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	<title>La Verdad y Otras Mentiras &#187; La Verdad y Otras Mentiras &gt;&gt; La sombra de mi viejo</title>
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	<description>Medicina y Literatura</description>
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		<title>La sombra de mi viejo</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Feb 2012 20:42:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[A veces, como al príncipe Hamlet, me ronda la sombra de mi viejo. Yo sabía que lo iba a entender cuando fuese demasiado tarde. Pero no hice nada para impedirlo. Sembraba mi camino de libros sin decirme nunca: –¡Leélos! El “Juan Cristóbal” en el descanso de la escalera. “Redoble por Rancas” sobre la tapa del [...]


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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2012/02/hamlet.padre_.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-2589" title="hamlet.padre" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2012/02/hamlet.padre_-218x300.jpg" alt="" width="218" height="300" /></a>A veces, como al príncipe Hamlet, me ronda la sombra de mi viejo. Yo sabía que lo iba a entender cuando fuese demasiado tarde. Pero no hice nada para impedirlo.</p>
<p>Sembraba mi camino de libros sin decirme nunca: –<em>¡Leélos!</em> El “Juan Cristóbal” en el descanso de la escalera. “Redoble por Rancas” sobre la tapa del inodoro. “Rayuela” en el cajón de las medias. Yo los leía, pero no le decía nada. Él lo sabía, y también lo callaba. No teníamos nada que decirnos. Éramos hombres, es decir mudos.</p>
<p>Una mañana bajé a la cocina. Yo tenía quince años. Él tomaba mate mientras leía el diario. -<em>“Creo que tengo una supuración”</em>, le dije. Me llevó al hospital bajo una lluvia de otoño. Me aplicó inyecciones durante tres días. Al cuarto, me entregó una caja de forros. -<em>Ya está</em>, me dijo. –<em>Nunca más sin éstos</em>. Fue suficiente, claro, nunca más. Teníamos diálogos breves y rotundos. Éramos hombres, es decir austeros.</p>
<p>Todos los años me  echaban del colegio. Él escuchaba al señor rector como si lloviera. De vuelta a casa me daba un papel con una dirección. -<em>Mañana vas a inscribirte</em>, me decía entregándome el papelito. Yo empezaba el nuevo año en otro lugar. La historia volvía a repetirse. Siempre igual. Nos mirábamos uno al otro pero jamás al mismo tiempo. Éramos hombres, es decir ciegos.</p>
<p>Una madrugada me llevaron en cana en un recital de Papo. Había minitas y yerba colombiana. Me dejó hasta la noche siguiente. Nunca supe por qué. Volvimos en el auto sin decirnos una palabra. En la vereda apoyó su mano sobre mi hombro. Pesaba una tonelada. -<em>Hacé lo que creas que tenés que hacer</em>, me dijo. – <em>Pero hacete cargo de las consecuencias.</em> Me apretó el brazo. Hizo una pausa antes de hablar. Quería que yo sintiera el apretón. Pesaba una tonelada. -<em>Tu madre no tiene por qué enterarse. ¿Estamos?</em> Apenas nos tocábamos y siempre con extrema prudencia. Éramos hombres, es decir mancos.</p>
<p>Sobre mi escritorio hay una foto donde él me entrega el título de médico en el aula magna de la facultad. Los dos estábamos incómodos. Yo quería salir corriendo. Él lo sabía. Veo su mano detrás de mi cabeza sosteniéndome para evitar la huida. Con la otra me ofrece una cartulina enrollada atada con una cintita con los colores de la bandera argentina. Ninguno de los dos se adaptaba a la celebración ni a las multitudes. –<em>Tranquilo, te felicito. Estoy orgulloso de vos</em>. Me dijo acercando su boca a mi oído. No volvimos a hablar del tema. A la mañana siguiente encontré sobre la cama un Littman Cardiology edición limitada y un vale de la Editorial Panamericana. No nos felicitábamos por lo que considerábamos nuestra obligación. Éramos hombres, es decir fugitivos de la fiesta y las demostraciones.</p>
<p>Muchos años más tarde nació mi primer hijo. Él llegó con un paquetito de regalo. Lo miró durante un rato largo a través del vidrio de la nursery. Me abrazó. No me dejaba soltarlo. Supe que estaba llorando. Esperé. Hice tiempo entre sus brazos poderosos hasta que la respiración se fue normalizando. No lo miré a los ojos. Se dio vuelta y se fue por el pasillo. Volvió con dos cafés en vasos de plástico. Era su modo de agradecer mi discreción. Éramos hombres, es decir mutilados emocionales.</p>
<p>Una noche entré corriendo a su casa. Lo encontré tirado sobre el piso del comedor. Tenía los ojos abiertos y las manos cruzadas sobre el pecho. Me agaché. Levanté su cabeza y la abracé con una fuerza que no sabía que tenía. Antes de bajarle los párpados lo miré de frente. Le dije: -<em>Te quiero viejo, perdoname</em>. Éramos hombres, y ya era tarde.</p>
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		<title>Pájaros en la cabeza</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Feb 2012 21:38:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Estuve casi una hora haciendo tiempo para una entrevista. Me quedé en el auto escuchando las Gimnopedias de Erik Satie bajo la sombra del Parque Avellaneda. Cerré los ojos y se me ocurrió una idea para un relato. Lo fui escribiendo mentalmente palabra por palabra. Me dejé llevar. La historia se desencadenó mediante una extraña [...]


