de ladridos.  Anticipábamos las luces encendiéndose desde las ventanas y las cabezas curiosas procurando averiguar el motivo de la agitación de los perros. Después la llegada de la guardia anunciada por las linternas que vendrían desde el monte de eucaliptus. Y por último, la vergüenza de encontrarnos descubiertos en plena huida. Uno de los perros olfateó el pantalón de Basilio. Otro se paró delante de mí y emitió un gruñido apenas audible mientras me mostraba los colmillos abriendo sólo uno de los lados su boca. La situación era absurda pero muy atemorizante. Mónica y yo nos apretamos las manos. Basilio se soltó. Se puso en cuclillas frente al perro que me amenazaba. Le acarició la cabeza durante algunos segundos mientras hacía un chistido suave y repetitivo. El animal se calmó, movió la cola y lamió su mano mientras un hilo de saliva se le escurría desde la lengua que colgaba afuera de la boca temblando con la respiración agitada. De un salto puso sus dos patas delanteras sobre las piernas de Basilio. Jugaron como dos buenos amigos que se encuentran por casualidad en plena madrugada. Avanzamos. Los perros nos seguían caminando en círculos alrededor nuestro. El auto estaba al lado de unos enormes <em>containers</em> verdes donde se guardaba la basura. Algunas bolsas de plástico y papeles de diario flotaban suspendidos en el aire. Los perros se reunieron alrededor de los restos de alimentos que se esparcían por el suelo. Se olvidaron de nosotros. Mónica abrió la puerta y ayudó a Basilio a sentarse en el asiento de atrás. Rodeamos el auto para abrir la puerta del acompañante. De pronto ella me empujó y me abrazó con una fuerza desconocida. Apoyó una de sus piernas sobre el paragolpes trasero rodeando mi cintura caída sobre el baúl con lo que me inmovilizó por completo. Me tomó de las orejas congeladas haciéndome gritar de dolor. Me arrastró hacia ella. Nos besamos. El calor de su lengua contrastaba con el frío de la noche. Cuando nos separamos, emitíamos un vapor espeso por la boca <em>–¡Esto es grandioso!-</em> dijo antes de subirse al auto.</p>
<p>Le pedí a Basilio que se recostara  en el asiento para evitar que lo vieran al atravesar el puesto de guardia antes de salir hacia la ruta. El vigilante se asomó al escuchar el motor del auto. Nos reconoció de inmediato. Me guiñó un ojo y elevó el pulgar. Fue un gesto de solidaridad masculina ante lo que imaginaba como una escapada mía con una mujer. La ruta estaba desierta. Basilio permaneció en silencio mirando a través de la ventanilla las sombras de la noche. Mónica propuso que cantáramos. Le dije que prefería dormir un rato pero no me escuchó. Probó con dos o tres canciones muy conocidas para ver si Basilio las sabía pero él negaba con la cabeza. <em>–¡Ésta sí que la vas a conocer!- </em>le dijo dándose vuelta y soltando las manos del volante. Estaba excitada y eufórica. Comenzó a cantar la marcha de San Lorenzo a los gritos. Basilio se sumó con su lenguaje hecho de retazos de palabras pero respetando la musicalidad pese al fraseo escandido con el que hablaba. Movía el cuerpo como si fuese un soldado marchando y se reía a carcajadas sin dejar de sostener la radio sobre su cabeza. Me sumé casi sin proponérmelo. Al cabo de unos minutos el auto circulaba a toda velocidad por una ruta abandonada y oscura con tres exóticos personajes  que salían –literalmente- de un hospicio y cantaban una marcha militar como si se tratase de una verdadera nave de los locos o una nueva armada Brancaleone.</p>
<p>Fuimos hasta el hospital donde yo trabajaba el resto de los días de la semana. Antes de ingresar compré dos pizzas y varias botellas de cerveza que me servirían como un pasaporte capaz de abrirnos todas las puertas. La excusa de compartir una cena una vez realizado el estudio me garantizaba la complicidad de todos. Entramos en la sala de diagnóstico por imágenes gracias a un amigo que tenía permitido el acceso a horas inusuales para casos de emergencia. El cuarto era enorme y estaba iluminado con tubos fluorescentes de gran potencia. Todo era blanco y brillante hasta herir los ojos. El tomógrafo era un cilindro enorme al que ingresaba una camilla deslizante a través de un túnel semicircular. Desde una ventana de vidrio los operadores se comunicaban con el paciente empleando altavoces. Tardamos más de media hora en convencer a Basilio para que dejara la radio por algunos minutos para permitir que su cabeza pudiese ingresar en el equipo. Tuve que quedarme durante todo el estudio a su lado para que pudiera ver que yo estaba cuidando su radio. Le realizamos una tomografía computada encefálica procurando obtener la mejor calidad de imágenes posible y los cortes específicos que nos dieran la información que buscábamos. Mónica me miraba trabajar y me hablaba por el micrófono desde la sala de comandos donde yo la había ubicado para no exponerla a las radiaciones. <em>–¡Así que éste era tu diván de análisis!</em>, me gritaba mientras su voz salía a través de los parlantes amplificando el sonido de su risa lo que producía un efecto muy extraño en ese ambiente. <em>–¡Buscá doctor, seguí buscando allí adentro lo que está en la historia del pobre Basilio!</em>- Yo permanecía de pie procurando que Basilio pudiese ver que cuidaba su radio, escuchaba a Mónica decir tonterías y reírse a todo volumen al tiempo que  intentaba mirar las imágenes del cerebro en los monitores para solicitar nuevas posiciones si lo consideraba necesario. Sabía que era una situación grotesca pero no encontré ninguna forma razonable de disimularla.</p>
<p>Una hora más tarde nos sentamos a comer pizza y a tomar cerveza con mis compañeros y cómplices mientras discutíamos los resultados del estudio. Basilio padecía una forma muy avanzada de demencia fronto temporal. Esta enfermedad afecta los lóbulos frontal y temporal del cerebro que se deterioran de modo progresivo e irreversible. A medida que el proceso avanzaba ciertas funciones se pierden para siempre. En la modalidad semántica el lenguaje se encuentra especialmente comprometido. Las palabras pierden su capacidad de conectarse con las representaciones mentales y, por lo tanto, de designar a los objetos. No se pueden relacionar los conceptos con los hechos. Los enfermos sufren una profunda alteración del significado de las palabras. No logran comprenderlas ni nombrarlas. El habla se torna desordenada, llena de circunloquios y paráfrasis semánticas y muy repetitiva. El vocabulario se empobrece pero conservan la sintaxis y la fonología. Se pierde también la ayuda del lenguaje no verbal que refuerza el significado de lo que se dice. Yo estaba convencido de que Basilio tenía todos los signos de esta enfermedad. La tomografía confirmó mis sospechas y aseguraba un pronóstico sombrío.</p>
<p>Volvimos al instituto antes de que las primeras luces del día aparecieran en el horizonte. Todavía la noche era cerrada y el camino apenas se hacía visible iluminado por los faros del auto. Mónica había tomado demasiada cerveza por lo que fui yo quien condujo. Basilio se durmió acostado en el asiento de atrás. Ella me repetía que esa noche había sido maravillosa y que yo era un tarado que pensaba que las personas eran cerebros con patas. No intenté responderle con argumentos. No era capaz de comprenderlos cuando estaba sobria por lo que, confundida por el alcohol, mis posibilidades eran nulas. Se durmió con la cabeza apoyada sobre el vidrio de la ventanilla. Estaba bellísima. Subió las piernas al asiento y arrojo los zapatos al piso. Se acurrucó abrazando sus rodillas. –<em>No seas idiota</em> – me dijo sin abrir los ojos- <em>no puedo dormir mientras un hombre me desnuda con la mirada. O dejás de mirarme así o me desnudás de verdad</em>-  Tenía razón. Esa noche había sido maravillosa, yo era un idiota, y quería desnudarla de verdad. Sin abrir los ojos estiró la mano y abrió la bragueta de mi pantalón. Me acarició durante un rato en el que excepto su mano toda ella parecía estar dormida. –<em>Pará, ahora mismo, al costado de la ruta</em>- me dijo como si algo súbito e impostergable la hubiese despertado. Basilio dormía con la cabeza apoyada sobre la ventanilla. Roncaba con un sonido burbujeante, sereno. –<em>Bajá del auto</em>- me dijo mientras ella ya estaba afuera esperándome. Bajé. Veía el brillo de sus ojos sobre la oscuridad de la noche del mismo modo en que unas horas antes había visto el de los perros que nos rodeaban en el parque. Se puso de espaldas a mí inclinada sobre el capot. Tomó mi mano y la apoyó sobre su sexo. –<em>No voy a esperar a que lleguemos al Instituto</em>- dijo antes de comenzar a gemir primero y a gritar después mientras yo ingresaba en ella. Todo era negro. Yo actuaba a tientas, ciego, como si jamás hubiese visto, como si no fuera necesario. Concentrado en el tacto, el olor y los sonidos. Mónica gritaba. Me decía que lo iba a seguir haciendo hasta que salieran de su pecho todos los alaridos que nos habíamos tragado para no despertar a nadie durante nuestras noches en el Instituto. Yo miraba a Basilio a través de los vidrios empañados del auto. Iluminado durante breves instantes por la luz de la luna que aparecía cuando encontraba un hueco entre las nubes que corrían a toda velocidad en el cielo. Dormía ajeno a lo que hacíamos a pocos centímetros de su cabeza. Sostenía la radio con ambas manos sobre su abdomen. Cuando la tensión sexual aflojó Mónica me tomó de las solapas y me sacudió varias veces. <em>–¡Gritá! ¡Gritá ahora que nadie puede escucharte!</em> – parecía fuera de sí, descontrolada. Daba alaridos prolongados hasta que su voz se agotaba en una serie de ruidos intermitentes y ridículos. Luego volvía a prepararse y a gritar con toda su potencia. <em>-¡Gritá te digo, no seas idiota, gritá!-</em> me decía con la cara pegada a la mía aunque yo casi no podía verla. Un par de rayos lo iluminaron todo y segundos más tarde llegó el estruendo que se diluyó en la el campo como un eco sombrío. Pude ver a Mónica bajo esa luz explosiva que parecía derramar un día luminoso y aterrador que interrumpía la cerrada oscuridad de la noche. Pensé que iba a pegarme. Me sacudía cada vez con más fuerza. Quise gritar sólo para que se tranquilizara. Lo intenté. Junté aire en los pulmones, contraje los músculos del cuello y del tórax. Puse toda mi voluntad, pero ningún sonido salía de mi boca. Nada. Parecía imposible, no podía hacerlo. No pude. Mónica me abrazó,  apretó mi cabeza contra su pecho. Yo temblaba. Me acarició como si quisiera consolarme de algo. Aún tenía su bombacha arrollada a la altura de las rodillas. Lloró. –<em>Pobrecito, no te preocupes, yo te voy a proteger</em>- me decía una y otra vez. No me animé a preguntarle de qué, o de quién. Cuando volvimos al auto Basilio seguía en la misma posición. Mónica no permitió que yo condujera. Me obligó a sentarme en el asiento del acompañante. –<em>Ahora dormí y escuchá como suena adentro tuyo el grito que no pudiste sacar ahí afuera</em>. Regresamos sin decirnos nada más.</p>
<p>Durante las semanas siguientes escribí una historia cuyo personaje era Basilio aunque nunca aparecía su nombre. Describí su vida en el instituto, su forma de caminar, la radio pegada a su oreja, su relación con un médico y la felicidad que le producía al leerle sus cuentos. El relato narraba algunas de los sucesos que él había vivido. Se lo fui leyendo despacio, en tramos breves que contaban un episodio por vez. Cuando le conté los intentos de sus compañeros por quitarle la radio se puso de pie, me escuchó caminando de un extremo a otro de la habitación como una fiera enjaulada. Una noche le describí a una joven, que era su hija, a la que él no veía desde hacía mucho tiempo. Inventé recuerdos que el padre guardaba borrosos en algún lugar de su memoria y el deseo secreto de volver a verla. Basilio permaneció parado detrás de la silla donde yo estaba sentado hasta que terminé de leer. Pude sentir la tensión de sus manos apretando el respaldo y las pausas de su respiración cuando la hija contaba cuanto extrañaba a su padre. Cuando terminé me abrazó. Apoyó su cabeza sobre mis hombros. Después se fue caminando hacia atrás haciendo reverencias mientras sostenía la radio pegada a su cabeza. Me quedé solo, con las hojas temblando entre las manos. Pensé en lo absurdo que había resultado escribir durante tantos años entre la clandestinidad y la vergüenza. En lo que significaba comprobar que lo que escribía le producía cosas a otra persona.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>***</strong></p>
<p>Decidí ir a ver personalmente a la hija de Basilio. Vivía en un barrio de monoblocks al costado de la autopista en la zona sur de la ciudad. Se llamaba Isabel. Me recibió con desconfianza en la puerta del edificio.</p>
<p><em>-              Soy el médico que atiende a Basilio en el Instituto y me gustaría conversar con usted.</em></p>
<p><em>-              En este momento estoy muy ocupada atendiendo a mi hijo.</em></p>
<p><em>-              No le voy a hacer perder demasiado tiempo, serán apenas unos minutos</em></p>
<p>Me hizo pasar. Recorrimos tres pisos por escaleras y un laberinto de pasillos internos. El departamento tenía un solo ambiente donde se distribuían tres camas y dos colchones sobre el piso. Varias sogas con ropa colgada lo atravesaban de pared a pared. Un olor a humedad y a pañales sucios lo invadía todo.</p>
<p><em>-              Me gustaría conocer la historia de Basilio, cómo era su vida antes de internarse.</em></p>
<p><em>-              Yo no recuerdo mucho, era muy chica…</em></p>
<p><em>-              Me ayudaría mucho saber cómo empezó su enfermedad, qué hacía, qué cosas le gustaban, cómo era su vida.</em></p>
<p><em>-              Trabajaba como albañil, casi nunca estaba en casa. Salía de madrugada y volvía de noche.</em></p>
<p><em>-              ¿Cómo era la familia?</em></p>
<p><em>-              Mi mamá y mis dos hermanos mayores. Ellos volvieron a Tucumán hace dos años por falta de trabajo.</em></p>
<p><em>-   ¿Alguna vez notaron algo extraño en su conducta?</em></p>
<p><em>-  No sé, lo único que recuerdo es que  siempre fue muy callado. Casi no nos hablaba. Pero…</em></p>
<p>Se quedó callada mirándose las manos. Las uñas eran muy cortas. Tal vez se las comiera. Un olor a lavandina se desprendía de sus manos cada vez que las movía.</p>
<p><em>- ¿Qué Isabel? ¿En qué piensa? Cualquier dato me puede resultar útil. Lo que sea.</em></p>
<p><em>- Bueno, los últimos años se puso muy gracioso, charlatán. Hacía chistes incluso decía cosas que antes nunca hubiese dicho. Todos nos divertíamos mucho pero nos parecía raro. Mamá decía que algo no andaba bien. Pero hasta los vecinos le decían que papá estaba mejor que nunca, que por fin se animaba a reírse, a bailar, a hacer chistes subidos de tono. Pero mamá estaba convencía de que algo no andaba bien.</em></p>
