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	<title>La Verdad y Otras Mentiras&#187; La Verdad y Otras Mentiras &gt;&gt;</title>
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	<description>Medicina y Literatura</description>
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		<title>Informe de la situación</title>
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		<pubDate>Sat, 21 Aug 2010 00:37:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Domingo. Me siento frente a mi mujer. Ella sirve la comida. Miro mi cara reflejada en el plato. Le pregunto: &#8220;¿Qué hacemos vos y yo acá?&#8221; Ella sirve berenjenas al horno con queso.&#8220;Lo que hemos hecho durante los últimos 25 años. Lo que haremos hasta que estemos muertos&#8221;. Paso el dedo por el queso y <a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/literatura/informe-de-la-situacin/" class="more-link">More &#62;</a>


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			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Domingo.</strong> Me siento frente a mi mujer. Ella sirve la comida. Miro mi cara reflejada en el plato. Le pregunto: &#8220;<em>¿Qué hacemos vos y yo acá?</em>&#8221; Ella sirve berenjenas al horno con queso.<em>&#8220;Lo que hemos hecho durante los últimos 25 años. Lo que haremos hasta que estemos muertos&#8221;</em>. Paso el dedo por el queso y lo chupo. <em>&#8220;Ah, es verdad&#8221;</em>. Me quemo. <em>&#8220;Prefiero la muzzarela al quartirolo. Prendé la tele&#8221;</em>.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p><strong>Lunes.</strong> Te paraste de espaldas a mí. Buscabas una carpeta en los archivos. La luz fluorescente alargaba tu silueta como una mancha oscura, primero sobre el piso y depués trepando por la pared. Yo me acerqué en silencio. Aguanté la respiración. El corazón se me salía por la boca. Sudaba. Tuve miedo de que vos lo escuches. Estiré la mano. Temblaba. Y le acaricié muy suavecito ese espléndido culo redondo a tu sombra.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p><strong>Martes.</strong> Esta mañana dejé una nota sobre tu escritorio: <em>&#8220;Ayer le toqué el culo a tu sombra. Perdón y gracias&#8221;</em>. Ahora encuentro otra clavada con un clip sobre mi chaqueta:<em> &#8220;Ayer pensé que un ángel me había rozado el culo. Ahora que sé que fuiste vos prometo patearte los huevos. Pero no será a tu sombra&#8221;</em>. Creo que esto avanza. ¿Ustedes?</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p><strong>Miércoles.</strong> Llegó muy temprano. Tiene el pelo mojado y huele a frutos del bosque. Aún está un poco dormida. <em>&#8220;Que pena, no te volveré a ver hasta el Martes&#8221;</em>, le digo. Se pinta mirándose en la ventana. No se da vuelta. <em>&#8220;No seas boludo. ¿Por qué no te acostás en la alfombra y te quedás a vivr en esta pocilga&#8221;</em>. ¿Conocerá a Bartleby?</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p><strong>Jueves. </strong>Escucha a Arjona. Pone un tema después de otro desde hace más de una hora. Yo lo detesto. Jamás pude evitar una especie de náusea y de furia cuando suena cerca de mis opidos. Disco el número de su interno aunque su escritorio está a tres metros del mío. -<em>Hola</em>. Me dice sin bajar el volumen. Me quedo en silencio. Pienso. Quiero ser sincero. Miro la mano delgada, los dedos largos sosteniendo el tubo. Su oreja pequeña. Imagino que mi voz al salir desde el auricular se transforma en una lengua. El cabello le abre una grieta sobre el cuello y muestra la protuberancia de la séptima cervical. -<em>Poné un poco más fuerte. Ese hombre dice cosas que me hubiese gustado decir a mí.</em> Le digo sin avegonzarme. Siento que digo la verdad. Pero comprendo que es ridículo. Ella se da vuelta sobre el sillón giratorio y me mira. Cierra los dedos y levanta el mayor. Sin voz hace con los labios la mímica de<em> &#8220;Fuck you&#8221;</em>. Creo que tiene razón.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p><strong>Viernes.</strong> Hoy hizo un frío polar. Aunque dentro de la oficina parecía el trópico. Ella se pasó la tarde mirando videos en Youtube y enviando SMS. Yo mirándola a ella. El surco de la espalda, el vello rubio del cuello, el bretel transparente del corpiño deslizándose sobre el hombro. Una vez por hora salía al parque para fumarse u&#8230;n pucho. Se cubría con una especie de poncho tejido sobre los hombros. Cuando volvía, revoleaba esa manta sobre el respaldo de la silla. Yo apenas disponía de un instante -mientras giraba para volver a sentarse- para que la muerte me entrara por los ojos. Asesinado por esos pezones monstruosos, erizados por el frío, levantándole la blusa.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p><strong>Sábado. </strong>Es un fin de semana interminable. Le envié un mensaje: <em>&#8220;Necesito descansar. Mis ojos están agotados de mirarte la nuca&#8221;</em>. Esperé más de dos horas y no me respondió. Recién sonó mi teléfono: <em>&#8220;Mi nuca también está exhausta&#8221;</em>.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p><strong>Domingo. </strong>Mi mujer me interrumpe mientras leo &#8220;Piedra infernal&#8221; de Malcom Lowry.<em> -&#8221;Podríamos ir a cenar y después a La Giralda a tomar café. Tal vez nos encontremos en la mesa que da a Corrientes con la energía que nos hacía hablar hasta que salía el sol. ¿Te acordás? Veníamos cargados de libros y discos. No nos podíamos resistir aunque no teníamos un mango. Después caminábamos hasta Plaza Once y nos dormíamos uno sobre el hombro del otro en el tren. En la estación comprábamos medias lunas calentitas, pero te las comías todas vos. Cuando llegábamos a la cama. Vos me contabas un cuento y me decías que yo era Sherezade. Me desnudabas sin dejar de hablar. Me convencías de que el colchón era una fuente de la Alahambra en la que los dos nos sumergíamos despacito. ¡Dale! A lo mejor tenemos suerte y nos volvemos a llenar el tanque con ese viejo combustible. ¿Querés?</em>”. Pongo el dedo índice señalando la página 43. Levanto la cabeza. -<em>&#8220;No&#8221;</em>.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p><strong>Domingo</strong>. <em>&#8220;-No importa a qué juegue una mujer; sepa jugar o no, siempre te gana.&#8221;</em> &#8220;Piedra infernal&#8221;, Malcom Lowry. Tusquets editores. Pag: 43.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p><strong>Lunes. </strong>Salgo a caminar. Todo está helado. Muerto. Me desafío. Sólo voy a mirar el celular cada cinco cuadras. Al principio me hago trampa. Después no. Compro la &#8220;Ñ&#8221;. Una señora gorda se para frente al Bar Havanna. Duda. Mira hacia todos lados. Entra. Yo también. Pido un cortado y leo. La señora se compra un Havannet de dulce de leche. Entra al baño. Me acuerdo. Cuando ella estaba embarzada yo le llevaba una caja -mitad de chocolate blanco y mitad de coco- todos los Viernes. Se sentaba en la cama y se los comía todos. Después lloraba y decía que era un vaca. Que no podía controlarse. A mi me hacía mucha gracia. Me reía y ella me tiraba un almohadón por la cabeza. Me echaba. Leo una nota acerca del nuevo libro de Josefina Ludmer: &#8220;La fición como fábrica de la realidad&#8221;. Me prometo comprarlo. La señora sale del baño limpiádose las migas de la boca. Me mira. Los tramposos nos reconocemos enseguida. Me da pena. Creo que yo también le doy pena a ella. Nos sonreimos. Antes de salir compro una caja de Havannets. Anticipo la cara que pondrá al verme llegar. Hace como veinte años que no lo hago. Camino de vuelta a casa. Me detengo en la vereda. Veo su silueta detrás de la  ventana iluminada por la lámpara del comedor. Suena &#8220;Luna&#8221;, el tema de La Surca. Sólo lo escucha cuando está muy triste. Dice que la hace temblar. Pero le gusta. No sabe por qué, pero lo disfruta. Voy hasta el canasto de basura del vecino. Tiro la caja. Saco la llave.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p style="text-align: left;"><strong>Lunes.</strong> Son las cinco de la madrugada. No sé qué hacer. Le evío un mensaje de texto para que lo lea apenas se despierte: <em>&#8220;No tengo derecho, pero no me dejás dormir&#8221;</em>. No pasan cinco minutos y suena el teléfono: <em>&#8220;Yo tampoco. Ninguna de las dos cosas&#8221;</em>.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p style="text-align: left;"><strong>Lunes. </strong>Hoy es lunes feriado. La mañana es luminosa y fría. Los vecinos encienden el fuego. Llegan los primeros olores de la carne asándose en las parrillas. Los hijos visitan a sus padres. Les llevan a los nietos. Los veo pasar a través de la ventana. Buscan el sol y la calma. Y los encuentran. Mis hijos duermen. Hay buenas películas para ver. Hay amigos muy queridos que nos recibirían con gusto esta tarde. Podría ir a ver a mi vieja. Será un día espléndido para la caminata y el aire puro. Propicio para el encuentro y la charla. Un lunes que parece domingo. Un barrio feliz que parece un paraíso. Un sol que ilumina y entibia el mediodía. Un día que recién comienza y está repleto de promesas. La puta que lo parió.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p style="text-align: left;"><strong>Martes</strong>. SMS. Enviado: 17.58: <em>&#8220;¿Pensaste que yo podría ser tu padre?&#8221;</em>. SMS. Recibido: 18.11: <em>&#8220;Podrías, pero no lo sos. También podrías ser un cagón, y eso sí que sos&#8221;</em>.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p style="text-align: left;"><strong>Miércoles.</strong> Mi mujer me interrumpe mientras leo “Piedra infernal” de Malcom Lowry. -“¿Sabés? Yo te observo mucho. Aunque vos no lo creas. Hasta hace poco me ponía furiosa verte así, cerrándome las puertas. Pero ahora también me veo a mí misma en esas escenas. Entonces las entiendo. Cuando sólo te veía a vos era como una película a la que le cortaran la mitad de la pantalla. Ahora ya no me enojo. Me produce una tristeza infinita. Una clase de nostalgia rara que me pasa por el cuerpo. No sé, como una gripe triste o un empacho. Siempre pensé que si las cosas no iban bien lo mejor era abandonarlas. Pero ahora estoy muerta de miedo. Creo que estaba equivocada. Es como cuando alguien se muere y vos querés que te dejen el cadáver antes de quedarte sola. Lo que vemos no es real. Estamos confundidos. Miramos bajo el agua por eso todo es borroso y nos falta el aire. No seas boludo, ayudémonos a sacar la cabeza. Vos a mí, yo a vos. Respiremos. Veamos las cosas como son de verdad. Nos ahogamos. Pero ninguno se anima a darle al otro el cachetazo del bañero y rescatarlo. Decime la verad, ¿vos también te sentís así, confundido?” Pongo el dedo índice señalando la página 94. Levanto la cabeza. -“No”.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p style="text-align: left;"><strong>Miércoles.</strong> <em>&#8220;Y todas estas historias son de cosas que se hunden, que se desmoronan, que se vienen abajo. ¿No ve usted sepultadas bajo todos estos escombros sus ansias de libertad?&#8221;</em>. &#8220;Piedra infernal&#8221;, Malcom Lowry. Tusquets editores. Pag: 94.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p><strong>Jueves.</strong> Hoy llegó tarde. Me saludó con un movimiento leve de la mano. Permaneció ausente. La línea de la espalda agobiada por una peso que los demás no podíamos ver. Los hombros hundidos en el tórax. La cabeza flexionada sobre el esternón. Clausurada dentro de sí misma. Ni le hablé. Se levantó varias veces para ir al baño. Al &#8230;volver se frotaba la palma de la mano derecha con movimientos circulares por debajo del ombligo en el sentido de las agujas del reloj. Al mediodía se quedó sola en el jardín. Apenas probó un poco de ensalada y dos mitades de huevo duro que traía en un Taperware amarillo. Miraba hacia un horizonte incierto. Los ojos lunáticos. El mundo fue menos luminoso para ella. Le parecieron absurdas las razones de la alegría y el entusiasmo en las que hasta ayer creía. Herida, como un animal sangrante. Todo el día la adoré en silencio. A la distancia. Como a una sacerdotisa que ofrece su periódico sacrificio a la implacable diosa de la fertilidad.