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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2012/02/pajor.cabeza1.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-2563" title="pajor.cabeza" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2012/02/pajor.cabeza1-290x300.jpg" alt="" width="290" height="300" /></a>Estuve casi una hora haciendo tiempo para una entrevista. Me quedé en el auto escuchando las Gimnopedias de Erik Satie bajo la sombra del Parque Avellaneda. Cerré los ojos y se me ocurrió una idea para un relato. Lo fui escribiendo mentalmente palabra por palabra. Me dejé llevar. La historia se desencadenó mediante una extraña partenogénesis. Fluyó como una saliva espesa que chorreara por mi boca sin que yo pudiese controlarla. Un médico a punto de jubilarse recibía a su hijo que volvía a su ciudad recién recibido en la Universidad de Rosario. Fui construyendo a los personajes con jirones de mi viejo y de mí mismo. Compartían las mañanas en el hospital, la tarde en el consultorio, cirugía tres veces por semana. Visitaban a sus pacientes caminando juntos en las tardes ardientes del verano. Suponían que compartían una profesión y un pasado común. Imaginaban un traspaso lento, progresivo y sereno. Una evolución natural entre alguien que se retira y deja su lugar al heredero. Pero no fue así. Vivían en mundos diferentes. Sabían cosas distintas. Creían en principios irreconciliables. Los hechos mostraban el conflicto. Me gustaba lo que se iba escribiendo en mi imaginación. Bajé del auto. Tuve la entrevista. A la vuelta manejé despacio escuchando otra vez a Satie. Repetí el texto que guardaba en mi memoria. Me lo fui susurrando sobre un fondo de piano. Lo sentí ajeno, vulgar. La historia me pareció tonta e insustancial. Ahora necesito borrarlo. Deshacerme de él. Aniquilarlo. Me perturba. Me avergüenza. Algunas frases todavía zumban en mis oídos. Yo les apunto al corazón. Disparo. Van cayendo como palomas heridas. Me encargaré de ellas. No va a quedar  ninguna. El piso se llenará de cadáveres. Quiero vaciarme de esa estúpida idea. Yo no sé escribir. No puedo permitir que mi fantasía alimente sueños imposibles. Si yo supiera quién soy ningún pájaro de mierda me rondaría la cabeza.</p>
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		<title>Tres canciones tristes para un hombre mudo</title>
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		<pubDate>Sun, 29 Jan 2012 23:07:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Estás acostado sobre la cama con las manos detrás de la nuca escuchando “I Don&#8217;t Like The Man I Am” de Pete Molinari. Una balada que te pone triste pero que no podés dejar de escuchar. Hay un eco de Bob Dylan detrás de la voz de ese inglés cuyas raíces llegan desde Egipto y [...]


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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2012/01/lucien.freud_.hombreacostado.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-2505" title="lucien.freud.hombreacostado" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2012/01/lucien.freud_.hombreacostado-300x238.jpg" alt="" width="300" height="238" /></a>Estás acostado sobre la cama con las manos detrás de la nuca escuchando <em>“<a href="http://youtu.be/eq4OqGDGr0k">I Don&#8217;t Like The Man I Am”</a></em> de Pete Molinari. Una balada que te pone triste pero que no podés dejar de escuchar. Hay un eco de Bob Dylan detrás de la voz de ese inglés cuyas raíces llegan desde Egipto y de la Isla de Malta. Las aspas del ventilador de techo giran empujando el aire caliente sobre tu cuello. Producen un zumbido que suena como un bajo continuo a espaldas de la música. Todo es como siempre ha sido. Una tarde de un domingo cualquiera. La sombra siniestra del crepúsculo se acerca. Vos te armás de coraje para enfrentarla. Entonces se  produce una grieta. Una mínima fisura quiebra el cristal de lo cotidiano. No es algo espectacular, ni dramático, ni ostentoso. Apenas un gesto, un parpadeo, una sutileza de la entonación, una frase trivial de un correo electrónico que vuelve a tus oídos. El aleteo de las alas de una mariposa. El grito del chajá en la <em>“Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”</em> de J.L. Borges. Como Alicia, sin saber cómo, te encontrás al otro lado del espejo. A través de esa minúscula ruptura advertís un mundo detrás del único que conocías. Siempre hay una mujer. Como en todas las cosas que tienen valor. Como en todo lo que importa. Legal o clandestina, da igual. Ninguna dicha se construye o se desmorona sin que haya una mujer detrás. La mirás a los ojos reales o imaginarios. Todo dura menos que un instante. Lo que ves te estremece. Es insoportable. Tenés una revelación.</p>
<p>Ninguna mujer es la imagen que de ella vive en tu cabeza. Amamos fantasmas en sus cuerpos. Te ofrecen sus pechos para que puedas lamer los pezones de otra. Abren las piernas para que entres en una que nunca será ella. Conocen tu error y lo callan con dignidad. Dejan que creas que la hembra que vive en tu mente y la que gime bajo tu cuerpo son la misma. Juegan el juego sin decirte cuáles son las reglas. Son libres y generosas. Nos protegen de la verdad. Saben que son dos. Una es imposible y la otra irremediable. Son astutas e inalcanzables. Guardan su secreto mucho mejor que vos los tuyos. Pero esa tarde encontrás a la segunda detrás de los ojos de la primera. Es todo tan rápido. Tan efímero. Dudás de que haya sucedido. Ni siquiera podés pensarlo. Es una sensación en el cuerpo. Una culebra trepando por tus vértebras con la cola helada y la cabeza hirviendo. Estás seguro, pero no sabés de qué. Ella, que siempre lo supo, ahora sabe que lo sabés vos. Te acordás de la noche en que tu viejo  te explicó qué quería decir <em>“<a href="http://youtu.be/4fk2prKnYnI">The Thrill is gone</a>”</em>, el misterioso nombre de una canción de B.B. King. –<em>Es un título conmovedor</em>- te dijo mientras apisonaba tabaco holandés en su pipa marinera. Vos no lo entendiste pero no te animaste a preguntarle. Él se dio cuenta. Te pasó su mano enorme por la cara y te dijo: -<em>No te preocupes, tarde o temprano vas entender. Yo ya no voy a estar para explicártelo. Por eso lo hago ahora.</em> Y acabás de comprenderlo. ¡Puta madre! Ahora entendés. Esa es la catástrofe.</p>