<p><em>-  Gracias Isabel, lo que me cuenta es muy importante para mí.  Tal vez si usted pudiera visitar a Basilio alguna vez, eso le haría muy bien.</em></p>
<p>El bebé que dormía en una cuna improvisada con maderas de cajones comenzó a llorar. Ella lo levantó en brazos y lo acunó.</p>
<p><em>-              ¿Ve lo que le decía? No puedo atenderlo ahora.</em></p>
<p>Estaba molesta y ya no quiso responder a ninguna de mis preguntas. Me pareció que mi visita la ofendía. El tono de su voz dejó de ser impersonal para hacerse desafiante.</p>
<p>-              Yo <em>no puedo andar viajando.</em></p>
<p><em>-              La comprendo, pero si usted quiere yo podría llevarla alguna vez.</em></p>
<p>Mientras el chico volvía a dormirse me prometió que iría el sábado siguiente a visitar a Basilio siempre que yo pasara a buscarla ya que no tenía dinero para el viaje ni a nadie con quien dejar a su hijo.</p>
<p>Pasé a buscarla muy temprano por la mañana. Me esperaba en la puerta del edificio con el bebé en brazos. Durante el viaje no dijo ni una palabra. Miraba a través de la ventanilla los suburbios de la ciudad y después el campo al costado de la ruta. Su hijo dormía acostado sobre sus rodillas. Cuando le anuncié que estábamos a punto de llegar. Su puso inquieta. Comenzó a moverse sobre el asiento. Lloró en silencio y aceptó un pañuelo de papel que le ofrecí. <em>-¿Usted cree que se acordará de mí?-</em>  me preguntó sin dejar de mirar hacia fuera. –<em>Creo que sí- le respondí. –Ya casi no lo recuerdo, no puedo imaginar su cara, ni su voz, nada-</em></p>
<p>Al ingresar al instituto dejé a Isabel y a su hijo en el jardín bajo los árboles. Busqué a Basilio en su habitación. Le dije que tenía visitas, que lo estaban esperando. Me miró con una expresión incrédula sin moverse de la cama donde permanecía sentado con la radio sobre la oreja. Lo tomé del brazo. Me acompañó dócil y sin separarse de la radio. Mientras caminábamos por los pasillos se detuvo un par de veces obligándome a volver sobre mis pasos. Me miraba interrogándome pero yo sólo le hacía señas con las manos para que se apurara. Entonces reanudaba la marcha murmurando palabras incomprensibles hablando con él mismo o vaya a saber con quién. Las enfermeras y algunos de los pacientes nos miraron pasar y corrieron a ubicarse detrás de las ventanas curiosos por lo que estaba por suceder.</p>
<p>Lo conduje hasta el lugar en que lo esperaba su hija. Nos detuvimos frente a ella. Le dije: -<em>Basilio, ella es Isabel, tu hija, vino a visitarte. El chico es tu nieto, se llama Javier</em>-. Basilio sostenía la radio y amenazaba con volver al edificio. Tuve que traerlo casi a los empujones hasta que entendió que debía quedarse allí. Los dejé solos y me dispuse a observar la escena desde cierta distancia.</p>
<p>Permanecieron de pie. Quietos. Mirando al piso. Esquivándose con los ojos. No se hablaron durante varios minutos. Isabel sostenía al bebé y daba pasos cortos hacia adelante y atrás acunándolo mientras le daba palmaditas sobre la espalda. Basilio continuaba con la radio pegada a la oreja. La mujer estiró los brazos con el niño dormido ofreciéndoselo a su padre. Nunca logré definir si ese gesto tenía la intención de permitir que pudiera observarlo con mayor detalle o era una invitación para que él mismo lo sostuviera. Basilio se contrajo, tembló con todo el cuerpo. Bajó el brazo con la radio y la dejó caer al piso. Una voz áspera cantaba un tango, creo que era <em>“Nieblas del Riachuelo”</em> pero en una rara versión flamenca. Ella quedó petrificada con el chico sobre sus brazos extendidos. Basilio se agitó con un movimiento espasmódico que comenzaba en los pies y sacudía su cuerpo como un viento enloquecido. Isabel, asustada, regresó al niño hacia su pecho. Lo cubrió protegiéndolo sin saber muy bien de qué. Basilio dejó de temblar. Se orinó. El líquido bajó desde sus pantalones hasta formar un charco bajo los pies de ambos. La música resultaba ahora aún más absurda en el interior de aquella escena. Basilio lloró o se rio de un modo muy extraño. El sonido que produjo no me permitió distinguir entre una y otra cosa. Después gritó. Un alarido breve de animal acorralado. Miró en todas direcciones. Tal vez me estuviera buscando pero no me encontró. Recogió la radio del piso, la colocó sobre su oreja y se fue caminado hacia atrás, húmedo, repitiendo una serie de reverencias más prolongada que lo habitual. Desapareció detrás de los galpones en dirección a la intendencia.</p>
<p>Llevé a Isabel de vuelta a su casa. Viajamos inmersos en el mismo silencio que durante el viaje de ida. No hubo preguntas. No hice comentarios. No supe qué decir. Nos despedimos. Le ofrecí algo de dinero. –<em>Es para la leche y pañales</em>- le dije comprendiendo que sonaba ridículo. Tomó los billetes y los tiró sobre el asiento del auto antes de salir con el bebé. Dejó la puerta abierta y no se dio vuelta hasta que la perdí dentro del edificio. Hubiese querido agradecerle, preguntarle tantas cosas. Pero no pude. Me sentí muy avergonzado.</p>
<p>Los días siguientes no mostraron ningún cambio en la conducta de Basilio. Nada parecía poner en evidencia algún registro de ese acontecimiento. Aferrado a su radio marchaba por los pasillos arrastrando los pies y haciendo ademanes como antes, como siempre.</p>
<p style="text-align: center;"> <strong>***</strong></p>
<p>Pocas semanas más tarde llegó el nuevo director al instituto. Era un hombre joven, autoritario e ignorante. Un burócrata arrogante de esa especie que los médicos conocemos bien y despreciamos tanto. Vestía siempre camisa clara y corbata oscura sobre la que usaba un guardapolvo blanco impecable, almidonado, con su nombre bordado con hilo azul en grandes letras góticas sobre el bolsillo delantero. Decidió que Basilio no podía resistirse al tratamiento. Que su radio le impedía la comunicación y la posibilidad de una terapéutica efectiva. Afirmó que le llamaba la atención nuestra incapacidad y nuestra desidia al tolerar una situación tan ridícula durante tanto tiempo. Intenté explicarle que la radio era para él un sostén imprescindible. Que lo protegía de un silencio que no podía escuchar. Que me parecía un acto de violencia innecesaria quitarle ese aparato cuando no teníamos garantías de ofrecerle una alternativa mejor. Interpretó la divergencia de opiniones como una disputa de poder. Clausuró toda posibilidad de discusión. Ordenó que nadie permitiera que Basilio recibiera baterías para su radio. Él mismo informó a todas las visitas de su nueva disposición.</p>
<p>Basilio comenzó a mostrar signos de intranquilidad. Deambulaba en busca de las personas que habitualmente lo proveían de sus baterías. Los miraba con desesperación. Todos respondían mostrando sus manos vacías y disculpándose mediante un movimiento de la cabeza que señalaba en dirección a la oficina del director. Él miraba alternativamente a cada uno y luego al despacho del jefe. La radio comenzaba a dar muestras de agotamiento. Dos o tres veces dejé clandestinamente pilas debajo de la almohada en su cama sin que nadie lo notara.</p>
<p>El director se paraba en la puerta de su oficina extrañado por la inusitada duración de las baterías. Desde allí observaba el itinerario ansioso de Basilio acompañado por los gestos desmesurados de su mano derecha reclamando a cada uno que se cruzaba con él.</p>
<p><em>- Ese hombre tiene la cabeza anulada por la radio-.</em> Me dijo sin dejar de mirar a Basilio.</p>
<p><em>- Eso es mejor que tenerla vacía</em>- le respondí mientras sentía en el cuerpo una inquietud que conocía desde mi infancia y que me anunciaba como un aura que estaba por cometer un acto del que más tarde me iba a arrepentir.</p>
<p><em>-  Creo que alguien le entrega pilas sin que yo me entere. Si confirmo lo que sospecho, ¡te vas! ¿Me entendiste?</em></p>
<p>No dije nada. Tuve ganas de matarlo. No me sentía seguro de poder evitar una respuesta violenta. Necesitaba el trabajo y sabía que tenía que cuidarlo aunque experiencias anteriores de mi vida anticipaban que no lograría controlarme por demasiado tiempo.</p>
<p>Esa noche me quedé hasta tarde estudiando. Cuando me disponía a retirarme Basilio se asomó por la puerta de la sala de médicos. Estaba feliz. Sabía que era yo quien le dejaba las baterías bajo su almohada y eso nos unía aún más. Subió el volumen de la radio. Una música elemental y pegadiza  invadió el ambiente. Se acercó hasta ubicarse junto a mí. Pasé mi brazo sobre sus hombros. Él hizo lo mismo con su único brazo libre. Bailamos. Una pantomima de danza griega al ritmo de cumbia villera. Torpes, ambos nos reímos de nuestra propia impericia para bailar. Manuela llegó atraída por el volumen de la  música. Nos miró un instante y se unió aquel despropósito apoyando su brazo sobre mi espalda. Después se separó hasta ponerse de frente a ambos y bailó sola. Se transformó al ritmo de la danza hasta extraer una sensualidad extraordinaria de ese cuerpo desmesurado. Agitaba sus pechos enormes como una ofrenda generosa y brutal. Se reía a carcajadas.</p>
<p>De pronto Basilio bajó el volumen de la radio y salió caminando hacia atrás haciendo apresuradas reverencias. Pasó de costado a través de la puerta esforzándose por no empujar al director que nos miraba apoyado sobre el marco sin moverse un milímetro para facilitarle el paso. Junté mis cosas y salí. Debí empujarlo con el hombro para atravesar la puerta. Su cuerpo golpeó contra la pared. Nos miramos. -<em>Ahora sí</em>-, me dijo, -<em>vos te lo buscaste</em>-. No le respondí.</p>
<p>La mañana siguiente recibí un telegrama de despido. Por la tarde me presenté en el instituto. Manuela estaba sentada sobre un escalón en la entrada del edificio. Lloraba. Intenté consolarla. No me escuchó. La abracé y le acaricié la cabeza. Entré.</p>
<p>No logré que el director me recibiera aunque no insistí demasiado. Cobré, firmé papeles, busqué a Basilio. Me observaba desde una de las ventanas que daban al jardín. Lo llamé con un gesto pero comenzó a correr hasta que lo perdí de vista.</p>
<p>-<em>Esta noche le quitarán la radio</em>- me dijo la secretaria sin levantar la vista de la pantalla de la computadora. -<em>El señor director avisó que pasará la noche en su oficina para controlar todo personalmente</em>-. Pasé por la habitación y volví a dejar cuatro pilas debajo de la almohada de Basilio y una nota donde le escribí: -<em>Cuidate Basilio, te quiero y te voy a extrañar mucho. Vendré a visitarte, no te preocupes</em>-. Firmé y anoté mi número de teléfono. Me fui.</p>
<p>Esa noche no pude dormir. Pensé en Manuela, en Basilio, en mi propia irresponsabilidad. Me sentí culpable e imbécil. Tomé un whisky y luego otro. Salí a caminar. Volví sin que pudiera precisar cuánto tiempo después. Logré dormir. Soñé algo que no recuerdo pero que me dejó perplejo y angustiado.</p>
<p>Me despertó el teléfono. Nadie contestaba pero podía escuchar con claridad el sonido de la radio. <em>“Basilio, ¿sos vos? ¿te pasa algo?”</em>, cortaron. Una hora más tarde el teléfono volvió a sonar. Esta vez tampoco contestaron: <em>“¡Basilio, hablame!”</em>, el volumen de la radio era tan bajo que permitía escuchar su respiración acelerada. Cortó.</p>
<p>Me quedé esperando un nuevo llamado. No quise encender la luz. Los primeros sonidos del día llegaron con una regularidad que me espantaba. Todo seguiría su curso. La descarga del baño del vecino, el sonido de la ducha y la radio dando el informe de tránsito en los accesos a la ciudad. Alguien leía el pronóstico del tiempo: nubosidad variable y tormentas por la tarde noche.</p>
<p>Recién amanecía cuando volvió a sonar el teléfono. Manuela lloraba, apenas pude comprender lo que me decía pero sabía que se trataba de algo grave. Decidí volver al instituto. Ingresé entre un tumulto de ambulancias y policías. Muchas personas caminaban de un lado a otro acompañando a los internados o dando explicaciones a las familias que preguntaban por ellos. Manuela me tomó del brazo desesperada y me dijo –<em>Él no tendría que haberle quitado la radio, nunca debió haber hecho algo así-</em>. Una camilla pasó a mi lado arrastrada por Farías, el jefe de mantenimiento del instituto. Transportaba un cuerpo completamente cubierto. Se detuvo. –<em>Con estos locos nunca se sabe-</em> me dijo. Corrió la manta y descubrió la cabeza ensangrentada del director. Lo volvió a tapar y siguió su marcha. Un policía guardaba la Radio de Basilio en una bolsa transparente con la leyenda “Policía científica”. Alguien sacaba fotos dentro del despacho del director cercado por unas cintas amarillas y negras.</p>
<p>Corrí hacia la habitación a través de los pasillos desiertos. Mis propios pasos resonaban como un estruendo de golpes sobre el piso. La puerta de la habitación estaba cerrada con llave. Logré abrirla a patadas. Desde la radio, abandonada sobre la cama, una locutora susurraba palabras con una voz ridículamente sensual mientras sonaba de fondo la introducción del tema <em>“Exit music”</em> de Radiohead. Basilio tenía los ojos desmesuradamente abiertos. Los dientes mordían su lengua que asomaba unos centímetros de la boca y de la que partían dos hilos finos de sangre seca. La cabeza caída, inclinada hacia la izquierda. Los labios azules, las manos moradas. Los pies todavía conservaban la flexión de los dedos suspendidos en el aire a treinta centímetros del piso. El cuerpo sostenido por una sábana anudada al cuello pendía de un gancho en la pared. Lo abracé. Apoyé mi cara sobre su pecho helado. Creo que lloré. Le dije: <em>&#8220;perdonanos&#8221;.</em> Varias veces, <em>“perdonanos”</em>, muchas veces.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>*Imagen: Miguel Ruibal (gracias)</em></p>
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		<title>La razón y el diagnóstico</title>
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		<pubDate>Sat, 16 Mar 2013 22:15:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Medicina]]></category>

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		<description><![CDATA[Clasificar las enfermedades no es fácil. Pero peor es ni siquiera intentarlo. Por Daniel Flichtentrei El diagnóstico médico no es un acto librado al azar, a la interpretación exasperada, a las metodologías esotéricas, ni un privilegio de iluminados. Formular un diagnóstico es una operación cognitiva sustentada en el razonamiento lógico argumentativo y basada en pruebas [...]