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p><strong>Viernes.</strong> Hoy está mejor. Ha vuelto al infierno Arjona. Su cuerpo ha recobrado la insolencia. Al mediodía vino un muchaho en moto y le dejó un bolso con la ropa de gimnasia. Cuando pasó por mi escritorio la tomé del brazo. -&#8221;Si ese pendejo te toca lo voy a atropellar con el auto&#8221;. Le dije con la mirada más decidida que pude comp&#8230;oner. Se soltó y me tomó del mentón. -El pendejo es mi hermano. Pero si andás con ganas de atropellar a alguien, ¿por qué no probás conmigo, galán?</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p><strong>Sábado.</strong> No es la primera vez. Lo he hecho decenas de veces y jamás encontre motivos para preguntarme nada. Siempre me resultó fácil, irrelevante, sin efectos colaterales. ¿Qué mierda me pasa ahora que ni lo hago ni dejo de preguntarme tantas cosas?</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p><strong>Lunes. </strong>Hoy me invitó a almorzar. Salimos al jardín y nos sentamos sobre el pasto bajo el sol del mediodía. – “¿Tenés algo para comer?” Me preguntó mientras abría su mochila. – “No”. – “¿Y qué pensás almorzar?” Dudé. –“Nada. Vos comé, yo te acompaño”. Abrió el Tuper amarillo y sacó un sándwich enorme de pan francés, jamón, que&#8230;so y tomate. Chorreaba mayonesa. Se chupó los dedos. Lo partió en dos. Miró los pedazos, midiéndolos. Me dio el más chico. –“Tomá y conformate. Yo no soy la UNICEF”. Lo acepté y comimos sin hablar. Dos veces extendió su brazo ofreciéndome una bebida con el color y el sabor de la orina llamada Aquarius Pera. –“Me gusta comer en el césped, bajo los árboles, ¿a vos?” –“Ya ni recuerdo la última vez que lo hice, pero creo que no me gusta”. Sonrió mientras me sacudía las migas de pan que tenía sobre la camisa. –“Lo sabía. No te imagino disfrutando de la naturaleza. Dale vamos que ya es la hora de volver”. Se agachó para guardar sus cosas en la mochila. Tenía una remera azul con la cara de Bob y una inscripción que decía Marley. Sus pechos asomaron a través del escote. Se quedó inmóvil en esa posición, como una estatua. – “¿Ya está?, ¿terminaste?” No comprendí a qué se refería. – “¿Si terminé con qué?” – “De mirarme las tetas, digo. ¿Podemos volver a la oficina?”.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p><strong>Martes.</strong> Apenas llegó se quitó el abrigo y se inclinó sobre su escritorio. Primero me pareció una mancha oscura. Algún defecto de nacimiento sobre la espalda. Me puse los anteojos. Era una mariposa tatuada. Con las alas extendidas repletas de arabescos. Me quité los anteojos. Entonces se hizo un triángulo borroso con la base despl&#8230;egada entre ambas crestas ilíacas y el vértice señalando al paraíso.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p><strong>Miércoles.</strong> Abro la puerta de casa. Me dejo capturar por esta atmósfera cargada de recuerdos. Hay acá un murmullo placentario. Mi hijo mira un videoclip de Shakira en TV. Me sorprende. Hasta hoy lo enfurecía cada vez que me veía hacerlo: “No lo puedo creer. Vas de Beethoven a Shakira. Explicámelo. ¿Quién te entiende?”. Pero hoy la anatomía me ha &#8230;relevado de las explicaciones fútiles. No quiero perturbar la ceremonia. Está recibiendo una revelación. Sabrá que el Dios que nunca le hice ver está en esas caderas. Lo buscará durante el resto de sus días en cada pelvis de mujer. Lo encontrará, cientos de veces. Porque se esconde en todas las mujeres. Está hipnotizado. Tiene la boca abierta y los ojos petrificados. Ahora, por fin, podrá salirse de su madre. Comenzará a buscarla en todas las mujeres. Ella me sonríe en una secreta despedida mientras le sirve la cena. Me mira, entregándomelo. Desde hoy será mi compañero. Juntos volveremos a transitar el camino de la especie. La memoria intacta del mono que hemos sido. Ya no habrá preguntas imposibles. Sólo me falta una triste burocracia de hormonas y condones. El resto lo está haciendo ahora mismo esa mujer. Desde mañana viajaremos montados a lomo de sus muslos. Comprenderá todo lo que no es. Nos dispondremos a gozar como primates de esa sagrada diferencia. Lo espero, mientras termina de nacer. Bienvenido.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p><strong>Jueves.</strong> Mi mujer me interrumpe mientras leo “Piedra infernal” de Malcom Lowry. Ya me ha preguntado tres veces si quiero tomar o comer algo, si tengo frío o calor. Ahora se sienta en el piso con las piernas cruzadas. –<em>“Lo estuve hablando con Sara…”</em> No se anima continuar. Está evaluando mis señales. Hago un cálculo rápido de las consecuencias de un homicidio. Mis hijos huérfanos, yo condenado a prisión perpetua. Veo su cadáver. Pálido. Los moretones con la forma de mis dedos alrededor del cuello. No es que lo descarte, pero decido postergarlo. –<em>“Sí, ya sé que despreciás a los psicoanalistas, en particular a ella. Pero me dijo que puede ayudarnos. Que nos entrevistaría sólo una vez para derivarnos a otro profesional”</em>. Hago un esfuerzo. Sabe que esto me molesta mucho. Ante mi silencio se va. Intento leer. Vuelve. Me abraza por el cuello desde atrás. –<em>“Si lo estás pensando tanto es porque no querés herirme”</em>. Apoya su cabeza sobre la mía. Está serena, pero dolida. Lo percibo en la presión de su cuerpo sobre mi nuca. En el siseo de su respiración. Huele a jirones de recuerdos arrastrados por la tormenta. No llora porque sabe que me derrotaría sin remedio. Su dignidad me preserva de la humillación. Me pregunta,  pegada a mi oreja. –<em>“¿Es joven? ¿Es linda?” </em>Siento el filo helado de la navaja rozándome la yugular. –<em>“Dale cabrón, es todo lo que quiero saber. Tengo derecho. ¿Me lo vas a decir?”</em> Me pesa como un transatlántico sobre una nuez. Pongo el dedo índice señalando la página 113. Levanto la cabeza. -<em>“No”</em>.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p><strong>Viernes. </strong><em>&#8220;No habían aprendido que con toda la belleza del atardecer, la suavidad de la noche, la ternura de la mañana azul, cada latido del motor que los acercaba a New Bedford, a Herman Meliville, los acercaba también a su propia ballena blanca, a su propia destrucción&#8221;.</em> “Piedra infernal”, Malcom Lo&#8230;wry. Tusquets editores. Pag: 113.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p><strong>Domingo.</strong> Los domingos desayunamos en un bar. Un grupo de amigos, todos hombres. Salimos muy temprano en puntas de pie para no despertar a la familia. Nadie falta, nunca. Tomamos café, fumamos. Sólo se habla de mujeres y de fútbol. A veces de política pero nos aburrimos enseguida. Es una isla de varon&#8230;es. Brutal, primitiva. Un acto de venganza contra la emasculación del matrimonio. Fundamos durante un rato un país de maravillas. Allí el fútbol es una religión. Hay sólo dos clases de mujeres: las putas y las nuestras. Preferimos a las primeras porque estamos condenados a las segundas. Comprendemos las diferencias entre el sexo y el amor. Pero acá no tenemos miedo de decir cuál es el más poderoso. Antes del mediodía nos despedimos. Intercambiamos teléfonos de prostitutas. Hacemos amenazas y pronósticos sobre el partido de la tarde. Llamamos al pibe del semáforo. Cada uno le compra un ramito de jazmines por dos pesos. Y salimos corriendo a comprar el pan.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p style="text-align: left;"><strong>Lunes.</strong> Camina entre los escritorios como un animal exótico recorriendo la sabana. Es una fiesta para los sentidos. Su espléndido culo me rescata del tedio y la pereza. Hoy fuimos los primeros en llegar. Aún estaba oscuro. Fui al baño en el momento en que ella salía. Nos cruzamos en la puerta. Apoy&#8230;ó los brazos contra la pared dejándome en el medio. Acorralado. <em>–“¿Cómo pasaste el fin de semana?”</em> – <em>“Como la mierda”</em>. Se corrió un mechón de cabello despejando los ojos. Son verdes. Achinados, levemente orientales. <em>–“Qué pena. No te lo merecés”</em>. Usé mi nariz como una boca. Me comí su perfume tan intenso. –“¿Y vos qué pensás que merezco? Bajó los brazos y me tomó del codo. Me pegó un sacudón que me dejó en mitad del baño de mujeres. Trabó la puerta con una silla. No sé de qué manera me encontré dentro de un cubículo con el inodoro incrustado en las rodillas. Iba a gritar de dolor. Pero antes de abrir la boca vi a mi pantalón cayendo hasta los tobillos. No voy a describirlo. Nada. No es pudor, ni vergüenza. Es la pura impotencia de las palabras. Su límite y su miseria. Hay un punto en que se necesita el cuerpo. Un diálogo mudo entre su boca y mi sexo que yo no podría traducir. Se derramaron ríos que suponía muertos. Algunos mililitros que sobrevivieron a la agonía. –“Ahora tuviste el fin de semana que merecías”. No pude decirle nada. Se arreglaba frente al espejo. Intenté salir. Me detuvo. <em>–“No seas tarado.”</em> Abrió la puerta. Miró hacia todos lados y me hizo señas de que podía salir sin ser visto.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p style="text-align: left;"><strong>Martes.</strong> Hoy anduve rumiando ideas y sensaciones como una vaca indigesta. Imágenes sueltas. Piezas perdidas de un rompecabezas. Vi un líquido turbio deslizándose entre sus piernas hasta alcanzar el piso. Ella muerta de risa. Yo muerto de miedo. Su dedo señalando el bolso y el carnet de la obra social. La voz de la obstetra en el teléfono diciéndome: <em>-&#8221;Tranquilo. Nos vemos en veinte minutos&#8221;</em>. Mi hijo detrás del vidrio de la nursery. Su llanto llegando desde la pieza de al lado. Ella incorporándose sin despertarse. El largo chorro de leche que busca una boca pero empapa las sábanas. Una caminata larga por el Boluevard Saint Germain una tarde de otoño. Una moneda cayendo de canto en la Fontana di Trevi. El vuelo de su pañuelo de seda rojo pegándome en la cara en una montaña rusa. El olor a quemado de la primera carne al horno. Su llanto mientras tocaba el timbre el chico de la pizzería. El clack sonoro de una cachetada cuando alguien le mandó una foto de una noche de fiesta en la guardia del hospital. Su mano en mi barriga dándome masajes el día que murió mi viejo. El olor de su almohada. El sonido de su orina derramándose en el agua del inodoro a las cuatro de la mañana. El temblor del papel que sostenía en la mano mientras me decía: <em>“Nos seas boludo, tenés que escribir”</em>. Cosas perdidas. Hojas sueltas arrastradas por el viento. Círculos concéntricos separándose de una piedra que se hunde en el agua.</p>
<p style="text-align: left;">Recordé la fábula del escorpión y la rana que cuentan Cabrera Infante en “Arcadia”, Orson Wells en “Mr. Arcadyn” y Dave Mustain en Megadeth.</p>
<p style="text-align: left;">Salí  de la oficina. Mi cabeza daba vueltas como un lavarropas. ¿Qué hago?</p>
<p style="text-align: left;">Paré en una estación de servicio. Bajé. Compré forros.</p>
<p style="text-align: center;"><object classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" width="425" height="344" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="allowFullScreen" value="true" /><param name="allowscriptaccess" value="always" /><param name="src" value="http://www.youtube.com/v/cN9y1AMQn2o?fs=1&amp;hl=es_ES" /><param name="allowfullscreen" value="true" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="425" height="344" src="http://www.youtube.com/v/cN9y1AMQn2o?fs=1&amp;hl=es_ES" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true"></embed></object></p>
<p style="text-align: center;">***</p>
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		<title>Certifícame</title>
		<link>http://www.laverdadyotrasmentiras.com/medicina/certifcame/</link>
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		<pubDate>Mon, 09 Aug 2010 14:17:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Medicina]]></category>