<p>Comienza una agonía. Al embrujo le sucede el silencio. Callar es lo único posible. Pueden ser días, años, toda la vida. El lenguaje se resiste a nombrar lo que no tiene remedio. Hablarán los cuerpos, las miradas, la actitud. El espacio en blanco que media entre dos palabras en un renglón se llenará de significados. Aparecerá en tu cama una mujer distinta. Ella sentirá vergüenza al verse descubierta. Vos ya no sentirás nada. Ahora que cada uno sabe quién es el otro por primera vez se sentirán extraños. Sobre tus hombros se planta el mundo. Todo empieza a pesarte. Estás cansado. La voluntad se licúa. Te ponés una almohada debajo de los pies. Le das un mordisco a la Sacher Torte que hizo para vos la señora Lina para quitarte el sabor amargo de la boca. El tiempo se hace lento, interminable. Te devoran los tentáculos de un hongo que sube desde tus piernas como si fueses un árbol. Estás condenado. Estirás el brazo para poner otra canción. Nick Cave &amp; PJ Harvey cantan para vos la bella “<em><a href="http://youtu.be/_KLiIUhKGrc">Henry Lee</a>”. “You won&#8217;t find a girl in this damn world / That will compare with me”</em>.  Cerrás los ojos para no volver a ver lo que ya has visto. Subís el volumen. Te duelen los huevos. Tu lengua se enrosca. Ya no podrás hablar. Te quedarás vacío y mudo como un muertito por siempre jamás.</p>
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		<title>Las delicias</title>
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		<pubDate>Wed, 25 Jan 2012 12:03:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Hay una larga lista de cosas que te hacen la vida más feliz. Salir de paseo, cenar con amigos, ir al cine o al teatro. Reunirte con tu gente en cumpleaños, casamientos, bautismos, aniversarios. Bailar, cantar, hacer obritas de teatro casero. Jugar a “dígalo con mímica”, al truco o a la escoba de quince. Coincidir [...]


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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2012/01/familyeat.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-2488" title="familyeat" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2012/01/familyeat.jpg" alt="" width="223" height="156" /></a>Hay una larga lista de cosas que te hacen la vida más feliz. Salir de paseo, cenar con amigos, ir al cine o al teatro. Reunirte con tu gente en cumpleaños, casamientos, bautismos, aniversarios. Bailar, cantar, hacer obritas de teatro casero. Jugar a “dígalo con mímica”, al truco o a la escoba de quince. Coincidir alrededor de la mesa de la cocina para tomar mate y comer bizcochitos “Nueve de Oro”. Hacer un asado que comienza a las diez de la mañana cuando vas a comprar el carbón y el pan. Prender el fuego charlando sobre el nuevo campeonato de fútbol mientras te tomás un Cinzano con ingredientes. Las largas sobremesas repletas de anécdotas de la infancia. Las reuniones de ex compañeros del colegio o de la facultad. Salir de compras el domingo por la tarde a Paseo Alcorta. Lavar el auto sobre la vereda escuchando el partido a todo volumen. Regar las plantas. Plantar “alegrías del hogar” en prolijas matas multicolores. Arrancar con la mano los yuyos malos del jardín. Visitar a la tía vieja. Pasear el perro con una bolsita para recuperar sus excrementos. Sentarse en el living y mirar la tele comiendo mediaslunas calentitas y bolas de fraile de crema pastelera. Preparar una receta que viste en el canal Gourmet durante todo el día para agasajar a la familia por la noche. Leer las revistas dominicales de los diarios. Pintar el cuarto de los chicos. Revisar catálogos de decoración de interiores para elegir las nuevas cortinas. Hacer planes para las próximas vacaciones. Analizar los precios de los autos en los clasificados de Clarín. Ordenar fotos viejas escribiendo al dorso con marcador azul el año y el lugar. Mirar los videos de las fiestitas del preescolar. Juntar en bolsas de consorcio ropa y juguetes viejos de tus hijos para llevar al comedor “Los piletones”. Cambiar los cuadros de lugar buscando la mejor luz para cada uno. Comprar una cheesecacke en la panadería y aparecerte de visita en casa de la abuela. Cosas sencillas que hornean tus días al calor de los afectos y la cercanía de los otros. Paraísos domésticos que te confirman quién sos. ¿Cómo no iba a comprenderlo? Lo entiendo perfectamente. Pero, por favor, no me rompan las pelotas. Déjenme solo. Yo no quiero nada de eso.</p>
<div id="tweetbutton2485" class="tw_button" style="float:right;margin-left:10px;"><a href="http://twitter.com/share?url=http%3A%2F%2Fwww.laverdadyotrasmentiras.com%2Fliteratura%2Flas-delicias%2F&amp;text=Las%20delicias&amp;related=&amp;lang=en&amp;count=horizontal&amp;counturl=http%3A%2F%2Fwww.laverdadyotrasmentiras.com%2Fliteratura%2Flas-delicias%2F" class="twitter-share-button"  style="width:55px;height:22px;background:transparent url('http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/plugins/wp-tweet-button/tweetn.png') no-repeat  0 0;text-align:left;text-indent:-9999px;display:block;">Tweet</a></div>

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		<title>Volver</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Jan 2012 00:07:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[¿Qué hago acá después de tantos años? Hay un alboroto de pájaros en el parque del hospital. Me refugio bajo la sombra del monte de paraísos. Demoro en bajar del auto. Suena el silbido que anticipa al tren. El piso tiembla como en un terremoto hasta que los vagones se pierden con la proa hacia [...]