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2013/03/dr.mayorpiensa.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-3891" title="dr.mayorpiensa" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2013/03/dr.mayorpiensa-300x200.jpg" alt="" width="300" height="200" /></a><strong>Clasificar las enfermedades no es fácil. Pero peor es ni siquiera intentarlo.</strong></p>
<p>Por Daniel Flichtentrei</p>
<p>El diagnóstico médico no es un acto librado al azar, a la interpretación exasperada, a las metodologías esotéricas, ni un privilegio de iluminados. Formular un diagnóstico es una operación cognitiva sustentada en el razonamiento lógico argumentativo y basada en pruebas científicas. Cada enfermo, en su singularidad, expresa las manifestaciones de su dolencia, que el médico analiza y clasifica de acuerdo al conocimiento disponible. A diferencia de lo que ocurre en otros ámbitos, en medicina, el procedimiento va de los efectos a las causas, de los síntomas a la patología. Es lo que se llama un problema inverso. Por ello resulta tan complejo. Un médico es un observador atento que busca señales y regularidades que lo orienten. A la observación le sigue el planteo de una conjetura capaz de explicar lo que un paciente siente o muestra en su examen. Estas impresiones se someten sucesivamente a prueba en busca de indicadores objetivos que las respalden o refuten. La confianza ciega en las interpretaciones personales y el desprecio por las pruebas son ajenas a la buena práctica médica y contradicen su base científica racional.</p>
<p>Las enfermedades conocidas resultan de la agrupación de sus manifestaciones, indicadores objetivos y mecanismos de producción. Cada una de ellas se encuentra clasificada e identificada mediante una denominación y una descripción detallada. Este ordenamiento resulta fundamental y se obtiene a partir de grandes estudios epidemiológicos y del consenso de grupos de expertos. Clasificar cada cuadro clínico no sólo permite que los médicos de cualquier parte del mundo se entiendan entre sí, sino que también es un reaseguro para los pacientes que los protege de los excesos interpretativos y de las explicaciones infundadas. La medicina se basa en el conocimiento científico: lo que sabe es público y compartido por una comunidad mundial de profesionales. Nunca es un saber oculto ni reservado a unos pocos elegidos.</p>
<p>Las clasificaciones, a su vez, son modificables a medida que aparecen nuevos datos de la investigación. No son estáticas ni definitivas, no se fundan en dogmas ni en creencias, sino en pruebas. Su permanente transformación es su mayor virtud, y no un defecto. Al contrario de lo que suele creerse, la primera condición de la ciencia es reconocer la incertidumbre y no negarla. La ciencia no se construye con verdades reveladas, no admite propuestas no demostrables ni intuiciones espontáneas. Y no alcanza con usar datos objetivos: es necesario combinarlos mediante reglas racionales y no de acuerdo a una manipulación intuitiva o caprichosa. Existen muchos ejemplos acerca del modo en que los nuevos conocimientos cambian lo que hasta entonces se aceptaba como válido. Por caso, las cifras requeridas de presión arterial, glucemia o colesterol para que un paciente sea considerado en situación de riesgo o enfermo.</p>
<p>La psiquiatría, en este contexto, se encuentra en una situación particular: carece por el momento de indicadores objetivos que permitan contrastar con ellos los diagnósticos presuntivos. Esa carencia hace necesario que el diagnóstico se base en los síntomas subjetivos que los enfermos manifiestan. Esta deficiencia se va superando día a día con los nuevos desarrollos de las neurociencias, que aportan aquello de lo que el ámbito de las enfermedades mentales ha carecido durante tanto tiempo. Mientras tanto, se hace imprescindible apelar a clasificaciones basadas casi exclusivamente en el agrupamiento de síntomas, como hace el DSM. Esto admite discusiones y se encuentra necesariamente expuesto a más transformaciones que las verificadas en otras especialidades. Aunque, claro: disponer de un ordenamiento es siempre mejor que no tener ninguno. Para impugnarlo es imprescindible ofrecer pruebas que superen aquellas en que se sustenta, y no meras opiniones. Ya puede vislumbrarse una nueva psiquiatría en un futuro cercano. Una que se reinserte en el campo de la medicina científica de donde —una considerable parte de ella— nunca debió haberse alejado. La racionalidad de la ciencia es un imperativo no sólo metodológico, sino también moral. Es el modo en que la medicina ofrece a las personas una respuesta fundada en la razón, que es el punto más alto al que ha llegado el pensamiento de la humanidad. Si no fuera así, nuestra salud estaría todavía librada a los desvaríos de la lectura de la borra de café, de los astros, de las vísceras de las aves o a la interpretación de los sueños.</p>
<p><em>Flichtentrei (@aflichten) es médico cardiólogo, director editorial de Intramed y autor del blog &#8220;La verdad y otras mentiras&#8221;.</em></p>
<p>Publicado en Newsweek 13.03.2013 <a href="http://newsweek.infonews.com/nota-195075-La-razon-y-el-diagnostico----.html">http://newsweek.infonews.com/nota-195075-La-razon-y-el-diagnostico&#8212;-.html</a></p>
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		<title>Una cuestión de olfato</title>
		<link>http://www.laverdadyotrasmentiras.com/literatura/una-cuestin-de-olfato/</link>
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		<pubDate>Sun, 10 Mar 2013 00:18:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Desde la puerta del hospital partía un monte de eucaliptus atravesado por un sendero de tierra. Comenzaba en una garita de vigilancia abandonada. Terminaba en un hall imperial con paredes de mármol que evocaban una remota época de opulencia. Bajo unos techos barrocos, con las paredes repletas de placas conmemorativas, varios perros  flacos dormían indiferentes a ese [...]
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2013/03/dra.despedida.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-3864" title="dra.despedida" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2013/03/dra.despedida.jpg" alt="" width="300" height="179" /></a>Desde la puerta del hospital partía un monte de eucaliptus atravesado por un sendero de tierra. Comenzaba en una garita de vigilancia abandonada. Terminaba en un hall imperial con paredes de mármol que evocaban una remota época de opulencia. Bajo unos techos barrocos, con las paredes repletas de placas conmemorativas, varios perros  flacos dormían indiferentes a ese pasado de gloria. Sobre la vereda una  señora paraguaya llamada Gladys vendía chipá y torta de chicharrón. Desplegaba una tabla sobre dos caballetes como un improvisado mostrador. Usaba un guante de plástico transparente para simular una higiene que la multitud de moscas posadas sobre la mercadería desmentían a cada momento. Eran unos insectos enormes y perezosos. Apenas se movían cuando ella las espantaba agitando los brazos como las aspas de un molino. Las personas llegaban a pie desde la estación del tren. Caminaban unas diez cuadras. Los enfermos se sostenían del hombro de los sanos. Algunos usaban muletas o se desplazaban sobre sillas de ruedas remendadas y ruidosas arrastradas por algún joven de la familia. Saltaban sobre los asientos o avanzaban con una inclinación que los ponía al borde de la caída. Otros tenían que detener la marcha cada cincuenta metros y hacer una pausa que les permitiera recuperar el aliento. Las madres llevaban a un bebé en los brazos y a dos o tres chicos un poco más grandes caminando alrededor.  Los más privilegiados llegaban en remises clandestinos. Unos autos destartalados y viejos. Los choferes eran casi todos gordos y rubicundos. Hombres panzones con dientes amarillos y una franela descolorida ubicada entre el volante y el abdomen. La gente entraba al edificio cuando el sol apenas empezaba a asomarse. Se organizaban en largas filas que daban vueltas sobre sí mismas. Se disponían a una espera interminable para recibir un número. Resignados y sin lamentos. Nadie hablaba. Se escuchaban el sonido de los zapatos arrastrándose sobre el suelo o el llanto de algún pibe. Toses, escupitajos, el ruido sibilante de la respiración.</p>
<p>Los médicos y enfermeras entraban por la calle de atrás. Accedían a través de un portón de hierro macizo con forma de tranquera que por las noches se cerraba con una cadena oxidada y un candado. Bajaban de sus coches cargando sus maletines o con pilas de hojas sueltas dentro de carpetas improvisadas con folletos de propaganda de medicamentos. Solían caerse y desparramarse arrastradas por el viento. Las enfermeras traían la bolsa de las compras, un paquete con facturas calientes, revistas robadas en las salas de espera de algún consultorio que se intercambiaban entre ellas. Cargaban los termos para el mate en la cocina antes de subir a sus puestos de trabajo. Algunas dejaban a sus hijos en la guardería. El ambiente se disponía para empezar una jornada de trabajo. Era el prolegómeno de lo que sucedería un rato más tarde. Las cosas se encendían. Salían de su letargo nocturno. La actividad se haría febril e incesante. Todo se vería superado por la desproporcionada demanda y por la escasez de recursos. Mientras tanto los movimientos parecían amortiguados. Como en un film proyectado en cámara lenta.</p>
<p>En el sector de la guardia de Emergencias estacionaban dos o tres ambulancias. Algunas con el motor en marcha y la luz roja de la sirena todavía encendida. Desde los patrulleros bajaban a los detenidos esposados. Casi siempre eran adolescentes desnutridos, maltratados por la vida y por la brutalidad policial. Venían a buscar asistencia enviados por los jueces o a consecuencia de las heridas que habían sufrido en las horas previas. Los médicos eran casi todos muy jóvenes. Estaban en general exhaustos. Insomnes, sin afeitar, con los ojos hinchados. Las mujeres despeinadas y sin maquillaje. Algunos se dormían rendidos sobre unos bancos de madera. Esperaban a sus remplazos que llegarían unas horas más tarde. No les quedaban energías ni para hablar entre ellos. Unos parecían interrogarse acerca de qué misteriosa voluntad los había puesto en ese inhóspito lugar. Otros mostraban la satisfacción de haber sobrevivido al vértigo del trabajo y a las inclemencias de la madrugada.</p>
<p>El hospital se desperezaba. Asomaba la cabeza hacia la luz incipiente de la mañana. Un momento impreciso que demoraba el paso del tiempo. Entre el fin de la noche y el comienzo del día. Todo fluía lento, ocre, triste.</p>
<p>A Mariana le gustaba mirar ese espectáculo desde el cuarto piso del hospital. Después de una noche de trabajo incesante. Muerta de sueño y agotada. Se apoyaba sobre el antepecho de la ventana y observaba hipnotizada a esa multitud de puntitos de colores que se desplazaban como hormigas somnolientas. Conocía el significado de cada movimiento. Podía imaginar los sonidos, incluso algunos de los diálogos entre las personas. Las mañanas, después de una guardia, la ponían de un humor raro. Una melancolía sin motivo aparente. Como si un peso se descargara sobre sus hombros. La agobiaba ese interludio de tiempo vacío entre algo que terminaba y lo que todavía no había empezado. <em>–“No quiero quedarme. Necesito irme. Este es el peor momento de mis guardias”,</em> me decía cuando le preguntaba qué era lo que le ocurría.</p>
<p>Tenía el cabello largo, castaño. Atado con una gomita elástica que le formaba una cola de caballo que le caía hasta debajo de los hombros. Delgada, de espalda pequeña, las manos con dedos largos y finos. Con formas femeninas delicadas. La ropa siempre le quedaba grande. Jamás se pintaba sus ojos verdes y enormes. La boca parecía no pertenecerle. Más sensual y agresiva de lo que podría esperarse. Los dientes blancos, los labios gruesos. Tenía un tic que le hacía sonar la lengua y tragar saliva cuando estaba nerviosa y sola. Pero lo reprimía cuando había otras personas delante.</p>
<p>Estábamos en el último año de nuestra residencia. Nos conocíamos con la intimidad que dan las horas compartidas en circunstancias muchas veces dramáticas. Su familia era humilde, había hecho un gran esfuerzo para que ella pudiese estudiar. La habían educado con normas estrictas y un espíritu conservador. Sus principios eran inflexibles aunque ella los consideraba naturales. Eran los únicos que conocía y no permitía que nadie los pusiera en duda. Su título de médica la instaló en un mundo nuevo que, no pocas veces, entraba en conflicto con los valores de su propio hogar. Todavía le avergonzaban las conversaciones sobre sexo, los chistes groseros, la conducta de algunos de sus compañeros. Especialmente la mía. Era ingenua y vergonzosa. Me veía hacer cosas que desaprobaba pero aun así me apañaba sin recriminarme.</p>
<p>A veces llegábamos extenuados a la habitación. En esa época yo empezaba a padecer mis primeras lumbalgias que me acompañarían desde entonces y hasta ahora. Ella me hacía acostar boca abajo sobre la cama. Se sentaba a mi lado con los pies descalzos apoyados en el piso. Me levantaba la chaqueta y me frotaba con movimientos circulares de la mano con <em>“Voltaren gel”.</em> Era una pasta pegajosa y fría. El primer contacto con la piel me hacía temblar. Pero más tarde me producía un calor reconfortante que procedía más de su mano que de esa sustancia. Se esmeraba en atenderme con una actitud maternal y sincera. Sufría con mi propio dolor. Me contaba que eso lo aliviaba a su hermano que trabajaba en la construcción y tenía problemas parecidos. Mientras me pasaba la crema me decía cosas que facilitaran que yo pudiese relajarme. Visualizaciones, pensamientos positivos. Me describía paisajes bucólicos o me invitaba a imaginar el sonido del agua cayendo desde una cascada sobre las rocas. Yo me quedaba callado pero jamás pensaba en nada de eso. El tacto me transmitía una suavidad húmeda reforzada por los movimientos. Mi cabeza se hundía en la almohada hasta que ingresaba en un estado placentero que me hacía desear que no terminara jamás. El olor del medicamento, su voz y la cercanía de su cuerpo me ofrecían un paraíso transitorio que me sacaban durante un rato del infierno del hospital. Cuando ella creía que me había dormido retiraba su mano de mi espalda procurando no despertarme. Yo me daba vuelta y le decía: <em>-“No te vayas, pero dejá de tocarme o te voy a arrancar la chaqueta con los dientes”.</em> Salía espantada con los zapatos en la mano. Me tiraba con lo primero que encontraba a su paso mientras me gritaba, -“Sos un asqueroso, un degenerado, un enfermito”. Construimos una complicidad solidaria y de pocas palabras. Yo confiaba en ella y ella en mí. Tenía un novio desde el colegio secundario. Creo que los dos se aburrían bastante. Él no quería que ella trabajara en un hospital. Casi nunca me hablaba de ese tema.</p>