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		<description><![CDATA[Diatriba furiosa contra los cazadores de papelitos.




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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2010/08/diplomas.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-1118" title="diplomas" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2010/08/diplomas.jpg" alt="" width="110" height="370" /></a>Diatriba furiosa contra los cazadores de papelitos.</p>
<p><em>&#8220;Rockeros bonitos, educaditos,<br />
con grandes gastos, educaditos&#8221;<br />
</em>J.C. Solari</p>
<p>Hay algunas adicciones de las que nadie habla. Manías, compulsiones, circuitos que reverberan en conductas que se repiten sin control. Pero no sólo porque no podemos detenerlas sino porque las encontramos justificadas, lógicas, naturales. Yo las padezco casi todas, pero hay una de la que estoy a salvo. Claro, ustedes me llenarán de comentarios que me desmientan, de razones que las expliquen, de argumentos que las sostengan. Pero a mí no me importa nada. Afirmo que estamos rodeados de adictos a las constancias y a los certificados. Personas, por lo demás encantadoras, que sucumben a la fascinación de los papelitos. A la recompensa inútil de obtener un documento que les diga que han hecho lo que ya saben que hicieron. No me digan que lo que buscan es que la papeleta les diga eso a los demás y no a ellos. Es mentira. Necesitan que 588 centímetros cuadrados de una cartulina berreta se los diga a sí mismos. Con el paso del tiempo el dichoso papelito pierde su función metafórica para convertirse en la cosa misma. Ya no evoca nada más que a sí mismo.</p>
<p>Hay un sencillo test diagnóstico de sólo dos pasos:</p>
<p>1. Señale con su dedo índice extendido hacia el horizonte al tiempo que le dice al posible adicto: <em>“Mirá que cosa tan maravillosa”.</em></p>
<p>2. Él le responderá: <em>“Sí, es verdad, es un dedo maravilloso”.</em></p>
<p>Conclusión: El enfermito confunde el dedo que señala con lo señalado por el dedo.</p>
<p>El logro es el certificado y no lo que él certifica. Un malentendido que a fuerza de repetirse ya no sorprende a nadie. Un signo transformado en significado. Los adictos circulan por aulas reales y virtuales. Antes de leer el programa –algo que tal vez nunca hagan- preguntan de qué modo se dejará constancia de su paso por esos lugares. Quieren ver sus huellas antes de caminar. No se les ocurre que el mejor certificado de lo aprendido es la aplicación del conocimiento del que se han apropiado. No le encuentran más objetivo al esfuerzo por aprender que el de recibir un documento que diga que lo hicieron. No conocen la satisfacción por el esfuerzo y la superación personal. A menos, claro, que eso pueda colgarse de la pared.</p>
<p>Sobran las excusas. Todas falsas, todas menores, todas miserables. El cazador de papelitos termina por mentir, por engañar a quien sea con tal de llevarse a casa su trofeo. Llenan las paredes con cuadritos vulgares que dicen quienes son. Lo que no comprenden, lo que no podrían entender es que en verdad dicen quienes son. Que los desenmascaran y los delatan. Que dicen que son uno tipos ligeros y superficiales que necesitan el espejo de la madrastra de Cenicienta. <em>“Dime espejito, ¿quién es la más hermosa de este reino?”.</em></p>
<p>Antes me daban lástima. Ahora me enfurecen. Encienden lo peor de mí. Los desprecio. Son obesos de currículum y desnutridos de valores. Porbrecitos, caminan cargando sus carpetas tan pesadas y sus cabezas tan vacías. Necesitan que los documentos hablen por ellos porque temen no tener nada que decir. Y tienen razón. No tienen nada que decir.</p>
<p>Nunca entendieron que lo que importa de lo que se sabe es lo que uno es capaz de hacer con ello. Son figuritas del star system académico. Amurallados detrás de sus antecedentes se esconden, pequeños y balbuceantes. Desamparados como animalitos desnudos e indefensos. Visten un traje de palabras que no dicen nada. Muestran un empeño y una dedicación a la hora del trámite que nunca muestran en el momento de estudiar. Son obedientes y triviales. No terminan de dictar su conferencia que ya buscan a la secretaria. Aún no aprueban sus exámenes que ya inician las gestiones. Quieren pruebas. Pero falsas, cuanto más falsas mejor. En nada creen con mayor devoción que en las mentiras que ellos mismos se procuran con esmero. Son unos tipitos con vocación de escribanos. Dan fé, firman actas, sellan libros y registros. Sueñan sueños lúbricos de burócratas del conocimiento. Se excitan con los diplomas. Están ebrios de títulos. Bailan detrás de los funcionarios como marineros detrás de las meretrices.</p>
<p>Yo propongo que no haya más prueba de lo que uno sabe que lo que uno hace. Que se quemen en piras funerarias las papeletas en todas las esquinas. Que no haya más currículum que tu propia historia, ni más documento que los hechos.</p>
<p>Yo propongo un banquete académico donde se sirvan diplomas cocidos en una salsa ácida hecha de mentiras y fanfarronadas. Que a los adictos se les sirvan porciones monstruosas y que se las coman hasta el vómito.</p>
<p>Yo propongo que los cursos no emitan certificados. Que los certificados no certifiquen nada. Que acumularlos deje constancia de la banalidad de la existencia y que exhibirlos sea un diagnóstico de la estupidez en su forma clínica más severa.</p>
<p>Ahora sí, acá tienen mi cabeza para descargar su ira. Péguenme, pero yo no les pienso dar ningún certificado por ello.</p>
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		<title>Hacia una evidencia basada en la medicina</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Jul 2010 23:10:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Medicina]]></category>

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		<description><![CDATA[Enfermedad, tecnociencia y miseria El panorama de la salud en los umbrales del tercer milenio ofrece aspectos que reclaman la urgente atención de la comunidad médica y de las autoridades involucradas en la promoción sanitaria especialmente en los países menos desarrollados. Hoy más que nunca las relaciones entre salud y condiciones sociales se tornan determinantes <a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/medicina/hacia-una-evidencia-basada-en-la-medicina/" class="more-link">More &#62;</a>


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			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Enfermedad, tecnociencia y miseria</strong></p>
<p>El panorama de la salud en los umbrales del tercer milenio ofrece aspectos que reclaman la urgente atención de la comunidad médica y de las autoridades involucradas en la promoción sanitaria especialmente en los países menos desarrollados.</p>
<p>Hoy más que nunca las relaciones entre salud y condiciones sociales se tornan determinantes fundamentales del estado actual del tema y sobre todo de las alarmantes previsiones al respecto que pueden vislumbrarse. Se prevee que hacia el año 2.020 las enfermedades infecciosas serán reemplazadas como causa principal de muerte y discapacidad por las cardiovasculares, neuropsiquiátircas y traumáticas.</p>
<p>Esta tendencia involucra enfermedades relacionadas con la Fiebre Reumática, coronariopatías, stroke, fibrosis endomiocárdica y con la explosiva difusión de los factores de riesgo coronario así como con la creciente disparidad en los recursos de salud disponibles para la población. Una amenazadora epidemia emergente que se encuentra hoy sólo en su estadio inicial.</p>
<p>De acuerdo con los datos presentados en el XXIII Congreso Europeo de Cardiología recientemente realizado en Estocolomo, Suecia, el 80% de las muertes atribuidas a causas cardiovasculares ocurren en países con ingresos bajos o medios. Estas enfermedades causan 6 veces más muertes que el HIV/SIDA en esta franja geográfica del mundo.</p>
<p>* En el Africa subsahariana habitan 600 millones de personas, la expectativa de vida es de 49 años.</p>
<p>* La mitad de la mortalidad cardiovascular en la región es atribuible a la Hipertensión Arterial.</p>
<p>* Existe un cocktail explosivo que consiste en la asociación de: Hipertensión Arterial, Diabetes, Tabaquismo, malnutrición, anemia, parasitosis, etc.</p>
<p>* En Asia habitan 3.600 millones de personas en 46 países.</p>
<p>* La mitad de la mortalidad es debida a enfermedades CV.</p>
<p>* En China se calcula en 100 millones el número de hipertensos, sólo el 3% se encuentra controlado.</p>
<p>* En Latinoamérica: viven 500 millones de personas con una alarmante desigualdad respecto de la posibilidad de acceso a los cuidados médicos.<br />
* En la mayoría de los países de la región las enfermedades CV están encabezando las estadísticas sobre causas de muerte en tanto las causas del pasado subsisten o se incrementan paralelamente.</p>
<p>En el siglo XXI el patrón epidemiológico de los países pobres se irá asemejando progresivamente al de los países desarrollados. La enfermedad cardiovascular es actualmente responsable del 30% de la mortalidad mundial, 15 millones al año, de los cuales 11 millones provienen de naciones en desarrollo o con economías de transición.<br />
Las enfermedades que aparecían como patrimonio exclusivo de los países ricos y de las sociedades ultradesarrolladas se han globalizado involucrando a sectores hasta no hace mucho tiempo ajenos a esta epidemia contemporánea. Ya que no siempre las patologías son indicadores fiables del grado de desarrollo y bienestar de una comunidad sería una ingenuidad deducir de ello que los sectores más excluidos del mundo hayan accedido a mejores condiciones de vida y por esta vía a padecer las enfermedades del mundo desarrollado.<br />
El abordaje del diagnóstico y tratamiento de las enfermedades cardiovasculares centrado en la alta tecnología y la utilización de moléculas farmacológicas de costoso desarrollo es el paradigma que desde los países centrales se impone como forma cultural y científica.<br />
Esta estrategia de conducta médica requiere de alta inversión en tecnología y la formación de superespecialistas entrenados durante muchos años en instituciones específicas. En los Estados Unidos los gastos en salud equivalen al 14% del producto bruto nacional superando el trillón de dólares anuales y amenazando el equilibrio del sistema incluso en este país.<br />
El promedio del presupuesto de salud en los países subdesarrollados es de 25 dólares por persona y por año; en Suiza por ejemplo es de 4.000 dólares por persona y por año.<br />
De esta manera el abismo entre regiones se convierte día a día en un obstáculo insalvable para las dos terceras partes de la población mundial.<br />
Resulta redundante afirmar que el costo de una vida salvada tiene igual valor independientemente del color de piel, la condición de clase o el lugar donde se habita.<br />
El fenómeno de la industrialización y la consecuente urbanización expone a enormes poblaciones a la maladaptación y a la influencia de los reconocidos factores de riesgo vasculares y sus trágicas consecuencias de muerte y discapacidad.<br />
Este breve repaso por las condiciones vigentes en nuestros países se destaca el hecho de que la prevención se convierte en la única estrategia viable para enfrentar el sombrío e inminente porvenir que se anuncia. Ello requiere de una profunda transformación en las conciencias de quienes detentan los resortes del poder y de los dirigentes de la comunidad médica quienes ya no pueden demorar un replanteo crítico de las premisas vigentes en lo relativo a los aspectos organizacionales y epistémicos que regulan el ejercicio de la profesión.<br />
El análisis antropológico cultural permite desnudar una situación aparentemente paradójica en la que es posible distinguir varios elementos significativos.</p>
<p>La &#8220;globalización&#8221; de los consumos culturales, de los hábitos, de los patrones y modelos de conducta se ha instalado de manera brutal e indiscriminada produciendo una relativa homogeinización de las conductas por encima de muchos particularismos regionales.<br />
Todo parece indicar que el producto de exportación más difundido del mundo desarrollado es la imagen arquetípica de ciudadano del mundo, el deseo y la ilusión de acceder al estatuto de &#8220;nuevo triunfador&#8221; adoptando sus hábitos exteriores sin que esto se acompañe de las condiciones sociales y económicas que les dieron sustento. La producción cultural originada en el sector privilegiado del mundo ha capturado la subjetividad de las personas imponiendo una serie de valores y atributos que, instalados en el imaginario colectivo determinan comportamientos, deseos, aspiraciones, sueños y realidades.<br />
Durante mucho tiempo la investigación médica a intentado discriminar la influencia diferenciada del ambiente y la genética a la hora de enfermar. Estos condicionantes básicos de la enfermedad se han buscado afanosamente en el estudio de las razas, el género, la geografía, las costumbres alimentarias, la cultura, etc.<br />
Cada vez se torna más evidente que la relación de las personas con el ambiente físico y social es determinante de la vulnerabilidad hacia determinadas patologías por encima de sus características étnicas o genéticas. En ocasiones las diferencias de género o raciales encubren situaciones de desigualdad social ya que estos subgrupos poblacionales padecen condiciones de vida deficitarias lo que los hace socialmente, y no genéticamente, vulnerables. Cuestiones como el acceso a los sistemas de atención de salud de mujeres, pobres, negros, hispanos y otros nichos poblacionales de las sociedades industrializadas explica con una contundencia argumentativa mayor las diferencias respecto de la probabilidad de enfermar o la respuesta a los tratamiento que sus pertenencias genéricas, raciales o genéticas. Son las condiciones de vida y no la variabilidad genética las responsables mayores de la alarmante expansión de las enfermedades cardiovasculares.<br />
Individuos provenientes de regiones con baja prevalencia de enfermedades cardiovasculares se tornan tan susceptibles como los nativos cuando son trasladados a sociedades con alta incidencia de estos padecimientos durante un tiempo suficiente.<br />
Las condiciones de vida materiales y simbólicas, los usos y costumbres de un pueblo resultan determinantes en la posibilidad de enfermar. Pero no debe escapar a nadie que las posibilidades de acceder al tratamiento y a la cura de estos padecimientos no se diseminan con la asombrosa rapidez con que lo hacen otros aspectos propios del mundo desarrollado. La situación se torna de este modo doblemente problemática en tanto los sectores marginados del mundo adoptan hábitos propios de las sociedades privilegiadas mientras la desigualdad se refuerza y se multiplica a la hora de acceder a los recursos para enfrentar las consecuencias de aquellos comportamientos.<br />
Ilusoria pertenencia simbólica al primer mundo y despiadada desigualdad material conviven en gran parte del planeta generando una combinación mortífera y perversa.<br />
En nuestros días el 80% de la mortalidad debida a enfermedades cardiovasculares ocurre en países del tercer mundo. Mientras en algunos áreas favorecidas del planeta la declinación de la mortalidad se esgrime como un logro indudable del desarrollo científico, en otros el incesante incremento de estas tasas tornan obsceno el optimismo ingenuo y ciego que no cesa de agrandar la brecha de desigualdad e injusticia del mundo en que vivimos.<br />
Mientras las patologías del sector más desarrollado hacen estragos entre los pobres de la tierra, las enfermedades del pasado (todas ellas evitables) se actualizan y suman su porcentaje de tragedia a la devastadora realidad de la mayoría de quienes habitan el planeta. Enfermedades infecciosas, nutricionales, hídricas, ambientales se mantienen o aumentan con lo que estos países conservan el perfil epidemiológico del ayer al mismo tiempo que adicionan enfermedades contemporáneas sin contar con los recursos mínimos para enfrentar ni unas u ni otras.</p>
<p>Las alentadores estadísticas de éxito que la investigación médica exhibe se tornan superfluas en sociedades donde el acceso a los cuidados de la salud se deterioran rápidamente al mismo tiempo que los costos de los standards continuamente redefinidos de la atención ideal no cesan de aumentar.<br />
La producción científica generada en los países centrales forma parte del imaginario cultural que se disemina sin fronteras y sin respeto por las particularidades regionales y se adopta con la liviandad con que ingresan en nuestras vidas las hamburguesas, el tabaco o la trivialidad del consumo como meta excluyente en la vida de los hombres. Sus asombrosos logros cotidianos ocupan las escasas horas que los médicos del mundo desfavorecido pueden dedicar al estudio y al perfeccionamiento.</p>
<p>La actitud acrítica con que son incorporados a la estrategia de tratamiento, la ilusión de homogeneidad con que los desarrollos de la ciencia impregnan los saberes médicos impide distinguir las particularidades sociales que la enfermedad adopta de acuerdo al medio en que las personas viven. Horas de seminarios y congresos, kilogramos de papel y tinta abruman a profesionales con informaciones acerca de procedimientos y recursos a los que no podrán acceder.<br />
Estadísticas asombrosas de respuesta a tratamientos que nuestros enfermos no pueden consumir, tecnologías de diagnóstico, marcadores de riesgo, intervenciones, dispositivos; imágenes evanescentes de una fascinante realidad que no cesa de alejarse.</p>
<p>* Es probable que el tiempo invertido en discutir, probar, demostrar el enorme beneficio que los distintos tipos de bloqueantes beta en la insuficiencia cardiaca tenga muy escaso impacto sobre una población que no logra sostener una dieta adecuada, un acceso básico a la salud o un consumo mínimo de drogas mucho menos costosas como diuréticos, IECA, Digital.</p>
<p>* La adición de estatinas, inhibidores de la enzima convertidora o antitrombóticos de última generación para el caso de la enfermedad coronaria puede resultar una ilusión trivial para quienes ni siquiera obtienen acceso a una dieta balanceada, una condiciones de vida dignas o para no pocos conciudadanos para los que una aspirina diaria resulta una fantasía inaccesible.</p>
<p>* Las recomendaciones internacionales sobre el manejo de las enfermedades cardiocerebrovasculares en los gerontes, el monitoreo específico de los engrosamientos intimales carotídeos, de los factores de riesgo bioquímicos tradicionales y no tradicionales, la suma de fármacos indicados en el manejo de la Diabetes considerada como enfermedad cardiovascular de alto riesgo, pueden aparecer como fantasmàticas quimeras para nuestra población de ancianos expuesta a la humillación y la indignidad de enfrentar los años finales de la vida entre la incertidumbre del acceso al alimento diario y la certeza del medicamento inalcanzable.<br />
* ¿Cuándo aparecerán las &#8220;evidencias&#8221; que demuestren el impacto que algunas medidas tienen sobre la patología cardiovascular?</p>
<p>El acceso a una dieta adecuada a la enfermedad subyacente, el control elemental de variables como la TA, el peso corporal, el cumplimiento del tratamiento básico, la supervisión médica periódica, el reposo, la contención familiar y social, la asistencia psicológica y espiritual, la educación preventiva entre otras.</p>
<p>* ¿Cuándo las &#8220;evidencias&#8221; acerca del impacto negativo que ejercen algunas variables son tan ostensibles que casi resulta ridículo exigir su demostración?<br />
Las dificultades alimentarias, el entorpecimiento burocrático para acceder a los servicios de salud, la precarización de la medicina pública, la imposibilidad de dar cumplimiento a las mínimas pautas de tratamiento recomendadas, la sensación de abandono y de impotencia frente a la enfermedad como destino y la miseria como condición inmodificable<br />
.<br />
Es por lo menos sorprendente el escaso tiempo que nuestra precaria vida académica asigna al estudio de las formas específicas con que la Medicina puede enfrentar una situación dramática que no termina de estallar a nuestro lado mientras mantenemos los ojos absortos y fascinados en una multitud de brillantes y cautivadores papers en los que esta contundente realidad no tiene lugar.</p>
<p>Desde luego que no es una defensa de la ignorancia o una propuesta de retorno al oscurantismo o la irracionalidad la estrategia deseable para adecuar nuestra formación a la realidad que nos toca enfrentar a diario. Pero tampoco la ignorancia absoluta de aquellas comprometidas condiciones que nos involucran a médicos y pacientes y que determinan, modulan, condicionan y condenan nuestro ejercicio profesional. No es la liviandad descripta en la adopción de modelos de consumo falsamente universales como condición subyacente a la explosión de las enfermedades cardiovasculares el procedimiento con que la Medicina debe incorporar los avances científicos.</p>
<p>No es inteligente ni operativa la disyunción entre la Medicina como práctica científica y la Medicina como práctica social. Ambas son aspectos del mismo antiguo gesto que pone lo mejor de la inteligencia humana al servicio del cuidado, el consuelo, el afecto hacia ese otro en situación de enfermedad, del semejante que confía las dramáticas huellas de su desgracia en manos de quien supone: entiende, comprende, valora, la perplejidad inexpresable del sufrimiento humano.</p>
<p>La restricción de las herramientas médicas a la prescripción incesante de fármacos o procedimientos &#8220;High tech&#8221; resulta una limitación imperdonable para el ejercicio de la Medicina en estos lugares y en estos tiempos. Las evidencias sobre las que la Medicina basa sus propuestas no son neutrales, no son anónimas, no son inocentes y no pocas veces ni siquiera son verdades universales.</p>
<p>El encierro de la Medicina en el interior de sus estrechas fronteras la torna incompleta, insuficiente y a menudo superficial y deshumanizada.</p>
<p>Es probable que abriendo su sensibilidad al dolor y a la desigualdad, ensanchando su perspectiva hacia otros saberes, en fin, dejando que la desfalleciente realidad la contamine seamos capaces de recuperar, sobre las bases del rigor y el método científico, aquel misterioso encuentro entre dos seres que se reconocen, se entregan y se confunden bajo el abrigo tibio de la solidaridad y la comunión mutuas.</p>
<p>*Este artículo fue publicado en 2003 en la <a href="http://www.fac.org.ar/revista/02v31n2/interes/interes.htm">revista</a> de la Federación Argentina de Cardiología. ¿Es viejo?</p>
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		<title>Carta abierta a René Favaloro</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Jul 2010 22:54:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Medicina]]></category>