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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2012/01/rayo.tormenta1.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-2472" title="Lighting" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2012/01/rayo.tormenta1-300x187.jpg" alt="" width="300" height="187" /></a>¿Qué hago acá después de tantos años? Hay un alboroto de pájaros en el parque del hospital. Me refugio bajo la sombra del monte de paraísos. Demoro en bajar del auto. Suena el silbido que anticipa al tren. El piso tiembla como en un terremoto hasta que los vagones se pierden con la proa hacia el Oeste. La Martita todavía vende Chipá que protege de las moscas con un paño blanco inmaculado sobre un canasto de mimbre. Cuando el semáforo se pone rojo, se lo monta sobre su cabeza y camina en zigzag con un equilibrio de artista de circo entre el humo de los caños de escape. Miro este lugar donde han quedado tantas horas de mi vida. Lo recorro como un ojo detrás de la mira de un fusil. Voy y vengo por sus paredes descascaradas. Bajo al subsuelo con la mirada donde todavía debe oler a sopa y a jabón.</p>
<p>Al fondo, detrás de los talleres de automotores, estaba “la casita. Alguna vez había sido la residencia del director pero los milicos la habían convertido en un chupadero. Todos sabíamos lo que había ocurrido en ese chalet de dos plantas con techo de tejas a dos aguas y pileta de natación. Evitábamos pasar por allí. Jamás mirábamos en esa dirección. Nadie se animaba a hablar acerca de aquella casa del terror. Nos callábamos cuando algo aludía al tema. Pero nos mirábamos con los ojos mudos, húmedos de recuerdos. Cuando por algún motivo me veía obligado a acercarme pronunciaba en voz baja los nombres de nuestros compañeros que habían pasado por allí para no volver jamás. No podía evitarlo. Me parecía que una voz que no era la mía los nombraba a través de mi boca.</p>
<p>Allá al costado estaba la morgue escondida entre las matas de azucenas. Guardo tantas madrugadas bajo esos techos de chapa. Cada vez que un enfermo fallecía bajábamos hasta ese galpón sombrío. Tomábamos muestras de tejidos persiguiendo los motivos de la derrota. Queríamos saber. Soñábamos con robarle los secretos a la muerte. Ahora hay un estacionamiento de ambulancias y un depósito de tubos de oxígeno. Pero yo todavía veo la sombra de aquellas paredes grises y a los gatos rondando los tachos de basura.</p>
<p>¿Qué hago acá? ¿Por qué me hiciste llamar? ¿Justo a mí?</p>
<p>Vuelvo a recorrer con vos esos caminos de pedregullo que iban desde el edificio central hasta la morgue. Estaba oscuro, muy oscuro. La luna era apenas un reflejo amarillo asomando detrás de las nubes negras. Yo empujaba una camilla con un cuerpo aún caliente. Vos no podías parar de hablar. Era tu primera vez. Yo ya conocía el horror de ese trabajito. Me ayudaste a acomodarlo sobre la mesa de Morgagni. Estábamos tan sumergidos en los vapores del formol que apenas podíamos respirar. Casi no veíamos nada alumbrados por la luz mortecina de una lamparita que colgaba desnuda del techo. Vos cerrabas los ojos. Y hablabas, hablabas, hablabas. Me puse los guantes y te ofrecí un par. Sacaste las manos como si te fuesen a morder. Había sido tu paciente. Era un santiagueño que se llamaba Domingo. Sospechábamos una ruptura cardíaca con taponamiento peridárdico como desenlace de un infarto que  había sufrido todas las complicaciones posibles a lo largo una semana. Inserté una aguja en el pecho debajo del apéndice xifoides en dirección al hombro derecho. La jeringa se llenó de una sangre negra y espesa. Vos te pusiste pálida. Sudabas unas gotas chiquitas que te iluminaban la frente. Supe que te ibas a caer. Te sostuve a veinte centímetros del piso. Perdiste la conciencia. Un chorro caliente de orina se deslizó entre tus piernas hasta formar un charco bajo tus pies. Me causó gracia. No podía parar de reírme. Vos te despertaste y me puteaste en todos los idiomas. Me obligaste a darme vuelta mientras te sacabas la pollera y te ponías mi guardapolvo. Me hiciste pasar un trapo embebido en alcohol sobre el piso. Te acompañé hasta la habitación de médicos. Esperé un rato largo mientras te dabas una ducha. Escuchaba tus gritos insultándome desde el baño.</p>
<p>¿Qué hago acá? Hace años que no nos vemos. ¿Qué te voy a decir? Me siento un pelotudo. Encerrado dentro del auto mirando cada rincón guiado por la memoria sin animarme a bajar.</p>