<p>Idolatraba a su padre, carpintero. Le gustaba traerlo al hospital. Solía decirme que también yo debería traer al mío. <em>–“Pero mi viejo es médico. Nada de lo que vea acá lo va a sorprender”,</em> le respondía. –“<em>Vos lo vas a sorprender. Pero sos tan, pero tan idiota&#8230; No entendés nada”,</em> me decía furiosa. Ahora me doy cuenta que tenía razón. Ella acomodaba a su papá en la sala de médicos. Le daba besos en la frente. Le arreglaba el cuello de la camisa, lo peinaba. Lo abrazaba y se sentaba en sus rodillas rodeándole el cuello con los brazos y apoyando la cabeza sobre su pecho. Le preguntaba a cada rato si estaba bien, si no se aburría, si necesitaba algo. El hombre nos cebaba mate durante horas. A veces arreglaba cosas que no funcionaban como la cafetera eléctrica o cambiaba las lamparitas quemadas o reparaba el depósito del baño, las canillas que goteaban desde hacía meses, la estufa a gas. Tenía una extraordinaria habilidad y se sentía bien haciendo cosas que mejoraran el lugar donde su hija pasaba tanto tiempo. Nos armó una biblioteca con estantes de madera que amuró a la pared y que todavía está en uso.</p>
<p>Una vez trajo un álbum de fotos viejas con tapas de cuerina marrón. Me obligó a jurarle que nunca se lo contaría a Mariana. Lo hice. Me  mostró imágenes de la familia con sus hijos todavía bebés, las fotos de la escuela en las que ella aparecía seria, con el cabello corto y las piernas tan flacas que parecían dos palitos. Un acto del Día de la Raza para el que la habían disfrazado de indiecita con una pollera hecha con una bolsa de arpillera con flecos y una pluma caída sobre la frente. La entrega del título en el aula magna de la facultad de medicina. El padre estiraba la mano con el rollo apretado entre los dedos. Ella mostraba una solemnidad en la actitud erguida del cuerpo y una mirada desfalleciente y líquida.</p>
<p>Traía a su viejo una o dos veces al mes a pasar la tarde con nosotros. Él disfrutaba mirando ir a venir a Mariana vestida de blanco con su estetoscopio colgado del cuello. Casi nunca ingresaba al área de atención de pacientes. Una tarde atravesó con un cable toda la sala para instalar una antena nueva en el televisor. Hasta ese momento usábamos una lata de dulce de membrillo invertida con dos agujas de tejer clavadas que movíamos en todas direcciones buscando una orientación que atenuara la lluvia que cubría la pantalla. Caminaba con el rollo de cable que iba desplegando sobre el zócalo cuando vio su hija a través del ventanal de una sala de aislamiento. Ella le tomaba muestras para hemocultivos a un paciente en coma con asistencia respiratoria mecánica. La observó manipular los tubos, las jeringas, vestida con un camisolín verde, gorro, barbijo y botas. Se quedó congelado. Inmóvil, petrificado. Su respiración dejaba una mancha de vapor sobre el vidrio que cambiaba de forma como si estuviese viva. Yo me detuve a observarlo. Cuando ella terminó su tarea y se estaba sacando la ropa descartable, se dio vuelta y caminó hacia la salida con paso rápido. Al advertir mi presencia se detuvo.  <em>–“Decile que salí a un tomar poco de fresco”.</em> Tenía los dientes apretados. Las cejas fruncidas, los músculos de la frente arrugados. Una lágrima le bajaba por la mejilla. <em>–“Tu hija es una médica extraordinaria Manuel. Acá todos la admiramos mucho. Tenés que sentirte muy orgulloso de ella”,</em> le dije mirándolo a los ojos y apoyándole mi mano sobre el hombro. No pudo hablarme. Lo vi salir caminando de espaldas a mí. Su silueta se fue empequeñeciendo. Antes de perderlo de vista, lo vi sacando del bolsillo trasero del pantalón, del que asomaba una cinta métrica amarilla, un pañuelo arrugado.</p>
<p>Mariana y yo teníamos un ritual. Lo repetimos durante años como si en cada oportunidad fuese la primera vez que lo hacíamos. Ocurría en momentos diferentes pero casi siempre cuando la encontraba al amanecer mirando a través de la ventana después de una noche de guardia. Yo le pedía a Manuela que nos preparase un café para mí y un mate cocido para ella. Era nuestra enfermera más querida y le gustaba cuidarnos como una madre. Dejaba lo que estuviese haciendo y  se desplazaba con su cuerpo enorme hacia una hornalla que había sobre la mesada del office de la sala de internados. Siempre sonriente, siempre dispuesta. Calentaba agua en una pava tan grande y pesada como jamás he vuelto a ver. Batía una mezcla de azúcar y café durante un largo rato. Colaba la yerba con una gasa sobre la que echaba el agua caliente y la dejaba reposar durante unos minutos. Me entregaba dos vasos de vidrio envueltos con servilletas de papel para que no nos quemáramos los dedos. Al entregármelos me repetía la misma frase: -“<em>No le digas chanchadas, esa chica no es como las demás. Portate bien con ella”.</em></p>
<p>Mariana sentía el olor a medida que yo me acercaba. Estiraba una mano sin quitar la vista de la ventana. Daba un sorbo pequeño. El paso del líquido por su esófago parecía estremecerla. Hacía un movimiento complejo. Una secuencia que comenzaba en los hombros que subían y bajaban. Giraba el cuello al mismo tiempo. Después sacudía la espalda y daba un pequeño saltito sin despegar los pies del piso. El extraño movimiento se concentraba en la flexión de las rodillas. Se agotaba al descender hasta hacerla ponerse en puntas de pie por una fracción de segundo. Yo la tomaba del cabello desde atrás. Lo corría hacia un lado y olía su nuca. Despacio, profundamente. Ella me dejaba hacerlo. A veces inclinaba la cabeza hacia adelante y sostenía su pelo con la mano. A mí me gustaban su olor, el bretel del corpiño subiendo por los hombros apretado contra su piel. La desnudez minúscula de su cuello ofreciéndose a mi nariz. Sabía lo que le iba a decir. Lo esperaba sin moverse. <em>–“Día catorce”,</em> le susurraba al oído. Se daba vuelta sorprendida. <em>–“¡Hijo de puta! ¿Cómo lo hacés?”-</em> Yo la miraba sin decir nada. <em>–“Por favor decime cómo lo hacés”.</em> Me separaba unos pasos. <em>–“Es tu olor muñeca. El perfume de tus hormonas”.</em> Se enojaba. Me enfrentaba indignada: -“¿<em>Cómo te tengo que pedir que no me llames muñeca?”.</em> La escena se repitió durante varios años. No le gustaba que le dijeran que era linda, ni que elogiaran nada que tuviese que ver con su cuerpo. Siempre me pareció que no quería ser deseada. Aunque en el ambiente donde vivíamos eso resultaba imposible.</p>
<p>Por alguna razón, que nunca entendí, el hospital era un lugar donde el sexo y los cuerpos adquirían una relevancia exagerada. No se trataba de un culto a la belleza. Más bien todo lo contrario. Casi nadie se preocupaba por su aspecto ni por su ropa. Pero todos habíamos aprendido a encontrar la sensualidad oculta detrás de esa despreocupación que las circunstancias obligaban a ejercer sobre nuestra apariencia personal.  Esto incomodaba a Mariana que nunca logró acostumbrarse. Yo lo sabía aunque jamás respeté ese pudor. Tal vez debido a nuestra cercanía ella terminó por permitírmelo con ciertos límites.</p>
<p>Compartíamos la habitación de médicos de guardia. Alguna vez la había visto entrar al baño con una bolsita de tampones. Anoté la fecha tallándola con el filo de una tijera sobre una de las barandas de la cama. Desde entonces contaba los días y los marcaba. Dibujaba cuadrados con una diagonal en el medio como en un partido de truco. De ese modo tenía un control de sus ciclos todas las semanas. Nunca se lo dije. Con el paso del tiempo empecé a creer que en verdad yo podía adivinarlo por su olor. Adquirí una confianza absurda en esa habilidad que los hechos me confirmaban cada semana. Cuando lo razonaba me daba cuenta de que no podía ser verdad. Pero sentía de un modo inexpresable que yo era capaz de percibir las oscilaciones de sus hormonas por señales sutiles imposibles de traducir en palabras. Finalmente dejé de interrogarme y me abandoné a mis  sensaciones. Ahora sé que fue así. Estoy seguro de que aprendí a reconocer sus momentos con el olfato. Ya no resultó necesario que tallara la fecha todas las semanas sobre la madera de la cama. Creo que a los dos nos gustaba ese espacio de misterio que contradecía los rigores de la lógica. Nos preservaba de la estúpida idea, de que la ciencia podía explicarlo todo. A nuestro modo lo disfrutábamos. Aunque más tarde nos llevaría a un límite que nos llenó de miedo y acabaría para siempre con nuestro juego.</p>
<p>Faltaban pocos meses para que finalizara nuestra residencia. En el servicio comenzaba a hablarse sobre la elección del próximo jefe de residentes. Eran conversaciones informales, de pasillo. Los médicos con mayor antigüedad usaban esa forma indirecta para dar a conocer sus opiniones acerca de los temas conflictivos. Casi nunca lo decían de frente o en público durante las reuniones de trabajo o en los ateneos clínicos. Había una costumbre muy arraigada que los llevaba a tejer alianzas, a generar consensos o rechazos en la oscuridad de los rincones, en las mesas de café o en el estacionamiento del hospital. El procedimiento podría ser éticamente cuestionable, pero de lo que nadie dudada era de su efectividad. Nosotros habíamos aprendido eso muy pronto. Cualquier selección o concurso era una pantomima para confirmar acuerdos ya establecidos en las sombras. Los actos públicos sólo servían para legitimar los conciliábulos informales. Se privilegiaba el sostenimiento de un modo de hacer las cosas sobre cualquier cambio, por más provechoso que pudiese parecer.  El cargo se decidiría entre alguno de nosotros.</p>
<p>Ella era mucho mejor que yo, los dos lo sabíamos. Su dedicación a los enfermos y el rigor con que estudiaba me superaban sin lugar a dudas. Pero todo indicaba que me elegirían a mí. Y eso también lo sabíamos ambos. Había una tradición sustentada en el prejuicio que señalaba los inconvenientes de que una mujer ocupara ese puesto. Aunque el desempeño de ellas contradecía esa creencia todos los días. Entre quienes tenían el poder para tomar decisiones eso no tenía ninguna importancia. Eran ciegos a los hechos. Respetaban una costumbre y suponían tener argumentos para justificarla. La amenaza latente de la maternidad y la licencia prolongada que eso suponía, la atención de su familia, para quienes ya la habían formado, y otras tonterías por el estilo formaban su arsenal de excusas. No se cuestionaban lo que les parecía una verdad a secas. Nosotros casi nunca hablábamos de eso. Yo no estaba seguro de tener la dignidad suficiente como para renunciar a mi designación por más injusta que fuese. Ella, creo, no quería ponerme ante esa situación y dejaba que corriese el tiempo.</p>
<p>Un domingo, después de almorzar, se lo comenté a mi viejo. Le planteé el conflicto entre dos compañeros que se querían mucho y que se verían en una situación en la que había que elegir a uno solo de ellos. Era un hombre de pocas palabras. Pensaba lo que iba a decir haciendo unas pausas que a mí me exasperaban. Pero sabía que lo que me diría sería justo y ecuánime sin importar que yo fuese su hijo. –&#8221;<em>Ella tiene más méritos que yo. ¿Qué pasa si me eligen a mí y lo acepto?&#8221;,</em> le pregunté. Hubo un silencio que me pareció interminable. Frunció los labios como si estuviese saboreando los argumentos. Cuando yo era muy chico solía decirme que entre <em>“sabor”</em> y <em>“saber</em>” había fuertes relaciones etimológicas. <em>–&#8221;¿Ella es mejor que vos para ese puesto?</em>&#8220;  Yo comenzaba a impacientarme que era lo que me ocurría cada vez que hablaba con él de cualquier tema. <em>–&#8221;Sí, es mejor&#8221;</em>, le respondí. Afirmaba con movimientos de la cabeza mientras seguía procesando la información. <em>-&#8221;Si te eligen, y vos aceptás, sólo se estaría confirmando lo que acabás de decirme</em>&#8220;. Dio media vuelta y se fue. Así eran las cosas con él. Una vez que extraía una conclusión, la enunciaba de un modo lacónico y te dejaba solo para que pensaras en ella. Yo quería ahorcarlo. Él lo sabía, y sospecho que lo disfrutaba. Creo que era su propia versión del método socrático.</p>
<p>Si hasta ese momento tenía dudas de poder resistir a mi deseo de ser jefe de residentes pese a que sabía que no era justo, ahora había comprado un seguro de que iba a hacer lo correcto. Me sentía capaz de traicionar a mi conciencia. Pero me era imposible traicionarlo a él.</p>
<p>Al día siguiente encontré a Mariana llevando a una paciente en una silla de ruedas a  radiología. Nos detuvimos un momento en mitad del pasillo. <em>–&#8221;Dejame a mí, yo empujo la silla y vos me acompañás&#8221;,</em> le dije. Al llegar nos sentamos a esperar a que terminaran de hacerle el estudio. <em>–“Ayer me inscribí en la carrera de especialista de la UBA. El año próximo ya no tendré que venir a este hospital y quiero planificar con tiempo lo que voy a hacer”.</em> Se puso de pie frente a mí. <em>–“No te hagas el tonto, vos sabés que serás jefe de residentes el próximo año”</em>. Llamaron para retirar a la paciente. Nos detuvimos frente al ascensor esperando a que llegase. –“La jefa de residentes serás vos. Estás mucho mejor capacitada que yo para esa función”, le respondí mientras se abrían las puertas y una multitud nos empujaba para entrar. Subimos hasta el cuarto piso apretados entre la gente. Dejamos a la enferma en su cama. Le dio un beso, le acomodó las sábanas y volvió a ponerle la máscara de oxígeno. Nos separamos en la puerta de la habitación. Ella se sentó en el escritorio para actualizar la historia clínica. Yo entré a la Unidad Coronaria. Manuela me llamó unos segundos más tarde para que atendiese el teléfono. Escuché su voz serena pero firme: <em>–“gracias, sos muy noble. Pero los dos sabemos que eso no será posible”.</em> Cortó sin darme la oportunidad de decir nada.</p>
<p>Un mañana de Enero en la que ni el calor ni el trabajo nos habían dado tregua durante toda la noche la encontré, como siempre, hipnotizada frente la ventana. Salía el sol sobre el horizonte sobre un monte de eucaliptus. Las cosas se teñían de anaranjado. Mariana estaba de espaldas, ausente. Estaba más hermosa que nunca. O eso me pareció a mí. Se había desabrochado las sandalias. El calor y las horas en que permanecíamos parados le hinchaban los pies. Dejé el vaso con mate cocido sobre su mano. Bebió el primer sorbo. Se estremeció. Repitió la serie automatizada de movimientos que ya le conocía. Corrí la cola de caballo de su cabello con los dedos. Hundí mi nariz en su nuca. Aspiré profundo. Dos veces. Por primera vez no le dije nada. Ella esperó unos segundos. Se dio vuelta asombrada. <em>–“¿Y?</em>”- Me interrogó frunciendo los dedos mientras subía y bajaba la mano. <em>–“Nada, creo que hoy no puedo hacerlo”.</em></p>