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		<description><![CDATA[Carta abierta a René Favaloro


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			<content:encoded><![CDATA[<p>Un día como hoy, hace diez años, escribí y distribuí una carta abierta a Reneé Favaloro entre mis amigos. Alguien la leyó y la hizo circular como una carta anónima. Me gusta que así haya sido. Sin nombrarme. Cada año vuelvo a encontrala en radios, diarios, actos. Ahora está en Youtube. Hoy siento mucha pena de no haberme equivocado en lo que entonces temía.</p>
<p><object classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" width="480" height="385" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="allowFullScreen" value="true" /><param name="allowscriptaccess" value="always" /><param name="src" value="http://www.youtube.com/v/Bxtsep7MTe0&amp;hl=es_ES&amp;fs=1" /><param name="allowfullscreen" value="true" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="480" height="385" src="http://www.youtube.com/v/Bxtsep7MTe0&amp;hl=es_ES&amp;fs=1" allowfullscreen="true" allowscriptaccess="always"></embed></object></p>
<p><em>Perdónenos doctor</em>, por nuestra indiferencia, por nuestra superficialidad y nuestro silencio.</p>
<p><em>Perdónenos doctor</em>, por acostumbrarnos a convivir con la mediocridad y la corrupción.</p>
<p><em>Perdónenos doctor</em>, por nuestra resignación y nuestra cobardía, por haber enterrado nuestros sueños y resucitado nuestras miserias.</p>
<p><em>Perdónenos doctor</em>, por haberlo abandonado en el cielo de los grandes, solo y desamparado.</p>
<p><em>Perdónenos doctor</em>, por rendirnos a la inmediatez y a la trivialidad, por haber entregado a los mediocres, a los ladrones y a los mercaderes el ejercicio de una profesión cuya dignidad ya nadie recuerda, ya nadie reclama, ya nadie precisa.  </p>
<p><em>Perdónenos doctor</em>, por mirar por TV el llanto hipócrita de los mismos que le pusieron la pistola en el pecho y reprimir el asco y el dolor mientras nos acomodamos en el sillón y su muerte es otro espectáculo, otra mercancía, otra obscenidad.</p>
<p><em>Perdónenos doctor</em>, por que este Domingo por la mañana cuando enfrentamos la mirada de nuestros hijos, no supimos, no quisimos, no pudimos encontrar una explicación razonable.</p>
<p><em>Perdónenos doctor</em>, por que mientras callamos se premia a los imbéciles y se castiga a los estudiosos y a los trabajadores, por permitir que la estupidez ingrese en nuestros hogares, nos degrade el cerebro y nos encallezca el corazón.</p>
<p><em>Que puntería la suya doctor¡</em> si apuntó al centro de la infamia y la degradación<em>: ¡blanco perfecto!.</em></p>
<p><em>Que puntería la suya doctor</em>; si apuntó al ojo de la tormenta final que nos disgregará en un triste polvo miserable, sin lazos ni solidaridades, sin valores ni utopías: <em>¡blanco perfecto!</em>.<br />
<em></em></p>
<p><em>Que puntería la suya doctor;</em> si apuntó a la clave de la agonía y la disolución, a la cifra del triunfo de los peores, a la derrota de los impotentes: <em>¡blanco perfecto!<br />
</em><em></em></p>
<p>Afuera hace un frío que hiere y una niebla viscosa cubre la ciudad. Aquí adentro, la sangre se nos congela y el alma se nos coagula.</p>
<p>Hace un rato alguien dijo que lo suyo fue un acto de desesperación extrema.</p>
<p>¿Y si fuese un acto de lucidez extrema?</p>
<p>Hace un instante pensamos: <em>“algo hay que hacer:” </em></p>
<p>Pero, <em>¿Y si fuese tarde, y si fuese inútil, y si ya no tuviera sentido?.</em></p>
<p class="facebook"><a href="http://www.facebook.com/share.php?u=http://www.laverdadyotrasmentiras.com/medicina/carta-abierta-ren-favaloro/" target="_blank"><img src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/plugins/add-to-facebook-plugin/facebook_share_icon.gif" alt="Share on Facebook" title="Share on Facebook" /></a><a href="http://www.facebook.com/share.php?u=http://www.laverdadyotrasmentiras.com/medicina/carta-abierta-ren-favaloro/" target="_blank" title="Share on Facebook">Share on Facebook</a></p><fb:like href=http://www.laverdadyotrasmentiras.com/medicina/carta-abierta-ren-favaloro/ font=></fb:like><p align="left"><a class="tt" href="http://twitter.com/home/?status=Carta+abierta+a+Ren%C3%A9+Favaloro+http://yn53h.th8.us" title="Post to Twitter"><img class="nothumb" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/plugins/tweet-this/icons/tt-twitter.png" alt="Post to Twitter" /></a> <a class="tt" href="http://twitter.com/home/?status=Carta+abierta+a+Ren%C3%A9+Favaloro+http://yn53h.th8.us" title="Post to Twitter">Tweet This Post</a></p>

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		<title>Que parezca un accidente</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Jul 2010 22:32:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[¿Qué buscamos cuando nos buscamos?


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			<content:encoded><![CDATA[<p><em><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2010/07/homunculo.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-1050" title="homunculo" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2010/07/homunculo.jpg" alt="" width="277" height="309" /></a>“En algún lugar de los vastos arenales de Marte hay un cristal muy pequeño y muy extraño. Si alzas el cristal y miras a través de él, verás el hueso detrás de tu ojo, y más adentro luces que se encienden y se apagan, luces enfermas que no consiguen arder, son tus pensamientos. Si oprimes entonces el cristal en el sentido del eje medio, tus pensamientos adquirirán claridad y justeza deslumbrante, descubrirás de un golpe la clave del Universo todo, sabrás por fin contestar hasta el último por qué. En algún lugar de Marte se halla ese cristal. Para encontrarlo hay que examinar grano por grano los inacabables arenales. Sabemos también, que, cuando lo encontremos y tratemos de recogerlo, el cristal se disgregará, sólo nos quedará un poco de polvo entre los dedos. Sabemos todo eso, pero lo buscamos igual”. </em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/H%C3%A9ctor_Germ%C3%A1n_Oesterheld">H.G. Oesterheld</a></p>
<p>Lo que estás buscando querida M, lo que te hace llorar a escondidas y te come la voluntad, no existe. Una voz -que también debe ser mía- me dice mientras te escribo: -“<em>No la desilusiones. Es una chica. No seas tan cruel</em>”. Pero te quiero mucho y me parece que sería un traidor callándolo. Es mentira, allí donde estás mirando no hay nada. Lo que vas a encontrar –porque vas a encontrar algo- será lo que durante este doloroso trayecto vayas creando. Un monstruo horrible o bondadoso que tu dolor y tu deseo irán tallando sobre la arena de este desierto nocturno por el que ahora caminás. Esa cara desnuda, privada de toda máscara y auténtica, no existió jamás. No hay allí ninguna verdad en el sentido fuerte en que nos gustaría creer. Es necesario ser muy tonto o muy cobarde para aceptar los cuentos que dicen lo contrario. Pero tu inteligencia te protege de los templos. Y a tu sensibilidad le dan náuseas los sermones.</p>
<p>Sin embargo, y por extraños motivos, a veces buscamos y buscamos como si se tratara de encontrar. Es posible que a lo que vos llamás “buscar” sea una cosa muy diferente a lo que Sara B, tu analista, llama “buscar”. Ya se sabe lo putitas que son las palabras. Le dicen a cada uno lo que quiere escuchar mientras les permitan salirse de sus bocas. Pero si se trata de ese homúnculo maldito que se supone escondés dentro de vos misma, que te gobierna y del que nunca tendrás conciencia. Si es eso, divina M, no lo busques más. Su cuerpito deforme de enano gótico lo están dibujando juntas, vos y Sara B, en cada sesión. Crearán un estúpido Golem y luego te mentirán que vive dentro tuyo. Un Frankenstein hecho de jirones de tu memoria, cosido con ideas de dos o tres maestros fundadores que nunca comprendieron. Un impostor. Te impedirán pedirles pruebas. Te acusarán de resistente si exigís una sola evidencia. Conozco el truco. Es una pura alquimia medieval. Toman un caldero, arrojan tus palabras sueltas, unos polvos de frases sin sentido, varias medidas de un licor que les hace hablar una lengua oscura y arrogante, sazonan con ignorancia, mucha ignorancia. Luego revuelven al fuego de tu propio dolor y más tarde te obligan a beber su porquería con el cuento de que es el conjuro que reclama tu incerteza.</p>
<p>Sara B. se enojará conmigo cuando le muestres esta carta. Te mostrará los dientes. Escupirá su veneno insípido y trivial. Pero ya no me importa. Puedo comprenderla, aunque no espero que ella lo haga. Nadie admite que le corten las patas al pedestal al que se ha subido. No queremos que sacudan nuestros propios fundamentos. Nadie está a salvo de vencer o ser derrotado por fantasmas. Tampoco yo. Así somos, casi todos.</p>
<p>El pasado que estás reconstruyendo a la luz de esas premisas es falso. Como todo pasado. Estás contándote un cuento cuyo único fin es confirmar las teorías en las que Sara B. cree. Pero cree en ellas sin más pruebas que las que vos tenías para creer en otras. Un pequeño y falso mundo a la medida de su biblioteca. Contate la historia que te haga mejor. La que más te guste. La que te permita no quedar atrapada dentro de su jaula. Si Sara B. te ayuda a conseguirlo, si te guía con ternura, si te ilumina mientras caminás a tientas por esas tinieblas; entonces querela, escuchala y dale un beso de mi parte. Pero no le creas. Porque ella tampoco conoce la verdad.</p>
<p>Querida M, dale, llorá. Aunque me duela verte los ojos turbios y el rímel chorreando coágulos negros sobre tus cachetes de nena cada vez que te dejamos sola. Nunca creemos con mayor intensidad en algo que cuando es falso. Pero saberlo no impide la felicidad de la creencia. En cambio ignorarlo -y suponerlo verdadero- te convierte en un idiota o en un peligro para vos misma o para los demás. Es perfectamente posible conocer el truco y creerse el hechizo. Ojalá Sara B. pertenezca a la primera clase de “creyentes”.</p>
<p>Pero si no es así. Si alguna vez te devela a ese homúnculo y te dice: &#8211; <em>“Allí está, al fin lo encontramos, ¡esa sos vos!”- </em>y te condena a él, y te clausura. La iré a buscar hasta su coqueto consultorio. Ahorcaré delante de sus ojos azules al maldito enano. Le haré un nudo en las pelotas y se lo colgaré del cuello. Luego abriré la ventana y los arrojaré a ambos desde el octavo piso hacia el corazón de la Plaza Serrano. Intentaré que parezca un accidente. </p>
<p>Imagen: Homúnculo, Leonardo Da Vinci</p>
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		<title>&#8220;Jagua&#8221;</title>
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		<pubDate>Fri, 16 Jul 2010 17:44:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Un enfermo que tiene a un perro como hermano.