<p>Con la mirada subo hasta la terraza repleta de nidos de paloma. Allí, esa misma noche de verano después de tu desmayo, nos tomamos una cerveza y después otra y otra más. Entonces la que se reía sin parar eras vos. Yo estaba mareado, apenas podía mantener el equilibrio. Nos desnudamos bajo las estrellas. Vos mirabas hacia abajo las luces de los coches sobre la avenida. Yo sentía el olor de tu piel con ese resabio a Iodopovidona que ninguno de los dos se podía sacar de encima. Se desató una lluvia torrencial. El cielo se iluminaba con cada relámpago. Nos pegábamos uno al otro esperando el estampido del próximo trueno. Entonces gritábamos como poseídos mirando al cielo. Se nos llenaba la boca de agua. Escupíamos globitos y sonidos líquidos hasta el borde de la asfixia. Nos limpiamos a grito pelado las sombras de la muerte y la incertidumbre de los primeros años. Entonces te pusiste a llorar. Te sacudías como una nena desconsolada. Yo no sabía qué hacer. Te abracé. Estábamos empapados. Me decías: -<em>“No voy a poder, nunca voy a poder”</em>- Un rayo cayó muy cerca. Todo pareció detenerse por un instante para volver a comenzar. La terraza se inundaba. Flotaban botellas vacías arrastradas por la corriente. Las copas de estos mismos árboles altísimos se doblaban hasta casi rozarnos las cabezas. Una ambulancia entró haciendo sonar la sirena seguida por dos patrulleros. Escuchamos los ruidos de las puertas, gritos, voces de mando. Vos seguías llorando y babeándome el pecho. Me pareció que si te besaba me estaría aprovechando de la situación. Pero me miraste a los ojos entre sollozos y me dijiste: &#8211; <em>“Besame idiota, ¿qué estás esperando?”</em>  Entré en vos sin pedirte permiso bajo el alero de la terraza y sobre un colchón de diarios viejos y mojados.</p>
<p>¿Qué hago acá? Esta mañana sonó el teléfono. ¿Cómo iba imaginar que se trataba de vos? –<em>“Doctor acá tenemos a una paciente en la sala de Emergencias que nos pidió que lo llamáramos a usted”.</em>- Cuando esté frente a vos tendré que saber qué voy a decirte. Somos otros. Los dos, somos otros. Pensé que ya no guardaba nada de aquel que fui mientras estábamos juntos. Pero todo a regresado intacto mientras busco el coraje para bajar del coche. ¡Puta madre! ¿Qué te voy a decir?</p>
<p>Bajo estos mismos árboles charlamos una noche sentados sobre el pasto. Nos fumamos un cigarrito de yerba de los que les vendía la custodia policial a los presos internados. Intenté convencerte pero fue inútil. –<em>“Me voy, esto no es para mí”-</em>. Y te fuiste. Dejaste la profesión en la que recién nos iniciábamos. A veces venías al hospital y me hacías llamar. No querías entrar. Yo te iba a buscar hasta la puerta y nos tomábamos unos cafés en el bar de Don Pastor. No nos decíamos nada. No sabíamos qué decirnos. Vos te ibas, yo me volvía a la guardia. Fui aprendiendo. De a poquito adquirí los vicios y las virtudes de este oficio. Vos me mandabas cartas escritas con letra chiquita y retorcida con varias hojas repletas de dibujos infantiles.</p>
<p>¿Qué carajo hago acá? Esa voz en el teléfono me dejó mudo esta mañana. –<em>“La paciente fue internada anoche. Ingresó en coma a consecuencia de una intoxicación barbitúrica. Es su segundo intento de suicidio por lo que hemos podido averiguar. Estuvo con asistencia respiratoria mecánica durante seis horas pero ahora está lúcida y respirando por sus propios medios. Insiste en que quiere verlo a usted y a ninguna otra persona más.”</em>-. Entonces me subí al auto y vine hasta acá. Corriendo. Enloquecido. Pero ahora no sé qué hacer. ¿Qué esperás que te diga? ¿Qué te hizo pensar en mí cuando despertaste esta mañana igual que aquella noche al lado de la mesa de autopsias? Tengo que subir hasta tu cama y mirarte a los ojos. Yo sé que me vas a decir como hiciste tantas veces: -<em>“Vos pudiste, yo no”</em>-. ¿Qué es lo que pude? ¿Qué es lo que no pudiste vos? No es momento para preguntas retóricas. Los dos sabemos de qué cosas no hemos sido capaces. Creo que mejor te voy a besar en la frente. Te voy a apretar la mano. Te voy a decir al oído: -<em>“Muñeca, ponete bien que esta noche te paso a buscar y nos volvemos a la terraza”.</em></p>
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		<title>Un disparo en la noche</title>
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		<pubDate>Tue, 17 Jan 2012 15:04:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Dobló la esquina con paso apurado. Unos metros más adelante se dio vuelta para asegurase de que nadie la seguía. Se levantó el cuello de la campera. Se acomodó los anteojos negros. Metió la mano en el bolsillo. Sintió el metal helado de la empuñadura y el contorno circular del caño. Tocó timbre. Esperó sin dejar de mirar [...]