<p>Me fui caminado por el pasillo apurado. Pensé en lo estúpido que había sido creer que podía oler sus hormonas. Volqué el café. Escuché sus pasos corriendo detrás de mí. El taconeo enloquecido de sus sandalias sueltas. El resbalón de la suela cuando perdió una de ellas en la carrera. Me tomó del brazo. Tenía un pie descalzo sostenido en el aire. Parecía un tero. La punta de la sandalia perdida asomaba la nariz desde debajo de una camilla. <em>–“¿Qué te pasa?</em>” No quería mirarla. Bajé los ojos. Me había quemado la pierna y mi pantalón tenía una mancha marrón que se expandía hasta la altura de la rodilla. Me apretó con una fuerza que no le conocía. <em>–“¡Hablá, no seas turro</em>!”. Quise soltarme pero no pude. <em>–“Vos no te vas si no me decís qué carajo pasa”.</em> La abracé. Volví a meter mi nariz entre su cabello. Supe que estaba llorando. Un cambio tenue en la frecuencia de su respiración. El sonido húmedo del paso del aire a través de la nariz. Un temblor minúsculo que su cuerpo le transmitía al mío. Le acaricié la cabeza. Le hablé en voz muy baja al oído. <em>–“Estás embarazada muñeca. Estás embarazada”.</em></p>
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		<title>La feria del libro y los &#8220;bocafloja&#8221;</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Mar 2013 23:08:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2013/03/ferialibro12.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-3850" title="ferialibro12" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2013/03/ferialibro12-300x226.jpg" alt="" width="300" height="226" /></a>Yo casi nunca voy a la Feria del Libro. Pero me tiene los huevos al plato la gente que la critica desde lo alto de un pedestal. Claro que es un emprendimiento comercial, como casi todo lo que se emprende en una sociedad como la nuestra. Claro que es una feria de vanidades y la prueba de ello es que ustedes denuncian ese defectito sólo cuando no lo pueden ejercer. Desde ya que es un espacio al servicio de marketing, que es lo mismo que ustedes hacen en sótanos reducidos y malolientes sólo porque no les alcanza el presupuesto para hacerlo en el MALBA. No vayan si no les gusta. Quédense rumiando su resentimiento en sus preciosos monoambientes. Como yo, como tantos otros que escapamos del tumulto y de la fiesta. Pero hay un millón de personas que durante un par de semanas se toman el bondi para ver, oler y tocar libros. Un palo de chabones que hacen una cola de dos cuadras cagados de frío de la mano de sus pibes para caminar apretujados entre novelas y cuentos de hadas. No sólo van a la tribuna de Tinelli, o a las conferencias de Claudio María Domínguez o a las de Baby Etchecopar. Entran en auditorios atiborrados hasta las asfixia para escuchar a quienes, te gusten o no, hacen la cultura de este país en contra de todo pronóstico. Algunos parejitas de adolescentes recorren de la mano los pasillos y cuentan las monedas pero no llegan. Entonces se confunden en la multitud y, cuando nadie los ve, se meten en el bolsillo de la campera un librito de Gelman entre el papel para armar porro y la cajita de preservativos saborizados. A mí también me encantaría que los libros se regalaran, que muchos autores fuesen menos fanfarrones, que las editoriales fueran saqueadas por masas enfurecidas por el hambre de leer, que me permitieran mear sobre el estante de autoayuda o sobre la pila de libros de Majul. Pero nada de eso sucede, ni va suceder. Por qué no te ofendés con la Feria del Cachorro o con la de la moda o con la de autos de alta gama. Por qué no te callás la boca y permitís que la gente acceda como puede al minúsculo pedacito de cultura que tiene al alcance de la mano. Por qué no te dejás de joder y te bancas con la boquita cerrada que esta vez sean otros los monos que estén donde te gustaría estar a vos.</p>
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		<title>&#8220;Jagua&#8221;</title>
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		<pubDate>Sun, 03 Mar 2013 17:54:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2013/03/jagua.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-3845" title="jagua" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2013/03/jagua-224x300.jpg" alt="" width="224" height="300" /></a>A Izaguirre le gusta que lo miren. Disfruta cuando la atención de los demás se concentra en él. Cree que debe estar en el centro de cualquier escena aunque no tenga ningún mérito para ello. Camina por los pasillos del hospital buscando algún grupo que pueda sumarse al culto que supone que todos deben profesarle. Es elegante, maduro, huele a colonia inglesa. No puede borrar una sonrisa inmotivada de su cara. Imagino que ese gesto festeja la opinión que tiene de sí mismo. Una celebración permanente que se ofrece en su homenaje. Usa un guardapolvo impecable, almidonado, con bolsillos verticales y con su nombre bordado en grandes letras azules sobre el pecho. Lleva un estetoscopio con campana y membrana colgando alrededor del cuello. He comprobado muchas veces que no tiene la menor idea de para qué podría servir un instrumento como ése. De todos modos nunca tiene la oportunidad de usarlo ya que huye de los pacientes como de la peste. No son ellos quienes podrían darle lo que busca. Y él no tiene nada que ofrecerles. Es un idiota perfecto.</p>
<p>Desde hace una semana asoma su cabeza en la sala de internados mientras discutimos un caso al pié de la cama del enfermo. Se mantiene en silencio durante un rato y luego aplica su estrategia habitual. Escucha lo que dicen los demás, espera algunos minutos, y lo repite como si se le acabara de ocurrir.</p>
<p>El paciente es un hombre anciano y desnutrido que llegó al hospital hace poco más de un mes.  Su condición clínica desmejora a diario ajena a los esfuerzos que hacemos para evitarlo. Baja de peso, tiene una anemia progresiva, déficit de proteínas, debilidad y atrofia muscular. Le hemos realizado decenas de estudios en busca de una causa  que explique ese deterioro tan acelerado. Los exámenes se acumulan en su historia clínica que ya tiene dos gruesos tomos y varios sobres repletos de informes. Todos empecinadamente normales. En cada oportunidad en que nos reunimos para comentar su evolución quedan descartadas las hipótesis planteadas la vez anterior. Entonces aparecen nuevas probabilidades aunque cada vez más remotas, más improbables, incluso descabelladas. Sólo dos cosas resultan evidentes: el paciente está cada día peor y nosotros no tenemos la menor idea del motivo.</p>
<p>Se llama Hilario Benítez. Tiene setenta años. Fue criado en la selva de la provincia de Misiones en un pueblito llamado Colonia Delicia. Vino a Buenos Aires a los quince años. Llegó solo, corrido por la desocupación y la miseria. Trabajó siempre como peón de albañil aunque él sigue considerándose un campesino. Lo trajeron sus vecinos alarmados porque notaban que no se encontraba nada bien y él se resistía a hacer una consulta médica. Vive en un galpón donde trabaja como sereno a cambio de que le permitan quedarse en una habitación de chapa donde apenas entran una cama y una mesa desvencijada. Según nos contaron casi nunca salía y por las noches lo escuchaban mantener largas conversaciones en guaraní con su perro. Nunca se queja. Cuando le preguntamos cómo se siente nos responde: -<em>Bien, bastante bien para la edad que tengo. No se preocupe doctor</em>. Nos mira sin comprender nada de lo que decimos en nuestras discusiones y sin que nadie lo mire a él. Analizamos sus radiografías y los resultados de sus análisis de laboratorio encendidos por lo que constituye un desafío diagnóstico. Se ha convertido en un acertijo clínico para todos. Él mismo ha desaparecido detrás la incógnita en que nuestra curiosidad insatisfecha lo ha transformado. Desde entonces lo que sometemos a prueba ya no es a Hilario sino a nuestras propias hipótesis. Izaguirre no para de atribuirse los diagnósticos presuntivos que los demás sugieren. Pero un par de días más tarde, cuando quedan descartados, los rechaza como si jamás se hubiese apropiado de ellos.</p>
<p>Todos quieren y cuidan a Hilario dentro de la sala. Los familiares de los demás pacientes le traen ropa, revistas, alimentos. Como es habitual se teje alrededor del más vulnerable del grupo una red solidaria efectiva. Son muy pobres lo que les permite comprender con mayor sensibilidad la dimensión de la pobreza y el abandono de los otros.</p>
<p>Ayer, mientras conversábamos, un frasco de suero infundía una solución dentro de las venas de Hilario. La enfermera contaba la cantidad de gotas por minuto mirando alternativamente su reloj y las tubuladuras. Dos médicos residentes contaron otra vez su historia completa desde el momento en que había ingresado al hospital. Se sucedieron estudios normales, diagnósticos descartados, preguntas sin responder. Por motivos que nadie conoce cada mañana nos encontramos con que durante la noche se ha quitado la aguja de su brazo suspendiendo la administración del tratamiento a través del suero. Izaguirre recomendó  atarlo a la cama, pero nadie le hizo caso. La jefa de Nutrición comentó que se le preparaba una dieta especial con más calorías y suplementos vitamínicos. Hilario miraba la bandeja durante un largo rato mientras revolvía la comida con la cuchara. Pero la mucama aseguraba que siempre la retiraba vacía. No podemos comprender de qué manera esa alimentación tan cuidada, las infusiones intravenosas y el reposo absoluto, no logran impedir la continua pérdida de peso y la desnutrición calórico – proteica. Hilario padecía una insuficiencia cardíaca de muchos años de evolución que hacía prever que su sobrevida no sería larga. Pero eso no explicaba ninguna de las manifestaciones relacionadas con su desnutrición. Su cuadro cardíaco estaba compensado y lo que podía esperarse era que en algún momento padeciera una muerte súbita. Pero resultaba evidente que algo más le sucedía y que nosotros no podíamos identificarlo.</p>
<p>Izaguirre aclaró la voz con un carraspeo histriónico seguido de un silencio destinado a convocar las miradas. Sacó una lapicera bañada en oro de su bolsillo y la utilizó para acentuar sus gestos señalando al aire mientras hablaba. <em>–“Si el aporte de nutrientes está garantizado y no hay pérdidas ostensibles”-</em> hizo una nueva pausa para comprobar que todos lo escuchaban <em>–“Es evidente que se trata de una cuadro de mala absorción”.</em> Yo nunca dejé de asombrarme de la habilidad que tenía para decir obviedades con el tono y la actitud de quien dice algo trascendente para la humanidad. Algunas personas respondían más a la escenificación que a lo dicho y demoraban algunos minutos en comprender que acababan de escuchar una estupidez. Otros disfrutaban del espectáculo y se sonreían con discreción. Les causaba gracia. Yo nunca logré evitar un deseo furioso de abofetearlo.</p>
<p>Desde hace una semana casi todos pensamos en el caso de Hilario durante el día, consultamos bibliografía o lo comentamos en los pasillos. Nada nos incomoda más que no encontrar una causa. Toleramos bastante bien la incertidumbre respecto de un tratamiento o la certeza de que no exista ninguno. Pero no saber los motivos de una enfermedad nos inquieta y amenaza nuestra autoestima. Esto no sólo nos afecta a nosotros sino que le impone al pobre Hilario un itinerario cotidiano a través de exámenes a veces molestos y casi siempre inútiles. Esa mañana el jefe del servicio nos convocó a un ateneo general donde discutiríamos el caso. Izaquirre vio en ello una oportunidad para destacarse. Está ansioso, pasa mucho tiempo en la biblioteca o consultando por teléfono a otros colegas. Si descubre algo antes que los demás podrá distinguirse por alguna otra cosa que no sean su mediocridad y su arrogancia. Pobre, él sueña con <em>papers</em>. Cierra sus ojos y ve la tipografía con la que se escribe su nombre en la portada del Lancet. Historias de aplausos y auditorios con columnas dóricas. Son sueños líquidos e inútiles que se agotan en sí mismos como poluciones nocturnas.</p>
<p>Anoche me tocaba quedarme de guardia. Me propuse encontrar el momento para ir a ver a Hilario y conversar un rato con él. Me pareció que era necesario comenzar la historia otra vez desde el principio. Dejar las carpetas de estudios normales e internarme sin apuro en la biografía de ese hombre. Un rato antes de la cena sonó mi celular. Era Izaguirre, estaba excitado, eufórico. -¡Es celíaco! Tiene que ser celíaco- Me gritó con la voz entrecortada por la emoción del descubrimiento. Corté sin responderle y no volví a atender ninguna de las veces en que volvió a llamarme. Habíamos descartado esa posibilidad varias veces desde el primer día pero él ni siquiera lo había notado. Después de medianoche decidí subir a ver a Hilario.</p>
<p>Lo busqué en su cama pero estaba vacía. El frasco de suero colgaba desde un pié metálico con la aguja suspendida en el aire y un charco de líquido espeso que se expandía sobre el piso. Casi todos los enfermos dormían. Le pregunté por él a Manuela, la enfermera. Extendió sus brazos con las palmas hacia arriba y frunció la boca mientras levantaba las cejas indicándome que no lo sabía. Se sonrió y continuó doblando gasas sobre la mesada de mármol. La conozco muy bien y esa sonrisa me hizo pensar que sabía algo que yo ignoraba pero que no pensaba decirme. Decidí dar una vuelta por el hospital. Caminé por los pasillos, busqué en los baños y las escaleras sin encontrar a Hilario en ningún lado. Salí al parque para hacer tiempo antes de volver a la sala. La noche estaba fría y oscura. Me puse una campera que llevaba en la mano. No había estrellas. Apenas se adivinaban los árboles detrás del estacionamiento como una hilera de sombras. Cuatro o cinco gatos revolvían los tachos de basura. Una ambulancia estaba detenida con el motor apagado delante de la sala de Emergencias pero aún tenía encendida la luz giratoria del techo. Se producía una iluminación intermitente sobre el camino de acceso.  Las cosas se tornaban rojizas y luego otra vez negras para volver a enrojecer a intervalos regulares. Pensé en un faro y en la soledad nocturna del mar. No podría decir por qué pero tuve la certeza de que había alguien a poca distancia de donde yo estaba. Al cabo de dos ciclos de la luz de la ambulancia identifiqué una silueta. Me acerqué. Antes de que pudiese reconocerlo me habló. –<em>Buenas noches doctor. ¿Salió a tomar fresco?-</em> Era Hilario, sentado sobre el cordón de la vereda. Me miraba desde abajo mientras con una mano acariciaba el lomo de un perro que comía metiendo el hocico dentro de una bolsa de plástico.  La oscuridad acentuaba su delgadez. Esquelético, con los ojos asomando desmesuradamente desde las órbitas y los huesos de la cara prominentes y filosos. Parecía un cadáver. Me senté a su lado. No hablamos durante un rato que me pareció muy largo. El ruido del perro husmeando y masticando el alimento era lo único que escuchábamos.</p>