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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2010/07/dog2.jpg"></a></p>
<p><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2010/07/dog.flikr_.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-1064" title="dog.flikr" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2010/07/dog.flikr_.jpg" alt="" width="233" height="305" /></a></p>
<p>Izaguirre le gusta que lo miren. Disfruta cuando la atención de los demás se concentra en él. Cree que debe estar en el centro de cualquier escena aunque no tenga ningún mérito para ello. Camina por los pasillos del hospital buscando algún grupo que pueda sumarse al culto que supone que todos deben profesarle. Es elegante, maduro, huele a colonia inglesa. No puede borrar una sonrisa inmotivada de su cara. Imagino que ese gesto festeja la opinión que tiene de sí mismo. Una celebración permanente que se ofrece en su homenaje. Usa un guardapolvo impecable, almidonado, con bolsillos verticales y con su nombre bordado en grandes letras azules sobre el pecho. Lleva un estetoscopio con campana y membrana colgando alrededor del cuello. He comprobado que no tiene la menor idea de para qué podría servir un instrumento como ése. De todos modos nunca tiene la oportunidad de usarlo ya que huye de los pacientes como de la peste. No son ellos quienes podrían darle lo que busca. Y él no tiene nada que ofrecerles. Es un idiota perfecto. Sin dobleces ni contradicciones.</p>
<p>Desde hace una semana asoma su cabeza en la sala de internados mientras discutimos un caso al pié de la cama del enfermo. Se mantiene en silencio durante un rato y luego aplica su estrategia habitual. Escucha lo que dicen los demás, espera algunos minutos, y lo repite como si se le acabara de ocurrir.</p>
<p>El paciente es un hombre anciano y desnutrido que llegó al hospital hace poco más de un mes.  Su condición clínica desmejora a diario ajena a los esfuerzos que hacemos para evitarlo. Baja de peso, tiene una anemia progresiva, déficit de proteínas, debilidad y atrofia muscular. Le hemos realizado decenas de estudios en busca de una causa  que explique ese deterioro tan acelerado. Los exámenes se acumulan en su historia clínica que ya tiene dos gruesos tomos y varios sobres repletos de informes. Todos empecinadamente normales. En cada oportunidad en que nos reunimos para comentar su evolución quedan descartadas las hipótesis planteadas la vez anterior. Entonces aparecen nuevas probabilidades aunque cada vez más remotas, más infrecuentes, incluso descabelladas. Sólo dos cosas resultan evidentes: el paciente está cada día peor y nosotros no tenemos la menor idea del motivo.</p>
<p>Se llama Hilario Benítez. Tiene más de ochenta años. Fue criado en la selva de la provincia de Misiones en un pueblito llamado Colonia Delicia. Vino a Buenos Aires a los quince años. Llegó solo, corrido por la desocupación y la miseria. Trabajó siempre como peón de albañil aunque él sigue considerándose un campesino. Lo trajeron al hospital sus vecinos alarmados porque notaban que no se encontraba nada bien y él se resistía a hacer una consulta médica. Vive en un galpón donde trabaja como sereno a cambio de que le permitan quedarse en una habitación de chapas donde apenas entran una cama y una mesa desvencijada. Según nos contaron casi nunca salía y por las noches lo escuchaban mantener largas conversaciones en guaraní con su perro. Nunca se queja. Cuando le preguntamos cómo se siente nos responde: -Bien, bastante bien para la edad que tengo. No se preocupe doctor. Nos mira sin comprender nada de lo que decimos en nuestras discusiones y sin que nadie lo mire a él. Analizamos sus radiografías y los resultados de sus análisis de laboratorio encendidos por lo que constituye un desafío diagnóstico. Se ha convertido en un acertijo clínico para todos. Él mismo ha desaparecido detrás la incógnita en que nuestra curiosidad insatisfecha lo ha transformado. Desde entonces lo que sometemos a prueba ya no es a Hilario sino a nuestras propias hipótesis. Izaguirre no para de atribuirse los diagnósticos presuntivos que los demás sugieren. Pero un par de días más tarde, cuando quedan descartados, los rechaza como si jamás se hubiese apropiado de ellos.</p>
<p>Todos quieren y cuidan a Hilario dentro de la sala. Los familiares de los demás pacientes le traen ropa, revistas, alimentos. Como es habitual se teje alrededor del más vulnerable del grupo una red solidaria muy efectiva. Son muy pobres lo que les permite comprender con mayor sensibilidad la dimensión de la pobreza y el abandono de los otros.</p>
<p>Ayer, mientras conversábamos, un frasco de suero infundía una solución dentro de las venas de Hilario. La enfermera contaba la cantidad de gotas por minuto mirando alternativamente su reloj y las tubuladuras. Dos médicos residentes contaron otra vez su historia completa desde el momento en que había ingresado al hospital. Se sucedieron estudios normales, diagnósticos descartados, preguntas sin responder. Por motivos que nadie conoce cada mañana nos encontramos con que durante la noche se ha quitado la aguja de su brazo suspendiendo la administración del tratamiento a través del suero. Izaguirre recomendó  atarlo a la cama para evitarlo, pero nadie le hizo caso. La jefa de Nutrición comentó que se le preparaba una dieta especial con más calorías y suplementos vitamínicos. Hilario miraba la bandeja de los alimentos durante un largo rato mientras revolvía la comida con la cuchara. Pero la mucama asegura que siempre la retira vacía. No podemos comprender de qué manera esa alimentación tan cuidada, las infusiones intravenosas y el reposo absoluto, no logran impedir la continua pérdida de peso y la desnutrición calórico – proteica.</p>
<p>Izaguirre aclaró la voz con un carraspeo histriónico seguido de un silencio destinado a convocar las miradas. Extrajo una lapicera bañada en oro de su bolsillo y la utilizó para acentuar sus gestos señalando al aire mientras hablaba. –“Si el aporte de nutrientes está garantizado y no hay pérdidas ostensibles”- hizo una nueva pausa para comprobar que todos lo escuchaban –“Es evidente que se trata de una cuadro de mala absorción”. Se calló con la actitud de quien espera el aplauso que sigue a la interpretación del monólogo de Hamlet. Yo nunca dejé de asombrarme de la habilidad que tenía para decir obviedades con el tono y la gestualidad de quien dice algo trascendente para la humanidad. Algunas personas respondían más a la escenificación que a lo dicho y demoraban algunos minutos en comprender que acababan de escuchar una estupidez. Otros disfrutaban del espectáculo y se sonreían con discreción. Yo nunca logré evitar un deseo furioso de abofetearlo.</p>
<p>Desde hace una semana muchos de nosotros pensamos en el caso de Hilario durante el día, consultamos bibliografía o lo comentamos en los pasillos. Nada nos incomoda más que no encontrar una causa. Toleramos bastante bien la incertidumbre respecto de un tratamiento o la certeza de que no exista ninguno. Pero no saber los motivos de una enfermedad nos inquieta y amenaza nuestra autoestima. Esto no sólo nos afecta a nosotros sino que le impone al pobre Hilario un itinerario cotidiano a través de exámenes a veces molestos y casi siempre inútiles. Esa mañana el jefe del servicio nos convocó a un ateneo general donde discutiríamos el caso. Izaquirre encontró en ello una oportunidad para destacarse. Está ansioso, pasa mucho tiempo en la biblioteca o consultando por teléfono a otros colegas. Si descubre algo antes que los demás podrá distinguirse por alguna otra cosa que no sean su abigarrada mediocridad y su ignorante arrogancia. Pobre, él sueña con papers. Cierra sus ojos y ve la tipografía con la que se escribe su nombre en la portada del Lancet. Historias de aplausos y auditorios con columnas dóricas. Son sueños líquidos e inútiles que se disuelven en sí mismos como poluciones nocturnas.</p>
<p>Anoche me tocaba quedarme de guardia. Me propuse encontrar el momento para ir a ver a Hilario y conversar un rato con él. Me pareció que era necesario comenzar la historia otra vez desde el principio. Dejar las carpetas de estudios normales e internarme sin apuro en la biografía de ese hombre. Un rato antes de cenar sonó mi celular. Era Izaguirre, estaba excitado, eufórico. -¡Es celíaco! Tiene que ser celíaco- Me gritó con la voz entrecortada por la emoción del descubrimiento. Corté sin responderle y no volví a atender ninguna de las muchas veces en que volvió a llamarme. Habíamos descartado esa posibilidad varias veces desde el primer día pero él ni siquiera lo había notado. Después de medianoche decidí subir a ver a Hilario.</p>
<p>Lo busqué en su cama pero estaba vacía. El frasco de suero colgaba desde un pié metálico con la aguja suspendida en el aire y un charco de líquido espeso que se expandía sobre el piso. Casi todos los enfermos dormían. Le pregunté a Manuela, la enfermera. Extendió sus brazos con las palmas hacia arriba y frunció la boca mientras levantaba las cejas indicándome que no lo sabía. Luego se sonrió y continuó doblando gasas sobre la mesada de mármol. La conozco muy bien y esa sonrisa me hizo pensar que sabía algo que yo ignoraba pero que no pensaba decirme. Decidí dar una vuelta por el hospital. Caminé por los pasillos, busqué en los baños y las escaleras sin encontrar a Hilario en ningún lado. Salí al parque para hacer tiempo antes de volver a la sala. La noche estaba fría y oscura. Me puse una campera que llevaba en la mano. No había estrellas. Apenas se adivinaban los árboles detrás del estacionamiento como una hilera de sombras. Cuatro o cinco gatos revolvían los tachos de basura. Una ambulancia estaba detenida con el motor apagado delante de la sala de Emergencias pero aún tenía encendida la luz giratoria del techo lo que producía una iluminación intermitente sobre el camino de acceso.  Las cosas se tornaban rojizas y luego otra vez negras para volver a enrojecer a intervalos regulares. Pensé en un faro y en la soledad nocturna del mar. No podría decir por qué pero tuve la certeza de que había alguien a poca distancia de donde yo estaba. Al cabo de dos ciclos de la luz de la ambulancia identifiqué una silueta. Me acerqué. Antes de que pudiese reconocerlo me habló. –Buenas noches doctor. ¿Salió a tomar el fresco?- Era Hilario, sentado sobre el cordón de la vereda. Me miraba desde abajo mientras con una mano acariciaba el lomo de un perro que comía metiendo el hocico dentro de una bolsa de plástico.  La oscuridad acentuaba su delgadez lo que lo hacía parecer un espectro. Esquelético, con los ojos asomando desmesuradamente desde las órbitas y los huesos de la cara prominentes y filosos. Parecía un cadáver. Me senté a su lado. No hablamos durante un rato que me pareció muy largo. El ruido del perro husmeando y masticando el alimento era lo único que escuchábamos. La ambulancia apagó la luz y la oscuridad se hizo completa.  Hilario sacó otra bolsa de entre sus ropas y esparció la comida por el piso. Pude ver un flan dentro de un pote de aluminio y las dos claras de huevo que se habían agregado a su dieta como colación para incrementar el aporte de albúmina. Toda la ración del día estaba dentro de esas bolsas y el perro procedía a comerla con toda dedicación. También acaricié el lomo del animal. Era grande, negro, con algunas manchas claras sobre la panza y las orejas caídas y largas. Miré a Hilario que estaba a pocos centímetros de mis ojos y no pude evitar detenerme en la dentadura que lucía enorme sobre el fondo raquítico de su cara. –Supongo que la nutricionista se sentiría orgullosa al ver el éxito que tiene su dieta con tu perro. Le dije apenas elevando la voz. Hilario se rió lo que produjo en extraño efecto en sus ojos que se iluminaron con destellos breves pero expresivos.</p>