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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2012/01/messi_iniesta.xavi_.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-2388" title="messi_iniesta.xavi" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2012/01/messi_iniesta.xavi_-300x200.jpg" alt="" width="300" height="200" /></a>Dobló la esquina con paso apurado. Unos metros más adelante se dio vuelta para asegurase de que nadie la seguía. Se levantó el cuello de la campera. Se acomodó los anteojos negros. Metió la mano en el bolsillo. Sintió el metal helado de la empuñadura y el contorno circular del caño. Tocó timbre. Esperó sin dejar de mirar hacia la calle. La voz le pareció irreconocible cubierta por un ruido de fritura. -<em> ¿Sos vos?</em> Se acercó al portero eléctrico en puntas de pie. –<em>Sí, soy yo</em>. La chicharra primero y el portazo después sonaron con más intensidad de lo que hubiese querido. Se arregló el cabello mirándose en el espejo del ascensor. Se pasó la lengua por los labios. Él la esperaba con la puerta abierta y una botella de cerveza Corona entre los dedos. Tenía puesto un pijama azul con rayas blancas con el saco desabrochado. Ella se paró en medio de la sala con ambas manos en los bolsillos. Sus ojos recorrieron palmo a plamo cada rincón. Primero de derecha a izquierda y después en sentido contrario. Había una camiseta del Barcelona firmada por el equipo campeón de la Champions League 2010 colgada sobre la pared.</p>
<p>-¿Dónde está?<br />
- Te dije que no volvería a suceder. Olvidate.<br />
- ¿Dónde está? No te lo voy a preguntar otra vez.</p>
<p>Él bajó los brazos con un gesto de resignación. Abrió las puertas del placard. Corrió las perchas con ropa colgada. Apareció una notebook VAIO serie &#8220;Y&#8221; todavía encendida apoyada sobre la madera del gabinete de  los zapatos. Se veía un muro de Facebook con textos breves y una foto de Xavi e Iniesta abrazando a Messi que estaba de espaldas con el número diez en primer plano. Ella sacó una Magnum .357 con cachas de nácar. Apuntó a la cabeza del ídolo. El tipo se tiró en palomita detrás del sofá. Disparó un proyectil que recorrió -a una velocidad de 400 metros por segundo- los escasos tres pasos que la separaban de la pantalla. La explosión produjo un estruendo que se fue transformando en una vibración de todo el ambiente. Los pedacitos del monitor volaron hasta estrellarse contra el techo. La letra &#8220;E&#8221; del teclado describió una parábola en el aire y cayó a sus pies. Los vidrios del ventanal del balcón se desmoronaron en fragmentos minúsculos sobre la alfombra. Un perro ladró en el departamento de al lado.</p>
<p>-Ahora sí-. Dijo satisfecha.</p>
<p>Guardó la pistola en el bolsillo. Se quitó la ropa hasta quedar desnuda. Le extendió la mano para ayudarlo a levantarse. Le desabrochó el pantalón que se deslizó hasta sus rodillas. Sintió el temblor que aún persistía en su lengua cuando él empezaba a lamerle los pezones.</p>
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		<title>El tango de los nuevos Ludditas</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Jan 2012 17:50:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Es muy curioso y contradictorio que los grupos más esclarecidos y progresistas de nuestra sociedad sean también los más conservadores respecto de las nuevas modalidades de la cultura. Producen ideas nostálgicas y muertas de miedo acerca del presente. Le temen al fin del libro de papel, a la desaparición de la escritura, a la degradación [...]