<p>La ambulancia apagó la luz y la oscuridad se hizo completa.  Hilario sacó otra bolsa de entre sus ropas y esparció la comida por el piso. Había un flan dentro de un pote de aluminio y las dos claras de huevo que se habían agregado a su dieta como colación para incrementar el aporte de albúmina. Toda la ración del día estaba dentro de esas bolsas y el perro procedía a comerla con toda dedicación. Acaricié el lomo del animal. Era grande, negro, con algunas manchas claras sobre la panza y las orejas caídas y largas. Miré a Hilario que estaba a pocos centímetros y no pude evitar detenerme en la dentadura que lucía enorme sobre el fondo raquítico de su cara. –<em>Supongo que la nutricionista se sentiría orgullosa al ver el éxito que tiene su dieta con tu perro</em>. Le dije apenas elevando la voz. Hilario se rió lo que produjo en extraño efecto en sus ojos que se iluminaron con destellos breves pero expresivos.</p>
<p>-          Se llama Jagua, es mi hermano.</p>
<p>-          Extraño nombre para un familiar.</p>
<p>-          Quiere decir perro en guaraní.</p>
<p>-          Creo que tu hermano te está comiendo a vos Hilario.</p>
<p>-          Es que no alcanza para los dos y, si hay que elegir…</p>
<p>Nos quedamos sentados sin decirnos nada hasta que el perro terminó de comer. Hilario juntó los restos y los guardó en la bolsa. Lo ayudé a ponerse de pie ya que su debilidad le impedía hacerlo sin sostenerse apoyando una mano contra la pared. Tiritaba. Me saqué la campera y se la puse sobre los hombros. Lo sostuve algunos minutos hasta que superó un mareo que el cambio de posición le había ocasionado. Se puso más pálido de lo que estaba y sudó unas gotas pequeñas que le llenaron la frente de puntitos luminosos. El perro lo rondaba y lamía su mano. Hilario le daba golpecitos sobre la cabeza y chasqueaba con la lengua produciendo un sonido que el animal agradecía moviendo la cola. -<em>Ahora nos vamos a dormir Jagua- </em>le dijo sin soltarse de mis brazos<em>. </em>El perro hizo un ruido muy parecido al llanto. Se trepó hasta el pecho de Hilario con sus dos patas delanteras. Después de algunas caricias mutuas se echó debajo de un auto siguiendo las órdenes de su amo.</p>
<p>- Gracias doctor, yo también me voy a dormir.</p>
<p>-  Yo no tengo sueño Hilario, te invito a tomar un café.</p>
<p>Caminamos con lentitud hasta el bar del hospital. Llevé a Hilario tomándolo alrededor de los hombros. Estaba cerrado pero había dos personas lavando los pisos adentro. Golpeé la puerta, nos conocíamos. Me abrieron. Nos sentamos uno frente al otro en una mesa que habilitaron para nosotros. El mozo y yo nos miramos y nos entendimos de inmediato sin necesidad de explicarle nada.  En pocos minutos teníamos dos platos de sopa con fideos “cabello de ángel”, milanesas con puré, vino tinto y ensalada de frutas. Hilario cortó pequeños trozos de pan y los fue tirando dentro del plato de sopa. Flotaban durante algunos segundos. Se embebían de un líquido amarillento hasta que alcanzaba cierto nivel y entonces naufragaban por su propio peso. Ambos mirábamos ese proceso hasta que él volvía a introducir un nuevo pedacito de pan y todo volvía a comenzar. Comió sin pausas pero sin desesperación. Yo pasando mis porciones a su plato. Después brindamos a su salud y pedimos café. Recién entonces empezamos a conversar.</p>
<p>Me contó que aún extrañaba su tierra a la que no volvía desde hacía décadas. Que siempre había pensado volver cuando dejara de trabajar pero ese momento le había llegado cuando ese sueño ya era imposible. Me habló con orgullo de su padre que llevaba su mismo nombre. Había sido contrabandista trayendo bultos en su bote a través del río desde la costa paraguaya. Lo hacía de noche y se comunicaba con una linterna con los puestos de la gendarmería a los que sus patrones sobornaban regularmente para permitirle el paso. A veces, por un malentendido o como medio para presionar un incremento de las tarifas, el bote era acribillado a disparos de fusil desde la costa y su viejo debía tirarse al agua para regresar nadando. Algunas madrugadas lo habían encontrado en la costa, agotado y herido de bala. Otras veces tenía que escaparse por largos períodos al Brasil. Entonces su madre esperaba durante semanas una carta o el mensaje que le traía alguno de sus compañeros. Cuando llegaba dejaba a sus hijos mayores al cuidado de los más pequeños y partía con Hilario, que era el menor, hacia la frontera. Esperaban dos o tres días en pensiones de mala muerte o en quilombos donde las putas y los camioneros se reían a carcajadas en portugués y en castellano. Él descubrió allí, cuando apenas tenía cuatro o cinco años, la potencia de las tetas de aquellas mujeres y el embrujo de sus nalgas redondas. Su viejo aparecía barbudo, harapiento y muerto de hambre. Su madre sacaba una bolsa llena de queso, chipá y vino casero que el hombre devoraba con las manos llenándose los bigotes de migas y chorreando el vino rojizo por el cuello. Después lo tomaba en brazos y lo hacía pasar una a una sobre la falda de las prostitutas. Ellas lo besaban y le inoculaban sus olores a colonia frutal y a polvo barato hasta la náusea. Una noche, mientras volvían en un micro, Hilario se recostó sobre el pecho de su madre. Se dejó invadir por su olor y su temperatura. Ella le rascó la nuca con los dedos y le cantó una canción en guaraní hasta que él alcanzó un letargo que anticipaba el sueño. Estiró el cuello y miró a los ojos a esa mujer sufrida y silenciosa. –<em>Vos no sos una mujer</em>. Le dijo con una certeza que después nunca más alcanzó respecto de nada en toda su vida. <em>-¿Si no fuera una mujer no podría ser tu mamá?</em>  Le dijo mientras el colectivo se detenía en la frontera. – <em>¿Entonces por qué tus tetas no tienen el olor de las de ellas</em>? Su madre contuvo la risa y lo apretó hasta casi asfixiarlo. – <em>Porque hay muchas mujeres y cada una tiene su propio olor.</em></p>
<p>Desde entonces Hilario desarrolló un olfato canino y husmeó en cientos de hembras buscando reencontrarse con aquel olor. Pensé que era posible que aquella noche hubiesen nacido como dos gemelos, su hermandad con los perros y su amor por las putas. Se emocionó mientras me contaba que su viejo le enseñaba a tocar el acordeón sentado en un banquito de mimbre sobre el piso de tierra del patio. Golpeaba con los dedos sobre la mesa un ritmo de chamamé mientras subía y bajaba los hombros. Los ojos se le humedecieron pero con un brillo feliz acompañado de una sonrisa apenas insinuada en su boca. Se iluminó con una luz que contradecía lo que su cuerpo no lograba ocultar. Se calló y miró la noche a través de la ventana. Me dijo que hubo una mujer. Sin mirarme. Le hablaba al vidrio o a la oscuridad. Se llamaba Elena, era colorada y rellenita. La conoció en un boliche de Paso del Rey al que le decían “La Enramada” al que iba los sábados a gastarse lo poco que podía ahorrar durante la semana. Bailaron durante varios meses sin decirse una palabra. Cuando llegó el verano ella se le apreció en la casa con un bolsito de lona y tres o cuatro cacharros de cocina. No se dijeron nada, pero no les hizo falta. Para el otoño estaba embarazada. Hilario tuvo miedo. Comenzó a tomar vino cuando todos se iban de la obra, antes de volver a su  casa. Todos los días. Al segundo mes Elena tuvo pérdidas. Manchó el colchón con una sangre espesa que se derramaba sobre el contrapiso desnudo de la habitación. Quedaron unos coágulos violáceos que él llamó &#8220;cuajarones&#8221; y que le parecieron de gelatina. Ella se encerró en el baño. Él se sentó en la puerta a esperar. Cuando salió estaba pálida, lloraba. <em>-¿Y el pibe?</em> Le preguntó Hilario. No le respondió. Abrió el cajón del ropero y juntó las pocas cosas que empezaba a preparar para cuando llegara su hijo. Una manta tejida por su abuela, dos pares de escarpines, una batita de hilo blanca bordada, un juego de sabanitas celestes que le había regalado su patrona. Tiró todo en el patio. Juntó hojas y cortezas de árbol y prendió un fuego que arrojaba brasas y un humo lento. Hilario no supo qué hacer. Se fue. Esa noche se demoró en la obra. Se quedó solo y bebió hasta perder la noción del tiempo. Cuando llegó Elena dormía. No recuerda cómo, ni por qué. Pero aún conserva en su memoria el sonido de los cachetazos y los gritos de la mujer. Cuando despertó ya caía el sol. Vomitó. Elena no estaba. No volvió más.</p>
<p>Le pedí al mozo que todas las noches le sirviera la comida y él prometió aceptarlo. Lo acompañé hasta su cama y nos despedimos sin mencionar el tema. Manuela dormitaba con la cabeza sobre sus brazos vencida sobre el mármol de la mesada. Se despertó y nos siguió con la mirada. Antes de salir me detuve frente a ella.</p>
<p>-          ¿Por qué no me lo dijiste?</p>
<p>-          Porque se lo hubiesen prohibido.</p>
<p>-          No tendría como vivir si esto continuaba.</p>
<p>-          No tendría para qué vivir si ustedes se lo quitaban.</p>
<p>Esa mañana se hizo el ateneo del servicio donde se discutió el caso de Hilario. Mientras caminaba hacia la biblioteca pensé que si la incógnita se develaba lo enviarían de regreso a esa pocilga donde era muy probable que Hilario muriera de hambre y de frío.  Mis compañeros ya no se interesarían en él. Sin el desafío clínico que encarnaba, su atención se desvanecería por completo y otros casos ocuparían su lugar. No faltó nadie, médicos, nutricionistas, alumnos y la jefa de enfermeras. Izaguirre estaba en la primera fila. Nervioso, se movía sobre la silla, cruzaba y descruzaba las piernas. Una médica residente, joven y bellísima, presentó la historia clínica. No escuché casi nada de lo que dijo. Mientras hablaba yo la recorrí milímetro a milímetro. Sus ojos azules, el cuello largo rodeado por una cadenita dorada, la protuberancia de los pechos sobre la chaqueta blanca, la redondez de sus nalgas, la consistencia de sus pantorrillas. Se hicieron comentarios y citas de casos similares descriptos en publicaciones o fruto de la experiencia personal de los colegas de mayor edad. Hubo discusiones, planteo de nuevas hipótesis, recomendaciones y sugerencias. Izaguirre esperó a que todos hablaran. Se puso de pie y administró los silencios con la eficacia con que siempre lo hacía. Agitando su lapicera al aire afirmó: -<em>Señores, estoy convencido de que este paciente padece una enfermedad celíaca. Propongo realizar una endoscopía con biopsia duodenal.</em> Miró al auditorio esperando ese aplauso que nunca obtenía. Nadie le hizo caso y las conversaciones se atomizaron en pequeños diálogos de dos o tres personas. La gente empezó a levantarse y a salir del aula. Nada había cambiado. Las dudas eran las mismas. La paradoja continuaba sin resolverse. Izaguirre se acercó hasta donde yo estaba sentado y me habló al oído.</p>
<p>-¿Vos pensás que se entendió lo que dije?</p>
<p>- Sí, perfectamente.</p>
<p>- Pero, si lo entendieron, ¿por qué nadie hizo comentarios?</p>
<p>- Por eso, precisamente por eso.</p>
<p>Me miró desorientado. No sólo no comprendía la falta de comentarios, tampoco comprendió mi respuesta a su pregunta. Se fue. Yo salí sin hablar con nadie. Manuela me esperaba apoyada sobre el marco de la puerta. Es una mujer enorme y de una generosidad poco común. Nos queremos mucho aunque no necesitamos demasiadas palabras para comunicarnos.</p>
<p>-          Yo sabía lo que ibas a hacer.</p>
<p>Me empujó con sus caderas y fui a dar contra la pared. Se reía, aunque aún no sé si de mi torpeza o de nuestra complicidad.  Me acomodó el cuello de la camisa y el guardapolvo. Me palmeó la mejilla. <em>-Bajá a comprar medias lunas mientras yo preparo el mate.</em> Me dijo mientras empezaba a caminar en dirección a la sala. Su risa resonaba en el pasillo. La llamé.</p>
<p>- ¿Qué es lo que sabías que yo iba a hacer?</p>
<p>- No les dijiste nada.</p>
<p>-Vos tampoco me dijiste nada a mí.</p>
<p>-Tenía un motivo.</p>
<p>- ¿Cuál?</p>
<p>- Si te lo decía, le quitarían lo único importante para Hilario.</p>
<p>- Yo también tenía un motivo.</p>
<p>-¿Cuál?</p>
<p>- Si se los decía, les quitaría lo único importante para ellos.</p>
<p>Bajé con la idea de ir hasta la panadería. La mañana había traído al hospital a cientos de personas. Se amontonaban en las salas de espera, formaban largas colas en el laboratorio o en radiología. Algunas madres caminaban con un bebé en sus brazos y uno o dos chicos al lado. Una adolescente flaca le daba la teta a su hijo sentada en el último escalón de la escalera. Le faltaban varios dientes. Se quedaba dormida mientras el pibe mamaba. Cada uno o dos minutos se despertaba y sacudía la cabeza. Le pegaba palmaditas en la espalda al  niño pero de inmediato la cabeza empezaba a caer hacia un costado y volvía a dormirse. Antes de salir al parque encontré al perro de Hilario. Ladraba y rascaba el portón de vidrio. Un policía le pegó una patada y el animal se retiró quejándose. Esperó algunos segundos hasta que el tipo se metió dentro de la garita de la guardia y volvió a ladrar y a empujar la puerta con el hocico. Le abrí. Entró corriendo por el pasillo. Yo fui detrás de él. Subió la escalera resbalando con las pezuñas sobre el mármol. Tenía la lengua afuera, jadeaba y le chorreaba una baba blanca. Las orejas largas saltaban con cada paso. Lo llamé: -<em>Jaguá, Jaguá</em>; pero no me hizo caso. Desde el hall del primer piso se lanzó en una carrera enloquecida hasta la puerta de la sala de internados. Parecía conocer el camino. Se detuvo y miró en todas direcciones. Ubicó la cama. Manuela vaciaba la mesita de luz y guardaba los objetos en bolsas de plástico. Hilario estaba envuelto con una sábana sucia atada con un nudo sobre la cabeza. Un brazo colgaba hacia el costado hasta quedar a pocos centímetros del piso. El perro lamió la mano. Después se echó debajo de la cama y se cubrió la cabeza con las patas delanteras.</p>
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		<title>Hambre de amar</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Mar 2013 01:55:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Se ha sentado sobre el escritorio. Eligió esa posición para obligarme a mirarla a los ojos. Quiere que lo que sucede a nuestro alrededor desaparezca y que toda mi atención se concentre en ella. Gesticula. Acentúa las palabras de modo que cada frase obtenga el énfasis que ella considera imprescindible. - ¿Me entendés? Pasan los [...]