<p>-          Se llama Jagua, es mi hermano.</p>
<p>-          Extraño nombre para un familiar.</p>
<p>-          Quiere decir perro en guaraní.</p>
<p>-          Creo que tu hermano te está comiendo a vos Hilario.</p>
<p>-          Es que no alcanza para los dos y, si hay que elegir…</p>
<p>Nos quedamos sentados sin decirnos nada hasta que el perro terminó de comer. Hilario juntó los restos y los guardó en la bolsa. Lo ayudé a ponerse de pie ya que su debilidad le impedía hacerlo sin sostenerse apoyando una mano contra la pared. Tiritaba. Me saqué la campera y se la puse sobre los hombros. Lo sostuve algunos minutos hasta que superó un mareo que el cambio de posición le había ocasionado. Se puso más pálido de lo que estaba y sudó unas gotas pequeñas que le llenaron la frente de puntitos luminosos. El perro lo rondaba y lamía su mano. Hilario le daba golpecitos breves sobre la cabeza y chasqueaba con la lengua produciendo un sonido que el animal agradecía moviendo la cola. -Ahora nos vamos a dormir Jagua- le dijo sin soltarse de mis brazos. El perro hizo un ruido muy parecido al llanto. Se subió hasta el pecho de Hilario con sus dos patas delanteras. Después de algunas caricias mutuas se echó debajo de un auto siguiendo las órdenes de su amo.</p>
<p>- Gracias doctor, yo también me voy a dormir.</p>
<p>-  Yo no tengo sueño Hilario, te invito a tomar un café.</p>
<p>Caminamos con lentitud hasta el bar del hospital. Llevé a Hilario tomándolo alrededor de los hombros. Estaba cerrado pero había dos personas lavando los pisos adentro. Golpeé la puerta, nos conocíamos. Me abrieron. Nos sentamos uno frente al otro en una mesa que habilitaron para nosotros. El mozo y yo nos miramos y nos entendimos de inmediato sin necesidad de explicarle nada.  En pocos minutos teníamos dos platos de sopa con fideos “cabello de ángel”, milanesas con puré, vino tinto y ensalada de frutas. Hilario cortó pequeños trozos de pan y los arrojó de a uno dentro del plato de sopa. Flotaban durante algunos segundos como fragmentos desprendidos de un glaciar a la deriva. Se embebían de un líquido amarillento hasta que alcanzaba cierto nivel y entonces naufragaban por su propio peso. Islas esponjosas y blancas que sorbían el agua del océano hasta ahogarse. Ambos mirábamos ese proceso hasta que él volvía a introducir un nuevo pedacito de pan y todo volvía a comenzar. Luego comió sin pausas pero sin desesperación. Yo fui dejando mis porciones y pasándolas a su plato. Después brindamos a su salud y pedimos café. Recién entonces empezamos a conversar aunque en sin mencionar nada de lo que acabábamos de vivir. Me contó que aún extrañaba su tierra a la que no volvía desde hacía décadas. Que siempre había pensado regresar cuando dejara de trabajar pero el momento había llegado cuando ese sueño ya era imposible. Me habló con orgullo de su padre que llevaba su mismo nombre. Había sido contrabandista trayendo bultos en su bote a través del río desde la costa paraguaya. Lo hacía de noche y se comunicaba con una linterna con los puestos de la gendarmería a los que sus patrones sobornaban regularmente para permitirle el paso. Pero a veces, por un malentendido o como medio para presionar un incremento de las tarifas, el bote era acribillado a disparos de fusil desde la costa y su viejo debía tirarse al agua para regresar nadando. Muchas madrugadas lo habían encontrado en la costa, agotado y herido de bala. Otras veces tenía que escaparse por largos períodos a Brasil. Entonces su madre esperaba durante semanas una carta o el mensaje que le traía alguno de sus compañeros. Entonces dejaba a sus hijos mayores al cuidado de los más pequeños y partía con Hilario, que era el menor, hacia la frontera. Esperaban dos o tres días en pensiones de mala muerte o en quilombos donde las putas y los camioneros se reían a carcajadas en portugués y en castellano. Él descubrió allí, cuando apenas tenía cuatro o cinco años, la potencia de las tetas gordas de aquellas mujeres y el embrujo de sus nalgas redondas. Su viejo aparecía barbudo, harapiento y muerto de hambre. Su madre sacaba una bolsa llena de queso, chipá y vino casero que el hombre devoraba con las manos llenándose los bigotes de migas y chorreando el vino rojizo por el cuello. Luego lo tomaba en brazos y lo hacía pasar una a una sobre la falda de las prostitutas. Ellas lo besaban y le inoculaban sus olores a colonia frutal y a polvo barato hasta la náusea. Una noche, mientras regresaban en un micro, Hilario se recostó sobre el pecho de su madre y se dejó invadir por su olor y su temperatura. Ella le rascó la nuca con los dedos y le cantó una canción en guaraní hasta que él alcanzó un letargo que anticipaba el sueño. Estiró el cuello y miró a los ojos a esa mujer sufrida y silenciosa. –Vos no sos una mujer. Le dijo con una certeza que después nunca alcanzó respecto de nada más en toda su vida. -¿Si no fuera una mujer no podría ser tu mamá? Le dijo cuando el colectivo se detenía en la frontera. – ¿Entonces por qué tus tetas no tienen el olor de las de ellas? Su madre contuvo la risa y lo apretó hasta casi asfixiarlo. – Porque hay muchas mujeres y cada una tiene su propio olor. Desde entonces Hilario desarrolló un olfato canino y husmeó en cientos de hembras buscando reencontrarse con aquel olor. Pensé que era posible que aquella noche hubiesen nacido como dos gemelos, su hermandad con los perros y su amor por las putas. Se emocionó mientras me contaba que su viejo le enseñaba a tocar el acordeón sentado en un banquito de mimbre sobre el piso de tierra del patio. Golpeaba con los dedos sobre la mesa un ritmo de chamamé mientras subía y bajaba los hombros. Los ojos se le humedecieron pero con un brillo feliz acompañado de una sonrisa apenas insinuada en su boca. Se iluminó con una luz que contradecía lo que su cuerpo no lograba ocultar. Se calló y miró la noche a través de la ventana. Después me dijo que hubo una mujer. Sin mirarme. Le hablaba al vidrio o a la oscuridad. Se llamaba Elena, era colorada y rellenita. La conoció en un boliche de Paso del Rey al que le decían “La Enramada” a donde iba los sábados a gastarse lo poco que podía ahorrar durante la semana. Bailaron durante varios meses sin decirse una palabra. Cuando llegó el verano ella se le apreció en la casa con un bolsito de lona y tres o cuatro cacharros de cocina. No se dijeron nada, pero no les hizo falta. Para el otoño estaba embarazada. Hilario tuvo miedo. Comenzó a tomar vino cuando todos se iban de la obra antes de volver a su  casa. Todos los días. Al segundo mes Elena tuvo pérdidas. Manchó el colchón con una sangre espesa que se derramaba sobre el contrapiso desnudo de la habitación. Quedaron unos coágulos violáceos que él llamó &#8220;cuajarones&#8221; y que le parecieron de gelatina. Ella se encerró en el baño. Él se sentó en la puerta a esperar. Cuando salió estaba pálida, lloraba. -¿Y el pibe? Le preguntó Hilario. Pero no le respondió. Abrió el cajón del ropero y juntó las pocas cosas que recién empezaba a preparar para cuando llegara su hijo. Una manta tejida por su abuela, dos pares de escarpines, una batita de hilo blanca bordada, un juego de sabanitas celestes que le había regalado su patrona. Tiró todo en el patio. Juntó hojas y cortezas de árbol y prendió un fuego que arrojaba brasas y un humo lento. Hilario no supo qué hacer. Se fue. Esa noche se demoró más en la obra. Se quedó solo y bebió hasta perder la noción del tiempo. Cuando llegó Elena dormía. No recuerda cómo, ni por qué. Pero aún conserva en su memoria el sonido de los cachetazos y los gritos de la mujer. Cuando despertó ya caía el sol. Vomitó. Elena no estaba. No volvió más.</p>
<p>Le pedí al mozo que todas las noches le sirviera la comida y él prometió aceptarlo. Lo acompañé hasta su cama y nos despedimos sin mencionar el tema. Manuela dormitaba con la cabeza sobre sus brazos vencida sobre el mármol de la mesada. Se despertó y nos siguió con la mirada. Antes de salir me detuve frente a ella.</p>
<p>-          ¿Por qué no me lo dijiste?</p>
<p>-          Porque se lo hubiesen prohibido.</p>
<p>-          No tendría como vivir si esto continuaba.</p>
<p>-          No tendría para qué vivir si ustedes se lo quitaban.</p>
<p>Esa mañana se realizó el ateneo del servicio donde se discutió el caso de Hilario. Mientras caminaba hacia la biblioteca pensé que si la incógnita se develaba lo enviarían de regreso a esa pocilga donde era muy probable que muriera de hambre y de frío.  Mis compañeros ya no se interesarían en él. Sin el desafío clínico que encarnaba la atención se desvanecería por completo y otros casos ocuparían su lugar. No faltó nadie, médicos, nutricionistas, alumnos y la jefa de enfermeras. Izaguirre estaba en la primera fila. Nervioso, se movía sobre la silla, cruzaba y descruzaba las piernas. Una médica residente, joven y bellísima, presentó la historia clínica. No escuché casi nada de lo que dijo. Mientras ella hablaba yo la recorrí milímetro a milímetro. Sus ojos azules, el cuello largo rodeado por una cadenita dorada, la protuberancia de los pechos sobre la chaqueta blanca, la redondez de sus nalgas, la consistencia de sus pantorrillas. Se hicieron comentarios y citas de casos similares descriptos en publicaciones o fruto de la experiencia personal de los colegas de mayor edad. Hubo discusiones, planteo de nuevas hipótesis, recomendaciones y sugerencias. Izaguirre esperó a que todos hablaran. Se puso de pie y, administró los silencios con la eficacia con que siempre lo hacía. Agitó su lapicera al aire y afirmó: -Señores, estoy convencido de que este paciente padece una enfermedad celíaca. Propongo realizar una endoscopía con biopsia duodenal. Miró al auditorio esperando ese aplauso que nunca obtenía. Nadie le hizo caso y las conversaciones se atomizaron en pequeños diálogos de dos o tres personas. La gente comenzó a levantarse y a salir del aula. Nada había cambiado. Las dudas eran las mismas. La paradoja continuaba sin resolverse. Izaguirre se acercó hasta donde yo estaba sentado y me habló al oído.</p>
<p>-¿Vos pensás que se entendió lo que dije?</p>
<p>- Sí, perfectamente.</p>
<p>- Pero, si lo entendieron, ¿por qué nadie hizo comentarios?</p>
<p>- Por eso, precisamente por eso.</p>
<p>Me miró desorientado. No sólo no comprendía la falta de comentarios de los asistentes, tampoco comprendió mi respuesta a su pregunta. Se fue. También yo salí sin hablar con nadie. Manuela me esperaba apoyada sobre el marco de la puerta. Es una mujer enorme y de una generosidad poco común. Nos queremos mucho aunque no necesitamos demasiadas palabras para comunicarnos.</p>
<p>-          Yo sabía lo que ibas a hacer.</p>
<p>Me empujó con sus caderas y fui a dar contra la pared. Se reía, aunque aún no sé si de mi torpeza o de nuestra complicidad.  Me acomodó el cuello de la camisa y el guardapolvo. Me palmeó la mejilla. -Bajá a comprar galletitas mientras yo preparo el mate. Me dijo mientras empezaba a caminar en dirección a la sala. Su risa resonaba en el pasillo. La llamé.</p>
<p>- ¿Qué es lo que sabías que yo iba a hacer?</p>
<p>- No les dijiste nada.</p>
<p>-Vos tampoco me dijiste nada a mí.</p>
<p>-Tenía un motivo.</p>
<p>- ¿Cuál?</p>
<p>- Si te lo decía, le quitarían lo único importante para Hilario.</p>
<p>- Yo también tenía un motivo.</p>
<p>-¿Cuál?</p>
<p>- Si se los decía, les quitaría lo único importante para ellos.</p>
<p style="text-align: right;">Rosario, Julio 2010</p>
<p>Imagen: <a href="http://www.abc.net.au/reslib/200903/r354641_1629757.jpg">Flikr</a></p>
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		<title>La verdad es hija del error</title>
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		<pubDate>Tue, 06 Jul 2010 16:30:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Medicina]]></category>