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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2012/01/ludditas.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-2358" title="ludditas" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2012/01/ludditas-300x295.jpg" alt="" width="300" height="295" /></a>Es muy curioso y contradictorio que los grupos más esclarecidos y progresistas de nuestra sociedad sean también los más conservadores respecto de las nuevas modalidades de la cultura. Producen ideas nostálgicas y muertas de miedo acerca del presente. Le temen al fin del libro de papel, a la desaparición de la escritura, a la degradación del lenguaje, a la sustitución de los vínculos por los contactos, al control paranoico de los dueños del poder. Reproducen el terror de los <em><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Ludismo">ludditas</a> </em>de la revolución industrial ignorando que la batalla contra las nuevas tecnologías siempre ha terminado en derrota. Como ellos, quisieran romper los aparatos a garrotazos. Pero ni la imprenta nos ha privado de la memoria, ni la fotografía de la pintura, ni el cine sonoro de la expresividad de la mímica. La tecnociencia los espanta como los dragones  a los niños. Arman sus piras para quemar a sus nuevas <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Las_brujas_de_Salem">Brujas de Salem</a> pero se queman los dedos con los fósforos. Son tecnofóbicos por desconocimiento. A lo que temen no es tanto a los efectos de las tecnologías como al desplazamiento de sus privilegios. Se consideran dueños de la palabra y gendarmes de la subjetividad. Hoy se encuentra más imaginación y más metáforas en una revista de física teórica o de biología sistémica que en cualquiera de sus diatribas de café. Un intelectual debería aportar nuevas y creativas formas de emplear los recursos tecnológicos ya instalados en la sociedad. Ha sucedido muchas veces que los medios que criticaban se convirtieron en difusores masivos de las ideas de sus críticos. Es apropiándose de ellos -mediante su resignificación- que el pensamiento puede transformar en ventajas los riesgos que denuncia. Es lícito advertir acerca de los peligros pero resulta inútil cuando no se muestran alternativas. El tiempo corre en una sola dirección. El pasado es irrecuperable y en gran medida ilusorio. El lamento doctrinario los aleja de la gente. Existe una política de la negación del presente. Un tango sollozante interpretado sin gracia y sin propuestas. Tal parece que cuando un producto cultural se despoja del éxito y la actualidad ingresa a su liturgia como una reliquia. Nunca antes. Jamás cuando era popular y masivo. Ahora rinden culto a las películas de Armando Bo e Isabel Sarli, a las fotonovelas, al circo criollo o a los folletines de Radio del Pueblo. Sueñan con un pasado idílico que nunca tuvo lugar. Es verdad que poca gente lee literatura. Pero siempre ha sido así. Han hecho mucho más por difundir el placer de la lectura <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Osvaldo_Soriano">Osvaldo Soriano</a> hace algunos años o <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Claudia_Pi%C3%B1eiro">Claudia Piñeiro</a> ahora que todos ustedes juntos. Incluso tolerando la impertinencia de su desprecio y su megalomanía. <em>“La gente no lee”</em>, repiten cada vez que alguien les ofrece la oreja, porque no se animan a decir <em>“la gente no <strong>me</strong> lee”</em>. La gran literatura no tiene público sollozan por las esquinas. Tal vez uno de los motivos de que eso suceda es que los libros los escriben ustedes.</p>
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		<title>Ave nocturna</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Jan 2012 14:18:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Me sobresaltó un ruido seco. La noche había sido interminable. Sudaba esperando la mañana. Sobre la almohada había quedado una mancha húmeda con la huella de mi cabeza. En la oscuridad vi un cinco, un cero y un nueve dibujados con luz verde sobre la pantalla del radio-reloj. Busqué las chinelas sobre la alfombra con [...]


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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2012/01/mujer_pajaro_0.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-2337" title="mujer_pajaro_0" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2012/01/mujer_pajaro_0-300x202.jpg" alt="" width="300" height="202" /></a>Me sobresaltó un ruido seco. La noche había sido interminable. Sudaba esperando la mañana. Sobre la almohada había quedado una mancha húmeda con la huella de mi cabeza. En la oscuridad vi un cinco, un cero y un nueve dibujados con luz verde sobre la pantalla del radio-reloj. Busqué las chinelas sobre la alfombra con las puntas de los pies. El grifo del baño goteaba. Un golpeteo regular y líquido sobre la loza de la bañera. Las cortinas se levantaban movidas por el viento. Quedaban durante un instante suspendidas en el aire y después caían. A través de la puerta abierta del placard vi siluetas dibujadas por las sombras. Un atril, un flamenco parado en una pata, un volante de madera con el logo de <em>“Jaguar”</em> en el centro, una calavera con la boca abierta. Me sentí observado. De pie en medio del cuarto apenas podía vislumbrar los objetos. Me guiaba más la memoria que la mirada. El ruido volvió a sonar. Dos veces. Me acerqué al balcón. Abrí la puerta de vidrio. El viento me azotó la cara. Traía olor a lluvia, a pasto y a tierra mojada. Me adelanté un paso. Lo encontré erguido sobre el antepecho de la ventana. Nos miramos. Los dos inmóviles. Congelados. Era hermoso y enorme. Un pájaro extraño y multicolor. Las alas rojas, la cola anaranjada, el pico curvo. Extendí la mano. Se posó sobre mi palma. Era ingrávido y aéreo. Lo puse delante de mí, a la altura de mi cara. Tenía el olor de tu cuello. A hormonas y a Kenzo.  Los ojos eran negros, intensos y tuyos. Los reconocí por el brillo de las pupilas y por la trompada en la boca de mi estómago. Era una animal absurdo pero real. Algo se transformó en mi cuerpo. Un jadeo apenas perceptible, un estremecimiento sobre la línea de las vértebras, el comienzo de una erección. Hice un movimiento con el brazo para traerlo hacia adentro. Quería llevarlo hasta mi cama y esconderlo debajo de las sábanas. Agitó las alas y se desprendió. Quedó suspendido en el aire. Tus ojos me miraron. Giró hacia el Este. Una línea de fuego avanzaba sobre el horizonte. Levantó un vuelo majestuoso desplegando las alas entre las primeras gotas y los últimos relámpagos.  Como Oolzlum voló con la cola hacia adelante y la cabeza hacia atrás sin dejar de mirarme. Recordé a aquel pájaro de leyenda que nunca sabía hacia dónde iba pero jamás perdía de vista de dónde venía. Me quedé mirando el brillo de tus ojos negros perderse en la distancia mientras nacía la mañana.</p>
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		<title>Síndrome del intelectual argento</title>
		<link>http://www.laverdadyotrasmentiras.com/literatura/intelectuales-de-cotilln/</link>
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		<pubDate>Fri, 06 Jan 2012 16:15:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[En nuestro país hay intelectuales admirables. Pero también una especie -que ya es plaga- de tipos que creen que lo son pero no tienen con qué demostrarlo. Podríamos describir un síndrome del pseudo-intelectual argento. Una variante clínica del ignorante ilustrado. Los invito a agregar signos y síntomas de esta terrible enfermedad. Incontinente verbal: supone que [...]