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2013/03/bb.parto_.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-3832" title="bb.parto" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2013/03/bb.parto_-300x195.jpg" alt="" width="300" height="195" /></a>Se ha sentado sobre el escritorio. Eligió esa posición para obligarme a mirarla a los ojos. Quiere que lo que sucede a nuestro alrededor desaparezca y que toda mi atención se concentre en ella. Gesticula. Acentúa las palabras de modo que cada frase obtenga el énfasis que ella considera imprescindible.</p>
<p><em>- ¿Me entendés? Pasan los años y nos vamos poniendo insensibles. Todos los días vivimos situaciones que deberían estremecernos pero no podemos parar. No hay tiempo para pensar, ni para llorar, ni para sentirse a uno mismo. Nos anestesiamos. Pero no sólo al dolor ajeno sino al nuestro. Ya no se trata de no percibir lo que otra persona sufre. Somos tan idiotas que no sentimos nuestro propio sufrimiento. Ni nuestras alegrías, ni nuestras necesidades. ¡Por favor decime que entendés de qué hablo! Ye me doy cuenta que vos lo sabés pero no decís nada.</em></p>
<p>A sus espaldas pasa una camilla empujada por una enfermera. Lleva a una mujer con la piel blanca como si la hubiesen pintado con tiza. Un sendero rojo que baja entre sus piernas deja a su paso gotas enormes y redondas de sangre sobre el piso. Dos hombres traen a un adolescente tomado por los brazos. Lo arrastran oponiéndose a los intentos que él hace por soltarse. Hay un viejo envuelto en una colcha con agujeros que le cubre la espalda y la cabeza. Tirita. Una mujer le acaricia la frente y le moja los labios con una tolla empapada. Una médica corre con un chico en brazos. Debe tener dos o tres años. Se contorsiona con movimientos convulsivos. Emite unos sonidos salvajes, prehumanos, un desfiladero de espuma sale desde su boca y queda suspendido en el aire adherido al mentón. Desaparecen detrás de un biombo.</p>
<p><em>- Es una locura. Nada de esto tiene sentido. Quedamos exhaustos. Cuando ya no podemos más nos zambullimos en una cama sucia y dormimos un rato. O nos quedamos mudos, sentados unos frente a los otros sin saber qué nos ha sucedido. Como árboles caídos después de la tormenta. Algunas veces, un poco de alcohol. Otras, un rato de sexo irresponsable. Mudos, porque no tenemos nada que decirnos. Nos damos caricias y besos como si fueran jarabe. Vitaminas que nos permitan seguir adelante. Y seguimos. Como si supiéramos hacia dónde. Estamos tan agotados que nos quedamos sin palabras. Necesitamos tocarnos, mordernos, lamernos. Nos decirnos con el cuerpo que estamos acá. Vivos. Que somos los mismos que fuimos. Que la vida loca que llevamos todavía no nos ha tragado. Nos reconocemos. Desnudos en habitaciones clandestinas. Dejamos hablar al cuerpo. Pero no entendemos lo que nos dice.</em></p>
<p>Veo la silueta de los hombres forcejeando con el adolescente. Se escapa. Está desnudo. Corre de un extremo a otro de la sala. Ellos lo persiguen. Al pibe lo mueve una energía sobrenatural. Grita. Voltea una mesa con instrumental. Un objeto de vidrio estalla contra el piso.</p>
<p><em>- ¿Sabés? Ayer volví a sentir cosas de las que ya ni me acordaba. No sé…, cosas en el cuerpo. Una especie de frío, una sensación extraña que me recordó que mis pechos aún estaban allí. Se me erizó la piel. Me inundó el olor del patio de mi casa. Una mezcla de alpiste que llegaba desde el jaulón donde el abuelo criaba sus canarios y del jazmín del país que mi vieja cuidaba como a un hijo desde que yo era una nena. Entonces me llamaron para hacer un parto. Te juro que lamenté interrumpir ese momento. Cuando llegué me esperaba una mujer de mi edad pero que se disponía a tener su quinto hijo. Pensé que siendo tan parecidas vivíamos vidas tan diferentes. Le pregunté si estaba bien. Me dijo que sí con la cabeza. Hice el parto y ella no se quejó ni una sola vez. Aceptó el dolor como un destino. Permitió que su vientre dejara salir lo que ya no debía estar en su interior. Apoyé al bebé sobre su pecho. Era una nena. La miró y me pidió que me la lleve. Sentí admiración por esa mujer. Un dolor profundo por la vida que le había tocado vivir. Vergüenza de mí misma, de mi insatisfacción y mi cobardía. Y se lo dije: “Te admiro mucho, sos una gran mujer”.</em></p>
<p>El muchacho elude a sus perseguidores como un jugador de rugby. Acá todo es un caos. De pronto se detiene y me habla. – <em>“Deciles que es verdad. Deciles que hay alguien metido en mi cabeza. ¡Decíselos! Yo sé que vos también lo escuchás”.</em> Dos pares de manos lo sujetan. Lo envuelven con una sábana y lo levantan en el aire. Por algún motivo hoy todos piensan que yo puedo escuchar sus propias voces interiores.</p>
<p><em>- Un rato más tarde volví para hacer otro parto. La mujer que había atendido hacía apenas una hora me llamó. Nos miramos durante algunos segundos. –“¿Vos tenés hijos?” – me preguntó. Le dije que no. Que me gustaría pero que nunca llegaba el momento. Que me daba un poco de miedo. Que no tenía pareja. Que no sabía muy bien qué quería. Que estaba confundida. Me tomó la mano y me acercó hacia ella. – “Llevátela –me dijo- por favor llevátela. Quiero que seas vos. Yo no puedo más”.</em></p>
<p>Sobre la pared del fondo alguien escribió <em>“Boca manda”</em> con aerosol negro. Un bebé llora. Escucho las palmadas rítmicas de la madre sobre su espalda. Detrás de nosotros dos mujeres conversan. Una vende ropa interior y la otra regatea el precio. Una voz llega desde la radio. Dice que amanecerá a las 7.05, que habrá intensa niebla matinal y que se esperan lluvias por la tarde.</p>
<p><em>- No sé qué me ocurrió. Pero lloré desesperadamente. Cuando me di cuenta estaba acostada al lado de esa mujer. Ella me abrazaba y me consolaba. ¡Ella a mí! ¿Te das cuenta? –“Llevátela –me decía- yo sé que vos sos la persona indicada”. Esta mañana volví a verla con la beba en mis brazos. Le pregunté si estaba segura. Si sabía lo que hacía. Me entregó una bolsa de plástico con algunos pañales y una mantita tejida al crochet con lana rosa. Sostuvo a la nena y la examinó en detalle. –”Es muy linda – me dijo- las dos se necesitan”. Y me la devolvió como si me hiciera una ofrenda. Después la asistente social me acompañó a la oficina del registro civil y comenzamos los trámites para la guarda transitoria. No sé qué me pasa pero no voy a perder tiempo en averiguarlo. Es como si tuviese un hambre incontenible. Un apetito extraño y poderoso. Pero uno que sólo se puede saciar amando a otra persona. Aunque de otra manera, como esa mujer, yo tampoco “puedo más”.</em></p>
<p>Una mucama pasa arrastrando un carrito que emana un intenso olor a mate cocido. Las ruedas corren sobre las irregularidades del piso. Un estruendo de vajilla y latas aturde el lugar. Entra un policía con un hombre esposado con las manos en la espalda. Camina con la cabeza gacha. Tiene el cabello pegoteado con sangre coagulada. Se deja llevar. Está derrotado. La sirena de una ambulancia se hace cada vez más intensa. Frena. Dos portazos retumban por el pasillo. Alguien grita pidiendo un médico. Los veo ponerse de pie y salir corriendo hacia la puerta de acceso.</p>
<p><em>- ¡Me voy! Ya no quiero estar en este lugar. No voy a permitir que ser médica me impida ser madre. Me llevo a esa nena. Juntas vamos a encontrar otra forma de vivir. Ya está. Ya pasé por aquí y no quiero quedarme más. ¡Decime que me entendés! No te quedes callado. Es la primera vez en muchos años que sé lo que hago. ¡Decime algo! Por favor, estoy muerta de miedo…  </em></p>
<p>Uno de los médicos camina al costado de la camilla. Sostiene un frasco de suero en alto con su mano derecha. Con la otra apoya una máscara de oxígeno sobre la boca y la nariz de un hombre. Ella me abraza. Llora con ruidos absurdos y un temblor inconstante. Una lágrima suya baja por mi oreja. Sigo su trayecto pero la pierdo al llegar al cuello. Siento su cabeza sobre mi boca. Huele a mujer y a leche. Tengo frío. No sé qué decir. La aprieto contra mi pecho. La peino con los dedos y la beso en la frente.</p>
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		<title>El árbol del conocimiento</title>
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		<pubDate>Mon, 25 Feb 2013 11:07:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La investigación científica no sólo es un modo de conocer el mundo, es la puesta en práctica de una manera de pensar. La investigación científica no sólo es un modo de conocer el mundo, es la puesta en práctica de una manera de pensar. Un método mediante el cual el hombre intenta aproximarse -apelando a [...]