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		<description><![CDATA[La medicina se ejerce en el mundo real cargado de incertidumbres, de subjetividad y de influencias múltiples. Es por eso que no puede ofrecer garantías sino probabilidades. Quien garantice un tratamiento miente aunque a casi todos les guste escucharlo.



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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2010/07/wrong.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-1021" title="wrong" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2010/07/wrong.jpg" alt="" width="245" height="231" /></a>Resulta siempre atractivo ejercer una crítica hacia las verdades establecidas. Desmitificar es redituable y convoca la atención. Pero a menudo no se dice más que lo ya se sabía. El marketing editorial administra los rostros de la verdad hasta encontrar el que más lo acerque el éxito. <a href="http://www.freedman.com/">David Freedman</a> -en su nuevo libro “<a href="http://www.amazon.com/Wrong-us-Scientists-relationship-consultants/dp/0316023787/ref=sr_1_1?ie=UTF8&amp;s=books&amp;qid=1274544622&amp;sr=8-1">Wrong</a>”- emplea datos reales y los muestra del modo que más llame la atención.  Es una obviedad afirmar que la ciencia comete errores. El método científico es, precisamente, un procedimiento destinado a la búsqueda sistemática del error. En particular de los propios.  Cada uno de los errores –a menudo dramáticos- que la ciencia ha cometido han sido denunciados, desarticulados y rectificados por la misma ciencia. Cualquier forma de saber que no se someta a la contrastación empírica, que no ejerza una vigilancia obsesiva ni una crítica permanente de sus propias afirmaciones, no es científica. Las verdades de la ciencia son siempre refutables y provisorias. Son estos mecanismos de autocorrección los que la distinguen de una secta incluso de aquellas que se apropian del prestigio social de la ciencia mientras rechazan su metodología. Decía Mark Twain: “Sólo la ignorancia afirma o niega rotundamente, la ciencia duda”. Y duda en primer lugar de sí misma. Es ésa su mayor ventaja respecto de otras formas de conocimiento que se resisten al veredicto de la prueba. Ni el más imbécil de los científicos cree que sus verdades resultan inapelables, irrefutables o indiscutibles.</p>
<p>La ciencia es un modo de pensar. Es un procedimiento mediante el cual asomarse hacia la inabordable complejidad del mundo. Hay otros, claro, pero no son mejores. Podría decirse que los científicos siempre están equivocados. Que nunca se rinden a la contundencia de sus propios descubrimientos. El error tiene un valor heurísitco en ciencias donde se lo capitaliza y se le reconvierte en estímulo para nuevas investigaciones. La palabra del experto no tiene relevancia por sí misma ya que lo que fundamenta el valor de una verdad científica no son las personas sino las pruebas. La sumisión a la autoridad -religiosa, política, académica-es precisamente algo de lo que la ciencia ha logrado emancipar a los hombres. El progreso es también la eliminación de los errores, de las falsas creencias y del despotismo de quienes se creen dueños de la verdad. Todavía hay muchas personas que suponen que la ciencia es infalible, siempre verdadera e indiscutible. Casualmente son ésos los atributos que la diferencian del dogma al que la ciencia no ha venido a reemplazar sino a desplazar.</p>
<p>Es verdad que gran parte de lo que se publica en las revistas científicas es erróneo o irrelevante. Pero es en ese espacio donde quien tiene algo que decir y -las pruebas rigurosas para hacerlo- lo ofrece a la consideración de sus pares. La habilidad que se espera que los lectores adquieran es la que les permitiría leer esas publicaciones tomando en cuenta esa característica. Las lecturas ingenuas y el traslado automático de lo publicado a la práctica clínica no sólo resulta peligroso sino que constituye una prueba de ignorancia científica.</p>
<p>El fraude y la corrupción no son temas cuyo origen pueda atribuirse a la ciencia sino a la sociedad de la que forma parte. La misma en la que usted y yo –igual que miles de científicos- vivimos y cuyas miserias combatimos activamente o toleramos con el silencio cómplice que se escuda detrás de la resignación ante lo inevitable. La ambición desmesurada por el poder y el dinero no desaparecerán del estrecho mundo científico mientras sobrevivan en la cultura que lo contiene.</p>
<p>Cuando a Andrew Wakefield se le probó el fraude mediante el cual intentaba hacer creer que la aplicación de la vacuna triple vírica se relacionaba con el autismo, la revista inglesa The Lancet publicó la retractación y la autocrítica por haberlo permitido. En el año 2007 la misma revista, The Lancet, publica una carta de “Médicos para Irak” acerca de las atrocidades humanitarias de la guerra  en ese país en la que se denuncia que el grupo empresario Elsevier, dueño de esa publicación, también se ocupó de organizar una feria de venta de armas -Shot Show en Orlando- de la que participaron representantes de más de 75 países. Los editores no sólo hacen pública la denuncia sino que se declaran consternados por el hecho. Se conocen muchos otros casos resonantes en áreas como dolor y anestesia, cáncer de mama y el espectacular engaño del coreano Hwang Woo Suk que fraguó la clonación del perro afgano Snoopy. Todos fueron desenmascarados y las revistas centenarias donde habían aparecido se retractaron públicamente. Pero la cuota mayor de secuelas humanas y económicas del error en medicina ocurree con el uso de fármacos y procedimientos efectivos y aprobados por las agencias reguladoras. Sus razones son muchas y exceden las posibilidades de este espacio.</p>
<p>Cuando la lógica del mundo de las empresas se traslada automáticamente a todos los ámbitos de la acción humana aparecen nuevos problemas. La productividad como criterio excluyente de la evaluación de los investigadores facilita el perverso sistema conocido como “publicar o perecer”. Son las publicaciones el “producto” que a los científicos les abren o les cierran las puertas del financiamiento mediante becas o subsidios. Esto refuerza la publicación de investigaciones intrascendentes, duplicadas, incluso fraudulentas.</p>
<p>En la medicina se han producido muchos casos en los que la aplicación de un tratamiento ha traído consecuencias indeseables o han resultado ineficaces. Fármacos como: Talidomida,  Cerivastatina,  Mibefradil o  Rofecocib son sólo algunos de ellos si nos limitamos a los tiempos más cercanos. Pero fueron los sistemas de vigilancia que los mismos investigadores organizaron los que permitieron detectarlos. Fue con más, y no con menos ciencia, que estos errores fueron descubiertos y sus causas suprimidas.  Desde hace décadas el estudio del error en medicina se ha convertido en una disciplina en crecimiento. Existen numerosas causas para que el error sea frecuente en la práctica médica. Una de ellas es la aplicación de conocimientos obtenidos mediante la estadística de grandes poblaciones a individuos singulares con la inexorable cuota de incerteza que eso produce.  La medicina emplea el conocimiento que procede de las ciencias pero no es una ciencia. Cada caso se clasifica, se compara, se evalúa en relación al conocimiento disponible pero sólo para volver a él en lo que tiene de único e irrepetible. Hay tanto de arte como de ciencia en ese encuentro entre una persona que padece y otra que está dispuesta a ayudarlo. La ciencia se hace en los laboratorios y en los gabinetes y en condiciones controladas. La medicina se ejerce en el mundo real cargado de incertidumbres, de subjetividad y de influencias múltiples. Es por eso que no puede ofrecer garantías sino probabilidades. Quien garantice un tratamiento miente aunque a casi todos les guste escucharlo.</p>
<p style="text-align: right;">Daniel Flichtentrei<br />
<em>Newsweek, Julio, 2010</em></p>
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		<title>&#8220;Letra de médico&#8221;</title>
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		<pubDate>Tue, 15 Jun 2010 13:20:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Medicina]]></category>

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		<description><![CDATA[Un libro del Dr. Carlos Presman. Un texto que le devolverá la felicidad de leer/se como si recorriera con el dedo el contorno de su propia imagen en el espejo. Historias reales de la vida de un médico y sus pacientes.


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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.youtube.com/watch?v=dbQ19i80irY">Letra de médico</a></p>
<table border="0" cellspacing="0" cellpadding="2" width="100%" align="center" bordercolor="#cccccc">
<tbody>
<tr>
<td valign="top">
<table border="0" cellspacing="0" cellpadding="2" width="100%">
<tbody>
<tr>
<td valign="top">Un libro del Dr. Carlos Presman<strong><br />
</strong>Un texto que le devolverá la felicidad de leer/se como si recorriera con el dedo el contorno de su propia imagen en el espejo. Historias reales de la vida de un médico y sus pacientes.</td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p>Hay muchas formas de ejercer la medicina. Pero “ser médico” es otra cosa. Es una forma de vida, una síntesis entre lo que somos y lo que aprendemos. Ya se sabe, importa menos lo que se conoce que lo que se haga con ello. Cualquiera puede aprender, el conocimiento está allí. Las habilidades y las competencias no son imposibles de adquirir. Sólo la arrogancia las hace lucir inaccesibles, inalcanzables. El problema es que mucha gente pasa por la universidad sin que la universidad haya pasado por ellos. La ciencia es maravillosa y excitante. Carga con el prestigio de lo riguroso y el mito de la verdad inapelable. ¡Fantástico! Pero la medicina no es una ciencia.</p>
<p>Dice <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Edgar_Morin" target="_blank">Edagr Morin</a>: <em>“Ciencia es saber. Pero al científico se le dice -¡No se le ocurra saber!- Usted será dueño de un sector. Tendrá derecho a expulsar a cualquier intruso. Pero renuncie a la idea de comprender el mundo. Abandone la pretensión de saber que usted forma parte de una sociedad en este mundo”</em>. Para conservar la idea de una ciencia con sus pies fuera de la tierra, un médico debería volverse completamente ciego, sordo, insensible. Claro, puedo escuchar sus pensamientos. Tiene usted razón, una educación enfática y un modelo profesional que premia lo que debería castigar son capaces de lograr semejante insensatez.</p>
<p>Es muy curioso que ya nadie se pregunte para qué sirve la literatura en el ejercicio de la medicina. Todavía recuerdo cuando nos parecía alarmante que pocos tuviesen una respuesta a esta pregunta. Pero ahora sucede algo mucho peor. Ya nadie se la formula. Es necesario que haya desaparecido de la imaginación profesional la idea de que la medicina es un continuo tráfico de historias para que tal cosa resulte posible. Alguien tiene que habernos administrado el veneno de los lenguajes asépticos y la palabra unívoca para que hayamos podido achatar de tal modo el denso espesor de la lengua. Las narraciones son el subsuelo que nutre a los signos. La atmósfera donde la clínica respira y el aire que le da significado. Es muy tentadora la ilusión de acceder a las “cosas en sí”. Despojar a la enfermedad de todo padecimiento. Aislar sus esencias puras. Abrir las entrañas de la patología y arrojar a la basura lo que juzgamos inútil hasta dar con su piedra fundamental. Lástima, sería muy sencillo, pero aquello que descartamos se llevaría entera a la persona que sufre. Así, todos los días podríamos estar arrojando al bebé junto con el agua de la bañadera.</p>
<p>Por algún motivo son cada vez más frecuentes los médicos que escriben libros como botellas al mar. Mensajes de náufragos que se resisten a callar el testimonio de su resistencia. Textos que buscan lectores que sientan lo mismo. Un rumor que busca la mano de otras voces. Un temblor que crece bajo el estruendo de la mediocridad y el asentimiento.</p>
<p>Carlos Presman es un médico cordobés. Es hijo de médico. Ha tenido la suerte de tener un modelo profesional desde sus primeros años. No fue necesario explicarle nada. Aprendió con el cuerpo del niño sensible que era entonces. Visitó enfermos de la mano de su viejo y le ingresó por los dedos la vocación que aún lo mueve. Más tarde su padre se quedó a vivir en él. Carlos dejó su tesis doctoral sobre su tumba y se guardó la memoria viva de ese hombre. Ahora la pasea en bicicleta cada tarde de sol y la sienta en el consultorio para que le recuerde quién es. Luego la facultad, el hospital, la academia. Sobre la persona que ya era, la educación inyectó el conocimiento que aún no tenía. Entonces nació la práctica. Como una hija putativa del hombre que siempre ha sido y de la formación que se supo ganar. Sus pacientes recibieron ambas medicinas: su conocimiento y su relación humana. Presman supo muy pronto que ese matrimonio era la llave del cuidado de la gente que confiaba en él.</p>
<p>Hace pocos días asistí a la presentación de su libro “Letra de Médico” en la ciudad de Rosario. Usted y yo sabemos que esos encuentros suelen ser una formalidad. Una oportunidad para alimentar la egolatría y reunir a los amigos. Casi nunca voy a una. Pero esta vez lo hice y debo confesar que mi prejuicio era una desmedida exageración. La sala estaba repleta, hubo que agregar sillas, había mucha gente de pie, yo entre ellos. Hubo comentarios inteligentes y emocionados del profesor <a href="http://www.clinica-unr.org/" target="_blank">Alcides Greca</a> (UNR) y del periodista <a href="http://semanadeletrasylectura.blogspot.com/2008/07/sebastin-riestra.html" target="_blank">Sebastián Riestra</a> (diario La Capital). También estuvo la música del exquisito rosarino Jorge Fandermole. Presman presentó su libro como un jirón de su propia vida. Tuvo la delicadeza de no subirse a él para cabalgar sobre el estúpido sendero de la gloria. Nos tocó con textos tibios como caricias. Vimos una serie de videos donde la sabia inteligencia del humor habló sin estridencias de lo único que importa. Del sentido de la vida, de la propia y de las de los otros, que son empecinadamente la misma cosa. Fue muy bueno, también muy raro. Alguien tejió la delicada trama que media entre un libro y sus lectores. Todos salimos de allí con el deseo encendido de leer. ¡Qué cosa tan mágica! Qué forma tan rotunda de la felicidad, tener deseos de leer. ¿Se acuerda?</p>
<p>Esa noche leí este libro de un tirón. Hay en él historias reales de la vida de un médico y sus pacientes. Reflexiones acerca de la medicina que no se rinden a la repetición obediente ni al silencio cómplice. A mí no me alcanza que lo que diga un texto sea correcto. Como con ciertas mujeres y algunas bebidas, necesito que sea una experiencia estética, que me obligue al placer de recorrerlas. Presman me regaló todo eso.</p>
<p>A la mañana siguiente volví a la librería. Quería comprar más ejemplares para regalarles a algunos jóvenes con los que comparto mi trabajo. Hacía tiempo que no sentía esa necesidad. Tal vez desde “<a href="http://www.intramed.net/contenidover.asp?contenidoID=58466" target="_blank">La dignidad del otro</a>” de Paco Maglio o “<a href="http://www.intramed.net/contenidover.asp?contenidoID=55728" target="_blank">Un hombre afortunado</a>” de John Berger. Pedí tres ejemplares. El librero me miró sorprendido. Llamó a una de sus compañeras y le preguntó: ¿Qué pasa con este libro? Me ofrecieron en el gesto una expresión de disculpa. No había más. Me fui. Caminé por la peatonal con la frustración de no poder llevarle a mi gente lo que quería. Pero también con la satisfacción de saber que esa noche no había sido yo el único que se sentía feliz por no haber podido dormir.</p>
<p style="text-align: right;">D.F. </p>
</td>
</tr>
<tr>
<td>
<div>
<p><a href="http://www.youtube.com/watch?v=dbQ19i80irY">Letra de médico</a></p>
<p>D.F. </p>
</div>
</td>
</tr>
</tbody>
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		<title>Los bordes de un congreso</title>
		<link>http://www.laverdadyotrasmentiras.com/literatura/los-bordes-de-congreso/</link>
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		<pubDate>Sat, 15 May 2010 20:55:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Hasta hace un rato llovía. Ahora ha salido un sol tímido que ilumina poco y no calienta nada. Me volví caminando por la costanera desde la sede del congreso. Necesitaba quitarme el sopor de la ciencia y el tedio de la diplomacia de mi cabeza. 