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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2012/01/intelectualarg.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-2306" title="intelectualarg" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2012/01/intelectualarg-214x300.jpg" alt="" width="214" height="300" /></a>En nuestro país hay intelectuales admirables. Pero también una especie -que ya es plaga- de tipos que creen que lo son pero no tienen con qué demostrarlo. Podríamos describir un síndrome del pseudo-intelectual argento. Una variante clínica del ignorante ilustrado. Los invito a agregar signos y síntomas de esta terrible enfermedad.</p>
<ul>
<li>Incontinente verbal: supone que todos esperan su palabra esclarecedora.</li>
<li> Educado en la cultura de la sospecha.</li>
<li> Lector de comentarios y de contratapas pero jamás de los textos originales.</li>
<li> Ventrílocuo de aquellos que admira –o envidia- e intenta imitar.</li>
<li> Psicoanalizado hasta la intoxicación.</li>
<li> Fanfarrón,  autocentrado, onfalocéntrico.</li>
<li> Adicto a las teorías conspirativas.</li>
<li> Devoto del <em>wishful thinking</em>.</li>
<li> Analfabeto científico.</li>
<li> Por principio se opone a todo lo que desconoce.</li>
<li> Cultiva el lenguaje oscuro y el pensamiento vacío.</li>
<li> La lógica argumentativa es algo de lo que se siente exento por mérito propio.</li>
<li> Difunde sus disputas con la vulgaridad de una vedette pero ninguno de sus encantos.</li>
<li> Reclama admiración y reverencia pero jamás muestra los motivos.</li>
<li> Cree que escribir y publicar son los caminos al cielo de los elegidos.</li>
<li> Considera que la interpretación y la ideología son credenciales de inmunidad que lo relevan de considerar los datos.</li>
<li> Se ofende si se le pide que demuestre lo que afirma.</li>
<li> Supone que nosotros somos el cemento de su propio pedestal.</li>
<li> Siente que todos lo valoran por debajo de sus méritos, menos él mismo.</li>
<li> Se esfuerza en ser irónico en todo momento porque desconoce el grotesco y el papelón.</li>
<li> Toda tribuna es un púlpito y él un sumo pontífice.</li>
<li> Se muestra valiente cuando no existen riesgos.</li>
<li> Considera que la indiferencia de la gente es censura o persecución.</li>
<li> Cuando no se sabe explicar –casi siempre- cree que los demás no saben comprenderlo.</li>
<li> Produce metáforas con la ligereza de una gastroenteritis y con el mismo resultado.</li>
</ul>
<p>Hace algún tiempo escribí un artículo llamado &#8220;Boluditos&#8221;, ahora creo que el título está por debajo de sus merecimientos.</p>
<pre>*Imagen Travis Louise</pre>
<div id="tweetbutton2303" class="tw_button" style="float:right;margin-left:10px;"><a href="http://twitter.com/share?url=http%3A%2F%2Fwww.laverdadyotrasmentiras.com%2Fliteratura%2Fintelectuales-de-cotilln%2F&amp;text=S%C3%ADndrome%20del%20intelectual%20argento&amp;related=&amp;lang=en&amp;count=horizontal&amp;counturl=http%3A%2F%2Fwww.laverdadyotrasmentiras.com%2Fliteratura%2Fintelectuales-de-cotilln%2F" class="twitter-share-button"  style="width:55px;height:22px;background:transparent url('http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/plugins/wp-tweet-button/tweetn.png') no-repeat  0 0;text-align:left;text-indent:-9999px;display:block;">Tweet</a></div>

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		<title>El fin (de año)</title>
		<link>http://www.laverdadyotrasmentiras.com/literatura/el-fin/</link>
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		<pubDate>Sun, 01 Jan 2012 16:40:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>aflichten</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Las calles están desiertas. El aire apesta. Huele a alcohol, a garrapiñada, a pólvora. Las brasas todavía humean en las parrillas. Las persianas están bajas. Las luces de los jardines siguen encendidas. Los perros rompen las bolsas de basura. Hay un pájaro muerto sobre la vereda. El silencio te muerde los oídos. No hay nadie. [...]


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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2012/01/eternautabsas1.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-2270" title="eternautabsas" src="http://www.laverdadyotrasmentiras.com/wp-content/uploads/2012/01/eternautabsas1-300x140.jpg" alt="" width="300" height="140" /></a>Las calles están desiertas. El aire apesta. Huele a alcohol, a garrapiñada, a pólvora. Las brasas todavía humean en las parrillas. Las persianas están bajas. Las luces de los jardines siguen encendidas. Los perros rompen las bolsas de basura. Hay un pájaro muerto sobre la vereda. El silencio te muerde los oídos. No hay nadie. Por fin todo ha terminado. ¿Justo yo tenía que sobrevivir?</p>
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