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2013/02/journal.arbolch.png"><img class="alignright size-medium wp-image-3823" title="journal.arbolch" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2013/02/journal.arbolch-209x300.png" alt="" width="209" height="300" /></a>La investigación científica no sólo es un modo de conocer el mundo, es la puesta en práctica de una manera de pensar.</p>
<p>La investigación científica no sólo es un modo de conocer el mundo, es la puesta en práctica de una manera de pensar. Un método mediante el cual el hombre intenta aproximarse -apelando a la razón- a la enorme complejidad de lo real. Hay otros, claro, pero son menos confiables, más imprecisos y muchas veces contradictorios. La ciencia ofrece una alternativa cuyo mérito mayor es la plena conciencia de sus limitaciones y el carácter provisorio y siempre refutable del conocimiento que produce. El pensamiento racional acierta más y predice mejor que el intuitivo. Sin embargo a menudo caemos en la trampa y creemos sin comprobación o planteamos hipótesis sin demostraciones.</p>
<p>Llevamos la cuenta de nuestros aciertos pero no de nuestros errores. La memoria es un contador desmemoriado. Confiamos en la intuición más que en la deducción para tomar decisiones en la vida cotidiana. Creemos, sin fundamento alguno, en las corazonadas, en el olfato, en el ojo clínico, en la libre interpretación o en cualquier otra forma adivinatoria del pensamiento. Nos consuela del dramático hecho de que la realidad no se ajusta a nuestros deseos. Sólo dos condiciones son necesarias para creer en algo tan absurdo: el olvido de nuestras equivocaciones y la cerrada resistencia a poner a prueba lo que decimos. Podría resultar un método apropiado en cierta áreas de la vida personal -donde a veces es recomendable ignorar la verdad-, pero es inadmisible en cuestiones de salud -donde es criminal desconocerla-.</p>
<p>Estamos rodeados de ideas que nos parecen oportunas, razonables y bellas. Pero gran parte de ellas son falsas, inconvenientes y peligrosas. Guiados por la lectura emocional de lo que se nos dice, educados en el analfabetismo científico y dominados por el prejuicio respecto de la lógica el azar y la probabilidad, las aceptamos alegres y satisfechos. Lo que luce bien está bien. Lo verosímil parece verdadero. Aquello que confirma nuestras expectativas es aceptado sin crítica. Nuestro cerebro es la herramienta que nos abre las puertas a la maravillosa aventura del pensamiento. Como con un martillo uno puede golpear al clavo o golpear al dedo. El problema es el método. La ciencia puede protegernos de la irracionalidad. Es una decisión adoptar su método como forma de razonamiento o dejarlo de lado. En este número de IntraMed Journal nos hemos propuesto invitar a dos editorialistas muy reconocidos, los profesores Mario Bunge y Oscar Botasso para que nos hablen acerca del método científico. Es siguiendo sus reglas como la investigación clínica produce nuevo conocimiento. Es al abrigo de sus resguardos metodológicos como nuestras hipótesis y nuestros problemas cotidianos se someten a la indagación reglada y prudente. Entre otras cuestiones, valorar los procedimientos rigurosos de investigación y hacerlos visibles para la comunidad profesional, son dos de las misiones fundamentales de esta publicación.</p>
<p><strong> El árbol y el bosque</strong></p>
<p>Acerca de la insignificancia clínica y de la idolatría por los estudios complementarios.</p>
<p>Vivimos una época compleja y contradictoria en medicina. Quienes seguimos las publicaciones científicas a diario vemos algunos resultados que deberían llamarnos la atención. Muchas investigaciones dan cuenta de una situación paradojal: cada vez somos más eficientes para encontrar cosas más minúsculas, más precoces, menos sintomáticas pero algunos de estos hallazgos -cuando su evolución es seguida a lo largo del tiempo- van desnudando su futilidad. La investiga- ción tiene una extraordinaria virtud: sirve tanto para revelarnos un mundo desconocido como para poner en evidencia cuando ese descubrimiento carece de relevancia clínica al aplicarse al cuidado de la salud de las personas. Lo que se hace visible mediante el uso de los sofisticados métodos de diagnóstico efectivamente está allí. Ocurre que es inútil encontrarlo cuando no modifican ni la calidad ni la duración de la vida de las personas. Nuestros ojos protésicos son tan potentes y sofisticados que nos muestran fenómenos que evolucionan mucho más lentamente que el ciclo de vida natural de los seres humanos. Encontrar algo irrelevante no es un acto de pura curiosidad y anodino, también produce daño e implica riesgos y costos. La pregunta tradicional que desveló a nuestros antepasados fue: ¿cómo?, tal vez la nuestra debería ser: ¿para qué?</p>
<p>► ¿Para qué detectar un carcinoma in situ grado I de mama o próstata de baja malignidad cuya evolución será más larga que la vida del paciente?</p>
<p>► ¿Para qué chequear a todas las mujeres mediante mamografías sin categorizar su riesgo clínico cuando sabemos que la tasa de falsos positivos y de daño potencial físico y psicológico es alta1?</p>
<p>► ¿Cuál es la ventaja del screening indiscriminado – mediante la determinación del PSA- del carcinoma de próstata cuando la especificidad diagnóstica del test está cuestionada y el hallazgo de ciertos tumores incipientes no modificará la vida de los enfermos? Aproximadamente el 70% de los hombres diagnosticados mediante el cribado tienen enfermedad de bajo riesgo (estadio &lt; T2a, PSA &lt; 10 ng/mL, Gleason score &lt; 3+3), lo que se asocia con menos del 6% de riesgo de muerte relacionada con cáncer de próstata a 15 años.2.3.4.5</p>
<p>► ¿De qué sirve encontrar placas coronarias o carotideas en pacientes asintomáticos e intervenir agresivamente sobre ellas cuando conocemos que esto no modificará los puntos finales duros como la tasa de eventos o la mortalidad?</p>
<p>► ¿Cuál es el propósito de someter a estudios de imágenes a pacientes con lumbalgia sin criterios de riesgo clínico? El hallazgo de imágenes incidentales ha promovido una enorme cantidad de nuevos estudios y de tratamientos que no modifican ninguno de los parámetros que llevaron a la consulta 6.7.</p>
<p>► La experiencia realizada en Japón con el screening masivo de recién nacidos mediante la búsqueda de indicadores de neuroblastoma en orina mostró que se duplicaron los casos diagnosticados mientras que no se modificó la mortalidad por esa enfermedad. Esto hizo que se abandonara esta práctica de pesquisa generalizada 8.</p>
<p>Se dice que se hace un “sobrediagnóstico” cada vez que la condición encontrada no modifica ni la calidad ni la duración de la vida de las personas. Esto la hace insignificante en términos clínicos pero no evita los riesgos – tanto físicos como psíquicos- del diagnóstico ni del tratamiento, ni los costos para el sistema de salud.</p>
<p>Tal vez nos hemos convertido en superpoderosos agentes de diagnóstico repletos de tests que detectan trivialidades mientras que las preguntas fundamentales quedan sin responder. La medicina no es una ciencia básica sino una disciplina con fundamento científico aplicada a resolver problemas concretos de las personas. Lo que debería guiar el incontenible avance del conocimiento cuando se traslada a la asistencia de los enfermos son su eficacia y su utilidad más que la fascinación por sus fabulosas capacidades tecnológicas. Nuestros instrumentos han superado muchas veces lo que esperábamos de ellos. Vemos tan lejos y tan minúsculo como nunca antes en la historia de la humanidad. Pero esa extraordinaria capacidad de la mirada científica tal vez esté dejando fuera de foco a los verdaderos problemas que queríamos resolver. Es ahora el momento de pensar en estos temas. Hacerlo o ignorarlo puede resultar determinante para el futuro y el significado de una profesión.</p>
<p><strong>Poderosos y fútiles</strong></p>
<p>Es inadmisible que la medicina se subordine a la biología o a la tecnología. El deslumbramiento infantil por su extraordinario desarrollo no puede guiar las decisiones clínicas. Necesitamos un aprovechamiento inteligente y no una ciega idolatría. Reducir la medicina a la biología es empobrecerla y desvirtuarla. Significa negar el carácter integrador de muchos niveles que cada problema clínico plantea. De acuerdo con el profesor Mario Bunge (Filosofía de la Medicina, Gedisa, 2012): <em>“en nuestros días la medicina debe ser analítica (divide para entender), articulada (reúne para acceder a la totalidad), consciente de las propiedades emergentes (no explicables por las partes) y sistémica en el sentido de encontrar relaciones entre los elementos responsables de la vida. La explicación en medicina no es niveladora o reduccionista, sino estratificada, es decir, involucra a varios niveles de la realidad. Una causa identificada en uno de los niveles no es suficiente para explicar lo que sucede en otros. Los estratos a considerar incluyen desde los más “micro”: partículas subcelulares, átomos y moléculas hasta los psíquicos, sociales, ecológicos y políticos”.</em></p>
<p>El propósito de la medicina no son las células, ni el conocimiento en sí, ni las imágenes incidentales. Su objetivo excluyente y su única misión es el padecimiento de las personas. Perderlo de vista nos hace peligrosos y fútiles. Cada vez que nos invada la euforia al sentir que hemos comprendido la intimidad molecular, genética y bioquímica de una enfermedad, o que nos capture la fascinación por la imagenología irrelevante7 o los marcadores superfluos, alguien debería tomarnos de la mano y llevarnos de regreso hasta la cama de un enfermo.</p>
<p><strong>Salir a pescar</strong></p>
<p>El diagnóstico y el tratamiento médico son operaciones cognitivas que atraviesan varios niveles de la realidad. El conocimiento de un proceso molecular (por ejemplo: la inhibición de la recaptación de un neurotransmisor o de la síntesis de una proteína de un microorganismo) no basta para explicar ni, por lo tanto, para entender la mejoría del paciente. La explicación no es niveladora o reduccionista, sino estratificada, es decir, involucra varios niveles de la realidad (Mario Bunge).</p>
<p>La medicina de nuestros días padece de exceso de datos y escasez de teorías. Esta inmadurez epistemológica procede de un crecimiento neoplásico de las posibilidades tecnológicas de producir información tanto como de la ingenua creencia de que su acumulación es la vía mediante la cual se arriba a un concepto o diagnóstico. Esto no sólo es falso, también es peligroso. Es <strong>falso</strong> ya que no hay datos capaces de crear un sistema de ideas que los articule sino que es éste el que los dota de significado. Es <strong>peligroso</strong> ya que para obtenerlos sometemos a los pacientes a procedimientos a veces riesgosos, a menudo costosos y siempre angustiantes. La llamada “investigación impulsada por datos” (<em>data driven</em>) es un retorno al empirismo más primitivo y un despilfarro de energía, dinero y padecimiento humano.</p>
<p>Los datos son neutros -islas perdidas- sin una hipótesis previa que les otorgue sentido al confirmarla o refutarla. La acumulación ciega de datos siempre incomprendidos y a menudo triviales o insignificantes es una de las fuentes de error y de iatrogenia. Cuando un médico o un investigador recopila datos sin una teoría que los organice se dice que ha “salido a pescar”. Pero ningún pescador es tan tonto como para navegar a ciegas y arrojar sus redes en ningún otro lugar más que allí donde sabe que habrá peces.</p>
<p><strong>La ciencia es un perro desconfiado</strong></p>
<p>El método científico tiene debilidades, claro, pero lo que lo pone por encima de muchas otras formas de conocimiento son, precisamente, sus fortalezas. La mayor de ellas es la de que es consciente de sus limitaciones y no admite “creencias” ni “autoridad” que no se ponga a prueba mediante la experiencia. Las mejores ideas naufragan si la contrastación empírica resulta negativa. En el campo científico nadie está exento de pagar este saludable tributo a la prueba y a la demostración de resultados que otros investigadores puedan reproducir, confirmar o refutar.</p>
<p><strong>El árbol del conocimiento</strong></p>
<p>Nunca antes el hombre había alcanzado tal grado de conocimiento del mundo y de sí mismo como hoy. Jamás como ahora las categorías con las que nos hemos definido históricamente estuvieron tan cerca del colapso. Las preguntas fundamentales sobre la condición humana ya no tienen las mismas respuestas.</p>
<p>Es casi imposible escapar de la perplejidad del presente. Nuestra “naturaleza” es un paisaje hecho de artificios, de ciencia y de cultura. Ya no resulta posible guiarse en el presente con las creencias del pasado. Las fronteras disciplinares se desdibujan, los discursos autorreferidos agonizan. Lo que suponíamos conocer ha ingresado en una era de redefiniciones de sus propios fundamentos.</p>
<p>Sin embargo apenas alguien se asoma por fuera de su propia disciplina encuentra visiones del mundo contradictorias, lenguajes irreductibles, objetos de estudio divergentes, metodologías incompatibles. Existe una inercia que tiende a conservar identidades a cualquier precio y a escapar de todo cuanto las interpele.</p>
<p>El intelectual de nuestros días debería ser un anfibio capaz de sobrevivir en ambientes diversos. Ya no es posible pensar el mundo sin las descripciones densas de la ciencia ni encontrar un sentido a la experiencia de vivir sin la sensibilidad y los valores de las humanidades. Hay puentes que comienzan a trazarse. Alguien debería tener el valor de atravesarlos.</p>
<p>El fabuloso árbol del conocimiento nunca ha olvidado sus raíces comunes a todas las disciplinas. Está llegando la hora en que nosotros también comencemos a recordarlo.</p>
<p>Dr. Daniel Flichtentrei<br />
Director de contenidos médicos de IntraMed<br />
Buenos Aires &#8211; Argentina</p>
<p>IntraMed Journal 2012 / Volumen I &#8211; Numero 2</p>
<p>*Descargar en formato pdf: <a href="http://journal.intramed.net/index.php/Intramed_Journal/article/download/166/42">haga click aquí</a></p>
<pre><strong>Referencias bibliográficas:
 </strong>
 1. Overdiagnosis of Invasive Breast Cancer Due to Mammography Screening: Results From the Norwegian Screening Program. Mette Kalager, Hans-Olov Adami, Michael Bretthauer, and Rulla M. TamimiAnn Intern Med April 3, 2012 156:491-499
 2. Schroder FH, Hugosson J, Roobol MJ, et al. Screening and prostate- cancer mortality in a randomized European study. N Engl J Med. 2009; 360:1320-8.
 3. Schroder FH, Hugosson J, Roobol MJ, et al. Screening and prostate- cancer mortality in a randomized European study. N Engl J Med. 2009;360:1320-8.
 4. Hugosson J, Carlsson S, Aus G, et al. Mortality results from the Goteborg randomised population-based prostate-cancer screening trial. Lancet Oncol. 2010;11:725-32.
 5. Andriole GL, Crawford ED, Grubb RL, 3rd, et al. Mortality results from a randomized prostate-cancer screening trial. N Engl J Med. 2009;360:1310-9.
 6. Dres. Federico Balagué, Anne F Mannion, Ferran Pellisé, Christine Cedraschi Lancet 2012; Vol 379: 482-91
 7. Idolatría por los estudios de imágenes. Dr. Deyo RA Arch Intern Med 2009;169:921-22 En IntraMed: http://www.intramed.net/60456
 8. A Halt to Neuroblastoma Screening in Japan. N Engl J Med 2004; 350:2010-2011May 6, 2004
 9. The Diagnosis and Treatment of Pulmonary Embolism. A Metaphor for Medicine in the Evidence-Based Medicine Era. Vinay Prasad, MD; Jason Rho, MD; Adam Cifu, MD. Arch Intern Med. Published online April 2, 2012. doi:10.1001/archinternmed.2012.195 10. Trends in In-Hospital Deaths Among Hospitalizations With Pulmonary Embolism. James Tsai, MD, MPH; Scott D. Grosse, PhD; Althea M. Grant, PhD; W. Craig Hooper, PhD; Hani K. Atrash, MD, MPH. Arch Intern Med. Published online April 2, 2012. doi:10.1001/ archinternmed.2012.198</pre>
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