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			<content:encoded><![CDATA[<p>Hasta hace un rato llovía. Ahora ha salido un sol tímido que ilumina  poco y no calienta nada. Me volví caminando por la costanera desde la  sede del congreso. Necesitaba quitarme el sopor de la ciencia y el tedio  de la diplomacia de mi cabeza. Caminé unas treinta cuadras azotado por  el viento helado, el rumor del mar y un tufo oceánico endulzado por el  olor a excremento de gaviota. El paisaje es agresivo y hostil. Sólo  confirma mi vocación de encierro y mi deseo de oscuridad. Desde el  casino y hasta el Club de Pescadores corre una senda peatonal trazada  sobre la arena sucia. Detrás de mí el cartel de Havanna en la terraza de  un edificio enorme. Delante, el de Quilmes, apoyado en la escollera,  suspendido sobre el mar y apagado. El trayecto está infestado de  puestitos minúsculos donde se ofrecen artesanías truchas. Caracoles,  llaveros, canastos de mimbre, medias de lana, bombachas falsas de marcas  famosas. Mucha gente quisiera estar aquí, frente al mar. Pero yo no. Un  grupo de brasileros, tal vez quince o veinte, improvisan una batucada  con tambores y panderetas. Son negros o casi negros. Se mueven. No  pueden evitarlo y bailan como si fuese algo natural, irremediable. Están  cagados de frío. No comprenden que una playa tenga esta temperatura.  Hacen como si eso no les importara pero tiritan en cuanto se quedan  quietos. Necesitan el golpe del bongó y el coro de sus voces para  reconocerse en un lugar tan insensato. Toman cerveza en vasos enormes,  blandos, de plástico transparente. Mastican hamburguesas con la boca  abierta y el kétchup deslizándose por sus mandíbulas como un río de lava  sobre la nieve negra. Escupen trozos de tomate y eructan con un ruido  hueco de caverna prehistórica. La gente los mira. Se detienen  conservando una distancia prudente. Los admiran pero les temen. Dos  chicos que no tendrán más de doce años arman un porro cubriéndose del  viento con las hojas de un diario viejo. Los perros vagabundos se  acercan a comer los restos masticados sobre la playa. Luego se echan y  duermen como si el estruendo que los rodea no pudiese impedirlo. Más  adelante el sonido se hace tropical. Una voz de barítono desafinado pero  potente canta parado sobre una banquito. Desde un par de altoparlantes  sale a todo volumen una base rítmica de cumbia. El tipo grita una  canción que relata un amor atormentado sobre una percusión exagerada y  berreta. Sufre. La voz se desgrana en sollozos andróginos. Llora como un  puto triste y decadente. Padece a los gritos el abandono y la traición  pero sus piernas dan pasos de bailanta muy cortitos hacia adelante y  atrás. Su cuerpo festeja mientras su voz actúa una desdicha de bolero  con ritmo de merengue. Una pareja baila. Se toman con ambas manos, se  acercan y se alejan. El hombre hace girar a la mujer y vuelven a  empezar. Ella es gorda, joven, tetona. Él tiene una edad indefinida, el  pelo negro peinado a la gomina y un agujero trapezoidal donde alguna vez  habrán estado sus incisivos. Una chica baila sola. Tiene un jean  ajustado y una remera blanca que le descubre el ombligo. El frío le levanta los pezones. Se espanta el  cabello de la cara y se coloca una gomita negra para sostenerlo sin  dejar de moverse. Está descalza sobre la arena helada. Es irresistible y  el músico lo sabe. Son socios. Él canta una canción insoportable como  una excusa para que los demás nos detengamos a mirar a esa chica  mientras simulamos escucharlo. Me siento sobre un muro de piedra. Los  pies me laten y un calor de menopáusica me sube por el cuello. Ella  baila sola para un público de solitarios y babosos que no podemos  salirnos del embrujo. El hombre canta y sufre como un desgraciado. Tal  vez sea su padre o su tío. Ahora destroza un tema de Sandro que ya era  horrible sin necesidad de que él lo empeore. La chica da vueltas y  vueltas. Se detiene durante algunos segundos justo delante de mí. Huele a  jabón de lavar la ropa y a colonia barata. Pienso en morderle el culo.  Imagino las huellas de mis dientes viejos sobre sus nalgas adolescentes.  Me río. Una mujer grande pintada como una puerta se sienta a mi lado.  Huele como la chica pero en ella eso resulta insoportable, nauseabundo.  Me toca el hombro con los dedos y me mira. –Yo tenía un culo como ese  hace mucho tiempo- me dice. Se queda mirándome esperando una respuesta.  -¿Y dónde lo perdiste? le pregunto. –Ya no me acuerdo dónde, pero  todavía conservo las mañas. Nos quedamos en silencio. Yo quiero que se  vaya pero ella parece que no. –Mañas sin culo tal vez no sean  suficientes- le digo para espantarla. –No estés tan seguro papito,  tendrías que probarlo. El cantor callejero ataca ahora una de Leonardo  Fabio. La chica baila y pasa una gorra de paja vieja y rota donde los  espectadores dejan monedas. Yo también lo hago y me levanto. La mujer me  toma del brazo y me pregunta: -¿Te lo vas a perder?- Me siento un  verdugo bajando la guillotina. –Sí, me lo voy a perder. Pero no te  preocupes vos no te perderás nada. Se pone frente a mí y el olor a  cosméticos se me clava en la nariz. –Al menos dejame algo para los  fichines papito-me dice. Le doy unos mangos y le guiño un ojo. –Que  tengas suerte. Es una tarde de mierda y al menos en las maquinitas se te  pasará más rápido. –Gracias papi vos sí que entendés a las minas- me  dice agradecida. Pobre mujer, justo eso tenía que decirme, justo eso…</p>
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		<title>¡Bienvenidos al tren!</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Apr 2010 17:09:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Medicina]]></category>

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		<description><![CDATA[La medicina oficial y la otra..


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			<content:encoded><![CDATA[<p>Soy médico y me ha ocurrido —cientos de veces— que mientras asisto a una persona internada sus familiares y amigos atan cintas rojas a las patas de la cama, pegan estampitas de santos en la cabecera, arman altares en la mesita de luz, dejan botellas con líquidos bendecidos, ramitas de rudamacho debajo de la almohada, rezan, cantan, oran, bailan. He atendido a gitanos mientras su comunidad entera acampaba en las puertas del hospital en una vigilia de multitudes y hasta que el paciente no era dado de alta no se movían de allí. Aprendido el lenguaje de los presos y la jerga de las prostitutas. Vi a un detenido sobornar a un policía para que le trajera una foto autografiada de “Gilda” y al miserable aceptar el arrugado billete de diez pesos que escondía dentro de la media para hacerlo. Me hice el distraído mientras una madre le “tiraba el cuerito” y rodeaba con una cinta el abdomen de su hijo minutos antes de entrar al quirófano con los intestinos perforados. Ingresé a la habitación de un paciente con la lentitud suficiente como para que su esposa ocultara una caja con gorgojos que colocaba sobre su espalda cuando yo no la veía. Permití el ingreso a la sala de internados de sacerdotes, curanderos, chamanes, un “pai” umbanda que danzó alrededor del moribundo durante toda la noche, y no sé cuántas cosas más. Compartí pacientes con el “Gauchito” Gil, con la Virgen Desatanudos, San La Muerte, Pancho Sierra, el padre Mario, la Madre María, y otros tantos colegas. Formamos un buen equipo y, entre todos, hacemos lo que podemos. Me resultaba incomprensible que las personas vinieran al hospital al sentirse enfermas pero al mismo tiempo confiaran en que otras estrategias podían sanarlas. Si era así, ¿por qué no se internaban en sus templos? Hace algunos años una señora correntina a quien le pregunté esto me dijo: “No se enoje, pero lo que pasa, doctorcito, es que estamos enfermos de más cosas de las que ustedes pueden curarnos, y confiamos en la medicina menos de lo que ustedes pueden tolerar”. Se llamaba Herminia y murió a los pocos días. Aún hoy pienso en ella a menudo, pero ya no me hago más esa estúpida pregunta. El acto médico emplea una enorme diversidad de recursos, entre ellos, la propia figura de quien lo ejerce. La presencia, la palabra, la actitud y una cantidad de cuestiones misteriosas que operan en el encuentro entre médico y paciente ejercen su efecto terapéutico sobre la persona que padece. Desde el momento en que cualquier enfermedad implica un padecimiento subjetivo y una repercusión social, y no sólo una alteración de la homeostasis, influir sobre aquellas dimensiones forma parte de la cura o el alivio. Una mano que se estrecha con firmeza y que transmite decisión y afecto, una mirada que se dirige a los ojos y no a los papeles o a las pantallas, el silencio respetuoso e interesado de la escucha atenta; en fin, una persona que hace saber al otro que lo que a él le ocurre es importante y despierta su interés: eso también es un remedio, ¡un extraordinario remedio! Algunas disciplinas tomaron la decisión de someterse a la prueba de los investigadores. Ellos determinan sus efectos, los mecanismos mediante los cuales se producen y su eficacia. Sólo entonces se dispone de ellas como recursos de tratamiento. La mayor experiencia se realiza con actividades como la meditación y otras prácticas de origen budista. El Dalai Lama fue un pionero en este diálogo fecundo entre científicos y disciplinas espirituales. Los estudios realizados muestran algunos resultados sorprendentes y permitieron esclarecer la naturaleza biológica de muchas de las experiencias que viven quienes practican estas técnicas. En muchos lugares del mundo ya se incorporaron de manera regular como recomendaciones médicas para enfermedades muy diferentes. Famosos investigadores como Daniel Goleman, Richard Davidson y Marco Iacoboni publicaron trabajos sobre el tema. No es verdad que la ciencia sea un reducto encerrado en sus pruebas de laboratorio. La vida entera es su objeto de estudio. El cuerpo humano es un organismo social y en permanente interacción con el medio. La ventaja de la ciencia es que tiene un procedimiento para hacerlo, que sabe lo que ignora, que tiene conciencia de que sus conocimientos son provisorios y los somete a prueba. Todo lo que demuestre beneficios para las personas se convertirá en una herramienta legítima a utilizar. La ciencia interviene en casi todo lo que conocemos pero también tiene plena conciencia de lo poco que eso significa ante la inconmensurable experiencia de vivir. Nadie debería permitir que se lo asista si aquello con lo que se pretende tratar su padecimiento no puede exhibir las evidencias que lo justifican. Quienes se resisten a la evaluación rigurosa u ocultan las pruebas de su ineficacia son imprudentes o falsificadores. No sería tan grave si todos estuviésemos alertados de ello, si sus prácticas se mantuviesen por fuera de las instituciones de salud. Pero no es así. La impostura, las creencias sin demostraciones, las prácticas improvisadas e ignorantes también habitan en algunos consultorios. La salud y la enfermedad reclaman más de lo que la medicina puede aportar. Hay criterios y reglas básicas que se deben cumplir antes de llegar a los que sufren. Sin prejuicios, sin hegemonías. Los necesitamos, los esperamos, ¡bienvenidos al tren!</p>
<p>* Publicado en <a href="http://www.elargentino.com/Content.aspx?Id=88455">Newsweek Argentina</a></p>
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